Carta

Texto de una carta de respuesta a una convocatoria para celebrar el Dìa del Diplomàtico Mexicano el 8 de noviembre de 2020, independiente de la celebración oficial en la Secretarìa de Relaciones Exteriores.

Creo que no hay manera de comparar las actividades del American Academy of Diplomacy con la apoltronada actitud de los embajadores del SEM de carrera jubilados. Mientras no demostremos a la SRE nuestra capacidad y  experiencia con  análisis y propuestas sustantivas de polìtica exterior, asì sean crìticas, nos seguirà considerando com un grupo con intereses exclusivamente económicos y, por tanto, marginales, o incluso ajenos, a los intereses y  tareas de la SRE.

Debemos dejar de lado el casi genètico condicionamiento pavloviano de “no molestar a la Superioridad” y decir las cosas como realmente las percibimos….si las percibimos. Estamos viviendo un gobierno aislacionista para el que el mundo se reduce a un solo país con cuyos intereses estamos uncidos fatalmente. Para AMLO, Venezuela no existe ni el descomunal bloqueo naval en el Caribe y una boliviana golpista evangèlica se pitorrea de sus obligciones internacionales en nuestro perjuicio  sin que Mèxico – ni sus embajadors jubilados- digan ni pìo en privado.

Si nos vamos a reunir en noviembre que sea para  hablar de lo nuestro y no sòlo de lo que que gustaría a MEC

Francisco Correa Villalobos, Embajador de Mèxico de carrera en retiro

Rusia, China y el reorden hegemónico

por Ilán Semo

El acuerdo reciente que firmó el régimen de Teherán con los gobiernos de China, por una parte, y Rusia, por la otra, es de proporciones todavía impredecibles. Probablemente fija el primer gran momento (institucional) de inflexión y quiebre del orden mundial que surgió con la caída del Muro de Berlín en 1989. A lo largo de 25 años, Irán recibirá de Pekín, a intereses bajos, 400 mil millones de dólares para desarrollar su infraestructura, sus sistemas de comunicación y para cuatro ramas industriales básicas. Asimismo, acordó lineamientos para la cooperación militar directa y su respectiva logística. ¿Un Plan Marshall?… ¡Pero chino! A cambio, el gobierno de Pekín tendrá acceso a sus recursos energéticos y mineros. El tratado con Rusia se ciñe a la esfera de la colaboración militar. Todas las transacciones se realizarán en las respectivas monedas nacionales, es decir, no se empleará el dólar ni otros equivalentes generales como moneda de intercambio.

En otras palabras, Irán pasa en términos económicos y militares a formar parte de la zona de influencia de esa peculiar alianza que han urdido China y Rusia a lo largo de la pasada década. Se trata evidentemente de la disputa por la hegemonía de una parte de los recursos energéticos más cuantiosos del mundo, los que se sitúan en el Golfo Pérsico. Si se toma en cuenta que el petróleo y las reservas venezolanas ya se encuentran bajo las mismas manos, a pesar de todos los infructuosos intentos de Estados Unidos por impedirlo, y que Rusia es uno de los grandes productores mundiales, el Tratado de Oriente, por llamarlo de alguna manera, tendrá un poder decisivo en el mercado mundial energético. Es decir, en la política mundial.

No es casual que el acuerdo se firmara en el momento en que la crisis social y económica provocada por la pandemia de Covid-19 en Occidente atraviesa por su punto más álgido. Estados Unidos se ha replegado sobre sí mismo, con un enloquecido presidente que ha perdido legitimidad incluso entre los círculos militares y el aparato de intervención internacional en Washington. Europa, por lo pronto, empleó sus ahorros de las décadas recientes en una política (hasta ahora exitosa) de enfrentar la pandemia sin afectar los beneficios del Estado social. Sin embargo, atraviesa por una recesión sin precedentes desde 1929 y hace rato que ha abandonado el fervor militar que se requiere para intervenciones en ultramar. La pregunta es ¿si se trata de una recesión o el comienzo de una decadencia?

Pero las crisis son sólo los momentos axiales en que los que procesos de larga duración cobran cuerpo. China ha mostrado que su expansión económica contiene dos factores inconcebibles en la mentalidad (y en las prácticas) expansivas de Estados Unidos: a) es indiferente al régimen político dominante del país –igual se adapta a Venezuela que a Irán o Pakistán– y no busca entretejer ni su ideología ni sus formas de gobierno; b) ofrece condiciones para una mejor redistribución del ingreso nacional. Acaso una proyección de su propia realidad. ¿O existe en la experiencia moderna otro país que haya redistribuido el ingreso con la eficacia y la velocidad que China?

Esto habla ya de una proyección hegemónica inédita. En la relación entre las grandes potencias y los países subalternos, hegemonía nunca ha significado –ni significa– someterse a la alianza con la potencia más adecuada, sino con la que se tiene la creencia de que es la menos tóxica, la menos dañina. El tándem con Rusia, y su vasto aparato militar, potencia el binomio a escala inédita. Paradójicamente, China se ha revelado como una potencia mucho más pragmática de lo que fue alguna vez Estados Unidos. En una época donde el pragmatismo parece ser el dueño de la lógica de las hegemonías actuales.

Hay en todo esto una ironía histórica. Una de las claves del despliegue de Estados Unidos en la guerra fría fue precisamente agudizar la separación, primero, y después la división entre China y la Unión Soviética. Bastaron cuatro años de una paranoia aislacionista, como la que hoy define a Washington, para volver a reunirlos. Juntos serán un hueso muy difícil de roer para Occidente. La conjunción entre ambos ha golpeado a los dominios estadunidenses en múltiples conflictos del mundo: Siria, Pakistán, Venezuela, Nigeria… Moscú tiene una larguísima experiencia de intervención gradual sobre estados enteros y Pekín los recursos económicos, tecnológicos y financieros para capitalizarla. Son regímenes que se han alejado del esquema neoliberal y que no requieren de los grandes relatos de la sociedad de mercado para funcionar ideológicamente. Carecen acaso de la otra gran parte que requiere toda hegemonía: la influencia cultural. Pero en un mundo radicalmente fragmentado, exento ya de toda noción de universalidad, donde lo político se expresa en un abigarrado pluriverso o multiverso, ésta puede ser una cuantiosa ventaja. Si se suma el hecho de que hoy son capaces de abandonar el dólar como moneda de transacción, la conclusión es que Estados Unidos ha perdido ya su antigua capacidad de alinear a, incluso, sus aliados más naturales.

Reproduido de La Jornada, 22 de agosto de 2020

El vuelco de Uruguay contra Venezuela

por Francisco Correa Villalobos, Embajador de México en retiro

Con el vuelco de Uruguay contra Venezuela, queda sin objeto el Mecanismo de Montevideo que buscaba un acercamiento entre la oposición y el gobierno Bolivariano. La tibieza del Gobierno de México descarta cualquier movimiento al respecto. López Obrador tiene suficiente con el ruido de la derecha para desear una estática adicional que en nada le beneficia, y mucho menos vulnerar un cuidadoso acercamiento con Estado Unidos

Maduro queda aislado en el continente y en Europa. Únicamente cuenta con el apoyo de Irán, el muy cauto de Rusia y el muy amplio y sólido respaldo de sus fuerzas armadas y de su población, que disuade una intervención militar directa de EUA que tendría un altísimo costo en vidas. Con sanciones, Trump apuesta al estrangulamiento económico de los venezolanos, dado los fiascos de su títere Guaidó y del acoso molesto pero irrelevante del impresentable Iván Duque.

Las elecciones en EUA no afectarán su política hacia Venezuela, pero un desesperado Trump puede detonar acciones peligrosas en los meses que restan antes de los comicios.

El panorama internacional no es muy favorable para Venezuela, pero Cuba y Nicaragua demuestran que es posible sobrevivir con la agresiva enemistad de Estados Unidos, sobre todo ahora cuando le sacuden fuertes descontentos internos y va en retirada en todo el mundo.

Brasil ¿Un hitlerismo tropical? I

Maciek Wisniewski

La Jornada, Viernes 26 de junio 2020

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz) (bit.ly/37YTzWD), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro (bit.ly/2ByWQ2J), su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de “calumnia y difamación del presidente de la república” con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje “destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis” (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también un “fantasma de las analogías”. Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente. Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de “sacar las lecciones de la historia” y “evitar repetir las tragedias y los errores del pasado”, pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump (bit.ly/2BC2gKt), está en curso igual respecto a Bolsonaro (bit.ly/382h699), gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como “un gran estratega” (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels (bit.ly/2Z8SxmG). Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen (bit.ly/2BGPFFB)− estamos observando el ascenso de un hitlerismo tropical (bit.ly/3dxnINObit.ly/2CGyhl2), él mismo es “un fascista del siglo veintiuno” (bit.ly/2VlyQau), “un Führer en Brasilia” (bit.ly/37XWn6o), o “un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini” (bit.ly/2B95TaM). No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, “Por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa” (bit.ly/3i30Nxi). Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump (bit.ly/381da8L), de llevar a cabo una “sincronización de todos los sectores del Estado” ( Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como… “La noche de los cristales rotos” ( Kristallnacht); mejor le habría quedado “La noche de los cuchillos largos ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum…−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para qui-tar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido(bit.ly/3i1Atnh). De allí la base material de su empuje revisionista para rescribir la historia de la dictadura como un régimen democrático de fuerza (sic) o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente ( wapo.st/382oJMB).

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como gripecita (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso a invadir los hospitales para demostrar que no hay tantos enfermos (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a volver a la normalidad con los cuales desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades, un verdadero discurso genocida (sic) di-rigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto (bit.ly/2Yv48O4), sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños. Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− lideran los negros (bit.ly/3eBxVdE) y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio (bit.ly/2B8ZDji)−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la falta de compasión –una envenenada influencia de Nietzsche (bit.ly/3fSjlOY)− de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

Brasil ¿un hitlerismo tropical? II

Brasil: ¿un hitlerismo tropical?  II

Maciek Wisniewski

La Jornada, 10 de julio de 2020

Michael Löwy, el filósofo marxista brasileño, hijo de migrantes judío-austriacos que en la década de los 30 huyeron del hitlerismo, discutiendo el auge de la extrema derecha en Brasil y en el mundo –un proceso con raíces en la crisis neoliberal y en la debilidad de la izquierda− apuntaba a ciertas semejanzas entre Bolsonaro y el clásico fascismo europeo de los años 20-30: a) sus facetas autoritarias mezcladas con apariencias republicanas (como en los primeros años del régimen de Mussolini); b) su estigmatización de los enemigos (la izquierda, PT, las feministas, los ecologistas, los indígenas, MST, et al.), y c) su compulsivo anticomunismo. “La historia obviamente no se repite −subrayaba Löwy−, pero estas semejanzas son muy preocupantes” bit.ly/35m3oey). Enzo Traverso, por su parte, rehuyéndose a hablar del fascismo en caso de Trump, Orbán o Modi y prefiriendo el término de posfascismo −Löwy empleaba el prefijo semi y/o neo− destacaba la antropología neoliberal de los nuevos hombres fuertes que suelen denunciar a las élites financieras, pero con las cuales mantienen lazos muy cercanos, como p.ej. Trump, un líder posfascista sin fascismo ( The new faces of fascism. Populism and the far-right, 2019, p. 34). Este análisis podría aplicar también a Bolsonaro sobre todo a la luz de la traversiana dialéctica de continuidades y discontinuidades entre los fascismos de ayer y hoy, que permite ver cómo el bolsonarismo intenta ponerle una nueva cara a la derecha brasileña (bit.ly/2Chzejj) reorganizando el campo de sus continuidades y discontinuidades (la dictadura, et al.) en un plano material de los intereses capitalistas.

En este sentido –y a pesar de que, como subraya Federico Finchelstein, él es uno de los líderes populistas que más se acerca al fascismo (bit.ly/2Z6pmlt) o de que la pandemia del Covid-19 en Brasil dio a luz una verdadera política fascista de la enfermedad (bit.ly/2Dg6gRD , bit.ly/3hTiQWB)− Bolsonaro, juzgando por sus propias declaraciones en las que reivindicaba la dictadura pinochetista (bit.ly/31Tqr1W), mirando las filas del propio equipo (el pinochetista Paulo Guedes) y los planes de su radical ajuste neoliberal (bit.ly/2O3AKs7), se parece, igual de acuerdo con el análisis de Traverso, más a un nuevo Pinochet (bit.ly/3gz3vJs) que a un nuevo Hitler y ésta sería su analogía histórica más adecuada, una que reflejaría mejor su lugar y papel en el sistema capitalista mundial (bit.ly/31Y3quQ). No sólo que la proliferación del neofascismo hoy se entiende mejor como un proyecto de defensa del libre mercado y el laissez-faire −como es el caso del bolsonarismo o el trumpismo, proyectos procapitalistas tan reaccionarios que hasta hace poco parecía imposible que llegasen al poder por la vía electoral y uno que en Chile subió al poder sólo gracias a las bayonetas−, sino que todo su arsenal retórico del viejo anticomunismo con Bolsonaro asegurando haber salvado la nación que estuvo al borde del socialismo (bit.ly/3gC3cxz) parece ser recortado y pegado de aquella época junto con todo su balbuceo y pifias (Pinochet aseguraba que “Allende llevó al país al borde del abismo y que ‘nosotros hicimos un gran paso adelante’”, mientras para el almirante Merino los bolivianos y… los brasileños eran unos auquénidos metamorfoseados y seres primitivos).

Muy en este tenor, Ernesto Araujo, canciller de Bolsonaro, reseñando (sic) el libro de S. Zizek sobre la pandemia ( Pandemic!: Covid-19 shakes the world, 2020, p. 140), tildó las medidas de contener el virus, junto con la nueva ola de solidaridad global vaticinada por Zizek como un complot comunista −la lucha global contra el Covid-19 quiere instaurar un mundo sin fronteras y sin libertad auspiciado por la Organización Mundial de la Salud− y comparó el distanciamiento social a… los campos de concentración nazis, subrayando que ahora serán los comunistas que nos querrán encerrar en ellos y que el lema de este aprisionamiento será igual Arbeit Macht Frei (bit.ly/2Ve8aZb) −Zizek analiza de paso este lema colocado cínicamente en las puertas de varios campos de concentración y/o exterminación− sólo para luego decir que fue malentendido, pintarse como el más grande amigo de Israel (bit.ly/37XlSEE) y acusar al autor de Pandemic… de… antisemitismo (bit.ly/3du0qs4).

Si al lector ya le dio un vértigo intelectual es pertinente recordar que el propio Bolsonaro, que acaba de contraer este virus comunista (sic), dijo que Hitler era de izquierda (bit.ly/2C8pSqb), en sí misma una expresión del negacionismo del Holocausto (sic) y una fake news calculada para alejar las acusaciones de que él mismo fuera un fascista o que el mencionado lema nazi ( O trabalho libertará) acabó siendo usado por su administración en los anuncios gubernamentales para la campaña de reabrir la economía (bit.ly/2VTjTwr). Si usted todavía siente fiebre, vértigo, náuseas, todos los síntomas del coronavirus, no es necesario reportarlos a su centro de salud más cercano. Es una reacción natural y pasajera: el neolenguaje hitleriano (¡Klemperer!) reciclado hoy por los nuevos autoritarios, junto con su retórica divisiva y antagonista convertida en su nueva lingua franca (bit.ly/2ByDQSt) –todo de lo que Jair Bolsonaro es un verdadero campeón–, son sólo los viejos delirios verbales de siempre.

Recuperando la memoria histórica: los soldados mexicanos de la Guerra de Corea

por Bruno Figueroa, Embajador de México en la República de Corea

El 25 de junio se conmemoraron 70 años del inicio de la guerra de Corea (1950-1953), el primer conflicto abierto de la llamada guerra fría y uno de los más cruentos del siglo 20. Cobró más de 5 millones de vidas, entre ellas las de 500 mil civiles, y causó la devastación completa de la península coreana. En Estados Unidos se le conoce como la guerra olvidada por la censura en su cobertura (las cámaras de televisión no llegaban aún a los campos de batalla), y la relativa poca atención que obtuvo frente a otros conflictos bélicos, como la Segunda Guerra Mundial o la guerra de Vietnam.

Un hecho muy poco conocido de la guerra de Corea es la presencia de soldados de origen mexicano. De acuerdo con investigaciones realizadas en Estados Unidos, en particular por la organización Latino Advocates for Education, en ella participaron más de 150 mil, alrededor de 10 por ciento del total de los soldados de Estados Unidos que combatieron en ella. Esta cifra es consistente con el volumen de fallecidos de origen latino que consignan los archivos nacionales de ese país: 10 por ciento del total.

El gobierno mexicano no participó en la guerra de Corea con tropas porque al inicio de la rivalidad entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, escogió el acertado camino de la no alineación y la neutralidad. Apoyó a Corea del Sur con ayuda humanitaria, alimentos y fármacos.

Ha llegado el momento de hacer un merecido reconocimiento a los hijos de mexicanos que pelearon en esa guerra, como voluntarios o conscriptos. En el prólogo de uno de los pocos libros publicados sobre este tema Lyndon B. Johnson, entonces presidente de Estados Unidos, dijo de ellos: sirvieron con distinción, pelearon con bravura y dieron su vida cuando fue necesario.

A pesar del creciente número de investigaciones sobre la guerra de Corea, hasta ahora ninguna se ha centrado en la participación mexicana y mexicano-estadunidense; los testimonios se encuentran dispersos, los archivos son difíciles de consultar. En una época en que se dividían los soldados por razas, los de origen mexicano eran registrados como blancos. Se inscribía usualmente el lugar de reclutamiento, mas no el de nacimiento. De manera inexplicable, varios soldados nacidos en México fueron registrados como provenientes de las Islas Vírgenes.

Se ha comprobado que los soldados de origen mexicano pelearon en muchos frentes. A sólo tres días de iniciado el conflicto, el 28 de junio de 1950, un avión de reconocimiento que había despegado de Japón sobrevoló la península coreana y se estrelló en el mar de China, por una falla mecánica. En él se encontraba el sargento Joe Campos, originario de Arizona. Con él fallecieron otras cinco personas. Pocos días después tuvo lugar el primer encuentro entre tropas estadunidenses y norcoreanas, en Osan. Ocurrieron las primeras bajas en combate, así como las primeras tomas de prisioneros de guerra, los cuales regresarían a sus lugares de origen más de tres años después. Florentino Gonzales (sic), de Chicago, Illinois, hijo de mexicanos, estaba en ese grupo de soldados que padecieron los campos de Corea del Norte.

Sabemos, por el testimonio del cabo Jesús Rodríguez, de Los Ángeles, California, que hubo un escuadrón mexicano en el 35 regimiento de Infantería, aunque este hecho no ha sido reconocido. Seguramente hubo más pelotones o escuadrones compuestos por soldados de origen mexicano.

La vida de estos “soldados de a pie” no fue fácil, como no lo es la participación en ninguna guerra. Su condición de mexicanos complicaba las cosas debido al racismo que imperaba en el sur de Estados Unidos. Raúl Álvarez del Castillo, oriundo de Guadalajara, Jalisco, fallecido en Corea y enterrado en un cementerio de su ciudad natal, prefería ser conocido como Ralph A. Castle. Ambos nombres figuran en su expediente del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Jesús Rodríguez narra que en Corea tenían prohibido hablar español, pero no se aplicaba porque no podían vernos a todos al mismo tiempo. La difícil vida previa a la guerra se tornó una ventaja y les permitió sobrevivir mejor las privaciones de Corea. J. Rodríguez cuenta: “solía rezar mucho. Otra cosa que me ayudó fue que era abusado en las calles ( street smart”) antes de entrar al servicio militar. En ellas aprendí a pelear. Además de que estar hambreado no era nuevo para mí”.

Hubo, por supuesto, reconocimientos merecidos para algunos de ellos. Una escuela en el estado de California y un barco de la armada estadunidense llevan el nombre de Eugene Obregón, quien sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros. Richard Cavazos combatió en Corea como teniente y fue décadas más tarde el primer general de cuatro estrellas de origen mexicano del ejército de Estados Unidos.

La mayoría de ellos, sin embargo, sufre aún de indiferencia y olvido. En particular los que volvieron a México. En su investigación Las infanterías invisibles, el historiador Enrique Plasencia de la Parra escribió sobre los mexicanos en la Segunda Guerra Mundial: “buscaban un reconocimiento que creían merecer. Su participación fue un ejemplo para su comunidad, pero no lo fue para todo el país, que seguía entregado a prejuicios raciales que parecían ser su distintivo social. Se requirieron grandes esfuerzos para que eso empezara a cambiar. Para la sociedad mexicana tampoco fueron un ejemplo. El prejuicio de haber luchado bajo la bandera de Estados Unidos les quitaba lo que de intrínsecamente valioso tenían. El valor, el heroísmo, el arriesgar la vida por salvar a sus compañeros fue visto con cierto desdén”. Ello aplica a los mexicanos que combatieron en Corea.

Muchos aspectos de nuestra historia requieren ser rescatados de olvidos conscientes o involuntarios. En el libro 100 años de historia de la cooperación internacional de México, reuní testimonios de la gran solidaridad mexicana hacia el mundo el siglo pasado, que pocos conocen; han sido capítulos ejemplares de nuestra política exterior. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador creó la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México precisamente para preservar y recobrar nuestra rica y compleja memoria histórica, en particular aquella que ha sido relegada. En la historia que conozcan nuestros hijos, caben los mexicanos que han buscado mejores oportunidades más allá de nuestras fronteras, incluso aquellos que hace 70 años sacrificaron años de juventud y hasta la vida en una guerra que no tenía por qué ser de ellos. Aun en la lejana Corea, llevaban a México en el corazón.

Publicado en el diario La Jornada, el 25 de junio de 2020Subir al inicio del texto

Carta del ex Secretario de Relaciones Exteriores, Bernardo Sepúlveda, al Secretario de Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard

26 de Junio de 2020

Estimado Marcelo,

En mi calidad de Embajador Emérito de México, me permito transmitir a usted las razones por las cuales considero que la visita del Presidente López Obrador a Washington, para entrevistarse con el Presidente Trump, es altamente inconveniente para el interés nacional.PUBLICIDAD

No existe, a mi juicio, un fundamento político que explique una visita de esta naturaleza.

Tampoco existe un motivo que justifique la oportunidad de la visita, en momentos en que se lleva a cabo un proceso electoral en Estados Unidos y en donde la asistencia del Presidente López Obrador a una ceremonia irrelevante se habrá de interpretar como un apoyo a la reelección del Presidente Trump. Los efectos políticos negativos que se producirán en México y en Estados Unidos, de realizarse esa visita, habrán de ser perdurables.

Pretender inclinar la balanza en favor del Presidente Trump en este clima político no parece ser la mejor apuesta. Si las elecciones presidenciales en EUA tuvieran lugar hoy, el candidato del Partido Republicano las perdería. La encuesta que publica hoy el NYT indica que Biden tiene una ventaja de 14 puntos sobre Trump. El 50% de los votantes encuestados prefieren a Biden; sólo el 36% prefiere a Trump.

Biden mantiene un claro liderazgo entre mujeres votantes y entre votantes que no son de raza blanca, según la mencionada encuesta. En cambio, Trump ha perdido apoyo de votantes tradicionales del Partido Republicano, dada su ineficacia en el combate a la pandemia, el desplome de la economía y el incremento en el desempleo. Su inadecuada política en el tema del racismo, y sus pronunciamientos en favor de imponer medidas de fuerza armada para reprimir las protestas y las manifestaciones antirracistas, han sido motivo de severas críticas y de oposición hacia Trump.

En el caso del voto hispánico, Biden alcanza un voto favorable del 39%. En el tema de políticas raciales, el 61% manifestaron su desaprobación a Trump, con un 50% de los votantes expresando una opinión muy desfavorable a Trump en materia racial.

En este contexto, la visita del Presidente López Obrador a Washington y su reunión con el Presidente Trump, habrá de producir una reacción de profunda antipatía en el Partido Demócrata. Si Biden gana la Presidencia, su antagonismo hacia México será evidente en las políticas bilaterales que adopte.

Pero aún si Biden no es el triunfador en la contienda presidencial, es muy probable que el Partido Demócrata mantenga su mayoría en la Cámara de Representantes y, además, que gane el control del Senado estadunidense. De ser ese el caso, el Partido Demócrata se encargará de pasarle la factura política a México, con las nefastas consecuencias del caso.PUBLICIDAD

Si gana Biden la Presidencia y el Partido Demócrata el Congreso, los últimos cuatro años del mandato del Presidente López Obrador habrán de transcurrir en un ambiente repleto de dificultades en la relación bilateral, en donde México será el principal perdedor.

Existen precedentes históricos que conviene recordar. Por invitación del Presidente Bush padre, el Presidente Salinas de Gortari viajó en julio de 1992 a Los Ángeles para asistir a un partido de beisbol junto con Bush, al tiempo que se celebraba la Convención del Partido Demócrata para nominar a Clinton como su candidato a la Presidencia. El malestar de los representantes de Clinton se hizo de inmediato patente y así se transmitió claramente al gobierno mexicano.

En octubre de 1992 el Presidente Salinas de Gortari volvió a apostar por Bush, a un mes de las elecciones estadounidenses de noviembre de ese año. Bush invitó a Salinas y a Brian Mulroney a San Antonio, a celebrar la conclusión del Tratado de Libre Comercio tripartita.

Pero sucede que Clinton triunfa en las elecciones, y de inmediato anuncia que el NAFTA habrá de ser sujeto a una revisión en los temas laborales y de protección al medio ambiente. La entrada en vigor del tratado se difirió por casi un año de arduas negociaciones promovidas por el Partido Demócrata, acusando así su malestar por el comportamiento de las autoridades mexicanas.

El 31 de agosto de 2016 el candidato republicano Trump, a invitación del Presidente Peña Nieto, visita México por unas horas y se le extiende trato de Jefe de Estado, con todos los símbolos correspondientes. En Estados Unidos se interpreta esa acogida como un respaldo a Trump y el Partido Demócrata se subleva ante ese supuesto apoyo mexicano a Trump, generando de esta suerte un clima poco propicio a las causas favorables a México.

Trump regresa a un mitin en Arizona, en donde se encarga de vilipendiar a México y a los mexicanos, agrediendo, estigmatizando, ofendiendo y humillando a los migrantes de origen mexicano, acusándolos de criminales y violadores, anunciando su persecución una vez que alcance la Presidencia, todo lo cual ha cumplido a plenitud con un discurso profundamente anti-mexicano.

Trump y su antagonismo y desprecio hacia México no podrán quedar en el olvido y, sin más, borrarse de la memoria de los mexicanos, desplazando su dignidad, su respeto y su orgullo patrio. De ser así, la historia nos lo habría de reclamar. No puede y no debe existir ni el perdón ni el olvido.

Se anuncia que la visita se inscribe en el contexto del T-MEC. Pero el T-MEC en principio entrará en vigor con independencia de la visita y no hay una relación de causa efecto. También se ha señalado que el propósito de la visita es agradecer a Trump el suministro de ventiladores para atender a contagiados por el Covid-19. Ese agradecimiento se puede todavía efectuar mediante una carta de aprecio reconociendo la ayuda recibida o, en el caso extremo, mediante una videoconferencia que reciba una amplia difusión, con la imagen de los dos presidentes conversando amablemente sobre las bondades de los ventiladores.

No he incluido aún en esa conversación al Primer Ministro Trudeau, quien hasta la fecha no se ha comprometido a acudir a Washington. A pesar de ello, el Presidente López Obrador ha indicado que viajará a Washington con o sin la presencia del Primer Ministro del Canadá en esa reunión, a pesar de ser ese país el tercer componente en el T-MEC. Pierde así sentido invocar el T-MEC como fundamento de la vista.

Se ha dicho que se trata de una visita de Estado. No es correcto el empleo de ese término, que tiene una connotación específica. Una visita de Estado supone un ceremonial considerablemente más amplio y de mayor impacto político, comprendiendo una invitación para pronunciar un discurso ante el Congreso estadounidense, reuniendo conjuntamente para estos propósitos a las dos Cámaras que lo componen. Tradicionalmente, el Jefe de Estado es hospedado en la llamada Casa Blanca durante su estancia en Washington.

Por lo visto, ahora se trata tan sólo de una visita oficial, ya que se ha señalado que no habrá otros eventos salvo la reunión con el Presidente Trump.

Con base en el conjunto de los planteamientos que he formulado, no encuentro ninguna ventaja política o económica que beneficie a México en la visita que realice el Presidente López Obrador a Washington para entrevistarse con el Presidente Trump.

Considero, por el contrario, que esa visita afectará negativamente al interés nacional, produciendo un efecto de desagrado y repudio entre los mexicanos, de una profunda decepción al quedar vulnerados los principios que pertenecen a una tradicional política exterior, en donde la respetabilidad de la nación mexicana es un valor supremo e indeclinable, valor que ahora es imperativo mantener inmaculado.

Con un cordial saludo,

B.Sepúlveda

El viaje de AMLO a Estados Unidos

Carta enviada al periódico La Jornada el 29 de junio de 2020, publicada el 3 de julio de 2020

Unos días antes de la visita que realizó el presidente José López Portillo a Washington en 1981, el entonces embajador de México en Estados Unidos, Hugo B. Margáin, me comentó que, en esas visitas, no se discutía nada que no pudiera resolverse por los canales diplomáticos y que su relevancia se limitaba al medio político interno.

Resuelto el tema de las caravanas de migrantes, el muro de Trump perdió visibilidad política y, aunque su construcción avanza muy lentamente pergeñando recursos de partidas para otros fines, Trump no da muestras de cifrar su relección en este tema o en otros que expongan su xenofobia y anti mexicanismo. Biden aventaja a Trump en el apoyo de la comunidad latina con 57% contra 33% pro Trump, según una encuesta de NBC/WSJ este mes.

No hay pues cuestiones de magnitud tal que no puedan resolverse por los medios diplomáticos y que requieran de manera ineludible la intervención de los jefes de Estado de México y Estados Unidos.

Sin embargo, existe el riesgo de efectos colaterales indeseables de una eventual entrevista entre Amlo y Trump.

El exsecretario de Relaciones Exteriores y Embajador Emérito Bernardo Sepúlveda diseccionó en una memorable carta a Marcelo Ebrard, los inconvenientes para el interés nacional que tendrá la próxima visita del presidente López Obrador a Estados Unidos.

A diferencia de otras iniciativas del presidente, ésta no ha provocado en las redes sociales el usual alud de apoyos de sus simpatizantes, quienes han guardado un silencio que deja ver la arraigada desconfianza popular en las entrevistas cumbre entre nuestros dos países.

Ciertamente existe una inescapable realidad político-estratégica que ata a México y Estados Unidos, pero el viaje, innecesario e inoportuno, no puede desvincularse del interés político del Secretario de Relaciones Exteriores.  López Obrador parece muy confiado en que puede arriesgar algo del enorme capital político que ha acumulado en estos 18 meses de gestión. Pero éste, es un error.

Francisco Correa Villalobos, Embajador de México de carrera en retiro

¿Venezuela nos ha hecho algo?

En vista de la hora de las conferencias de prensa del Presidente Andrés Manuel López Obrador, de  la comprensible dificultad para entrar a las mismas y de la escasez de preguntas sobre política exterior de los asistentes, deseo plantear  por este medio, la que haría si tuviera el privilegio de asistir a alguna de ellas:

PREGUNTA: Uno de los primeros actos de política exterior de su gobierno, o quizá el primero, fue retirar a la embajadora de México en Venezuela y dejar a nuestra representación diplomática en ese país, desde entonces, al nivel inferior de encargado de negocios con un segundo secretario al frente:

¿Tiene el gobierno de México algún agravio contra el de Venezuela, o esta decisión constituye una concesión unilateral, o negociada con el Gobierno de Estados Unidos, para no interferir en los intereses estratégicos norteamericanos en Venezuela, o en general en América Latina y el Caribe, a cambio de una política tolerante hacia las reformas económicas y sociales previstas por el nuevo gobierno de México, y percibidas en algunos círculos políticos nacionales y estadunidenses como similares, en alguno casos, a las del gobierno venezolano?

Publicado en La Jornada el 15 de junio de 2020

¿Apoyará el ejército a Trump?

por Robert Fisk*

Al final de cuentas, sólo hay algo que importa cuando un gobierno, un primer ministro o un presidente entra en la ruta de la guerra: no lo que piensen sus generales o los ex generales, sino, ¿lo secundará el ejército?

Sí, por supuesto, esta regla se aplica en Medio Oriente, donde el ejército apoya al presidente o se vuelve parte de la élite presidencial, o bien combate porque la alternativa al presidente es aún peor. En Medio Oriente los reyes y príncipes no cuentan porque ellos son el ejército. Observemos el currículum de los primeros ministros israelíes y en gran medida es lo mismo. Pero lo importante es que siempre acaba por regresar a los soldados.

En Estados Unidos, el pueblo elige al presidente, así que olvidemos a los generales y ex generales que ahora nos obsesionan. El único general en activo que hubiera podido ser una amenaza a su presidente fue Douglas MacArthur, y eso porque confundió a Dios con su propia ambición. Actualmente no es gran cosa que el Pentágono se estruje las manos de preocupación moral por el uso que Donald Trump pudiera dar al ejército –o la fuerza aérea, ¿quién sabe?– contra el pueblo estadunidense. No había estudiado con mucho afán su libro de reglas éticas hasta ahora, lo que permitió, por ejemplo, que el presidente traicionara a los kurdos.

Por eso ahora –en la más reciente película animada de Trump– examino cada cuadro en busca de los rostros de la Guardia Nacional y del personal uniformado. En 2017, 16 por ciento de todos los hombres y mujeres de las fuerzas armadas estadunidenses eran negros. Dieciséis por ciento eran hispánicos. ¿Y ahora van a salir al espacio de batalla para abatir a manifestantes negros? Tengo mis dudas. Cuando hablaba con soldados estadunidenses en Irak, siempre encontraba que los negros tenían una percepción política clara, eran más rápidos para ver Medio Oriente desde el punto de vista iraquí –así como, casi sin excepción, los estadunidenses de minorías étnicas con quienes he hablado han sido infinitamente más compresivos con los palestinos– y les preocupaba mucho menos ofender a Israel cuando hablaban de injusticia.

En las unidades de la Guardia Nacional, muchos soldados negros que conocí en Irak se habían alistado con el fin de tener acceso a la educación universitaria, y no para secundar la escalada presidencial de Bush en Irak. No creo que vayan a ser más propensos a atacar a quienes protestan por la muerte de un hombre negro a manos de los policías en Minnesota. ¿Los policías? Ya volveremos a ello en un momento.

Regresemos ahora a los mandos militares. Claro, hemos oído sobre el general Jim Mattis y leído la lección de moral que le dio a Trump. Trump es una amenaza a la constitución, como Mattis acaba de descubrir, pero fue este estimado y moral general quien se encogió de hombros tras el bombardeo estadunidense a un banquete de bodas en el este de Irak en 2004, en el que perecieron 42 civiles, entre ellos 11 mujeres y 14 niños. Mattis lo negó, diciendo que no había visto las fotos, y que, de todos modos, en las guerras ocurren cosas malas. Bueno, ahora es Mattis al rescate, saltando a la palestra en nombre de sus ex camaradas a los que se ordena violar los derechos de sus conciudadanos, acto que erosiona el fundamento moral entre los soldados y su sociedad.

Recibimos la misma lección del almirante Mike Mullen, un hombre mucho más valioso, sin duda, pero también retirado. ¿Cómo se atreve Trump a cooptar a las fuerzas armadas para fines políticos? Se dijo asqueado de ver guardias nacionales abriendo camino a Trump para tomarse una foto. ¿Apenas descubrió que Trump es un orate? Hasta el general Mark Milley –todavía presidente (por el momento) de los mandos conjuntos–, que fue tambaleándose en su uniforme detrás de Trump rumbo al lugar de la foto, ahora recuerda a sus chicos y chicas los valores de la constitución. Mark Esper –todavía secretario de la Defensa– también ha rechazado el uso de militares por Trump.

Pero los generales tienden a mantener la boca cerrada mientras están en activo. Quieren mantener sus camisolas libres de humus hasta el retiro. Luego, ya que tienen la pensión asegurada, llega la hora de sacudirse el polvo político condenando a los presidentes. Milley –quien, como dije, aún se aferra al puesto como general de verdad– no precisamente se volvió contra su jefe. Esper, quien tiene menos razones para esperar conservarse en el puesto –civil de todos modos–, probablemente se sacude las moronas de la guerrera antes de asumir un papel más lucrativo en un grupo de estudio, como cabildero, o trabajando de contratista de defensa. Ha hecho las tres cosas en el pasado. Dice lamentar lo que se dijo sobre el espacio de batalla. Apuesto a que sí: así es como los militares llamaban a la batalla de Faluya en 2004, que a su vez fue descrita como la mayor batalla desde la de Hue, en Vietnam del Sur.

Pero la guerra de Vietnam no terminó porque los presidentes y generales tiraran la toalla, sino porque los soldados ya no querían combatir. Y al final, quedará a la Guardia Nacional –y a sus colegas enlistados, si Trump logra llevarlos a su juego– tomar sus propias decisiones en cuanto a unirse al espacio de batalla contra su propio pueblo.

¿Y qué hay de la policía? Sin importar cuántos policías se exhiban en las calles, siempre he visto que, mientras más exóticos son sus atavíos, más sádicos se vuelven; observen el atuendo tipo Robocop en las ciudades estadunidenses en estos días. Me pregunto por qué tantas imágenes de brutalidad policiaca en Estados Unidos me recuerdan a la policía israelí y su cruel trato de los palestinos. Pero también recuerdo el interesante informe de Amnistía hace cuatro años, en el que se hacía un recuento de policías de Baltimore, Florida, Nueva Jersey, California, Arizona, Nueva York, Georgia –y cuantos lugares más les vengan a la mente– que habían recibido entrenamiento en control de multitudes, uso de la fuerza y vigilancia… en Israel.

Dada la lista de violaciones a derechos humanos imputadas a las autoridades policiacas israelíes, ¿eran la elección adecuada para entrenar policías estadunidenses –algunos de los cuales están en las calles en estos días– sobre cómo hacer frente a las protestas civiles? ¿Acaso las investigaciones fiscales contra personal de seguridad en Israel no acabaron siendo bastante extrañas? Por ejemplo, el soldado israelí que fue sentenciado a 18 meses de prisión por matar a tiros a un palestino herido en 2016, soldado que fue respaldado después de su arresto –al estilo Trump– por Benjamin Netanyahu, quien llamó a otorgarle el perdón. Quizás es tiempo de que Estados Unidos entrene a sus propios policías en vez de confiar en un satélite militar en Medio Oriente.

Pero los policías no decidirán el futuro. Y en Estados Unidos, los que tomarán las decisiones finales en el actual drama trágico no serán la comunidad negra y todos los valientes que la respaldan: ellos, mucho me temo, seguirán siendo las víctimas de los que toman las decisiones.

Y los hombres y mujeres que cambiarán la historia definitivamente no serán los medios, quienes han sido apaleados por los policías en todo el mundo durante décadas. Los ejecutivos de los medios tendrán que ser mucho más valientes que los ex generales si quieren respaldar a sus colaboradores en Estados Unidos. Cuando la Ap tapa con pitidos las obscenidades de los policías que atacan a uno de sus camarógrafos –y eso es lo que ocurrió–, crea una fascinante y absurda mutualidad de inocencia. Los policías agreden de modo flagrante a periodistas inocentes, pero también a los policías se les debe sujetar a los valores familiares y, por tanto, se deben silenciar sus expresiones.

No: serán los soldados quienes tomarán la decisión final. Sí, podemos observar las dictaduras. ¿Quién protege a Sisi (con ayuda de Estados Unidos)? ¿Quiénes eran los protectores finales de Assad (con apoyo de Rusia)? Pero, ¿quién protegerá a Trump si su dictadura cinematográfica comienza a tomar cuerpo? Si decide, por ejemplo, afirmar que las elecciones de este año –si el resultado le es adverso– son un fraude, y que debe permanecer en la Casa Blanca… Sospecho que muchos en el Pentágono están discutiendo exactamente este problema.

En tal caso habrá que proteger a los manifestantes pacíficos. ¿Quién lo hará? ¿Y contra quién?

*Reproducido de La Jornada 07/06/2020