Siria: Desestabilización Multilateral*

 

 

SIRIA: DESESTABILIZACION MULTILATERAL

 

La guerra de Siria, que tiene su origen lejano y directo en el desmembramiento del Imperio Otomano y en la concomitante irrupción del coloniaje europeo en el Medio Oriente hace cien años, es uno de los más devastadores conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial. De ser uno de los países más prósperos y estables, aunque autoritario, de toda la región, en pocos años fue pretendidamente empujado al nivel deseado por sus enemigos con el que la antigua Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, amenazaba a sus enemigos: “enviarlos a la edad de piedra.”

¡Cómo se originó esta guerra? Cuál era  la situación interna de Siria en 2011, el  medio  político-militar en la región, los intereses de los principales actores políticos en el Medio Oriente?

 

 

DOS HECHOS DETERMINANTES: REVOLUCION IRANI E INVASION IRAK

REVOLUCION IRANI 1979.

Mohammed Reza Pahlevi, último de una serie de monarcas del milenario imperio Persa, fue impuesto por Gran Breteña en 1941 al deponer ésta, junto con la URSS, a su padre. Ambos soberanos siguieron una estricta política de occidentalización que enajenó a grandes segmentos de población y a la shiíta élite religiosa.

La caída del Sha y la ascensión del Ayatollah Khomeini. La revolución tuvo un enorme impacto entre las masas musulmanas -tanto sunnitas como shihítas- del Medio Oriente, por su oposición a Estados Unidos e Israel.

Debe recordarse que, poco después del triunfo de la revolución, se invade la embajada de Estados Unidos en Teherán, se toman unos diplomáticos norteamericanos como rehenes y se reconstruyen documentos secretos que habían sido triturados. 

Ello motivó un encolerizado sentimiento anti-iraní en todo Estados Unidos que persiste hasta la fecha y una  profunda reacción de Arabia Saudita, motivada por el interés de mantener la estabilidad de la provincia oriental que bordea el Golfo Pérsico, donde se asienta  una población mayoritaria shiíta y se encuentran los  principales yacimientos petroleros de Arabia Saudita, con una  muy amplia difusión de la doctrina sunnita del wahabismo, desde Malasia hasta Europa, mediante la impresión de millones de ejemplares del Corán, la construcción de mezquitas, la capacitación de millares de imams, la construcción de escuelas religiosas y el otorgamiento de créditos sin usura,  es decir, sin intereses, a comerciantes y empresarios de todo el mundo musulmán en acuerdos de participación muy ventajosa en las utilidades.

En pocos años, este ambicioso programa religioso-político-económico de alcance mundial había conferido a Arabia Saudita una enorme influencia en todo el mundo musulmán y contenido la que Irán había adquirido con la revolución de lo ayatollas.

La revolución iraní planteó pues una profunda y larga confrontación política religiosa entre Arabia Saudita y Estados Uniodos, por un parte, e Irán por la otra.

         

INVASIÓN DE IRAK POR ESTADOS UNIDOS 2003.

Desastre estratégico.

Papel de Irak en Medio Oriente:

          Era el país árabe militarmente más importante en Medio Oriente.

          Equilibrador ante Irán. Guerra contra Irán (1980-1988)

No representaba amenaza militar directa para Israel (Siria y Jordania obstáculos para paso tropas iraquies), pero sí para Egipto, países Golfo,  Arabia Saudita, Jordania, Kuwait, los Emiratos  Árabes Unidos, Bahrein, Qatar y Omán.  

 

 Objetivo de la invasión:

Eliminar una fuente de desestablización de las monarquías de la península y el Golfo y, eventualmente,  crear un primer Estado democrático que sirviera de ejemplo y base para promover selectivamente la  democratización de algunos países del Medio Oriente.

 

Efectos

Fortalecimiento Shiítas en Irak.

Activismo Iraní en Líbano, temas Palestina, Yemen.

A.Saudita, en reacción ocupa el vacío de poder y asume un papel activo de equilibrador de Irán, que lo lleva, en Líbano, a apoyar fuerzas contra Siria, en Irak el apoyo a fuerzas políticas sunnitas y a una desgastante campaña militar en Yemen contra Houtis shiítas 2009-10 que, de manera intermitente, subsiste hasta la fecha.

Fortalecimiento Shiítas en Irak.Saudita, en reacción ocupa el vacío de poder y asume un papel activo de equilibrador de Irán, que lo lleva, en Líbano, a apoyar fuerzas contra Siria, en Irak el apoyo a fuerzas políticas sunnitas y a una desgastante campaña militar en Yemen contra Houtis shiítas 2009-10 que, de manera intermitente, subsiste hasta la fecha.

Activismo Iraní en Líbano, temas Palestina, Yemen.Saudita, en reacción ocupa el vacío de poder y asume un papel activo de equilibrador de Irán, que lo lleva, en Líbano, a apoyar fuerzas contra Siria, en Irak el apoyo a fuerzas políticas sunnitas y a una desgastante campaña militar en Yemen contra Houtis shiítas 2009-10 que, de manera intermitente, subsiste hasta la fecha.

Creación Gobierno Regional Kurdo en zona rica en hidrocarburos en norte Irak. Cooptación por Turquía comprando petróleo kurdo.

Activismo de Erdogan para llenar vacío creado por caída Sadam Hussein adoptando posiciones independientes de EU, incentivadas por hostilidad  de EUA a la Hermandad Musulmana, afín al partido de Erdogan

Énfasis al sectarismo sunnita-shiíta impulsado por Arabia Saudita para minar influencia Irán.

Surgimiento de Al-Qaeda Irak y posterior desmembramiento en  ISIL y Jabhat al-Nusra.

Prolongado conflicto armado en Irak, aunado a larga guerra en Afganistán donde 5000 soldados de EUA muertos y más de 45 mil heridos y mutilados provoca hartazgo en opinión pública norteamericana ante caso Irak.

Elección de Obama marca cambio en política hacia Medio Oriente:

No más promoción de democracia en el Medio Oriente.

Anuncio del retiro de tropas de Irak y disminución gradual de éstas.

Reticencia a involucrarse directamente con tropas en Siria.

Manejo de conflicto en Siria de manera ambivalente, facilitando la creación de una base estatal de ISIS en Raqqa, con fin minar gobierno de Al-Assad pero manteniendo objetivo de evitar que pueda llegar a controlar el país, mediante ataques selectivos,  creando grupos de djijadistas opuestos y bloqueando posibilidad que Rusia ataque directamente a ISIS y lo elimine como fuerza militar.

 

¿CÓMO SE INICIA EL PROBLEMA DE SIRIA?

 

Entorno regional.  La “Primavera árabe”.

          Túnes: 17 diciembre 2010. 14 de enero 2011 cae Zine al-Abidine Ben Ali, después de 24 años en el poder.

          Argelia: 29 diciembre 2010.

          Jordania: 14 de enero 2011

          Omán: 17 enero 2011.

          Egipto: 27 de enero 2011. El 10 de febrero de 2011 cae Hosni Mubarak, después de 30 años en el poder.

          Sudán: 30 de enero 2011.

          Irak: 12 de febrero 2011.

          Bahrein: 14 de febrero 2011. Disturbios de la comunidad shiíta (75% de la población) es aplastada por una invasión saudí y emiráti.

          Libia: 17 de febrero 2011. Cae y muere Muhammar Gadaffi  en  octubre de 2011  mediante un cruento conflicto armado e intervención de países occidentales y de Qatar que hunde al país en un largo caos político y económico.

          Kuwait: 19 de febrero 2011.

          Marruecos: 20 de febrero 2011.

          Arabia Saudita: 11 de marzo 2011.

A principios de marzo, unos adolescentes en Deera, al sur de Siria, escribieron en graffiti: “doctor, usted sigue” y “abajo el régimen”. Arresto y tortura. Familiares protestan. Represión violenta. Más protestas. Represión violenta. Muertos. Más protestas…

Para mediados de julio, según un informe de Naciones Unidas, el número de muertos ascendía a 1900, y las protestas no disminuían. El Gobierno de Assad sostenía que las protestas eran inspiradas por el extranjero y realizadas por djijadistas, al tiempo que se realizaban manifestaciones masivas en apoyo del gobierno.

Aquí conviene destacar que desde Haffez al Assad, el gobierno había adoptado un complejo sistema de premios y apoyos económicos y de proyectos de infraestructura basados en criterios comunitarios y tribales y de colocación en puestos de la abultada burocracia socialista de líderes tribales y comunitarios, subsidios al campo, electrificación total del país, infraestructura de riego, hospitales, etc.

Buena parte de ese sistema fue desmantelada por Bashar al-Assad en un programa de modernización capitalista que eliminó subsidios al campo, incrementó el precio de la gasolina y favoreció a la clase media con la privatización de grandes sectores de la economía, en beneficio de su familia y grupos de empresarios privados que quedaron ligados a la suerte del gobierno, programa en el cual la clase media se vio altamente favorecida.

Las protestas tenían una fuerte connotación de clase, en la que participaban muy pocos jóvenes de clase media. Hay que tener presente que Deera se había convertido en un punto de concentración de campesinos empobrecidos por las reformas de al-Assad y por una larga sequía

 REACCIONES INTERNACIONALES.

Las primeras reacciones fueron de los vecinos inmediatos de Siria: Arabia Saudita, Turquía un improbable actor internacional, muy ambicioso, activo y rico: Qatar, que desde las primeras semanas, mediante un acuerdo con Arabia Saudita, asumió un papel de  primer orden en el envío de armas a través de Turquía y después por Jordania y el norte de Líbano, a los manifestantes, a quienes la prensa occidental atribuía haberse apoderado de arsenales del  gobierno. 

Arabia Saudita aconsejó enérgicamente a Al-Assad una disminución de la represión que todo mundo veía como un factor decisivo del ascendente clamor popular.

Su interés era doble: contener la extensión de la Primavera Árabe, a la que veía como una amenaza para la estabilidad de su régimen tribal y absolutista y como un activo de Irán para fortalecer su influencia en la región, particularmente en Líbano, un estado donde se había planteado una competencia entre ambas naciones. 

Pese a haber heredado un eficaz y complejo sistema de seguridad interior, a pruebas de golpes de estado, consistente en quince diferentes cuerpos de seguridad en el que todos vigilaban a la población y a unos y otros, la resistencia o la testarudez de al Assad le impedían aprovechar la ausencia de dirección de las protestas para dividir y aislar las mismas.

 Turquía tenía varios intereses . Uno de ellos era la posibilidad de que el debilitamiento del gobierno de al-Assad favoreciera al movimiento separatista kurdo, al PKK y a los sectores armados el YPG,  que pretendían aprovechar la dinámica de la creación de un Gobierno Autónomo Kurdo en el norte de Irak para impulsar su propio movimiento, a pesar de que el dirigente kurdo-iraquí, Barzani, se había desvinculado de los kurdos sirios y turcos y había concluido acuerdos de venta de  petróleo a Turquía.

Por otro lado, Turquía percibía en la Primavera Árabe la posibilidad de que gobiernos islamistas moderados, como su AKP, ascendieran al poder y expandieran el área de influencia turca. Así, vio en el predicamento de al-Assad la posibilidad de introducir a la Hermandad Musulmana, fuerte y sangrientamente reprimida por al-Assad padre, como un posible socio de gobierno para apuntalar al régimen. Aceptarlas hubiese sido el comienzo del fin del gobierno de al-Assad.

Las gestiones de Erdogan eran lo que se llama un non-starter, como esos coches que tienen una falla y no llegan nunca a encender.

Gestiones similares hizo Qatar desde un prinicipio, edulcoradas con ofertas de millonarias de ayudas económicas. Debe recordarse que desde las primeras semanas del conflicto, Qatar asumió una actitud activista en Siria con numerosos e incesantes viajes del hijo del Emir Hammad a Damasco y con un incipiente trajinar de armas para los levantados.

Después de un ostensible interés en gestiones de moderación ante al-Assad, Erdogan dio un cambio brusco a favor de su caída dejando de ocultar el paso a través de Turquía armas y pertrecho no letales, así como de grupos de djihadistas de todo el mundo musulmán -que respondían al fatwa de al-Zahuahiri,  segundo de Bin Laden, llamando al djihad contra al-Assad- a los que facilitó su enfrentamiento con las milicias kurdas que habían hecho algunos importantes avances en Siria.

REACCION OCCIDENTAL.

La reacción occidental fue tardía, moderada e incrementalista. No debe descartarse que la saturación política creada por la Primavera Árabe tuviera cierta influencia en esta actitud, si se tiene en cuenta que la cuestión de Libia no estuvo resuelta militarmente hasta octubre.

A fines de abril. Estados Unidos impuso algunas llamadas “sanciones”, que más bien deberían llamarse medidas de presión económica y financieras, mientras la Unión Europea hizo lo propio en mayo. El 18 de agosto, es decir, seis meses después de iniciado el levantamiento popular, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia Alemania y Canadá, emitieron un comunicado pidiendo la salida de Assad.

Como dijimos arriba, Estados Unidos, presionado por   pérdidas y estancamiento de la larga guerra en Afganistán y el escalamiento de las pérdidas militares y políticas en Irak, habían forzado a Obama a un cierto repliegue en el involucramiento norteamericano en el Medio Oriente y en Siria en particular.

Dicho repliegue estaba altamente calificado: estaba limitado al emplazamiento masivo de tropas terrestres, pero no al empleo de la fuerza aérea y naval, y al ejercicio de presiones políticas y económicas, a la operación de sus servicios de inteligencia y desestablización clandestina  y a la utilización interpósita de fuerzas irregulares para promover  sus intereses en la zona.

El comunicado de agosto pidiendo la salida de al-Assad fue tomado como el preludio a una intervención norteamericana en Siria y motivó el escalamiento de las expectativas de los alzados sirios y de Arabia Saudita y Qatar de que se acercaba una invasión norteamericana.

Estados Unidos subió de tono sus denuncias verbales, lo que algunos comentaristas percibieron como el empleo del mismo esquema depresión empleado contra Mubarak, cuando no se contaba en Siria con el mismo poder de ascendencia política y financiera que en Egipto.

El 18 de agosto, Obama insistió en su presión verbal, reiterando la necesidad de que al Assad se hiciera a un lado, un llamado de nuevo por Alemania y Francia.  

La guerra verbal, como dijimos, nutrió grandes expectativas en los adversarios de al-Assad en la región, particularmente, Turquía, Arabia Saudita y Qatar,  quienes siguieon adelante en la promoción de sus intereses: Turquía facilitando el paso de números cada vez más grandes de djihadistas por su territorio, de Arabia Saudita y Qatar en la promoción de diferentes grupos, en ocasiones de lealtades contradictorias a los intereses de uno u otro, pero unidos en en el objetivo de tirar a al-Assad.

 RUSIA Y CHINA 

Con un sangriento historial de levantamiento islamista armado en Chechenia, Rusia ha visto los regímenes laicos del Medio Oriente más confiables que los aristocratizantes y sectarios regímenes de la península y del Golfo. Adicionalmente, Siria es el anfitrión de la única base naval rusa en el Mediterráneo. Como país prácticamente sin costas tibias y con Istambul como su única salida al Mediterráneo, una base en el mismo adquiere una importancia militar de primer orden.

Rusia asumió desde el principio una actitud de defensa del gobierno de al-Assad bloqueando todo intento de condena a la represión contra el levantamiento, sin por ello dejar entrever un apoyo militar, como después se manifestó.

Una victoria de los opositores de al-Assad implicaba un profundo cambio estratégico en todo el Medio Oriente favorable a los intereses de Estados Unidos, que hubiera significado el enclaustramiento absoluto de Rusia

CHINA. Sin intereses específicos en la región, China se opuso y bloqueó todo intento en el Consejo de Seguridad de cualquier resolución que implicara un juicio de condena sobre el manejo interno de la crisis por el gobierno Sirio. Sus intereses eran y son genéricos: el respeto absoluto a la prohibición de cualquier tipo de intervención de la organización en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados, (art.2/7 de la Carta de Naciones Unidas). Entre esos asuntos deben incluirse, para China, los que se refieren a Taiwan o los derechos humanos

En Naciones Unidas, donde se ventilan asuntos y problemas de toda índole, es necesario ser muy cuidadoso de tener en cuenta todos los intereses – y subrayo, todos los intereses- del Estado que se representa, a fin de no abrir flancos que puedan ser invocados después por algún adversario para debilitar o anular una argumentación en cualquier otra negociación. En el caso de China hay adicionalmente, desde luego, el interés político de golpear a un adversario

   LA ORGANIZACIÓN INTERNA DE LA OPOSICION SIRIA

El levantamiento sirio fue un movimiento espontáneo, disperso sin dirección central, que se benefició de la deserción individual y esporádica de algunos miembros de las fuerzas armadas. Esto es un indicio del sistema a prueba de golpes de estado heredado y fortalecido por al-Assad- En efecto, la casi totalidad de los altos, medios y bajos mandos de las fuerzas  armadas se pusieron en manos de miembros de la secta Alawita, a la que pertenece la familia de al-Assad. Adicionalmente, los cuerpos mejor equipados de las Fueras Árabes Sirias están integrados en su totalidad por miembros de esta secta.

Esto nos permite entender por qué nunca se produjo la deserción de contingentes militares íntegros a los movimientos de protesta.

La prolongación de las protestas y desplantes retóricos de los países occidentales, abrieron espacios a los contactos y organización de antiguos políticos exilados y desplazados para subirse a la ola y tratar de encabezar y orientar el disperso movimiento.

La impresión predominante entre los alzados y en las capitales de los países vecinos y occidentales, era que al-Assad caería en cualquier momento y era necesario aglutinar a los grupos dispersos en una organización que decantara o sirviera de plataforma de lanzamiento de figuras que pudieran encabezar un futuro gobierno.

El Departamento de Estado de Estados Unidos sirvió de catalizador y organizador de los innumerables intereses políticos que desataron los levantamientos. Sin embargo, los intentos para crear un Consejo Nacional Sirio y después un Consejo de la oposición Siria, fueron un fracaso total. Casi ninguno de los antiguos o recientes políticos opositores tenía contacto con los numerosos Comités de Lucha Locales que se crearon espontáneamente sobre bases vecinales o tribales. Como subrayó Hillary Clinton, algunos de esos políticos  tenían 20, 30 o hasta 40 años de haber sido expulsados de Siria por el padre de al-Assdad o, en el mejor de los casos, se trataba de grupos que como la Hermandad Musulmama, provocaban inmediato rechazo en otros aspirantes a formar parte de cualquiera de los Consejos, sin contar la generalizada paranoia que impedía llegar cualquier acuerdo.

Por lo demás, acomodar a tantos grupos e individuos disímbolos  determinaron la creación de asambleas de una membrecía descomunal que impedían la adopción de decisiones.

Paulatinamente, estas organizaciones fueron perdiendo relevancia ante el aumento de la actividades militares y el ascenso de grupos con mejor financiamiento y apoyo directo externo.

 

 FINANCIAMIENTO EXTERNO.

Había tres grandes proveedores de armas y financiamiento: Qatar, Turquía y Arabia Saudita.

Qatar es un país con una pequeñísima población: 350 mil qataris, una población extranjeras de aproximadamente 3 millones de individuos, una enorme riqueza petrolera y gasera de yacimientos que comparte con Irán, una enorme base aérea norteamericana, importantes fuerzas armadas entrenadas por Gran Bretaña, dotadas de armamento francés y una familia gobernante muy inclinada a proyectar su poder  en otro países de la región o incluso fuera de ella.

En la Argelia de los años noventa era un secreto a voces que Qatar era la fuente de financiamiento del Frente Islámico de Salvación, el FIS, y del Grupo Islamista Armado, el GIA. unas organizaciones que sembraron el terror en Argelia, cuyos miembros se retiraron a disfrutar el saqueo a Qatar, cuando sus prácticas salvajes fueron contraproducentes para ganar adeptos y el ejército los arrinconó.

En Libia, Qatar fue el único país árabe que contribuyó con su fuerza aérea a imponer una no fly zone, junto con Estados Unidos y Francia, para facilitar la acción de los antiguos partidarios del depuesto y finado rey libio en Bengazi para cercar, derrocar y matar a Gadaffi.

En Siria, como vimos antes, fue de los primeros Estados en presionar a al-Assad para que formara un gobierno con la Hermandad Musulmana muchos de cuyos miembros habían encontrado asilo en Qatar.

Desde el otoño de 2011 la prensa inglesa reportaba transferencias de armas de Libia a los rebeldes sirios. Algunos autores subrayan que ningún grupo opositor sirio podía demostrar nexos con los rebeldes libios,  lo cual sólo podían haberse realizados mediante la intermediación de Qatar.

Turquía era el medio para hacer llegar las armas libias a su destino, como lo fueron también para posteriores embarques financiados por Qatar. Un informe de Naciones Unidas de 2014 describía las rutas de las armas vía Qatar, luego Turquía o Jordania. Otros grupos recibían fondos y equipo no letal de organizaciones no gubernamentales de caridad ligadas al gobierno de Erdogán.

Qatar no parecía tener preferencias en el desembolso de dinero o entrega de la armas. En ocasiones esto eran canalizados a través de la Hermandad Musulmana, la cual  los distribuía a su antojo.

Arabia Saudita tenía su propio sistema de financiamiento y de entrega de armas, pero más estricto en su destino que Qatar y en ningún caso a la Hermandad Musulmana.

Aunque nunca se reconoció oficialmente su veracidad, artículos publicados en internet han dado cuenta en 2017 de cargamentos de armas búlgaras ordenados por compañías bajo contrato del  Departamento de Defensa que tenían como destino el puerto de Jeedda, en Arabia Saudita, que después se encontraron en manos de  Jabhat al-Nusra, un poderoso grupo terrorista afiliado a Al-Qaeda. Otro artículo en The Times of Israel de junio de 2017 cita a The Wall Street Journal sobre una corriente interrumpida de fondos de Israel para grupos de terroristas que operan cerca del Golán, pero aunque da a conocer el nombre de los grupos, no identifica su afiliación a alguna de las grandes  bandas que operan en Siria.

El apoyo de los servicios de inteligencia de países vecinos de Siria u occidentales es difícil de ubicar, pero su papel tanto de inteligencia humana como de sensores remotos satelitales, ha sido reportado en varias ocasiones. Una importante base de operaciones de inteligencia se ubica en Jordania, un área en donde Arabia Saudita ejerce influencia.

Otro despacho de prensa da cuenta de la queja de grupos de djihadistas que no recibían las armas prometidas por la Agencia Central de Inteligencia en la frontera turca.

Otra fuente de financiamiento son los donadores privados residentes predominantemente en los países del Golfo. Un caso notable es el de un ataque sobre la provincia de Latakia, una región  en la que los alawitas son mayoría. La sangrienta opreración sobre blancos civiles en 2014 fue financiada por un individuo de Kuwait que sirvió de catalizador para reunir de otros donadores una enorme suma que financió el ataque, muy probablemente por Jabhat al Nusra, es decir Al-Qaeda. El ataque, en  las inmediaciones de la base naval rusa de Tartous fue uno de los detonadores de la intervención de la aviación rusa en el conflicto.

 

La Primera Guerra Mundial sigue entre nosotros, segando vidas y destruyendo países.

Israel, Irak, Siria, Líbano, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos  Árabes  Unidos, Bahrein, Qatar, Yemen, países artificiales creados por la rapacidad colonial  y los estrechos intereses de aristócratas europeos para optimizar sus ganancias hace cien años o menos, siguen siendo el teatro donde  se sacrifica a cientos de miles de personas, se reducen a escombros  ciudades, se destruyen monumentos milenarios, en búsqueda de acomodos imposibles que restañen la criminal audacia de crear países con sólo un mapa y una pluma.

No hay gobiernos estables en el Medio Oriente y aquel que se precia de ser la única democracia en la región, Israel,  lo logra imbuyendo a su población la soberbia religiosa y la arrogancia de la superioridad racial y militar.

Las condiciones políticas y sociales del Medio Oriente a principios de 2011 y la testarudez o el pánico de Bashar al-Assad despertaron la ambición y la esperanza de Estados Unidos y otros pocos países de Medio Oriente para producir un movimiento en las placas tectónicas de la política mundial con una mínima inversión.

En marzo-abril de 2011 Bashar al-Assad parecía estar al borde del abismo y, aunque Estados Unidos estaba imposibilitado políticamente para invadir el país, la desestabilización por interpósitos agentes parecía una opción viable. Sólo que los intermediarios  debían acudir a otros intermediarios, muchos de los cuales podían volverse, como se volvieron,  contra sus patrocinadores.

El repliegue de Estados Unidos y la incapacidad de Turquía, Qatar y Arabia Saudita de intervenir directamente en el conflicto, crearon un vacío de poder que fue llenado oportunamente por Rusia e Irán, el primero con su poderosa fuerza aérea y el segundo con la asesoría de la Guardia Revolucionaria y Hezbollah.

Estados Unidos ha tenido que utilizar a un adversario, el Estado Islámico, para justificar la presencia de su fuerza aérea en algunas regiones de Siria, pero fracasó en el intento de derrocar a al-Assad. Ahora lo busca a través del acoso económico, financiero y energético y una presencia militar indefinida en el rico este petrolero del país.

 

*Notas para la conferencia sustentada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, el 27 de noviembre de 2018.      

         

 

 

 

         

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This Village is being swallowed by the Sea

This village is being swallowed by the sea

Amy Martin

Waves from the Chuckchi Sea splash the seawall on the coast of Shishmaref.

The sun never really sets on summer nights in the far north, and the endless twilight makes Shishmaref, Alaska, something of a kids’ paradise.

“There’s a lot of kids,” says 8-year-old Walter Nayokpuk, emerging from a swirling kid mosh pit in a wide spot of sand between some houses. “And we can be free!”

Free to roam in this Iñupiat village of about 600 people on a barrier island near the Bering Strait, just shy of the Arctic Circle. There’s a church, a school, two stores, and around 150 houses. For kids, it is a very safe place to play, and grow up. But the paradox of Shishmaref is that it might be both one of the safest and one of the most dangerous places to live in America today: This small community is ground zero for climate change in the Arctic.

Shishmaref is the only town on Sarichef Island. And everywhere you go, you can see the waves and hear the constant roar of the ocean. The island is only about a quarter of a mile wide — and it’s getting smaller.

Waves from the Chuckchi Sea splash the seawall on the coast of Shishmaref. |

“It’s changed a lot,” says Kate Kokeok, who grew up in Shishmaref and now teaches kindergarten here. In decades past, Kokeok says, the sea ice around the island served as a kind of buffer, protecting it from the wind and waves when winter storms blew in. But these days the ice is forming later and later.

“It was always frozen at the end of October,” Kokeok says. “It no longer is.”

That means the fierce winter waves that used to break on the ice far away from shore now slam directly into the island. At the same time, the permafrost beneath the town is thawing as temperatures rise, weakening its foundation. The combined effect is a quickly receding coastline. And that’s left Kokeok with a lot of memories of places that are now under water.

“Like, where the seawall is now, that’s where we used to have our playground,” she says. “Down that way, that’s where like 10 to 15 houses were. And, like, the last house that’s there now? There was a house next to it, a road, and then another house … You can see how much land was lost there.”

A midnight sunset over the seawall in Shishmaref. |

A lot of that land was lost in a storm in 1997, and then another in 2005. People gathered in the windy darkness to get the residents out and save as many of their belongings as possible. After that 2005 storm the U.S. Army Corps of Engineers built a new, stronger seawall. Kokeok says that probably saved even more houses.

But the seawall is just a temporary fix. Without the barrier of the ice, eventually, the ocean is going to wash this island away.

The people of Shishmaref know they’re not safe here, and two years ago, they voted to move the village to the mainland. In fact, the community has voted to relocate three times — in 2016, in 2002, and way back in 1973. People in Shishmaref were worried about erosion even then, although, at the time, no one knew how much climate change would accelerate the process.

A flyer invites residents to a screening of “The Last Days of Shishmaref.” Someone has added a handwritten “Do Come!” to the flyer. |

They do now. According to a study conducted by a researcher at the University of Alaska Fairbanks, tiny Sarichef Island lost an average of seven and a half feet of land a year to erosion between 2003 and 2014. And as the island shrinks and the sea ice recedes, the risks steadily rise. When major storms blow in, residents have nowhere to run. Shishmaref is not connected to any roads, and in a raging storm planes or boats would have a very hard time getting here.

Of course, climate change is only adding to a problem that already existed in Shishmaref — it was always vulnerable to erosion, making it a risky place for a permanent settlement. So why was it there to begin with? It’s a question Kelly Eningowuk, who heads the Anchorage-based Inuit Circumpolar Council in Alaska, hears a lot.

“I’ve heard something to the effect of, ‘These dumb Eskimos, why did they build their community on a barrier island?'” Eningowuk says. “The fact of the matter is, because [that’s where] the church and the Bureau of Indian Affairs school was built.”

Eningowuk grew up in Shishmaref and says until 100 years or so ago there was no permanent village on Sarichef Island. Her ancestors lived all along this part of the coast, and while they used the island frequently, they didn’t live there year-round.

“They were kind of semi-nomadic. We didn’t have permanent settlements.”

But all of that changed in the early 1900s when the U.S. government and the Lutheran church came to coastal Alaska and built churches and schools. It was an extension of the colonization process that had already swept through the lower 48 states. Alaska Native people were told they had to send their kids to the new schools or risk having them taken away.

So over time, the population of this part of the coast concentrated on Sarichef, and the process of “development” committed them to a spot that turned out to be very dangerous.

“They don’t have any way to get out of harm’s way right now,” says Joel Clement, a scientist and policy analyst who used to work at the U.S. Department of the Interior. “So they’re in a tough spot in the fall with the storm season — and the storm season is expanding. That’s the top-level thing I worry about.”

Clement was one of the people leading the federal government’s effort to help Shishmaref and other coastal Alaskan communities under the Obama administration. When he was hired in 2010, the federal government had already issued two reports — in 2003 and 2009 — describing the threat in no uncertain terms. The reports said more than 30 villages, including Shishmaref, were in “imminent danger.” The worst-case scenario, Clement says, is that “a storm comes in and forces them off that land this year.”

At the Department of the Interior, Clement set out to get federal agencies to help protect people in coastal Alaska from the threats of rapid climate change. Shishmaref and other towns were already engaged in planning their own solutions, but the sticking point was money — moving a whole town is a complicated and expensive affair. One federal study pegged the cost of moving Shishmaref at $179 million.

Shishmaref doesn’t have that kind of money. They barely have any kind of money. Forty percent of people here live below the poverty line and many homes don’t even have running water. But Congress was not supportive of helping with the move. Many members weren’t — and still aren’t — willing to accept that human-caused climate change is even real. So, Clement says, “finding dollars was very difficult.”

Then in 2016, President Obama signed an executive order protecting marine resources in the Bering Sea and setting up a new structure for helping Arctic communities respond to climate change. Clement was optimistic that the move would finally bring meaningful action for Shishmaref. While it came just before Obama left office, Clement was confident it would stand under the new Trump administration.

“Despite all the anti-climate change rhetoric out of these new folks, I wasn’t worried about climate change adaptation [efforts],” Clement says, because they were addressing very visible issues. “People are being directly impacted by climate change. It’s not a model, it’s not a theory, it’s fact. And, of course, I was being very naive.”

But less than four months into the new administration, President Trump revoked Obama’s executive order. The project was dead. Clement was shocked.

“It was a clear shot across the bow,” he says, “that, hey, it doesn’t matter whether you are working on reducing greenhouse gas emissions or protecting people in peril. Anything that has a whiff of climate change to it has to stop.”

A few months later, Clement got reassigned to a totally unrelated job for which he had no qualifications. And he wasn’t alone. He found out that dozens more senior Interior Department executives had been reassigned. “I realized … I was part of a purge,” he says.

Clement found a lawyer and filed a whistleblower complaint, which is still pending. He also wrote an op-ed in The Washington Post and started speaking publicly about what’s at stake — not just his and his colleagues’ jobs, but the people of many coastal Alaskan communities.

“Government should be scrambling to try and find ways to get people out of harm’s way,” he says. “It’s what government does.”

And Clement says the crisis facing Shishmaref and other Alaskan villages is just a hint of what’s to come. If the federal government effectively tells these communities they’re on their own, he says, “they’ll be saying the same thing to Miami pretty soon … What happens up there in the face of climate change is an important bellwether for what’s going to happen in the rest of the coastal areas of the United States.”

“We are all American citizens,” he says, “and we have some expectation that we’re not on our own … That’s one of the things that makes this country great.”

The Interior Department did not respond to two separate requests for comment.

Children on Shishmaref play basketball late in the evening on the village’s playground. |

Clement says at least one coastal Alaskan village is likely to be wiped out within the next 10 years. It could be Shishmaref, and it doesn’t take much imagination at all to picture it — the winds wailing, the waves rising, and the frigid water rolling and crashing over the island on a dark winter night.

It’s a nightmare scenario. And it’s completely possible.

So in the absence of federal help, why don’t people just leave on their own? If not as a whole village, then at least as individuals and families? Clement says that would amount to the “cultural death” of these communities.

“Each one of these villages is its own distinct culture, [they have] their own distinct dialect,” he says. “To ask them to just assimilate into another village somewhere is to ask them to let go of their culture entirely, which I think is just a horrible thought.”

It’s hard to find anyone in Shishmaref who disagrees with this. People here want to stay together.

“Lot of us like to take care of our community first and then ourselves last, you know?” says Shishmaref Vice Mayor Stanley Tocktoo.

Rays of sunlight spill over a Shishmaref home as the midnight sun sets over the Chuckchi Sea. |

People here rely on each other for all of the essentials of life. They visit each other when they’re sick, they take care of each other’s kids. They depend on subsistence hunting to feed their families and share that food with elders and others who can’t go out and hunt themselves. And they know that their future depends on keeping those relationships intact.

“[That’s] just the way our community is, you know?” Tocktoo says. “It comes from family ties, I guess. This community’s like a real big family.”

Tocktoo is on the search and rescue team here and knows better than anyone just how bad things could soon get. He is frustrated by the indifference in Washington.

“We’re Americans too, you know,” he says. “We don’t have to be treated like a third world country.” And, he adds, “I can’t believe our president don’t believe in climate change.”

But the story of Shishmaref is more than just a story about the impacts and inequities of climate change. It’s a case study on how climate change can’t be understood in isolation from history and politics.

The community is here in large part because outsiders wanted to exert control over Indigenous Alaskans and their way of life. The U.S. government was very effective when it wanted to make people settle in this particular place, but now that it’s clear they need to relocate, it’s so far proven completely ineffective in helping them to get out.

One of the climate change buzzwords right now is resilience. That’s something the people of Shishmaref are already experts in — they’ve been practicing it for a long, long time. What they’re asking for is basically the right to keep their community together so they can continue to practice resilience.They just call it by a different name. Taking care of each other.

Reproducido de The Week, 23 November 2018

El síndrome de La Habana

 

 

 

 

By  and 

In the winter of 2017, the American Embassy in Havana was in a precarious state. The Embassy, a six-story tower that sits next to the seawall known as the Malecón, was built in 1953, and during the five decades in which diplomatic relations between Cuba and the United States were suspended it had suffered from neglect. Salt and humidity from the ocean ate away at the pins holding up the marble façade. Work crews erected a fence around the most vulnerable area, to insure that no one was impaled by shards of marble tumbling from the walls.

Audrey Lee, a career Foreign Service officer in her late forties, worked in a snug office on the ground floor. (The name is a pseudonym, which she requested in order to protect her privacy.) Her life in Havana was fascinating but orderly. She lived with her husband and their twelve-year-old twins in a quiet neighborhood full of diplomats, and drove an S.U.V. to work each morning, arriving habitually by seven-thirty. A veteran of several Foreign Service tours, she felt at ease in Cuba—except for one peculiar incident. Earlier that year, when the family returned to Havana from a vacation, they were struck by a foul stench in their kitchen. The freezer was unplugged. Lee and her husband cleaned out the rotten food, plugged the freezer in, and went back to their routine, thinking little about the fact that someone had been there while they were away.

On the evening of March 17th, Lee came home from the Embassy, made dinner, and ate with the twins in the kitchen nook. Her husband was away on business. Afterward, the kids went upstairs to play Minecraft. At around eight o’clock, Lee washed the dishes. The kitchen lights made it hard to see out the window, but she knew that there was a wooden booth outside where Cuban police kept watch. As Lee was cleaning, she felt a sudden burst of pressure in her head, then a stabbing pain worse than any she had ever experienced. Her breath quickened and she was overcome by panic. Lee had heard rumors around the Embassy of colleagues falling victim to mysterious “sonic attacks,” but no one knew what they were or what had caused them.

As the pain grew more intense, she remembered overhearing a security officer at the Embassy talking about how employees could protect themselves. “Get off the X,” he had said, which Lee took to mean move away from the site where she experienced the pain. She made her way to the family room and took a few minutes to steady herself. After checking on the twins, she went to her bedroom to lie down, but the pain kept her from sleeping.

The next morning, Lee’s head still hurt. At breakfast, her son asked her to read the ingredients on a box of cereal, and she struggled, moving the box back and forth as she tried to focus. In the coming weeks, she often felt dizzy and lost her balance, and sometimes walked into doors. She felt as if she were moving even when she was still, a sensation that she compared to walking after taking off roller skates. She was sleeping just an hour or two a night. Co-workers noticed that she was becoming forgetful. One afternoon, a colleague stopped by her office to discuss running an errand together. When the colleague returned five minutes later and said, “Are you ready?,” Lee looked up and said, “Ready for what?”

Wary of being seen as a burden, Lee didn’t mention her condition to her superiors, Jeffrey DeLaurentis, the Embassy’s chief of mission, and his deputy, Scott Hamilton, but they already knew that something strange was happening. Between December 30, 2016, and February 9, 2017, at least three C.I.A. officers working under diplomatic cover in Cuba had reported troubling sensations that seemed to leave serious injuries. When the agency sent reinforcements to Havana, at least two of them were afflicted as well.

All the victims described being bombarded by waves of pressure in their heads. Unlike Lee, though, the C.I.A. officers said that they heard loud sounds, similar to cicadas, which seemed to follow them from one room to another. But when they opened an outside door the sounds abruptly stopped. Some of the victims said that it felt as if they were standing in an invisible beam of energy.

The Americans suffered from headaches, dizziness, and a perplexing range of other symptoms. Later, specialists studied their brains and determined that the injuries resembled concussions, like those suffered by soldiers struck by roadside bombs in Iraq and Afghanistan. But there were no signs of impact. One of the specialists said it was as if the victims had a “concussion without concussion.” Douglas Smith, who oversaw a team that examined the victims at the University of Pennsylvania, said, “None of us have ever encountered anything like this before.” Experts at the C.I.A. were baffled by what they saw as an alarming new threat, one of the most confounding medical and espionage mysteries to involve American personnel overseas since the Cold War. The affliction didn’t have a name, so some of the victims started to refer to it simply as the Thing.

A year earlier, in March, 2016, Barack Obama had flown to Havana to celebrate the restoration of diplomatic relations between the United States and Cuba, after more than half a century of enmity. With Raúl Castro smiling in the audience at the venerable Gran Teatro, Obama gave a speech in which he announced that he had “come here to bury the last remnant of the Cold War in the Americas.”

The reconciliation had been at least four years in the making. In February, 2012, Senator Patrick Leahy, Democrat of Vermont, who had long favored restoring diplomatic relations with Cuba, had met with Raúl Castro in Havana. “Wouldn’t it be nice if our grandchildren could grow up in a world where our countries no longer treat each other as enemies, and our grandchildren could travel and study and learn to get along together?” Leahy said. A Cuban diplomat who attended the meeting recalled that Castro replied, “Tell Obama that we shouldn’t leave this situation to our children, that we have to solve this before I go.”

Not long after Obama was reëlected, in November, 2012, he asked Benjamin Rhodes, one of his closest national-security advisers, to lead secret negotiations with the Cubans. Rhodes knew little about Cuba and barely understood Spanish, so Ricardo Zúñiga, a National Security Council official who had previously served in Havana, was called in to work with him.

Obama saw a diplomatic opening with the Cubans as something that would be “nice to have,” rather than something that “he had to have,” a former Administration official said. The stakes were significantly higher for Raúl Castro. In the past decade, Cuba’s economy had depended on subsidized oil, provided by President Hugo Chávez of Venezuela. But Chávez was dying of cancer, and the Cuban leadership was desperate for new sources of revenue. When Raúl Castro chose his son, Alejandro, to serve as his intermediary with the Obama Administration envoys, Zúñiga felt assured that the Cubans were serious about negotiating an agreement.

Before the first meetings, in June, 2013, Rhodes asked U.S. intelligence analysts to give him as much information as they could about Raúl and Alejandro Castro’s backgrounds and intentions. Public sources noted that Alejandro had degrees in engineering and international relations, and that he had published a book, “Empire of Terror,” about what he saw as the United States’ imperialist history. He was a colonel at the Interior Ministry who was sometimes known as El Tuerto, or One-Eye; rumors held that he had lost vision in one eye during Cuba’s military incursion into Angola. The analysts said that he was “likely” the country’s third most powerful figure, after his father and his uncle Fidel; according to reports, Raúl had assigned him to oversee Cuban counterintelligence. But the analysts could tell the negotiators little about internal Cuban deliberations. A former intelligence official who worked with Rhodes and Zúñiga said, “We were flying blind.”

The negotiators met in Ottawa and Toronto. Rhodes and his advisers found that these discussions advanced surprisingly quickly, given the obstacles. In addition to the underlying tension between the two countries, the Americans assumed that Russian intelligence agencies would find out about the negotiations and try to interfere. “The Russians would have every interest in fucking with us in Cuba,” Rhodes said. The U.S. and Russia were increasingly at odds over Ukraine, and Rhodes guessed that Moscow was thinking, “You’re in our neighborhood, and we’re going to mess around in yours.”

In January, 2014, Rhodes and Zúñiga were meeting with Alejandro Castro at a hotel near the Toronto airport when a young couple approached them in the lobby, thrust smartphones in their faces, and snapped pictures. Rhodes and Zúñiga surmised that they were Russian operatives, sending a message from Moscow: “We know what you’re up to.” Rhodes waited for the Russians to leak the information in order to derail the talks, but it never happened.

As the negotiators honed an agreement, Rhodes and Alejandro Castro needed to talk more often. Rhodes had access to secure communications links in the Situation Room, in the basement of the White House. But the Americans couldn’t share those channels with the Cubans, whom many in the U.S. security establishment viewed as formidable adversaries. Castro came up with an unorthodox solution. He created two Skype accounts—one for Rhodes and one for himself—using American-sounding fake names. From then on, his Skype calls were piped directly into the Situation Room.

In December, 2014, when Obama and Raúl Castro announced that their countries were reëstablishing diplomatic relations, ordinary Cubans were excited, but there were signs of disquiet inside the country’s bureaucracy. The Americans concluded that most Cuban officials were only now learning that the negotiations had been held and felt that they had been snubbed. U.S. officials said these Cubans likely suspected that Obama, despite his talk of a fresh start, had the same objective as his predecessors: regime change in Havana.

In the United States, anti-Castro politicians were also upset about the secret negotiations. Just before the announcement of the rapprochement, White House officials notified Senator Marco Rubio, Republican of Florida and a member of the Senate Intelligence Committee. At a classified briefing about the agreement, Rubio, a vociferous critic of the Cuban government, argued that it would embolden the country’s dictatorial rulers, who, he believed, wanted to ease Cuba’s financial difficulties without loosening their grip on power. But Rubio did see one benefit in reopening the Embassy in Havana: it would create opportunities for the C.I.A. to expand its intelligence-collection efforts on the island, where Russia and China were increasingly influential. In a recent interview, Rubio declined to comment on the closed-door session, but he said, “I had no practical ability to change the Obama policy once it was made. Therefore, I am often in the business of making lemonade out of lemons.”

The U.S. compound in Havana resembles a miniature version of the United Nations headquarters; it was designed by Harrison & Abramovitz, the New York firm that also helped design the U.N. In the main building, known as the chancery, the chief of mission has an office on the fifth floor, with a balcony overlooking the ocean. When DeLaurentis started in the job, he enjoyed bringing guests onto the balcony to admire the view, until engineers advised him that the crumbling façade made it too dangerous.

One floor above DeLaurentis’s office was the C.I.A. station, which occupied the most restricted area in the building. Compared with C.I.A. stations in Mexico City and Bogotá, the one in Havana was tiny, often composed of just three intelligence officers. The biggest threat facing the Embassy was espionage. The perimeter of the facility was secured by a force of Cuban guards, who were vetted by the government. Similarly, most of the local employees who worked inside the Embassy were handpicked Cuban nationals. The Americans assumed that many were informants, so, to prevent bugs from being slipped into sensitive offices, even cleaning and maintenance crews were forbidden to go above the second floor, unless they were escorted by one of the Marine guards who controlled access to the chancery.

The compound on the Malecón was closed in 1961, after Fidel Castro seized power and the United States severed diplomatic relations. In 1977, when Jimmy Carter was President, the U.S. and Cuba signed an agreement establishing the U.S. Interests Section in Havana, which operated under the formal protection of the Embassy of Switzerland.

After Obama and Raúl Castro reached their agreement to reopen their embassies, the Americans asked the Cubans to ease restrictions on the number of U.S. diplomatic personnel allowed to work in Cuba. The Cubans pushed back. A larger staff at the Embassy would create new opportunities to bring in spies and human-rights officers who would work with dissidents. Benjamin Rhodes tried to reassure the Cubans. “Allowing more diplomats into Cuba, and letting them get out of Havana, will allow them to meet with a wider variety of Cubans, and not just dissidents,” he said. Eventually, the Cubans agreed to let the number of U.S. diplomatic personnel increase from fifty-one to more than seventy. However, Republicans in Congress, who opposed reëstablishing diplomatic relations, blocked funding for the additional positions. As a result, only fifty-four of the agreed-upon slots could be filled.

The Cubans were even more suspicious when the State Department said that it would need to send large shipments of supplies to the Embassy. The chancery was last renovated in the mid-nineties and was “in desperate need of a total rehab,” Patrick Kennedy, who was then the Under-Secretary of State for Management, said. Finding supplies in Havana was impractical. There was little to buy, and, more important, the Americans suspected that Cuban intelligence would slip listening devices into almost everything they purchased on the island. To avoid penetration, even the furniture had to be shipped in. State Department officials told the Cubans that they needed to send several large steel containers by sea, and that they wanted them to be exempt from inspection.

The request became a crucial sticking point in the negotiations. Much of the wrangling fell to Roberta Jacobson, the Assistant Secretary of State for Western Hemisphere Affairs. “In nonpermissive environments, you have to be able to send a container that they won’t be able to look inside,” she explained. “When we built our new Embassy in China, they gave us an unlimited quota for secure containers.” The Cubans argued that history had left them apprehensive, she recalled: “They said to us, ‘You used your secure containers in the past to bring in materials for counter-revolutionary groups.’ Which is true—but we hadn’t really been doing that for some time. The thing is, you’d give a fax machine to a dissident and it would be seized the next day, so it was kind of pointless anyway.” After six months of negotiations, the Cubans grudgingly agreed to allow one container into the country without an inspection. American officials are vague about its contents, but say that it was full of electronics, including secure communications gear.

On July 20, 2015, the United States and Cuba formally reëstablished diplomatic relations. A few weeks later, Secretary of State John Kerry presided over a flag-raising ceremony in Havana, attended by three retired American marines, who had lowered the flag when the Embassy closed, half a century before. Outside the compound, Cuban security men kept an eye on several hundred locals, who had gathered to cheer and to wave little Cuban and American flags.

A few weeks later, an unmarked U.S. government plane landed at an airstrip in Havana, carrying the last person in the world the Castros might be expected to welcome: John Brennan, the director of the C.I.A. Brennan was there to meet with Alejandro Castro and discuss increasing intelligence coöperation between the two countries. Brennan considered Cuba’s spy agencies the most capable in Latin America, and hoped to work with them against drug cartels andterrorist networks.

Brennan’s enthusiasm wasn’t universally shared in the U.S. intelligence community. Some officials feared that Cuba could exploit any openings to expand its operations against the United States. Others, though, saw the idea of greater coöperation as an embodiment of the old adage “If you can’t beat ’em, join ’em.” The C.I.A., which prides itself on being the world’s best intelligence service, doesn’t advertise the fact that it has repeatedly been outplayed by the spy networks of an impoverished Caribbean state. But, over the years, Cuba’s intelligence officers have been remarkably successful at recruiting Americans. “They’ve penetrated just about anybody that the agency has ever tried to run against them,” James Cason, who was the head of the U.S. Interests Section in the two-thousands, said. “They basically beat us.”

After the Cold War ended and Russia more or less abandoned Havana as a military outpost, the C.I.A. concentrated less on Cuba. But Cuban intelligence agencies never took their eyes off the U.S. “Everything that they did focussed on us,” Cason said. At one point, Cuban security services assigned a battalion of intelligence officers—estimates range from hundreds to thousands—to monitor the U.S. Interests Section. John Caulfield, a former head of the Interests Section, used to tell his counterparts, “Frankly, I think you have vastly overestimated my capability of destabilizing your society.”

Brennan’s talks with Alejandro Castro took place at a discreet government guesthouse, where a day of formal negotiations was followed by a banquet featuring a spit-roasted pig. The Cuban government has long cast the C.I.A. as the ultimate enemy, dedicating large portions of a museum, the Denouncement Memorial, to railing against the agency’s purported offenses (“637 conspiracies to assassinate the commander in chief”). Nevertheless, U.S. officials said that, during the talks, Cuban leaders made it clear that they respected the C.I.A., and, in fact, found it more reliable than the State Department, which, during George W. Bush’s Administration, had aided programs intended to undermine the Cuban government. Rhodes sometimes joked with Alejandro Castro, “Who thought that the C.I.A. would be the agency which the Cubans would trust!”

Brennan and Alejandro Castro agreed on a series of steps to build confidence. One called for the Cubans to post an officer in Washington to act as a formal liaison between the two countries’ intelligence agencies.

In the end, the Cubans didn’t send a liaison officer. American officials speculated that Alejandro Castro had been undermined by hard-liners in his system who opposed improving relations. Alejandro, in turn, complained that the C.I.A. didn’t follow through with its commitments, and said that he believed Brennan was impeded by Cuba hawks at the agency. “The American and Cuban publics overwhelmingly support more engagement,” Rhodes said in an interview. “But there are antibodies embedded in both governments that don’t want to let go of the conflict.”

As Obama prepared for his visit, in March, 2016, U.S. diplomats started to brief the Cubans on the army of security men, transport aircraft, and armored limousines that would descend on the island. To Cuban hard-liners, “it probably looked like their long-feared invasion,” John Caulfield said.

The Americans were thrilled with the pageantry. On March 22nd, Obama gave a speech about democracy and human rights, which was televised uncensored in Cuba. “I have come here to extend the hand of friendship to the Cuban people,” he said. During a baseball game attended by the two countries’ Presidents and thousands of Cubans, Rhodes introduced Alejandro Castro and his young daughter to Obama, a public gesture of good will.

The détente brought some rapid changes to the island, including a surge in American tourists—from ninety thousand in 2014 to six hundred thousand last year. Companies from Europe and the U.S. rushed to invest, and Miami-style bars and restaurants opened in Havana. Rihanna went for a photo shoot. The makers of the “Fast and Furious” movies filmed a rambunctious race scene on the Malecón.

Audrey Lee arrived in June, 2015, six weeks before the Embassy formally reopened. She was excited about her assignment. She had previously worked in Africa and Asia, and when the State Department had asked her where she wanted to go next she requested Havana. Lee and her husband were fascinated by the country’s history and its music; their twins had grown up hearing their great-grandfather’s stories about his time on the island as a Navy seaman. “We just thought it would be the perfect place for us,” she explained.

Lee and her family settled into an airy Spanish-style house, with a formal dining room and a back yard filled with tropical flowers and mango trees. Along the fence, her husband planted tomatoes and chili peppers. At the Embassy, an optimistic mood prevailed. Lee loved working alongside the Cuban staffers in the consular section. Some of them came with her to one of Obama’s appearances in Havana, and wept when he shook their hands.

After Obama’s visit, however, U.S. officials took note of a distinct backlash. Fidel Castro published a wary letter in the Communist Party daily, Granma, that reprised his long years of conflict with American Presidents. “Nobody should be under the illusion that the people of this noble and selfless country will renounce the glory, the rights, or the spiritual wealth they have gained,” he wrote. Despite years of financial privation, Fidel, who was approaching ninety, insisted that isolation was preferable to engagement with a longtime enemy. “We do not need the empire to give us anything,” he wrote. Three weeks later, at a Communist Party congress, Bruno Rodríguez Parrilla, the foreign minister, described Obama’s visit as “an attack on our history, culture, and symbols.” At a military parade in Havana, soldiers chanted an ominous message: “We are going to make war if imperialism comes.” Shouting Obama’s name, they threatened to “give you a cleansing with rebels and mortar, and make you a hat out of bullets to the head.”

If Cuba’s Communist traditionalists feared that Obama’s overtures had been a pretext for increasing the United States’ influence, Raúl Castro seemed unconcerned. When the Foreign Ministry asked foreign ambassadors in Havana to attend a briefing, the Americans weren’t sure what to expect. Despite Fidel’s rhetoric, Cuban officials at the briefing declared Obama’s visit a success. One attendee said that the Cubans seemed to want to send dual messages: one to domestic hard-liners, who were hostile to the U.S., and another to international audiences, who supported normalization.

Like virtually everyone else, Raúl Castro assumed that Hillary Clinton would win the 2016 election and carry on Obama’s policies, including the rapprochement with Cuba. Then came a series of events that upended the politics of the two countries. On November 8, 2016, Donald Trump won the election. Seventeen days later, Fidel Castro died.

Obama issued a measured statement. “At this time of Fidel Castro’s passing, we extend a hand of friendship to the Cuban people,” he wrote. “History will record and judge the enormous impact of this singular figure on the people and world around him.” Trump reacted more brusquely, with a statement that read, “Today, the world marks the passing of a brutal dictator who oppressed his own people for nearly six decades. Fidel Castro’s legacy is one of firing squads, theft, unimaginable suffering, poverty and the denial of fundamental human rights.” Two days later, Trump threatened to roll back diplomatic relations. “If Cuba is unwilling to make a better deal for the Cuban people, the Cuban/American people and the U.S. as a whole, I will terminate [the] deal,” he tweeted.

Mari Carmen Aponte, the acting Assistant Secretary of State for Western Hemisphere Affairs, led a U.S. delegation to Havana to see her Cuban counterpart, Josefina Vidal Ferreiro, in order to tie up loose ends before Trump took office. Aponte sensed Vidal’s anxiety about dealing with the new Administration. “Josefina, I share your concerns,” Aponte told her. “These people are not like us at all.” Aponte suggested that the Cubans send Trump a signal of interest in continued normalization. At the end of the meeting, she hugged Vidal and said, “Good luck.” Soon afterward, she met with members of Trump’s transition team, and emerged saying to herself, “Cuba is in trouble.”

On December 30, 2016, Patient Zero in the Cuba crisis visited the Embassy health office. The patient, a C.I.A. officer who was operating under diplomatic cover, told a nurse that he had experienced strange sensations of sound and pressure while in his home, followed by painful headaches and dizziness.

Officials described the man as an experienced spy, who, like his colleagues, was trained to recognize signs of counterintelligence operations. Since arriving in Havana, he had been subjected to constant surveillance, intrusions into his home, and obvious tampering with his belongings. These actions were annoying but not unexpected. Cuban intelligence knew where all the U.S. diplomats lived and watched them closely to try to discern who worked for the C.I.A. or with dissidents.

Vicki Huddleston, who led the U.S. Interests Section from 1999 to 2002, noted in a memoir that her house was surrounded by lavish mansions, three of which had no occupants. “One was used as a set for a local soap opera broadcast on Cuban television,” she wrote. “The other two were strategically located, with video and listening devices pointed at my residence.” When Americans were away from home, Cuban “entry teams” sometimes broke in. Mostly, they left no trace, but sometimes they wanted their targets to know that they were being watched. Jason Matthews, who in the late eighties was the C.I.A. station chief in Havana and now writes spy novels, said that he woke up some mornings and found cigarette butts in an ashtray in his living room. Sometimes Embassy employees came home to find feces left in their toilets. There were perennial rumors among the Americans of family pets being poisoned.

But C.I.A. officers knew that the Cubans—unlike the Russians and, increasingly, the Chinese—were careful not to cause them physical harm. When the first victim reported his strange incident, it seemed as if the rules had changed. The C.I.A. station chief in Havana briefed Jeffrey DeLaurentis, and they agreed that there had been an unacceptable escalation in harassment. DeLaurentis notified two senior officials in Washington about the officer’s condition, but they weren’t sure how seriously to take it; as far as anyone knew, it was an isolated case.

Around January 9, 2017, the same C.I.A. officer reported a second incident to the medical office. Still, it was hard to discern a pattern. “It’s like serial killers,” a former State Department official said. “It usually takes three or four before police conclude, ‘Wait a minute, these are connected.’ ” More than three weeks passed with no new cases, and the few officials who knew about the incidents wondered if the phenomenon had run its course. Then, in early February, two other C.I.A. officers reported feeling the same strange sensations while in their homes. Seemingly the entire C.I.A. station was affected, except for the station chief. The officers appeared seriously afflicted, and the Embassy nurse was unsure how to help them. DeLaurentis and his deputy, Scott Hamilton, told their superiors in Washington that they suspected something was targeting C.I.A. officers.

In Donald Trump’s White House, Cuba wasn’t a priority. When he had spoken about Cuba during the campaign, it was mainly to criticize Obama for his policy of engagement. But when the two men met privately at the White House, during the transition, he reversed his position. Obama aides briefed on the meeting recall that Trump said, “Look, there are certain things you say during a campaign. But I agree with your approach.”

Once Trump was in office, he offered his N.S.C. staff little guidance on Cuba, except to “make Rubio happy.” After the Inauguration, Craig Deare, the council’s senior director for Western Hemisphere affairs, convened the council’s first meeting on Cuba, in the Eisenhower Executive Office Building. According to attendees, Deare started by asking the two dozen officials in the room for a show of hands: “How many of you agree with the policy as it stands now?” Nearly every hand shot up. “Of course,” Deare said. “You all participated in the development of this policy.” Deare made it clear that he didn’t want to entirely discard the agreements that Obama had made. “We are where we are, and the region is happy,” he said, referring to support among U.S. allies in Latin America. “So we’re not going back.” Instead, he instructed officials to draw up some ways that Trump could amend the deal. “Park those feelings aside and give me some real options, because, if you don’t give me something, then there’s a real possibility that he might say, ‘What is this bullshit? Where is the “Let’s go all the way back” option?’ ” Deare said.

Alejandro Castro seemed eager to continue the opening. After Trump’s Inauguration, he spoke with Deare, in a Skype call beamed into the Situation Room, and emphasized the importance of expanded intelligence and security coöperation. Deare, surprised by the overture, tried to brief Michael Flynn and K. T. McFarland, who were then among Trump’s top national-security advisers, but he couldn’t get on their schedules. Deare wasn’t able to follow through, because he was soon fired, after a news organization published off-the-record remarks he had made at a think-tank event, in which he criticized the President.

Deare’s interim replacement, Fernando Cutz, shared his interest in protecting relations with Cuba. When Cutz chaired the N.S.C.’s second meeting on the subject, three options were presented. The first called for leaving Obama’s policies unaltered. The second made mostly superficial changes. The third called for terminating the normalization process and increasing pressure on Havana. The officials who drafted the options were using an old Army staff officer’s trick: they wrote the first and the third options to be obviously undesirable, leaving only one viable choice. At the meeting, Virginia Boney, the N.S.C.’s official responsible for legislative affairs, recognized their tactics. “The President told Marco Rubio that he will make him happy,” she said, according to an official in attendance. “What you guys are discussing here is completely a light-year away from what will actually make Rubio happy.” A former Trump Administration official said, “For a lot of people in that room, it was the first time they had to come to terms with Trump being President. That was the moment when we all realized it’s not going to stay the same.”

DeLaurentis and the Havana station chief had been pressing their superiors for permission to confront the Cubans. With at least three intelligence officers now in severe distress, the C.I.A. and the State Department agreed. On February 17th, DeLaurentis visited Josefina Vidal Ferreiro, who was then the director-general of the U.S. division at the Foreign Ministry. He described the strange incidents and demanded that the harassment stop. Because U.S. intelligence agencies had no clear evidence that the Cubans were involved, DeLaurentis was instructed to tell Vidal that her government was culpable for failing to uphold the Vienna Convention requiring host governments to provide for the security of embassy personnel. Vidal reacted with disbelief, arguing that Cuba had always fulfilled its obligations to protect foreign diplomats. She found it “very suspicious” that DeLaurentis waited to report the incidents until mid-February, some seven weeks after the first American came forward.

On February 21st, DeLaurentis accompanied a visiting congressional delegation to the Presidential Palace for a meeting with Raúl Castro. Afterward, Castro asked DeLaurentis to meet with him privately. According to a former State Department official, Castro insisted that Cuban security was not responsible. “It’s not us,” he said, adding, “We need more information from your government to help solve it.”

It was highly unusual for a Cuban President to meet one-on-one with an American chief of mission. Security officials in Washington interpreted Castro’s involvement to mean that the Cubans were profoundly concerned about being blamed. (Johana Tablada, the deputy director-general of the U.S. division at the Foreign Ministry, argued instead that it showed the Cubans were acting in good faith and “had nothing to hide.”)

In April, Alejandro Castro had a Skype call with Cutz and other N.S.C. officials, in which he denied that his government was involved. “He was adamant—he was passionate,” a former Trump Administration official said. DeLaurentis, like others who had worked on Cuban issues under Obama, was willing to give Raúl and Alejandro the benefit of the doubt. They didn’t think it made sense for the Castros to authorize measures that could jeopardize their signature achievements: the diplomatic opening and the increased revenues that came with it.

But, if the Castros were not responsible, who was? Intelligence agencies began to inventory “who it could be and who had an interest in essentially driving us out,” a former senior Trump adviser said. One leading theory was that Cuban hard-liners, who were loyal to Fidel Castro, decided to act covertly against the C.I.A. station. These hard-liners might have acted alone, or they could have conspired with a foreign adversary, which supplied them with the technological means to cause the injuries. Another theory was that the Cubans, alarmed by the influx of people and communications equipment, were deploying a new type of spy gear, designed for surveillance or harassment, which inadvertently caused harm.

Raúl Castro stoked suspicions that a foreign country had been involved. During his February 21st meeting with DeLaurentis, he said a “third country” might be to blame, and he urged the Americans to share any intelligence they found so that he could intervene. (The Cuban government denies that Castro raised this possibility.) American officials—including H. R. McMaster, who was Trump’s national-security adviser at the time—thought that the most likely culprit was Russia. “Who else has secret weapons programs?” a former Trump Administration official said. “Who else has the ability to conduct an operation like this? It fits their pattern, their style.” A senior American official with experience in Cuba concurred. “If it was the Russians, of course, you can’t do it without the Cubans knowing—but you can if it’s the right Cubans,” he said. “And what better way to fuck with Raúl and Alejandro, if you thought they were going too far, than by fucking directly with us?”

Analysts at the C.I.A. and the National Security Agency pored over intelligence reports and intercepted communications, looking for clues; perhaps someone had bragged about the operation. But Cuban leaders and intelligence officers are notoriously skilled at evading eavesdropping, and the search turned up nothing definitive. The C.I.A. and the N.S.A. typically had more luck intercepting the communications of Russian spies and officials, who often wanted adversaries to know what they were up to. After months of snooping, officials said, they found nothing directly linking the incidents to the Russians. In fact, aside from the victims’ accounts, there was no conclusive evidence that anyone in Cuba was attacked at all.

At the beginning of the crisis, C.I.A. and State Department doctors thought that the victims’ symptoms—pain and ringing in the ears, dizziness, and cognitive problems—suggested damage to parts of the inner ear that control hearing and balance. The U.S. Embassy’s medical unit lacked the specialized equipment needed to handle these sorts of injuries, so the C.I.A. began to organize a medical response, in consultation with the State Department. The Cuban government runs a well-equipped hospital for foreigners in Havana, but the C.I.A. assumed that the doctors would relay information about the victims’ condition to the intelligence services, who could then cover their tracks or improve the effectiveness of whatever was causing the injuries. The agency began to look for specialists in the U.S.

In early February, 2017, Michael Hoffer, a professor of otolaryngology at the University of Miami, received a call from a State Department doctor, who told him, “We have a problem.” Hoffer—who had worked with the military to treat head traumas, and had kept his security clearance—agreed to help. He soon saw one of the victims, and in the following months others flew to Miami. Hoffer ran a battery of tests, which confirmed that the C.I.A. officers had sustained serious injuries.

In late March, DeLaurentis convened a town-hall-style meeting for staff at the Embassy. “We want to make sure everyone is O.K.,” he said. “If you have any doubts about anything, step forward and we’ll have you evaluated.” Audrey Lee stood near the back of the room and kept quiet. A week had passed since her painful experience, and her condition wasn’t improving. But, unlike the others who had been afflicted, she hadn’t heard any sounds, and she convinced herself that she must have experienced something different. “I’m not one of the victims,” she told herself.

Several of Lee’s colleagues came forward to report that they, too, had been exposed. Not long afterward, another State Department official reported a similar incident, at the Capri Hotel, where he was staying temporarily. At the end of April, DeLaurentis’s personal assistant said that she had heard strange sounds, two nights in a row, while sitting on the couch in her twenty-first-floor apartment. She told DeLaurentis that the experience had left her too dizzy and exhausted to think clearly.

Some State Department officials still believed that the C.I.A. station was the real target. They theorized that diplomats were being mistaken for intelligence officers, possibly because they were living in residences previously occupied by spies, or by diplomats who worked with dissidents. “They were always trying to figure out who was who,” an official said of Cuban intelligence agents.

Security officers briefed Embassy staff members on how to protect themselves, even though they had no idea what they were protecting themselves against. Lee recalled being told to find a concrete wall and take shelter behind it.

In early May, Hoffer flew to Havana to evaluate the Embassy’s staff members and their families. DeLaurentis encouraged everyone to get checked, even if they felt fine. Lee made an appointment, and told Hoffer about her headaches, but she didn’t mention how they had started. As part of her examination, she wore goggles that tracked her eye movements while she watched a virtual-reality display. (The goggles are often used to assess race-car drivers after head injuries.) She struggled during the test, but Hoffer told her that she otherwise didn’t meet the criteria he was using to identify victims.

By late June, Lee had barely slept for three months. She tried to cover the circles under her eyes with makeup. “She looked like a zombie,” her husband said. “She physically couldn’t function.” Still, she hesitated to come forward. She was afraid that she would be told to leave Havana, and that acknowledging her condition would “let everybody down,” she said. Finally, at her husband’s urging, Lee told an Embassy medical officer about her experience, and was added to the list of diplomats who were seeking treatment.

The C.I.A. and the State Department have a complicated relationship. Diplomats and spies work closely together in foreign countries, but often to different ends: diplomats are there to represent the U.S. and, if possible, to cultivate relationships, while spies operate in secret to extract information. During the crisis in Cuba, a former Trump Administration official said, “it was almost as if they weren’t playing on the same team.” The State Department’s priority was to protect the progress in normalizing relations. The C.I.A. had less to lose by pulling its officers out; Cuban intelligence made it nearly impossible for them to recruit and meet with sources on the island.

To complicate matters, the crisis in Havana coincided with one of the most chaotic Presidential transitions in U.S. history. The Trump State Department was particularly troubled. Rex Tillerson became Secretary of State after a long career in the oil business, and showed little appreciation for diplomacy. He often announced that the security of U.S. personnel was his first priority, but officials said that he didn’t receive a formal briefing on the crisis until late April, nearly four months after the first case was reported. Rubio said that he suspected information was “suppressed,” possibly by staffers who wanted to protect the policy of normalization. State Department officials denied this. They argued that the response was slowed by the remote management style of Tillerson and his staff—which one congressional official said had “paralyzed” communications within the department—and by inexperience among interim leaders.

The transition at the C.I.A. was more orderly. Mike Pompeo was sworn in as director in January, 2017, and received his first briefing on the incidents later that month. Pompeo, a former congressman, had risen to prominence by criticizing Hillary Clinton over the 2012 attack on a U.S. diplomatic facility in Benghazi, Libya, in which four Americans were killed. Now his own people were at risk. By that spring, there were sixteen cases, nearly half of which involved C.I.A. officers. By the end of the summer, the number of C.I.A. victims had risen to nearly ten. The agency had no answers about who was responsible for the injuries, so the Administration decided to press the Cubans. “They have a very capable intelligence service,” McMaster said. “And, even if they’re not doing it, they should know who the hell is doing it and be able to protect our diplomats.”

The C.I.A.’s new leadership believed that the cost of keeping officers in Havana outweighed the benefits. But, if the agency’s officers withdrew and the diplomats stayed, it could reveal who the spies were. In meetings, Pompeo’s representatives suggested a solution: closing the entire Embassy. For longtime officials, the agency’s push to get out of Cuba was surprising. “I’ve never seen the C.I.A. run away,” a former senior State Department official said. “Typically, it’s the State Department that gets out first.” Officials at State believed that if diplomats left the island it would only reward those who were responsible for the incidents. But, as the number of victims grew, the argument for staying became more difficult to make.

In late April, an American government doctor arrived in Havana and checked in to the Capri Hotel. The doctor worked for the C.I.A.’s Office of Medical Services, a division that looks after intelligence officers around the world. These doctors aren’t spies, but they often travel under assumed names, because they meet with C.I.A. officers in the field.

At the Capri, a receptionist directed the doctor to a room decorated with photographs of Havana during its heyday, when mobsters and Hollywood stars mingled at the rooftop bar. While the doctor was in his room, he heard and felt something strange, and was stricken with symptoms similar to the previous victims’. Before then, the incidents had taken place at C.I.A. officers’ homes, whose locations were presumed to be known to Cuban intelligence. The doctor had arrived unannounced, but the perpetrators seemed to be aware of when he was coming and precisely where he was staying. Officials said that the incident increased pressure on the State Department to respond in a more tangible way. DeLaurentis met again with Josefina Vidal. “Come on,” he told her. “Who knew? You guys and us.”

A few weeks later, on May 23rd, Thomas Shannon, the Under-Secretary of State for Political Affairs, summoned the Cuban Ambassador in Washington to the State Department. In their meeting, Shannon demanded that two officials at the Cuban Embassy leave the U.S. He wanted the Cubans to understand that every time an American suffered harm in Havana their mission in Washington would lose someone, too.

On July 6, 2017, Charles Rosenfarb, the State Department’s top medical official, convened a meeting of academic and government experts to review Hoffer’s findings. As the experts discussed the victims’ auditory problems, they noted a constellation of additional symptoms, which could resemble those found in cases of concussion. The experts concluded that the victims had suffered brain injuries, and proposed sending them to a specialized center for neurological examinations. The State Department contacted Douglas Smith, the director of the Center for Brain Injury and Repair, at the University of Pennsylvania.

Before the victims arrived, in August, Smith convened a meeting of specialists at the university. Some of them were skeptical and wondered if the symptoms were psychosomatic. But their skepticism vanished when they saw the patients. “There was not one individual on the team who was not convinced that this was a real thing,” Smith said.

On August 20, 2017, Lee was flown to Philadelphia. For three days, she was subjected to a battery of tests, including MRI scans and exercises in which she stood on a moving platform and tried to keep her balance as it tilted. She fell nearly every time.

Lee and her doctors didn’t know what to call the mystery condition, so some of them referred to it as the Thing. (Smith said other names came later, including Immaculate Concussion and Havana Syndrome.) At the end of the testing, Lee told one of the specialists that she didn’t think she had the Thing. The specialist replied, “Oh, it’s definitely the Thing.”

In Havana, Raúl and Alejandro Castro proposed that Cuba and the U.S. collaborate on an investigation. DeLaurentis was wary, but he told his colleagues in Washington, “It’s worth testing this.” C.I.A. officers pushed back, warning that information shared with Havana might be used by the perpetrators to improve their operations. In the end, the idea foundered.

Instead, the F.B.I. began looking into the incidents, but the investigators were caught between the C.I.A. and the State Department. Even within the U.S. government, the agency had been reluctant to reveal which officers had been afflicted, because it wanted to keep identifying details from leaking out. Historically, American officials say, Cuba shared intelligence about C.I.A. officers with other U.S. adversaries; if an officer’s cover was blown in Havana, he might not be able to work in similar capacities elsewhere. The investigators were further hobbled by rules designed to protect the privacy of government employees’ medical records. A joke circulated in diplomatic circles: “The Cubans are being more open about this investigation with the F.B.I. than the C.I.A. is.”

The secrecy came in part because the Administration wanted to keep the incidents hidden while investigators figured out what was happening. If the news leaked, officials knew, there would be political pressure to retaliate, even if no culprits had been identified. But the story was hard to contain. An American with inside knowledge of the incidents approached Marco Rubio to complain about the government’s response. “We received information, independently of the State Department,” Rubio said in an interview. Based on what the whistle-blower said, Rubio concluded that “the State Department got a very slow start” in responding to the threat. “When we send men and women on behalf of the United States government to work in another place, our No. 1 obligation to them is their safety and their security,” he said.

Rubio began to drop hints in meetings that he knew what was happening in Cuba. Administration officials feared that he would leak the information at any moment. Finally, during a press briefing on August 9th, Steve Dorsey, a CBS News reporter, asked a State Department spokesperson, Heather Nauert, about the phenomenon. “My understanding is that it has only affected State Department employees,” she said, omitting the intelligence officers’ cases in an attempt to maintain their cover.

In public remarks, Nauert was careful to refer to “incidents” in Havana, rather than using stronger language. Behind the scenes, Tillerson was increasingly frustrated by the situation in Cuba. A former colleague recalled that he said, “Why are we even there? We don’t know what’s happening. Our people are really suffering. Why run this risk?” In a televised address on August 11th, he said that the Americans had suffered “health attacks.” White House officials were caught off guard by the change in rhetoric. “It wasn’t coördinated,” a former Trump Administration official said.

During the summer, another incident increased the pressure to withdraw. In mid-August, a C.I.A. officer flew to Havana and checked in to the Hotel Nacional—two hundred yards from the Capri, where the agency doctor had been sickened four months before. Since its opening, in 1930, the Nacional has been a favorite for visiting politicians and celebrities. A graphic in the lobby shows that Winston Churchill stayed in Room 240, a few doors down from where Frank Sinatra and Ava Gardner spent the night. The officer was given a room on the eighth floor. Like the doctor who stayed at the Capri, she was in her room when she was afflicted. Soon afterward, the State Department, dropping the ambiguity about the nature of the incidents, said that twenty-one Americans had “been targeted in specific attacks” and ordered fifteen Cuban officials to vacate the Embassy in Washington.

In 2017, officials in both governments began to worry that the Thing was spreading. Cuban security officials were alarmed when one Western diplomat, who complained of hearing problems, visited the Cuban-run hospital that treated foreigners. The doctors put the diplomat through an unusually thorough battery of tests. Her ailment turned out to be an ordinary infection, picked up on a flight.

DeLaurentis started briefing fellow-ambassadors in Havana on the crisis, and during the summer he learned that a Canadian diplomat, his wife, and their two young children had awakened at night, feeling waves of pressure. The children had nosebleeds. Canadian officials were baffled; their relationship with Cuba was excellent. When the Americans proposed joining forces to protest the incidents to the Cuban government, the Canadians politely declined, saying that environmental causes could be to blame. They eventually confirmed twelve cases, but an investigation carried out by Canada and Cuba has thus far found no evidence of attacks.

Late in 2017, U.S. officials said, they learned that Raúl Castro had privately suggested that China could be responsible for the incidents. (The Cuban government denies this.) Then, the following March, Catherine Werner, a Commerce Department employee at the U.S. consulate in Guangzhou, China, reported being stricken one night by an eerie pulsation that created pressure in her head. In April, Werner was flown to the University of Pennsylvania for tests, and doctors there confirmed that her symptoms were similar to those that the victims in Cuba had described. The incident startled State Department officials, who asked medical officers in China to evaluate about three hundred employees. Fifteen were identified as possible cases and sent to the University of Pennsylvania for examination.

Pompeo, who took over as Secretary of State this past April, revealed the Guangzhou case on May 23rd. Tillerson’s State Department had taken a hard line with the Cubans, but Pompeo was notably gentler with China. “They’ve honored their commitment under the Vienna Convention to take care of the diplomats that are serving in their country, and we truly appreciate this,” he said. “They’ve offered to assist us in investigating how this came to be.”

The specialists in Pennsylvania subjected the fifteen suspected cases to the same tests as the Cuba victims. Fourteen were determined to be unaffected. The one remaining was listed as “indeterminate,” because the patient’s symptoms were different from those of the other confirmed cases.

In the spring of 2017, the Cubans granted visas to a small group of F.B.I. agents, who travelled to Havana for the first time that May. As is customary when investigating overseas, they had to coördinate their movements with local officials and travel with escorts. Still, they were able to see the victims’ homes, as well as the two hotels where Americans had reported being exposed.

According to witnesses, the agents arrived with rolling suitcases full of equipment. (The F.B.I. declined to comment for this article.) At the Hotel Nacional, they inspected the victim’s room on the eighth floor, down the hall from where John Kerry had stayed during Obama’s visit. At the Capri, they inspected the two other victims’ rooms—one facing inland, and another facing the sea. They asked managers at both hotels about the Wi-Fi routers, which hung along the hallways, providing guests with spotty Internet access. After about ninety minutes at the Capri, the agents asked a hotel employee whether anything had happened to the two Americans who stayed there. “I was here—nothing happened,” she recalled telling them. “The hotel was full of guests. And nobody else complained about funny noises.”

Investigators, arriving months after the incidents, had to contend with the fact that such attacks would leave no physical evidence at the scene: no shell casings, no burn marks, no chemical residue. There might have been video evidence, however. Agents visiting the two hotels saw surveillance cameras in the lobbies and hallways, which might help determine if anyone was outside the rooms during the incidents. The F.B.I. asked for access to footage from the hotels, and from cameras near the Americans’ residences. According to U.S. officials, the Cubans have yet to provide it.

This past May, an F.B.I. team arrived in Havana just after the latest incident was reported. A Defense Department employee, who had been in Cuba less than three weeks, said that she had been exposed at her residence. Johana Tablada, of the Foreign Ministry, said that an Embassy official got in touch to say, “Well, we have another case.” Tablada responded skeptically. “A case of what?” she asked. “Could you describe how it’s similar? What do they have? Is it a headache?”

Cuban investigators went to the scene, as did members of the F.B.I. team. The victim had reported hearing a strange sound that came from the direction of a neighboring house. But Carlos Fernández de Cossío, the director-general for U.S. affairs at the Foreign Ministry, said that the only source of noise that the Cuban investigators could find was a water pump. Perhaps it malfunctioned, he said; a heavy rainstorm had just passed through the area.

A few weeks later, doctors at the University of Pennsylvania confirmed the employee’s injuries. U.S. officials said that the medical evidence was stronger than in other cases, because she had undergone baseline testing before leaving for Cuba, which allowed specialists to determine how her condition had changed. Peter Bodde, who led the State Department’s internal review of the response, said, “It’s not a dubious case at all. A person manifested symptoms. This thing about the water pump—that’s dubious.”

Last February, Douglas Smith and his team at the University of Pennsylvania published their preliminary findings in The Journal of the American Medical Association. They argued that the victims appeared to suffer from a new type of “brain network disorder,” which was similar to the damage seen in patients with mild traumatic brain injuries or with persistent symptoms after concussions.

After the study was published, JAMA received letters from other specialists, arguing that the study was flawed, especially in neglecting psychological explanations. Mitchell Joseph Valdés-Sosa, a member of a team of scientists investigating the incidents for the Cuban government, seized on the criticism as evidence that the Americans were embracing unproven theories. “The conclusion that there’s brain damage isn’t sustainable by the data,” he said. He added that the victims’ symptoms were common and could have been present before they arrived in Cuba. “Did they play football?” he asked. “Did they practice judo? Were they in a war or an explosion?” Valdés-Sosa said that Smith’s team shouldn’t have excluded psychological factors, noting that the victims “were informed by their government that they were under attack.”

Smith rejected this explanation. “To artificially display all of these symptoms, you’d have to actually go and research, practice, be the most consummate actor ever, and convince one expert after another,” he said. But he acknowledged that more data were needed to convince skeptics that the syndrome was real. He said his team was awaiting “potential tangible evidence” from a new neuroimaging study involving the victims. In addition, experts from the National Institutes of Health were examining the JAMA results. “Let the scientific process play out,” Smith said.

Theories have proliferated about what might have caused the injuries. Initially, officials thought they might be dealing with a “sonic weapon.” After U.S. investigators ruled out the possibility that the sounds themselves caused the injuries, government scientists studied whether microwaves could be the cause. During an interview in July, Smith voiced doubts that a microwave device could be targeted so precisely. “From what I do know about certain forms of energy that are medically used to remove nerve fibres, such as to reduce pain, I can’t understand how any source would be so selective to only injure the brain and not peripheral nerves and the spinal cord,” he said.

In September, 2017, State Department officials contacted James Giordano, a professor at Georgetown University Medical Center who specializes in neuro-weapons. “We don’t have a smoking gun,” they told him. “But we know something happened here. Can you tell us what could cause these types of injuries?” Giordano consulted with colleagues at the University of Miami and the University of Pittsburgh who had evaluated the cases and, through a process known as abductive forensics, found some possible explanations. He thought there was little chance that the injuries were caused by a drug or a toxin, which would probably have left detectable traces. More likely, the cause was a device that emitted radio frequencies or electromagnetic pulses, which entered through the victims’ ears. (Structural variations within their heads could help explain why some heard sounds while others didn’t.) Inside the head, the energy could have caused “cavitation,” or bubbling, in the tiny fluid-filled passages of the inner ear, or in arterial blood. As the bubbles formed, and in some cases exploded, they could have damaged the organs that regulate balance and orientation. If they burst inside the cranial cavity, the victim could have suffered ministrokes, causing brain damage similar to the effects of decompression sickness. But to know for sure, Giordano said, “we’d have to take the brains out, and that’s not possible.”

If there was a weapon, of whatever kind, who wielded it? And to what end? Despite a long investigation into the incidents, the U.S. government can’t answer these questions. “It’s been more than a year and a half since the first reported health incident in Havana, and we know no more today about the cause than we did then,” Leahy said. In September, NBC News reported that U.S. intelligence agencies considered Russia to be the main suspect, citing evidence from communications intercepts. But intelligence officials, in interviews with The New Yorker, insisted that they still had no evidence of Russian complicity.

The Cubans say that their investigation has stalled. When U.S. lawmakers visited Havana last January, the Interior Ministry showed them a PowerPoint presentation, which concluded that the ministry had “run out of all investigative possibilities to shed light on the events.” Johana Tablada argued that there was simply nothing to find. “After a year and a half, the most powerful nation on earth hasn’t been able to present one single piece of evidence,” she said. But some see the absence of evidence as proof of a sophisticated operation. “The harder it is to figure this out, the more it lends credence to the fact that it wassomething that was directed,” Rubio said. “Havana is one of the most heavily surveilled cities on the planet. There is no way the Cubans don’t know who did it—if they didn’t do it themselves.”

Tablada said that she disagreed with virtually everything that Rubio has ever said about Cuba. But, she said, “on one thing, I agree with Marco Rubio. Such a thing cannot happen in Cuba without the Cubans knowing. The thing is, it didn’t happen.”

DeLaurentis, like others at the Embassy, is outraged by the Cubans’ denials. In conversation with former colleagues, he still gets upset by suggestions that the Thing was imaginary. “It did happen,” he says. “I know it did.”

It has been more than a year since the State Department announced that it would withdraw most of its personnel from Havana. As a former department official said, “There was a clear understanding that we had to lower our presence to protect our people.” The number of Americans permitted to work at the Embassy was slashed from fifty-four to around eighteen. Many of the diplomats were reluctant to leave Havana. Tablada said that some of those who hadn’t been sickened received phone calls from their superiors, in which they were told, “You’re sick. You’re leaving.” (The State Department denies this.) According to U.S. officials, the Cuban government has refused to issue visas for most replacements, so staffers are now there on short-term assignment. After the State Department’s presence was diminished, what remained of the C.I.A. station was closed down, on Pompeo’s orders.

In Cuba and in the U.S., the advocates of diplomatic opening are no longer in office. In April, Raúl Castro stepped down as President, and was replaced by Miguel Díaz-Canel, a longtime loyalist. Raúl remains the head of the Communist Party, but Alejandro Castro suffered in the transition. He was not nominated as a deputy in the National Assembly—a prerequisite for the Presidency—and his department at the Interior Ministry was reportedly dissolved. Several former American officials who dealt with him during the normalization say that he is no longer returning their messages. They have heard that he is isolated, appearing rarely in public; in the Cuban expression, he is stuck at home, on plan pijama—the pajama plan. “He worked with us, and it would send a terrible message if he suffered for that because of the shift in U.S. policy,” one official said. A former associate of Fidel Castro suggested a darker possibility: Alejandro could have been fired because he was responsible for the sonic episodes. “Either he ordered them or covered up for those who did—but acting on his own, without his father’s knowledge,” he said. “That is the only possible explanation for Raúl taking action to punish him.”

At the N.S.C., anti-Cuba hard-liners now dominate. In a recent speech, John Bolton, Trump’s national-security adviser, described Cuba, Venezuela, and Nicaragua as a “troika of tyranny,” and promised sanctions. James Williams, who runs the Washington-based advocacy group Engage Cuba, described the crisis as an almost insurmountable obstacle. “Even after Trump won, there was a sense that the Cubans could work with him,” he said. “But since this broke it has been like a cancer that can’t be treated.”

The few American diplomats who still work in Havana now live together in group houses, set back at a cautious distance from the street. In recent weeks, the Embassy has looked deserted, with all the lights turned off at night. The north side of the chancery is cordoned off with yellow police tape, which reads “Do Not Enter.” Some of the walls and windows in the adjoining buildings have gaping holes, evidence of hurricane damage. “Our Embassy is operating on life support,” Leahy said. “It cannot process visas. It cannot conduct effective diplomacy. It cannot engage on human rights. In a time of political and economic transition in Cuba, our Embassy has been sidelined.” Cubans seeking to travel to the U.S. must now apply for a visa in Guyana, two thousand miles away.

Audrey Lee has not seen the Embassy in its diminished state. When the order came for diplomats to withdraw, she was being treated at the University of Pennsylvania; her husband left Havana in such haste that he abandoned their personal belongings. Lee’s balance and orientation gradually improved, and, after four months of treatment, she resumed full-time work earlier this year. But, she said, most of the symptoms have returned. The headaches have grown worse, and she is thinking about retiring early.

Lee still considers Cuba one of her favorite assignments. “We loved our time there,” she said. “It was almost magical.” She understood why the State Department decided to withdraw employees. “We just didn’t know who was going to get hit, when, or why,” she said. At the same time, she was bothered by the implications of the decision: “If this really was a weapon that someone had used against us, how sad it was that we were kind of letting them win.” ♦

Rerproducido de The New Yorker, edición impresa del 19 de noviembre de 2018

Política Exterior de México en la coyuntura atual

El artículo del Embajador Sergio González Gálvez en La Jornada del 12 del presente, que se reproduce a continuación, es una relevante contribución al análisis de un tema político que rara vez se examina en los medios con seriedad y menos con profundidad.

 

 El asunto es importante en la coyuntura actual. El nuevo gobierno de México arribará en un momento caracterizado por una caótica multipolaridad con un claro desdén por las reglas mínimas de convivencia internacional pacífica. Estados Unidos está en pleno repliegue y refuerza su post-eminencia mundial abjurando públicamente de los principios de derecho y moral que barnizaban sus actos ilícitos. Rusia y China recuperan o ganan espacios estratégicos con menosprecio del derecho internacional. Ucrania, en defensa, desarrolla misiles de alcance intermedio y es el ariete occidental para continuar el acoso contra Rusia. Arabia Saudita somete a Yemen a criminales bombardeos y asesinos bloqueos. Israel desafía impunemente al mundo con su apartheid contra el pueblo Palestino y somete a toda una región al chantaje y amenaza militar-nuclear y, junto con EUA, señala a Irán como la próxima víctima propiciatoria. Estados Unidos somete a brutales presiones económicas y financieras a un sinnúmero de países y en América Latina somete a un cerco económico a Venezuela y la amenaza militarmente.  

No es un mundo favorable a los países débiles. 

Durante la segunda mitad del siglo XX, la totalidad de los países del mundo creó un enorme bagaje de principios y normas de derecho internacional y prácticas institucionales que algunos países, con Estados Unidos a la cabeza, han tratado de socavar, sobre todo a partir de la unipolaridad.

El gobierno de AMLO tiene acotados los espacios de maniobra exterior. Se enfrentará a una intensa, profunda y amplia campaña de desprestigio aunada, quizá, al acoso económico y financiero que limitará un activismo de cariz polémico al exterior. Sin embargo, la promoción y fortalecimiento del derecho internacional y el desarme por medio de una acción paciente y persistente en Naciones Unidas, que aglutine el interés de los países medianos y pequeños, puede constituir un importante equilibrio a las tendencias unilateralistas y excepcionalistas que han cobrado fuerza en el mundo. Fortificar a Naciones Unidas es un imperativo político y estratégico de México. El nuevo gobierno debería hacer énfasis en este tema.  

Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

Una reflexión al inicio de las sesiones de la Asamblea General de de la ONU*
por Sergio González Gálvez
Embajador Emérito de México

 A través de los tiempos, la sociedad internacional siempre ha estado dividida en un mosaico de culturas diferentes, lo cual no ha impedido identificar cuáles han sido las metas que la experiencia ha tipificado como permanentes y constantes, entre las que podemos destacar la necesidad de mantener al conglomerado humano bajo algún régimen de orden con justicia, como bien lo señala en su interesante artículo sobre el proceso histórico de la cooperación internacional A.M. Taylor en su obra Regionalismo y el nuevo orden económico internacional, editado por Nichol Davis, sin embargo, como en el pasado, hoy día los obstáculos para perfeccionar los sistemas de cooperación internacional son muy diversos, sobre todo mientras se sigan propiciando políticas hegemónicas.

Peor aún son los peligros en una época como la que vivimos, en que los conceptos vertidos por los estadistas y políticos en la arena internacional tienen diferente significado para diferentes personas. Libertad, moral internacional y el concepto mismo de paz –decía Ralph Buche al recibir el Premio Nobel de la Paz– son utilizados inclusive como instrumentos de propaganda de políticas belicistas.

Con este sombrío panorama se ha iniciado en Nueva York otra Asamblea General cuya actividad está regida por una Carta constitutiva suscrita originalmente por 51 países que se publicó por primera vez en The New York Times, mientras aún resonaban los cañones en el campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial y en ese importante diario aparecía aún la ya tradicional lista de los muertos de campaña. Muchos de los representantes que la suscribieron abandonaron sus países destrozados por la guerra y con dificultades inclusive para llegar a la ceremonia, debido a las acciones de guerra que aún ocurrían en varias partes del mundo.

Hoy día, algunos predicen que las Naciones Unidas desaparecerán igual que la Liga, aunque su fracaso no provocará una Tercera Guerra Mundial, ya que del holocausto seremos salvados gracias al equilibrio del terror en el que vive el mundo, sino que más bien la organización gradualmente pasará a desuso, excepto en algunos temas de menos importancia que no atenten contra los intereses de las grandes potencias; otros agregan que si bien en asuntos de paz y seguridad la ONU dejará el paso al viejo sistema del equilibro de poder, la organización seguirá siendo importante en temas de naturaleza no política, muchos de los cuales sólo pueden ser solucionados mediante la cooperación internacional, tesis que, huelga decirlo, no aceptamos, entre otras razones, porque está basada en un concepto muy limitado de lo que significa mantener la paz en un mundo moderno.

Creemos firmemente que con base en el excelente documento circulado recientemente por la cancillería mexicana sobre las prioridades de México en la Asamblea General en curso, deberíamos de organizar con países afines ofensivas parlamentarias sobre objetivos más concretos, como por ejemplo luchar a fin de reducir hasta su eliminación las armas de destrucción masiva sin contar con un tratado que no va entrar en vigor; luchar también como parte del Tratado de Tlatelolco –que por cierto no es mencionado para nada en el citado documento– para modificar las declaraciones de las potencias nucleares que suscribieron el Protocolo II de dicho tratado, en las que se adjudican ilegalmente el derecho de hacer uso de armas nucleares contra estados latinoamericanos y caribeños Parte del Tratado y, por último, dentro del capítulo de revitalización de la Asamblea General, quizás podríamos promover la vigencia de la Resolución Unidad de Acción en Favor de la Paz, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1950, que ha constituido el fundamento de una nueva norma, basada en el criterio de que si el Consejo de Seguridad, por falta de unanimidad entre sus miembros permanentes deja de cumplir con su responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad internacionales en un caso que se detecte una amenaza a la paz, un quebrantamiento a la paz o un acto de agresión, la Asamblea General deberá examinar el tema y adoptar las resoluciones del caso, esto basado en el artículo 24 de la Carta de la ONU, que confiere al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial no única de mantener la paz y la seguridad, lo cual implica que la carta contempla una responsabilidad subsidiaria que no puede radicar sino en la Asamblea General.

  • Publicado en diario La Jornada 12/10/2018 

Mis Vivencias en el México 68′ Primera parte

La lectura de Mis Vivencias en el México 68’ nos trae recuerdos imborrables y despierta memorias sepultadas por nuevas experiencias a muchos de los jóvenes de entonces que hicimos carrera en el Servicio Exterior Mexicano.

Lo que había comenzado como una mera protesta contra la brutalidad de la policía y la impunidad de sus superiores, rápidamente se convirtió en una demanda masiva de libertades políticas, como no se había visto en un México paciente ante un régimen que, pocos años antes, había sido públicamente calificado por un notable priísta de la época, Manuel Moreno Sánchez, como una oligarquía.

Atrás se estaba quedando la época del desarrollo estabilizador y las posibilidades de ascenso social para una juventud más numerosa de la de fines de los años cuarenta y los cincuenta que, además, tenía ante sí un sistema político cada vez más cerrado, autoritario y represor, como se había demostrado con los movimientos ferrocarrilero, de maestros y campesino.  

Tres años antes del 68’ yo había ingresado al Servicio Exterior como asesor del Embajador Jorge Castañeda y dos años después, don Daniel Cosío Villegas pidió al entonces Secretario Antonio Carrillo Flores, sin que yo lo supiera, que la Secretaría me comisionara a un seminario de investigación en El Colegio de México. Como debía trabajar con los archivos de la SRE, me asignaron un cubículo en el casi desierto piso 12 de Tlatelolco.

Compartía plenamente el torbellino de indignación que levantaba a los jóvenes y asistí a todas las marchas que, al día siguiente, nos hacían preguntarnos ¿y ahora qué? Cada marcha era más numerosa que la anterior, pero la espontaneidad del movimiento y la caótica dirección colectiva impedían tener una idea del camino que seguiría el movimiento y mucho menos de su objetivo u objetivos últimos, como no fuera la destitución de algunos funcionarios menores.

El Colegio de México se incorporó al movimiento con opiniones divididas, hasta que un cobarde ataque por grupos gubernamentales destruyó con ametralladoras las vidrieras de la biblioteca, perforó el sillón de su presidente, Víctor L.Urquidi, y galvanizó a la casi totalidad de sus estudiantes, profesores e investigadores. Se nombraron representantes al Consejo Nacional de Huelga y se suspendieron las actividades. Ello no impidió que algunos directivos, temerosos ante la absoluta vulnerabilidad presupuestal de una pequeña institución como el Colegio, trataran de atemperar su participación en el movimiento.

El miércoles 2 de octubre de 1968, temprano por la tarde, tomé mi cámara y fui al Casco de Santo Tomás que días antes había sido ocupado por el ejército. Después de tomar unas fotos -que se perdieron en alguna de mis múltiples mudanzas- fui a la SRE para tomar fotos de la concentración. Fui a mi cubículo en el piso 12, pero la iglesia de Santiago Tlatelolco me obstruía totalmente la vista. Subí luego a mi antigua oficina en el piso 16, pero buena parte de la plaza quedaba oculta. Decidí entonces ir directamente a la plaza, pero antes pasé a mi departamento en el edificio Chiapas, entrada B para dejar la cámara. Los estudiantes desconfiaban, con razón, de cualquier camarógrafo que de inmediato creían que era un agente de la Federal de Seguridad.

Mi esposa no estaba y supuse que estaría ya en la plaza. Llegué y me coloqué al final de los escalones de la placa de la plaza justo abajo del balcón donde estaban los oradores. Era imposible que pudiera encontrar a mi esposa en aquella multitud.

Apenas transcurrida media hora, sentí por detrás el empujón de una pareja que corría, al tiempo que el orador pedía calma a la gente, pero la corretiza se generalizó rápidamente. Bajé los escalones y atravesé el edificio Chihuahua por el área de los elevadores, tomé un corredor y segundos después comenzaron a escucharse disparos aislados para luego convertirse en un fuego cerrado y generalizado Cuando llegué a mi edificio noté que había un individuo en cada entrada y que el que estaba en la B no era vecino: era un agente que apenas podía disimular su cara de estupefacción.

Subí a mi departamento y pude darme cuenta que varios estudiantes se habían refugiado en el departamento de al lado, donde vivía la madre de Argentina, novia de Lorenzo Meyer, Marisela, novia del poeta Enrique Rojo y Mireya Terán Munguía, junto con las dos primeras.

La balacera no parecía tener fin y mi angustia crecía porque mi esposa no aparecía. El ruido de los disparos rebotaba entre los numerosos edificios y yo no sabía si la refriega se extendía frente al mío, porque no podía asomarme a la ventana sin correr el riesgo, creía yo, que una bala atravesara las delgadas y frágiles paredes del edificio.

Alrededor de las diez de la noche, una vecina tocó a mi puerta para decirme que mi esposa le había llamado por teléfono -nosotros no lo teníamos- para avisarme que estaba en el edificio Querétaro, refugiada en un departamento, y que les  habían dado permiso de salir. Cuando nos encontramos ella estaba temblando: las escaleras estaban resbaladizas por la sangre.

Al día siguiente, jardines, corredores y entradas estaban vigiladas por soldados y corría el rumor de un cateo departamento por departamento buscando estudiantes escondidos y literatura subversiva.  Reuní rápidamente una amplia colección de declaraciones, comunicados, convocatorias, boletines, dibujos, etc., que había recogido de las múltiples brigadas estudiantiles en los meses que duró el movimiento y, en un descuido del vigilante, la puse en la basura.  Ese mismo día, por la tarde, dejamos nuestra perrita con unos vecinos y salimos a Monterrey.

Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

 

Mis Vivencias en el México 68´

Primera Parte

 por Enrique Romero Cuevas,

Embajador de México en retiro

A MODO DE INTRODUCCIÓN.- Quiero dejar claramente asentado que estas letras no pretenden bajo ninguna circunstancia constituirse en un análisis de corte académico ni de rigor científico respecto de los acontecimientos y circunstancias que rodearon las dolorosas experiencias y lecciones que a muchos entonces jóvenes nos dejaron la cerrazón de un régimen político que mostró haberse anquilosado en el uso y abuso del poder en un México posrevolucionario que, en mi opinión, vio así el final trágico de una Revolución Mexicana que renunció a sus postulados justiciero iniciales al mimetizarse con sus antiguos adversarios, de quienes aprendió el disfrute de las riquezas, generalmente mal habidas. Mi intención es fundamentalmente plasmar en papel los recuerdos siempre presentes de mis vivencias personales en una etapa que marcó dolorosamente el rumbo de México, pero que desencadenó un muy largo y lento proceso de democratización, que apenas el 1º. de julio reciente ha abierto finalmente sus puertas por vía democrática a un gobierno progresista y de izquierda.

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Gracias a las buenas calificaciones que obtuve en mis tres años de preparatoria, en el turno vespertino del plantel Coyoacán (Prepa 6) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pues ya trabajaba para, al menos, no ser una carga total para mi madre, en 1968 ingresé mediante el sistema de pase automático a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS) de la misma UNAM, para cursar el primer semestre de la licenciatura en Relaciones Internacionales. Recuerdo que desde el mismo mes de enero de ese año el mundo presenció acontecimientos que apuntaban a convertirlo en uno mucho más complicado de lo usual.

Me tomo ahora la libertad de hacer una larga digresión. En el sudeste asiático, la guerra en Vietnam se incrementaba día con día. De las lecturas de la sección internacional del diario El Día, que para mí era indispensable leer cada mañana, pues lo consideraba una buena fuente de información fidedigna y equilibrada, aprendí como ese pueblo contaba con una muy larga lucha por su derecho inalienable a la autodeterminación; durante siglos debieron combatir a la China imperial, que los atacaba, los invadía, los sojuzgaba por muchos años, pero la gente vietnamita (o como en esas épocas se autodenominara) comenzaba a hacer resistencia y terminaba expulsando al invasor, solo para que décadas después se repitiera el proceso de invasión/resistencia/sometimiento/nueva independencia.

Luego vinieron los franceses, que haciendo uso de una enorme crueldad y tras varias décadas de resistencia de los pueblos autóctonos, terminaron conquistando todo su territorio, lo mismo que el de Laos y Camboya, e instauraron una monarquía títere que solamente cumplía las órdenes de sus amos franceses, que como era lógico se sentían superiores a los pueblos indochinos y pese al mucho tiempo de dominio, ni siquiera intentaron entender sus culturas, pues su único objetivo era explotar los recursos naturales. Fue en esa etapa que surgió, entre los numerosos movimientos de protesta anticolonial, la figura de quien habría de ser finalmente conocido como Ho Chi Minh. Exiliado por los franceses y habiendo recorrido medio mundo, estuvo en Francia durante la conferencia de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, y firmó junto a otros líderes indochinos una carta al presidente Woodrow Wilson pidiéndole cumplir las promesas contenidas en la Carta de la Sociedad de Naciones, primera organización cuya meta fue la preservación de la paz, pero a la que el congreso de Estados Unidos rechazó adherirse.

La colonia perduró hasta la segunda guerra mundial, cuando el imperio japonés invadió y dominó los territorios, dejando que una administración francesa (el régimen de Vichy, colaborador del Eje en los escenarios bélicos europeos y asiáticos) siguiera dirigiendo el día a día. Ho Chi Minh regresó a su patria durante la ocupación japonesa y organizó grupos de resistencia (el Viet Minh) y, tras la capitulación japonesa, luego del holocausto en Hiroshima y Nagasaki, continuó el combate contra las autoridades coloniales (que, como dato curioso, inicialmente fueron tropas inglesas, pues los franceses aún se recuperaban de la ocupación nazi),  fortaleciendo el sentimiento nacionalista, también alentado por las promesas del presidente Roosevelt de otorgar la independencia a los pueblos colonizados. El Viet Minh avanzó lentamente liberando y dominando la porción norte del territorio.

El presidente estadounidense Harry S. Truman, feroz anticomunista, hizo a un lado las promesas de Roosevelt y las sustituyó con la doctrina de la Contención del comunismo y dio nuevos pasos para la ampliación de la Guerra Fría, cuyo primer evento destacado fue la guerra en Corea que, como se pretendió hacer en Vietnam, impuso la partición de un pueblo en dos países y dos sistemas políticos. Instigado por De Gaulle, inauguró la presencia estadounidense en ese conflicto, al otorgar financiamiento a Francia. Pese a ello, en 1954 con la batalla de Dien Bien Phu, las fuerzas vietnamitas comandadas por el general Vo Nguyen Giap, emboscaron y derrotaron a todo un cuerpo de ejército francés, con lo que se inició el fin del régimen colonial.

Vino después una etapa de negociaciones en las que la ONU logró, en la Conferencia de Ginebra, un compromiso de las grandes potencias, que estableció la independencia de Laos y Camboya, una separación temporal de Vietnam con gobiernos diferentes y la convocatoria a un referéndum de reunificación en un plazo de dos años. Sin embargo, Estados Unidos, absolutamente convencido de la Teoría del Dominó, de la victoria de Ho Chi Minh en un proceso democrático, teniendo enfrente la nueva amenaza de una URSS nuclear y una China gobernada por el partido comunista, manipuló a través de la naciente CIA y en 1955 apoyó la creación de la República de Vietnam a la que puso como primer presidente al católico (en un país mayormente budista, los católicos fueron generalmente los funcionarios locales del régimen colonial francés) Ngo Din Diem, previamente Primer Ministro del emperador Bao Dai, a quien derrocó, y que resultó un dictador, como tantos que Washington ha entronizado en muchas regiones del mundo. Diem les fue útil hasta 1963, fecha en que con anuencia del presidente Kennedy se promovió un golpe de Estado en cuyo contexto los militares lo asesinaron sin miramiento alguno.

Cuando el financiamiento al gobierno de la porción sur de Vietnam no resultó suficiente para detener el avance de los independentistas, el presidente Eisenhower pasó al envío de materiales bélicos y, poco tiempo después, a asignar asesores militares que no combatían. Luego, ya con Kennedy en la Casa Blanca, se incrementó exponencialmente el número de asesores y la cantidad de material bélico.

Lyndon Johnson, quien sucedió a Kennedy tras su asesinato en Dallas, pareció inicialmente proclive a no involucrarse más en Vietnam, pero luego ordenó una nueva escalada, consistente en la participación secreta de los 60 mil “asesores” en las acciones bélicas, usando barcos, aviones, helicópteros y otros equipos de última generación en apoyo al ejército del régimen de Vietnam del Sur. Esto finalmente condujo al muy conveniente y oportuno Incidente del golfo de Tonkín, en que un primer ataque por error de los independentistas, que fue lamentado y comunicado a Estados Unidos por el propio Ho Chi Minh, fue seguido por otro inventado por la CIA, lo que dio sustento a que se iniciaran los bombardeos de represalia al territorio norte de Vietnam y paralelamente, el envío de los primeros contingentes de tropas, algo así como 15 mil, que continuarían ascendiendo hasta llegar a más de medio millón de soldados, no solamente de EUA sino también de sus aliados (Corea del Sur, Tailandia, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, así como pequeños contingentes de Taiwán y España, todos ellos -con las excepciones australiana y neozelandesa, gobernados por regímenes que difícilmente podrían ser citados como ejemplo de democracia). Esto aumentó las atrocidades en el campo de batalla, donde los estadounidenses mataban o herían gravemente a más de mil no combatientes por semana, en promedio.

Con todos estos antecedentes, en enero de 1968 se produjo la denominada Ofensiva del Tet, año nuevo vietnamita, durante la cual los guerrilleros de las Fuerzas Populares de Liberación Nacional (FPLN, brazo militar del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV), no Vietcong, contracción  despectiva usada por los estadounidenses para denominar a los luchadores independentistas), lograron poner en jaque a las tropas estadounidenses asentadas en el territorio sur de ese país,  dando un vuelco al curso de la guerra, a pesar de que su resultado inmediato fue la decisión estadounidense de realizar bombardeos indiscriminados al territorio norte de Vietnam, ampliarlos posteriormente a Laos y Camboya y recurrir a armamento de destrucción masiva e indiscriminada como las bombas de racimo y el uso generalizado de sustancias químicos (napalm y agente naranja como defoliante) con el fin de destruir la espesa maleza que protegía a los combatientes vietnamitas. A pesar de sus continuas derrotas y elevadas pérdidas humanas, su perseverancia minó poco a poco la confianza estadounidense en un triunfo militar y creó una terrible crisis social en Estados Unidos, que profundizó los enconos raciales y políticos.  No está por demás recordar que Vietnam sufrió un bombardeo que, en términos de tonelaje, superó al lanzado en toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta aquí esta digresión, que justifico por su profundo impacto en el escenario mundial.

También en Asia, la Gran Revolución Cultural que impulsó a partir de 1966 Mao Tse Tung (luego Mao Zedong, por los cambios introducidos por la propia República Popular China) continuó expandiéndose y radicalizándose, con los guardias rojos que aumentaron su presencia en las calles para castigar a los presuntos traidores de los ideales revolucionarios, pues pretendían que el país se acercara paulatinamente a una economía de mercado, entre ellos Deng Xiaoping (antes Teng Hsiao Ping, cuya ideología parece haber prevalecido a fin de cuentas, si observamos que en 1976 recuperó el poder y comenzó a implantar las medidas que condujeron al modelo bastante exitoso que ha encumbrado a la actual República Popular de China). Fue la época en que a muchos viejos líderes antes reverenciados o temidos les ponían orejas de burro, cuando bien les iba, o se les purgaba con dureza llamándolos enemigos de las ideas del gran Mao o se les eliminaba físicamente. Momentos realmente difíciles, que vieron desaparecer literatura clásica china, incontables muestras del gran y milenario arte de esa vieja y duradera cultura y un sinnúmero de intelectuales y científicos, para no mencionar a los simples ciudadanos que desaparecieron sin dejar rastro. Todo debía ser conforme al Libro Rojo de Mao.

Asimismo, en Europa Oriental, el dirigente del Partido Comunista checoslovaco, Alexander Dubcek, inició un corto periodo en el que intentó liberalizar el régimen socialista (la primavera de Praga), experimento que tristemente tuvo un cruento final pocos meses después al ser aplastado por 200,000 tropas y 5,000 tanques del Pacto de Varsovia que ocuparon todo el país, pues la Nomenklatura soviética no podía permitirse ese tipo de ejercicios de democracia socialista (el socialismo de rostro humano).

En mayo, Francia fue escenario de un movimiento de estudiantes de izquierda, más o menos encabezados por Dani el Rojo (Daniel Cohn-Bendit), que lograron atraer la simpatía y solidaridad del movimiento obrero del país y de una mayoría de la ciudadanía, y que desembocó en una huelga general que paralizó a seis millones de trabajadores del país por varias semanas, complicó enormemente al gobierno del presidente Charles de Gaulle, que se vio amenazado por un presunto golpe de Estado orquestado por militares de extrema derecha. Ese movimiento estudiantil fue la inauguración de movimientos estudiantiles en todo el mundo que, por distintas causas, fuerzas y condiciones, cimbraron las estructuras políticas de países como la República Federal de Alemania, Suiza, España, Italia, Estados Unidos, Argentina y Uruguay y luego México.

Al mismo tiempo, Estados Unidos se encontraba en medio de una severa crisis, social, económica y de valores, que cimbró reiteradamente al país con disturbios de enorme violencia en el marco de protestas contra el racismo en la gran mayoría de las ciudades del país, a lo que se agregaron las revueltas estudiantiles contra la conscripción y la guerra en Vietnam en un sinnúmero de universidades a lo largo de todo el territorio estadounidense. Además, la lucha pacífica por los derechos civiles encabezada por el reverendo Martin Luther King, quien ese año fue previsiblemente asesinado, lo mismo que el activista musulmán Malcolm X. Luego, el asesinato del senador Robert Kennedy, precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, cuya desaparición física llevó a que se eligiera al vicepresidente de Johnson, Herbert Hubert Humphrey, haciendo de lado al más liberal y radicalmente opuesto a la guerra de Vietnam, Eugene McCarty, lo mismo que al moderado George McGovern, lo que dejó prácticamente el campo libre para que Richard Nixon (Tricky Dicky le apodaban) llegara a la presidencia de ese país.

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En ese contexto internacional, en México, el día 24 de julio dirigentes estudiantiles de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS) declararon una huelga indefinida para denunciar las violentas agresiones que en los dos días anteriores lanzó la policía del Distrito Federal (DF), en especial el cuerpo de Granaderos, contra estudiantes de dos escuelas vocacionales del Politécnico y de una escuela Preparatoria incorporada al sistema de la UNAM, la Isaac Ochoterena, luego de que grupos de jóvenes de tales instituciones se enfrentaran en calles alrededor de La Ciudadela, por viejas rencillas y por instigación de grupos de pandilleros (porros, les decíamos ya entonces). Pero lo que se salió de lo común fue que los choques entre los estudiantes ya habían concluido y en su gran mayoría éstos habían retornado a las aulas, cuando el cuerpo de granaderos penetró en la Vocacional 5, donde golpeó a numerosos estudiantes.

A decir verdad, mi primera reacción a esa situación fue de indiferencia, pues siendo de reciente ingreso a la universidad, aún desconocía algunas de las duras realidades por las que atravesaba México y, si bien me enteré de los hechos en la asamblea que se convocó, no consideré en ese momento tener participación activa.

Supe que el día 26 se realizaría la tradicional manifestación que organizaba la izquierda mexicana para conmemorar el asalto al Cuartel Moncada, que como muchos sabemos habría de ser el inicio del proceso revolucionario en Cuba. Igualmente, no sentí el deseo de acudir a la manifestación, por lo que permanecí en la Facultad junto con la mayoría de los integrantes de nuestro grupo de Relaciones Internacionales. Sin embargo, solamente tuvimos una clase de las cuatro que debíamos haber recibido, así que el ocio y el aburrimiento nos abrumaron por largas horas, hasta que comenzaron a llegar noticias de lo que pasaba en el centro de la ciudad.

Aparentemente, estudiantes del IPN que realizaban su propia movilización de protesta por los incidentes con los granaderos, se unieron a la manifestación conmemorativa en el Hemiciclo a Juárez y juntos se dirigieron hacia la avenida Madero intentando llegar al Zócalo. Fueron atacados de inmediato por los granaderos, por lo que se generalizó una batalla campal. Los informantes nos comentaron que los granaderos habían atacado incluso a estudiantes de la Prepa 2 en San Ildefonso. Asimismo, se comentó que la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad y el Servicio Secreto habían atacado la sede del Partido Comunista Mexicano, deteniendo a varios miembros.

En los días siguientes resultó evidente el agravamiento de la situación, pues las noticias mostraban que la represión aumentaba exponencialmente, destacando la intervención del ejército ya en la madrugada del 30 de julio, cuando fue claro que los granaderos no lograban controlar a los muchachos que pugnaban por entrar al Zócalo, que para el gobierno era “territorio vedado” para la protesta social. Las tropas incluso hicieron un disparo de bazuca que destrozó la puerta principal de la Preparatoria 1 que los estudiantes defendían valientemente, hasta que cayeron en manos de la tropa. De todo esto me enteré posteriormente pues la prensa muy poco decía y cuando lo hacía, tildaba de revoltosos a los estudiantes, sin intentar ninguna crítica ni siquiera velada de la brutalidad de la policía y el ejército.

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Ese 30 de julio, terminando nuestro día de trabajo en las oficinas del ISSSTE en la avenida Juárez, comentábamos que los autobuses que normalmente abordábamos para llegar a Ciudad Universitaria (C.U.) habían cancelado sus viajes, seguramente por órdenes del gobierno, que así dificultaba que los estudiantes se reuniesen en asambleas en sus respectivas facultades y escuelas. Ante tal situación, un compañero de oficina (cuyo nombre el tiempo me ha borrado) que también estudiaba en C.U., pero en la Escuela de Economía, sugirió que abordáramos el autobús que pasaba por la calle Bucareli y que llegaba al poblado de Copilco, atrás de Ciudad Universitaria. Me pareció buena idea; caminamos hasta El Caballito y bajamos hasta la calle General Prim.

Estuvimos esperando unos minutos y de pronto observamos que a un par de cuadras se producía un enfrentamiento de muchachos de la Vocacional 5 contra soldados y granaderos que habían ocupado sus instalaciones; infaustamente, tuvimos la pésima idea de acercarnos para observar el choque más de cerca y entramos a la última cuadra de General Prim, caminando hacia Tres Guerras. En cuestión de instantes, un destacamento de granaderos, con sus escudos, cascos y toletes, nos cerró el paso a esa calle y se encaminó hacia el grupo de curiosos -que eso éramos- lo que nos forzó a retroceder, pero, para nuestro susto, otro contingente de granaderos también obstruyó el retorno a Bucareli y se lanzó en contra nuestra, por lo que buscamos donde refugiarnos.

En esa época existía un negocio de estacionamiento de automóviles o tal vez taller de reparaciones, no lo recuerdo exactamente, pero había muchos vehículos y tratamos de escondernos entre los autos. Resultó en vano; sin miramiento alguno un granadero se lanzó contra mí y comenzó a golpearme con su tolete; le grité que no me golpeara pues no oponía resistencia y pareció calmarse momentáneamente. Pero casi de inmediato llegó otro granadero y pese a que me encontraba inerme me atizó varios golpes en la espalda y el hombro, por lo que perdí la vertical y caí al suelo. Llegó todavía un tercer granadero y entre los tres me patearon y garrotearon hasta que se aburrieron; yo solamente procuré, en lo posible, evitar que me lastimaran el rostro y nuevamente la cabeza. Me dijeron algo así como: ¡Órale pinche revoltoso, jálale! Me levantaron y en ese momento pensé ¡Si me agarran con estos libros, me refunden! Y sin que ellos lo notaran, dejé en el suelo Qué hacer, de Lenin y El Comunismo, de un autor ruso que creo se apellidaba Kniazeva. Libros que estaba leyendo para mi materia académica Introducción al Marxismo.

Me empujaron un buen tramo ya sobre Bucareli, por lo que pude ver que los granaderos, se solazaban golpeando a transeúntes y jóvenes estudiantes de una secundaria que estaba a tan solo unos pasos al sur de General Prim, quienes siendo del segundo turno estaban fuera del local esperando su hora de ingresar. Vi también soldados que, con la bayoneta calada, golpeaban a culatazo vil a la gente, sin importar que no intentaran oponerse al maltrato de que eran objeto de manera gratuita y que solamente tuvieron la desgracia, como yo y mi compañero, de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Finalmente, llegamos hasta una “julia” (era el nombre popular de las camionetas en que la policía trasladaba detenidos) y me ordenaron meterme; quise protestar, pero la amenaza del garrote me convenció y entré. Ya había varios jóvenes dentro y pude observar que hasta el fondo estaban dos chamacos con uniforme de secundaria, uno de los cuales se quejaba notoriamente de los golpes recibidos.

Estuvimos dentro por un tiempo para mí indeterminado; la cabeza me daba vueltas y pensaba como avisar a mi familia de mi “mala suerte”. Sin embargo, los granaderos y los soldados continuaron trayendo detenidos y pude notar que no éramos solamente jóvenes que tuviéramos pinta de estudiantes, sino también muchos obreros y oficinistas de traje y corbata. Llegó un momento en que la “julia” estaba tan llena que estábamos estampados unos sobre otros, como lata de sardinas; cerraron la puerta y finalmente arrancó el vehículo con rumbo desconocido. Mi compañero y yo nos preguntamos cual sería nuestro destino inmediato; por fortuna el viaje no fue demasiado largo, acaso unos 15 minutos. Nos detuvimos y los policías abrieron la puerta y nos ordenaron bajar. Molidos como íbamos después de la golpiza lo hicimos quejumbrosos y nos formaron. De pronto un policía le gritó a alguien que aún estaba dentro de la “julia”: ¡Ándale hijo de tu chingada madre, que crees que tengo todo el día, pendejo! Del interior salió una voz temblorosa y débil: ¡No puedo, me duele mucho! El policía metió medio cuerpo y dio un jalón tremendo; escuchamos un alarido de dolor y luego vimos como el maldito policía sacaba al chamaco de secundaria que habíamos visto hasta el fondo de la julia; cayó al suelo desvanecido. El policía iba a darle un golpe, pero otro que parecía de mayor rango le dijo espérate, algo le pasa a este chamaco. Llamaron a un oficial, quien vio inánime al pequeño y decidió que lo llevaran a la enfermería. Preguntamos a su compañero porque estaba así y nos dijo que un soldado lo había golpeado en la espalda con la culata. Ya no supimos nada de él.

Nos alinearon y nos metieron por varios pasillos y luego subimos varios tramos de escaleras. Alguno de los detenidos dijo que estábamos en Tlaxcoaque, donde se encontraba la jefatura de policía del DF. Llegamos a un espacio que asemejaba una sala de conferencias y nos ordenaron sentarnos y estar callados. Habría transcurrido más de una hora cuando me percaté que algunos de los detenidos se levantaban para solicitar usar los sanitarios, por lo que decidí hacer lo mismo. Me llevaron a unos servicios públicos en el mismo piso y me dispuse a solventar mi necesidad; de improviso, tuve la sensación de que alguien se aproximaba, volteé y efectivamente, el policía que me había conducido venía esgrimiendo su tolete. Lo único que se me ocurrió fue ponerme en guardia; el tipo sonrió y dijo ¡Ya vas! Y se salió.

Una vez hube concluido de lavarme las manos salí del sanitario al pasillo y me dirigí al salón donde estábamos; no me di cuenta que el agente policiaco estaba a unos pasos de distancia, recargado su brazo derecho sobre un pretil interior del ventanal y, al llegar donde estaba, giró velozmente y me clavó el tolete en el estómago, tan fuertemente que perdí el equilibrio y caí sin aliento y doliéndome; instantes después escuché una carcajada y me pregunté quién podía ser tan desgraciado para burlarse de esa forme del abuso del que yo acababa de ser objeto y él, de presenciar. Levanté la vista y pude ver al subjefe de la policía, Raúl Mendiolea Cerecero, cuya fotografía salía casi diariamente en los periódicos, que con un enorme puro en la boca pasaba a un metro de mí; como pude me puse de pie, negándome a ser objeto de su burla y regresé trabajosamente a mi asiento.

Fue evidente que la policía y el ejército estuvieron muy ocupados ese día, pues siguieron trayendo detenidos hasta que el salón quedó repleto. Ya atardecía cuando vinieron agentes vestidos de civil y dijeron que quienes no fueran estudiantes levantaran su mano; deben haber sido unas 20-25 personas que lo hicieron; se los llevaron a otra área. Luego, los agentes comenzaron a seleccionarnos por escuela de procedencia. La enorme mayoría eran de la Vocacional 5 o de otras vocacionales o escuelas superiores del IPN. Solamente quedamos tres sin clasificar: un joven claramente estudiante de medicina, por su ropa, mi compañero y yo, que nos identificamos como universitarios. Los agentes se regodearon al escuchar que yo era de Ciencias Políticas y que mi compañero era de Economía; deben haber pensado que éramos del grupo de “instigadores comunistas y antipatriotas”, pero nada sucedió.

Habiendo ya oscurecido, se nos dijo que íbamos a bajar a las instalaciones donde nos iban a tomar declaración numerosos agentes del Ministerio Público. Nuevamente nos formaron y bajamos a lo que me pareció era un anfiteatro. Ahí me llevaron ante un MP, quien me hizo las preguntas más inverosímiles sobre mi persona, mi religión, mis ideas sobre Díaz Ordaz y su gobierno, sobre el comunismo “ruso” y cubano. Percibí que de mis respuestas podía depender mi pronta liberación, así que procuré moderar mis palabras lo más posible, a pesar de que estaba indignado por la forma bestial en que nos detuvieron, pero solo me quejé de que me habían hecho trizas mi camisa, lo que causó hilaridad al licenciado.

Al terminar, me regresaron a un área que parecía de atención al público pues había ventanillas; conforme nos juntamos varios que ya habíamos declarado, se acercaron a las ventanillas algunas secretarias y los muchachos más avispados les pidieron de inmediato que llamaran a sus padres y les dieron números telefónicos. Yo dudé un poco y, cuando quise hacerlo, aparecieron los agentes que de manera brutalmente soez las espantaron: ¡Órale pinches putas, no hablen con los detenidos! Y las secretarias desaparecieron de nuestra vista.

Un rato después, nos llevaron de regreso al piso donde habíamos estado anteriormente; para nuestra sorpresa, estaba nuevamente lleno de jóvenes y gente de otras edades, así que ya no encontramos lugar para sentarnos. Sin embargo, el oficial que parecía ser el de mayor rango habló en voz alta demandando la atención de los detenidos. Pronunció un típico discurso gobiernista, asquerosamente paternalista: El señor Regente de la ciudad de México, general y licenciado don Alfonso Corona del Rosal, ha decidido, por esta ocasión, ser piadoso con ustedes que se han dejado llevar por grupos de agitadores comunistas, que son los verdaderos culpables de lo que ha sucedido. Consecuentemente, los invita a que regresen a sus casas con sus familias y que piensen el gran riesgo que corren por hacer caso a los alborotadores, así que prepárense que en unos minutos serán liberados; claro que les recordó que los reincidentes la pasarían muy mal.

Los que recién regresábamos de declarar, nos dimos cuenta que se dirigía a los que llegaron mientras nosotros estábamos abajo. Uno de nosotros le preguntó qué pasaría con nosotros; el oficial preguntó a otro en que etapa estábamos; le contestó que ya habíamos declarado y dijo: ¡Ah, entonces, a los separos! Se nos vino abajo el mundo en ese momento, pero nos resignamos.

Luego de esperar a que retiraran a los liberados, muy bien vigilados por los agentes para que no intentáramos colarnos entre ellos, siendo cerca de las 10 p.m. nos bajaron a las celdas. Desde que ingresamos al área sentimos náusea, el aire estaba enrarecido, olía a orín y excremento, las paredes daban asco y en ellas pululaban cucarachas y otras alimañas. Primeramente, nos recogieron nuestros cinturones, hebillas y todo objeto metálico y luego nos introdujeron en celdas más bien grandes, pues había cuatro o seis literas dobles de metal. Tuve la suerte de ser de los primeros en entrar y alcancé a sentarme en la parte alta de una de ellas.

Ya había pasado la media noche cuando de pronto comenzaron a traer a más jóvenes que era de suponerse se encontraban en otras celdas; fue tal su número que la celda quedó atiborrada, completamente pegados unos a otros, dificultando el movimiento y la respiración. Era evidente que los recién llegados tenían más tiempo detenidos pues se notaba una mayor familiaridad entre ellos. Casi de inmediato comenzaron a lanzar consignas contra Díaz Ordaz, el ejército y la policía, y canciones alusivas al naciente movimiento con letras ingeniosas que se cantaban con la melodía de otras canciones. Recuerdo aquella que con música de La cárcel de Cananea decía:

Coronamos a Gustavo, Gustavito Díaz Ordaz (se repite)

Por ser hombre de derecha, reaccionario e incapaz (se repite)

Todos dicen en Sonora, en Tabasco y Michoacán (se repite)

Que los estudiantes somos un peligro nacional (se repite)

Se metieron a mi escuela granaderos y soldados (se repite)

Y a los que estaban adentro, los golpearon y apresaron (cambió a mataron)

Los hijos de un gorila resultaron granaderos (se repite)

Y otro gran gorila quiere la silla presidencial (se repite)

Y si ustedes me preguntan a quienes les estoy cantando,

Yo les digo que a Gustavo y a Corona del Rosal (se repite)

Y ahora si ya me despido, ya no hay tiempo pá cantar

Porque ya me lleva preso el gorila Díaz Ordaz (se repite)

Así escuchamos varias canciones arregladas, como la Balada del Vagabundo, en la que una niña, en lugar de preguntar por el vagabundo, pregunta qué es un granadero.

A eso de la 1 a.m., vinieron nuevamente unos agentes con unas hojas impresas y comenzaron a llamar por nombre a varios estudiantes; nadie respondía, aterrorizados de no saber qué significaba estar en tal lista. Finalmente, uno de los agentes gritó que se apuraran porque los mencionados eran los que iban a salir libres; de inmediato los muchachos pugnaban por lograr pasar, algunos incluso por encima de las cabezas de otros. Fue una relación más bien corta, unos 15 o 20 nombres; salieron y se los llevaron. Concluimos que nos tocaría pasar la noche encarcelados, así que reiniciamos las canciones y consignas por otro buen rato.

Ya eran las 02:30 de la madrugada cuando nuevamente aparecieron los agentes que habían estado previamente. Nos dijeron que nos preparáramos para salir, porque los otros eran en realidad quienes se quedarían detenidos. Les silbamos y les mentamos la madre, pues nos engañaron fácilmente, pero nos dispusimos a salir en libertad. En el pasillo pregunté por mi cinturón y mi hebilla, que era de plata; en forma por demás socarrona el agente me dijo que viniera al día siguiente y que seguramente me la devolverían con mucho gusto. Salimos a la calzada San Antonio Abad que lucía absolutamente sin tráfico. Con mi compañero del ISSSTE caminamos hacia el sur hasta llegar a la calle Municipio Libre, donde yo decidí seguir a pie hacia la Calzada de la Viga, mientras que él continuó por Tlalpan hacia el sur.

Llegué a casa casi a las 5 de la mañana; no me sorprendió que mi madre estuviera despierta y al escuchar mis pasos me llamó desde su habitación; creo que me iba a regañar por la hora tan inusual de llegar, encendió su lámpara y al verme lanzó una exclamación y me preguntó qué me había sucedido. Escuetamente le conté que al salir del ISSSTE, donde ella también trabajaba, aunque en un área diferente, me habían golpeado los granaderos y que me llevaron detenido a la jefatura de policía; no dudó ni un momento al ver mi aspecto, la camisa desgarrada y los moretones en brazos y piernas. Maldito seas Díaz Ordaz, exclamó mi madre. Nunca volvió a creer nada de lo que el gobierno informaba.

*****

Los días siguientes permanecí en casa para superar el mal estado en que me dejó la golpiza que me dieron los granaderos, pero estuve pendiente de lo que ocurría; mi indignación me llevó al convencimiento de participar de alguna manera para mostrar mi absoluta inconformidad por la flagrante violación de mis garantías individuales plasmadas en la Constitución de 1917. Algunos compañeros me informaron que el Rector de la UNAM, Ing. Javier Barros Sierra, había izado la bandera a media asta en un mitin dentro de C.U. y que había convocado a una manifestación para demandar el pleno respeto a la autonomía universitaria; la marcha, que contó con enorme concurrencia, se realizó el primer día de agosto desde C.U. hasta la calle de Félix Cuevas, según recuerdo me habían dicho. El valiente Rector Barros Sierra declaró que estaba en juego no solamente el destino inmediato de la UNAM y del IPN sino causas entrañables del pueblo de México y que su lucha no terminaba con esa gran demostración, pues continuaría luchando por los estudiantes, contra la represión y por la libertad de la educación. Esa postura resultó a la larga una fatal sentencia para su carrera pública.

En Guadalajara, el presidente Díaz Ordaz declaró en una reunión con banqueros e industriales, de manera por demás teatral que “Una mano está tendida; los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire”. Y era pantomima pura pues la represión continuó incrementándose en las calles de la ciudad capital contra todo joven y adolescente a quien los policías considerasen que podía ser un estudiante; ¡ser joven se convirtió en un delitoǃ

Habiendo retornado a la Facultad, me encontré con que se desarrollaban de manera permanente asambleas informativas, que desafortunadamente se tornaban eternas discusiones que muy rara vez no terminaban en desacuerdos. Pero igual tomamos nota del establecimiento de un Consejo Nacional de Huelga (CNH) que en lo sucesivo representaría -inicialmente- al estudiantado del IPN, la UNAM y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo.

De inmediato tomó forma lo que después sería conocido como el Pliego Petitorio, que contenía las demandas fundamentales del estudiantado en lucha para dar por terminado el conflicto, siendo las más importantes:

1.Renuncia del jefe y subjefe de la Policía del D.F., generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecero;

2.Desaparición del Cuerpo de Granaderos;

3.Desaparición de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) del IPN, de la porra universitaria y del grupo MURO en la UNAM;

4.Indemnización gubernamental a los estudiantes heridos y a los familiares de los fallecidos;

5.Libertad de todos los estudiantes detenidos;

6.Derogación del Art. 145 y 145-Bis del Código Penal, que sancionaban los delitos de “disolución social”.

El 13 de agosto salí como de costumbre a las 3 de la tarde de mi trabajo en el ISSSTE, en la Av. Juárez y me encaminé hacia el Paseo de la Reforma por la calle Lafragua. Ya comenzaban a pasar los primeros contingentes de lo que sería la primera manifestación con una enorme participación, que después sabríamos había sido de 150 mil personas aproximadamente. Estuve un rato viendo pasar la marea humana, esperando reconocer a los que se manifestaban por la FCPS; finalmente reconocí a un compañero de segundo año que venía con las pancartas de nuestra Facultad; me vio y me hizo señas para que me uniera y así lo hice. Ingresé a la columna, saludé a Víctor, quien me tomo del brazo y me dijo que me colocara a su lado. Tomé su brazo y busqué a ver quién seguía, pues la idea era ir enlazándonos para evitar que se colaran extraños que pudiesen ser infiltrados de la policía. Era una jovencita muy linda que me sonrió de inmediato y me tomó del brazo sin siquiera dudar y avanzamos sobre reforma.

Con gran entusiasmo fuimos avanzando lentamente hasta llegar a la glorieta de El Caballito (estatua ecuestre de Carlos IV de España) e ingresamos a la avenida Juárez. Nuestros cánticos retumbaban fuertemente; gritos contra Estados Unidos por la guerra de Vietnam (Vietnam; seguro, a los yanquis dales duro), a Fidel Castro y al Ché Guevara (Fidel, Fidel, que tiene Fidel que los americanos no pueden con él; Ché, Ché, Ché Guevara); insultos a Gustavo Díaz Ordaz (libertad Vallejo, Díaz Ordaz pendejo); al Regente Corona del Rosal, los granaderos, etc. Todo ello en un ambiente de alegría juvenil y camaradería y yo, encantado al ir del brazo de tan linda muchacha.

Pese al temor de que de improviso arteramente fuéramos atacados por los granaderos o el ejército, nada de eso sucedió; logramos ingresar pacífica pero ruidosamente al Zócalo, donde por un rato escuchamos a numerosos compañeros que lideraban el movimiento, quienes ratificaban nuestras demandas. Se escucha por primera vez la demanda de que igualmente se libere de la cárcel a todos los presos por motivos políticos o ideológicos, como era el caso de los miembros del PCM. Una vez que la manifestación concluyó, Víctor sugirió que fuéramos a tomar algo a un café de la calle Tacuba. Angélica, su compañera de curso, y su hermana menor, Dulcemaría, asintieron y nos dirigimos a dicha calle.

Yo quedé prontamente prendado de ella y pasé el resto de la velada tratando de que ella me pusiera atención, lo cual me pareció que ocurría, para mi satisfacción y alegría. Siendo ya alrededor de las 10 de la noche salimos y todos nos subimos en un VW de otro compañero de la FCPS; en esa ocasión íbamos también como en lata de sardinas, pero de manera muy agradable. Llegamos a la colonia Álamos y descendimos del auto; las hermanas vivían a una cuadra de la Calzada del Niño Perdido (así se llamaba en esa época ese tramo del Eje Central). Me despedí de ellas y muy especialmente de Dulcemaría, con quien quedé de vernos en próxima ocasión. Abordé el autobús que me llevaría hasta la colonia Sector Popular y fui soñando con ella. Unas semanas después nos hicimos novios, una relación que duró algo así como dos años.

 

 

 

 

Mis Vivencias en el México 68′ Segunda parte

Mis Vivencias en el México 68’

Segunda Parte

por Enrique Romero Cuevas,

Embajador de México en retiro

En los días siguientes, mientras que las universidades Iberoamericana y Del Valle, el Colegio de México, Chapingo y otras más que ya no recuerdo, decretaban un paro académico para apoyar a las instituciones ya comprometidas con la suspensión de labores, en la FCPS se logró coordinar la creación de brigadas informativas destinadas tanto a la provincia como adentro de la propia ciudad, principalmente en las colonias más populosas, intentando concientizar al pueblo de la importancia de la lucha estudiantil. No obstante, algunos radicales lanzaron una bomba pestilente al salón donde se realizaba la asamblea, lo que provocó un gran caos.

El 27 de agosto nuevamente salimos a las calles masivamente (se habló de 400 mil personas) en manifestación que, si mal no recuerdo, se concentró en Av. Reforma a la altura del Museo Nacional de Antropología y recorrimos el largo tramo hasta el Zócalo. Se dijo que la columna era tan enorme que mientras los primeros llegaban al Zócalo, aún quedaban manifestantes en Antropología. Llegamos al Zócalo nuevamente sin presencia de las fuerzas del orden. Escuchamos también a los líderes en sus arengas muy aplaudidas y al final, Sócrates Campos, miembro del CNH, sugirió permanecer en la Plaza de la Constitución para que el debate con representantes del gobierno se llevase a cabo ahí, públicamente, el 1º. de septiembre, día del Informe Presidencial que en esa época era una ocasión para que la clase política lisonjeara al presidente en turno, mediante las oleadas de aplausos a cada frase que informaba de los logros, reales o inventados de su administración (incluso se rumoraba la existencia de un “aplausómetro”). A mi manera de ver, esa postura resultó radical y peligrosa, pero en medio del entusiasmo y los vivas a los dirigentes, se dio por aprobado, permaneciendo en el Zócalo un contingente de cerca de 5 mil muchachos que pasarían la noche ahí para presionar al gobierno. Fue un tremendo error estratégico provocar la ira de Díaz Ordaz, que costaría caro al movimiento estudiantil.

A la mañana siguiente nos enteramos que varios batallones del ejército y guardias presidenciales, apoyados por carros blindados, camiones de bomberos, innumerables patrullas de la policía y policías de tránsito, desalojaron con gran violencia a los estudiantes que habían permanecido en la Plaza; además, la prensa acusó al movimiento estudiantil de izar la bandera de huelga en el lugar de la Bandera Nacional y de introducirse a la Catedral para tocar las campanas (en cuanto a esta acusación, quedó evidenciada su falsedad unos días después, cuando el obispo Orozco Lomelín declaró que no había habido ninguna profanación de la Catedral). La verdad es que yo me retiré con mi grupo al terminar los oradores, y siempre he creído que se trató de manipulaciones del gobierno para intentar que la opinión popular que nos favorecía se sintiese ofendida y retirase su apoyo, que era fundamental. De lo que si tuve información de primera mano de parte de compañeros brigadistas, fue sobre el famoso “acto de desagravio” a la Bandera Nacional que organizó el Departamento del Distrito Federal, para lo cual se obligó a un gran número de servidores públicos a participar, lo que no les gustó y algunos que se organizaron gritaban “somos borregos de Díaz Ordaz y decimos la verdad”; el grito  se generalizó y se hizo un caos, al ordenar la autoridad del DDF a los granaderos reprimir la protesta, creándose un tremendo alboroto en el que nuevamente tuvieron que participar soldados para controlar la situación, a culatazos, lógicamente.

Consecuencia inmediata del desencuentro entre el gobierno y los estudiantes fue un nuevo incremento de la represión, que dio un brutal salto de calidad cuando la vocacional 7, en Tlatelolco, fue atacada por un grupo grande de individuos embozados que dispararon ametralladoras y rifles de alto poder contra los muchachos que se encontraban en ella haciendo vigilia. Los residentes del conjunto habitacional y los estudiantes de dicho recinto quisieron realizar un mitin la tarde del día siguiente para denunciar el ataque artero, pero la policía y el ejército se los impidieron y volvieron a ocupar sus instalaciones. A través de los años tuve oportunidad de escuchar testimonios que relatan que los estudiantes de dicha Vocacional jugaron un importante papel de liderazgo entre sus compañeros de otras escuelas vocacionales, lo cual fue factor para que la represión se cebara en ellos. Con el tiempo, las instalaciones fueron demolidas y he leído artículos de investigación en la prensa que informan de la matanza de 50 jóvenes cometida por el tristemente célebre Batallón Olimpia una semana antes del 2 de octubre en Tlatelolco; no me resulta increíble, dada la bestialidad con la que actuaron soldados y policías en esos aciagos días de 1968.

Nuestros dirigentes reunidos en el CNH emitieron cinco acuerdos el día 30 de agosto con el fin de procurar nuevamente que pudiese iniciarse el diálogo con el gobierno, siendo éstos:

1º. No se realizarán mítines ni manifestaciones estudiantiles en el Zócalo el domingo 1 de septiembre.

2º. Manifiesta su disposición a iniciar el diálogo en corto plazo, siendo condiciones únicas que se efectúe públicamente y que cese la represión.

3º. Ya se han designado a las comisiones estudiantiles que dialogarán con el gobierno, faltando solamente la confirmación de las autoridades.

4º. El CNH desarrollará una ofensiva política en los sectores populares, mediante las brigadas estudiantiles, que tienen instrucciones de no adoptar actitudes provocadoras contra la policía y el ejército, pues eso denigraría al limpio movimiento estudiantil; y

5º. El movimiento estudiantil no tiene relación alguna con los Juegos Olímpicos y no es su deseo entorpecer su celebración.

Con la adopción de esos acuerdos, el CNH demostró su mesura, su deseo de encontrar soluciones justas y equilibradas a la problemática que planteábamos los estudiantes y, sobre todo, nuestra intención de no interferir con los Juegos Olímpicos que se inaugurarían el 12 de octubre. Desgraciadamente, el presidente Díaz Ordaz no estaba dispuesto a dejarse torcer el brazo ni a que el “sagrado principio de autoridad” fuera ni siquiera mínimamente cuestionado por la juventud mexicana. Había que dar un escarmiento severo que borrara cualquier duda de quién mandaba en el país. Esa fatal decisión se evidenció al día siguiente, 31 de agosto, cuando nuevamente se produjeron ataques con ametralladoras y rifles de grueso calibre contra las vocacionales 4 y 7, que tuvieron como consecuencia numerosos estudiantes y transeúntes heridos y, al mismo tiempo, la policía realizó numerosas aprehensiones de brigadistas que cumplían con su labor informativa en zonas populares. El daño pudo haber sido aún peor, pero en mercados populares los propios locatarios y los clientes opusieron resistencia al ingreso de granaderos, permitiendo vías de escape a los brigadistas. El apoyo del pueblo trabajador era creciente.

Y llegó el día del informe presidencial; muchos imaginamos que GDO podía provocar un cambio de rumbo con tan solo usar palabras inteligentes que nos acercaran; fue totalmente lo contrario, pues al mencionar el conflicto estudiantil lo achacó a fuerzas exógenas al estudiantado sugiriendo una posible intervención de intereses extranjeros (lo cual apuntaba naturalmente a la URSS, Cuba y demás países integrantes del bloque socialista) y amenazó, no tan veladamente, al decir “No quisiéramos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos, pero que tomaremos si es necesario”. Cerrado totalmente a cualquier postura que no fuera la de agachar la cabeza y obedecer ciegamente al Gran Tlatoani. Ahí fue, en realidad, cuando se emitió la sentencia de muerte del Movimiento Estudiantil de 1968; quedó solamente conocer cuando habría de aplicarse. Desgraciadamente, nosotros los estudiantes no pudimos ver lo que se nos venía encima; creíamos que nuestras demostraciones tumultuarias, gigantescas y el creciente apoyo popular, obligarían al Estado a retroceder y a concedernos algunas de nuestras más caras demandas y que nuestro regreso a clases sería uno lleno de alegría y triunfo.

*****

Ese año de 1968 me tocó la obligación de realizar el Servicio Militar (SMN) que legalmente los mexicanos deben cumplir al llegar a los 18 años. Me había inscrito desde comienzos del año para hacerlo los días sábado por la tarde, en el centro de adiestramiento que funcionaba los fines de semana en la explanada de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), en el Boulevard Xola y la Calzada del Niño Perdido; por mi nivel de estudios me asignaron rango de sargento primero. Desde el mes de julio, fuimos informados que nuestro batallón estaba entre los seleccionados para participar en las prácticas previas de la inauguración de los Juegos Olímpicos, lo cual parecía ser un gran honor, pero pronto descubrimos que era, en realidad, una verdadera monserga, porque no se tenía la menor consideración hacia nosotros; nos citaban a las 6 am y en día domingo, por el rumbo de la fábrica de papel de Peña Pobre y ahí nos tenían sin hacer nada hasta las 10 de la mañana; luego nos llevaban marchando hasta un estadio pequeño -creo se llamaba estadio de prácticas- en Ciudad Universitaria, para finalmente hacer la práctica algunas horas más tarde. Al terminar a veces nos daban una torta y un refresco antes de liberarnos.

Hubo sin embargo una ocasión, el 25 de agosto, cuando ya el movimiento estudiantil estaba en pleno apogeo, en la que fue tan notorio el abandono en que nos tenían que, estando ya en el estadio para la práctica, pasaron las horas y entramos en desesperación, hambrientos y sedientos, en tanto que los militares a cargo del ejercicio estaban tranquilos en una tarima en actitud de esperar a alguien que no llegaba. Algunos compañeros comenzaron a gritar consignas contra el gobierno, las cuales fueron rápidamente repetidas por el resto del batallón. Uno de los militares se dejó venir desde la tarima y en forma agresiva exigió silencio, pero nadie le hizo caso; se exasperó aún más y dio un golpe a un compañero que gritaba “Díaz Ordaz, dónde estás; libertad Vallejo, Díaz Ordaz pendejo”. Ante esa agresión todos nos lanzamos hacia él y a aventones lo hicimos huir hacia la tarima; dijo algo a los otros tres y se fueron. Nosotros hicimos lo propio y no se efectuó la práctica programada. Nos fuimos por los prados de CU cantando alegremente nuestras canciones contra el gobierno.

El siguiente sábado 31 de agosto, acudí como era usual al entrenamiento militar en la SCOP; todo siguió su curso acostumbrado y tres horas después sonó el clarín llamando a formación (siempre terminábamos de esa forma el entrenamiento sabatino). El comandante del regimiento, un general en edad avanzada que me parece que en realidad ya estaba en retiro, inició sus palabras con un fuerte regaño por lo sucedido en CU la semana anterior; algunos compañeros le silbaban y otros comenzamos a repartir volantes informativos. Mi entusiasmo me llevó a hacerme demasiado visible y siendo de por sí más alto que la media del mexicano, finalmente el general me descubrió, suspendió su discurso y dijo: “a ver tú, que repartes papeles entre los soldados, ven acá”; quise que me tragara la tierra, pero el capitán del batallón me vio también y no tuve más remedio que dar la cara; todavía desde mi lugar puse la mano en mi pecho como preguntándole ¿Quién, yo? Y gritó: sí, tú, no te hagas tarugo; entonces, seguido por el capitán me dirigí hasta donde estaba el comandante quien me pidió darle un volante; se lo di y dijo: ”Así que repartiendo propaganda subversiva, eh”. Con el poco aplomo que tenía le respondí que eran las demandas de los estudiantes mexicanos a su gobierno. Me dejó con la palabra en la boca y le dijo al capitán que me llevara detenido al cuartel de La Ciudadela.

Al terminar el acto de cierre de actividades, efectivamente el capitán me subió a su automóvil y fuimos a la Ciudadela; la verdad es que en el camino me hice toda clase de conjeturas y me planteaba escenarios de lo más macabros, viéndome en un calabozo tan asqueroso como el que hube de visitar cuando me golpearon los granaderos; afortunadamente, a la entrada del cuartel el capitán habló brevemente con el guardia de la entrada, quien me dijo quédate ahí, que ahorita vengo. El capitán desapareció al entrar al cuartel y no supe más de él; media hora más tarde regresó el soldado que me miró algo sorprendido y me dijo invítame un refresco y luego de vas a tu casa; qué otra chingada cosa puedo hacer contigo. Y en verdad le compré una coca cola y me despidió amablemente.

Los demás días sábado en que fui a cumplir con el SMN no tuve inconvenientes pues ninguno de los militares encargados me hizo señalamiento alguno; eso sí, nos cuidamos muy bien de cometer errores como el mío. Tampoco en los días que nos pusieron a hacer valla para eventos relacionados con los juegos, una vez en la inauguración, que nos tocó hacer valla en Insurgentes a la altura de Félix Cuevas, y otra sobre Río de Churubusco, en la caminata de 20 Km., la altura de la alberca olímpica. Viene a mi memoria un pequeño incidente que ocurrió en nuestra sección durante la inauguración; casualmente, el corredor que portaba la antorcha encendida concluyó ahí el tramo que le correspondía, encendió al siguiente corredor la suya y aquél partió, momento en que algún espectador entusiasta arrancó la antorcha al cansado corredor, que no objetó, pero un grupo de granaderos intentó lanzarse en su persecución (algo sin sentido realmente, pues la antorcha ya había sido usada y perdido su importancia), pero nuestro destacamento, por donde pasó huyendo el joven, impidió el paso a los granaderos que intentaron forcejear con nosotros, pero nuestra superioridad numérica terminó disuadiéndolos.

Algo que también recuerdo nítidamente es que ya en diciembre, en la última fecha de entrenamiento nos debían entregar nuestras cartillas ya liberadas; sin embargo, el capitán nos quiso sacar dinero para entregárnoslas y entonces nosotros reaccionamos con bastante violencia; lo acorralamos enfurecidos, le arrebatamos las cartillas y nosotros nos las repartimos y luego decidimos quemar nuestros uniformes como última pequeña muestra de nuestra rebeldía contra esos símbolos del Estado represor y corrupto, hasta el tuétano.

*****

Luego de las amenazas contenidas en el discurso de GDO durante el Informe de Gobierno, como ha sido costumbre en nuestro país, numerosos legisladores ofrecieron su total e incondicional apoyo al presidente (la cargada, se le llamaba) para que utilizara las fuerzas armadas, incluyendo la Aviación y la Marina en defensa de la seguridad interior y exterior de México, es decir, aprobaron que el Ejecutivo lanzase las tropas contra los estudiantes inermes, so pretexto de que ponían en riesgo la estabilidad del país. ¡Qué falta de confianza de la clase política mexicana en la democracia¡. Para dichos legisladores, obsecuentes cómplices del Poder, la juventud mexicana era un peligro para el país por insistir en que se escuchara su voz que tan solo demandaba uno que otro cambio que permitiera una mayor participación en los asuntos de interés colectivo. En tanto, los estudiantes realizamos asambleas para debatir la sugerencia del Rector Barros Sierra de retornar a las aulas (seguramente, con su experiencia, él ya avizoraba el zarpazo que se nos daría) y, como era de esperar, votamos por continuar la huelga.

El viernes 13 de septiembre fue un día verdaderamente especial, pues realizamos nuevamente una gigantesca manifestación, que se denominó Manifestación Silenciosa en la que 250 mil almas marchamos nuevamente desde Antropología hasta el Zócalo en total silencio, luciendo nuestras pancartas, con el puño en alto y la boca tapada con esparadrapo u otros materiales. No sospechamos que era esa la última vez que el aparato represor del Estado nos permitiría hacer uso de nuestro constitucional derecho, y lo disfrutamos a plenitud, aún convencidos de que estábamos muy cerca de ganar la partida. Ese fin de semana distintas autoridades de la UNAM, integrantes del Consejo Universitario, directores de facultades, escuelas e institutos nombraron una comisión presidida por el Rector Barros Sierra, que redactó un manifiesto que declaraba su solidaridad con las exigencias de los comités de huelga, declaraba que no trataba de suplantarlos y que de ninguna forma se ofrecerían para servir de intermediarios con el gobierno de Díaz Ordaz.

Para nuestra sorpresa, luego de las fiestas del 15 y 16 de septiembre, al anochecer del 18 y estando en la FCPS haciendo volantes en mimeógrafo, un compañero llegó y con el rostro demudado nos dijo que había tropas del ejército a la altura de la avenida Miguel Ángel de Quevedo (popularmente conocida como Taxqueña) y que aparentemente se estaban preparando para subir hacia CU. Algunos compañeros, y yo mismo nos declarábamos incrédulos pues esos rumores sucedían casi a diario. Viendo su rostro de angustia, creo que le concedí el beneficio de la duda y accedí a ir con él en su auto para corroborar su alarmante dicho y con enorme susto comprobamos que algunos vehículos militares subían ya la primer larga cuadra de la avenida Universidad a la altura del centro comercial; regresamos apresuradamente y dijimos que era cierto, que el ejército se dirigía a la ciudad universitaria: unos pocos lo creyeron y otros simplemente no hicieron caso. Nosotros, que éramos seis o siete, decidimos irnos en el auto del compañero y nos dirigimos rápidamente a la salida de avenida Universidad; llegando a la avenida Copilco nos encontramos con los primeros carros de combate y transporte de tropas que, para nuestra suerte, no hicieron absolutamente nada por detenernos, sino que continuaron hacia el acceso principal. El resultado de la acción militar fue terrible, pues más de 500 estudiantes, maestros, simples trabajadores y funcionarios universitarios fueron capturados y llevados a diversos centros de detención, incluso el Campo Marte.

Con esta acción se puso en claro que Díaz Ordaz estaba plenamente dispuesto a utilizar el visto bueno que el senado de la República le había entregado para aplastarnos a como diera lugar. El presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados, Luis M. Farías, justificó la acción gubernamental y pidió a las autoridades universitarias que agradecieran al gobierno federal por lograr “restablecer el orden en el campus universitario” y que le solicitasen su devolución para dedicar las instalaciones para el objeto de su existencia: la enseñanza y la investigación, solapando completamente el trasfondo socio político del movimiento estudiantil, que pugnaba por ínfimas muestras de democratización efectiva del país. En la misma Cámara de Diputados se intentó aviesamente culpar de incapacidad al Rector Barros Sierra quien, en su respuesta, señaló: “Así como apelé a los universitarios para que se normalizara la vida de nuestra institución, hoy los exhorto a que asuman, donde quiera que se encuentren, la defensa moral de la Universidad Nacional Autónoma de México y a que no abandonen sus responsabilidades… La razón y la serenidad deben prevalecer sobre la intransigencia y la injusticia”. Pero los diputados no cejaron en su empeño por destruir políticamente al Rector, en especial el diputado Octavio Hernández, quien incluso llegó a afirmar que la actitud “pasiva” de Barros Sierra tenía mucho de criminal y que en sus actos había igualmente muchos matices de delito.

Ante tantas presiones, el lunes 23 de septiembre el Rector entregó su renuncia al Consejo Universitario declarando que obviamente la autonomía universitaria había sido violada; además, sobre los ataques de que era objeto, señaló “Es bien cierto que hasta hoy proceden de gentes menores, sin autoridad moral; pero en México todos sabemos a qué dictados obedecen. La conclusión inescapable es que quienes no entienden el conflicto, ni han logrado solucionarlo, decidieron a toda costa señalar supuestos culpables de lo que pasa y entre ellos me han escogido a mí”. Sin embargo, la Junta de Gobierno de la UNAM no aceptó la renuncia por lo que el Rector reconsideró su decisión ante el apoyo unánime que recibió de la comunidad universitaria.

En esas mismas fechas, la violencia gubernamental fue nuevamente in crescendo, sucediéndose ataques a varias escuelas vocacionales y a las instalaciones politécnicas en el casco de Santo Tomás, en Zacatenco y en algunas escuelas preparatorias como la número 7 (La Viga). Además, el ejército ocupó con lujo de violencia instalaciones del Politécnico en Santo Tomás y la Vocacional 7 en Tlatelolco, que jamás fue devuelta a las autoridades del IPN -en la cual se habría realizado una matanza de jóvenes estudiantes, según mencioné anteriormente- para impedir excavaciones forenses que habrían resultado muy reveladoras.

El jueves 26 la tensión en las calles era tremenda; los estudiantes no teníamos forma de reunirnos sin poner en peligro nuestra libertad, pues el patrullaje en toda la ciudad era por demás notorio y, aparentemente, cualquier aglomeración de más de cuatro personas invitaba a los policías, a los granaderos o a piquetes de soldados a disolvernos a como diera lugar. Supimos que el CNH convocaba a un mitin en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco y, en previsión de que se desatara la violencia, convencí a mi novia y a su hermana para que permanecieran en su casa. Apenas salí de mi trabajo en avenida Juárez, me dirigí a Tlatelolco para observar el ambiente y de alguna forma vigilar a las decenas de agentes vestidos de civil. Noté que en todas las azoteas había personas que evidenciaban su carácter de vigilantes; pero al comenzar finalmente el mitin no se concretó ninguno de los presagios fatalistas, siendo todo normal; se acordó apoyar la permanencia del Rector Barros Sierra, aunque se reiteró que no nos representaba. Fui después al departamento donde mi novia vivía con sus hermanas y el esposo de la mayor y les platiqué de la insólita tranquilidad con que se desarrolló el mitin, a pesar de que la Vocacional 7 estaba ocupada por numerosos soldados.

El 30 de septiembre, en lo que nos pareció un gesto gubernamental de aproximación, el ejército desocupó la Ciudad Universitaria, entregando las instalaciones a las autoridades de la institución. Cuando ingresamos a la FCPS notamos que hubo saqueo en las oficinas administrativas y destrozos inexplicables en las aulas de nuestra minúscula facultad (por algo le llamábamos el Kinder), con inmundicia acumulada en forma por demás soez. Fue claro que los soldados tuvieron carta blanca para sus excesos, so pretexto de la búsqueda de “materiales subversivos”, con propaganda comunista de la Unión Soviética o de Cuba, que el gobierno aseguraba que encontrarían, cuando lo único que había eran los volantes que imprimíamos en mimeógrafo para informar al pueblo del desarrollo de los acontecimientos y de las agresiones que los estudiantes sufríamos a manos de los represores.

*****

Y llegó el fatídico 2 de octubre. Al iniciarse el día, el ambiente parecía alentador pues por la mañana hubo una reunión con representantes del presidente Díaz Ordaz, los señores Andrés Caso Lombardo y Jorge de la Vega Domínguez, quienes años después llegarían a ocupar altos cargos en los gabinetes presidenciales; tal reunión indujo a muchos de nosotros a pensar que se había abierto un espacio de negociación y que, por tanto, era improbable que hubiera represión, sobre todo contra una reunión pública y pacífica de estudiantes y otros grupos sindicales y sociales de apoyo. Con esa equivocada idea, mi novia, su hermana y yo habíamos decidido acudir al mitin que se convocó para desarrollarse durante la tarde de ese día.

Yo nuevamente me adelanté a la llegada de ellas, pues me salí temprano de la oficina del ISSSTE en avenida Juárez y corrí hacia las taquerías que en esa época existían en Plaza de la República, a un costado del frontón México; al cruzar la calle, momentáneamente llamó mi atención la presencia de varios autobuses de línea estacionados en contra esquina del frontón México, unos pasos al norte de la avenida Juárez; afuera y dentro de los camiones, personas que evidentemente eran integrantes de la Dirección Federal de Seguridad, que contaba con oficinas en el viejo edificio del ISSSTE, el antiguamente llamado edificio de Pensiones (que se derrumbó con el terremoto del 19 de septiembre de 1985). Tontamente, no cupo en mí sospecha alguna al ver que muchos de ellos llevaban guantes blancos y gabardinas. Por la urgencia de irme a Tlatelolco, comí rápidamente un par de tacos de bistec y costilla, que en esa época aún eran muy llenadores, pues tenía vacío el estómago al no haber desayunado por levantarme tarde, debido al desvelo hasta altas horas de la noche de estar en casa de mi novia.

Una vez satisfecho, me apresuré a llegar a la Plaza de las Tres Culturas, lo que pude hacer a eso de las tres de la tarde, cuando aún la enorme plancha de concreto no estaba pletórica de gente, pues los distintos grupos estudiantiles y organizaciones sindicales y sociales que nos apoyaban apenas iban llegando. Al pasar por la fosa de las excavaciones prehispánicas, cerca de la Secretaría de Relaciones Exteriores, divisé al otro lado a mi hermana Marina que, con su blanco uniforme de estudiante de medicina estaba sentada junto a otros futuros galenos; le grité, volteó y me saludó de mano, y a gritos le dije que al terminar el mitin hiciéramos algo juntos y ella asintió. Seguí adentrándome en la plaza y llegué hasta el Asta bandera, frente al edificio Chihuahua y ahí me planté y comencé a observar los alrededores y los techos de los edificios cercanos viendo desde luego a los acostumbrados agentes policiacos vestidos de civil, vigilando. Unos minutos después llegó mi novia con su hermana y olvidé mis preocupaciones.

Un rato después, en medio de la algarabía de la muchedumbre, que continuaba ingresando a la Plaza de las Tres Culturas, desde el segundo o tercer piso del edificio Chihuahua -no recuerdo con exactitud- escuchamos la voz de un compañero quien expresaba que daba comienzo el mitin. Recuerdo que hubo uno o dos oradores y el evento se desarrollaba con normalidad; sin embargo, en algún momento alguien informó por el micrófono que tropas del ejército estaban rodeando la Plaza y como además del mitin en Tlatelolco la convocatoria incluía una marcha a Zacatenco para exigir su desocupación por parte del ejército, se expresó que seguramente esas tropas tenían como objetivo impedirnos llevar a cabo la marcha, por lo que se nos propuso y aprobamos por aclamación que terminando el mitin nos disolveríamos; es decir, que para evitar provocaciones innecesarias, no seguiríamos adelante con la marcha hacia esas instalaciones del IPN.

Pasaron unos cuantos minutos y pareció que todo seguiría un curso normal e incluso continuaban anunciando el ingreso de contingentes sindicales y se pedía aplaudirles como forma de saludo pero, de pronto, se oyó un sonido como de arma y vimos como una luz de bengala surcaba el espacio, se abrió un mini paracaídas y la bengala comenzó a descender; de inmediato, desde nuestro lugar sentimos como un movimiento de la masa de gente y se comenzó a escuchar gritos de alerta: ¡El ejército! ¡El ejército! Yo, instintivamente miré hacia el foso donde vi a mi hermana y con desaliento y terror me di cuenta que esa zona se pintaba de color verde, pues la tropa ya invadía la Plaza; no había rastro de ella ni de sus compañeros. Un remolino de gente se nos vino encima y de improviso escuchamos disparos que provenían de abajo del edificio Chihuahua; agentes vestidos de civil tiraban sus gabardinas, levantaban su mano izquierda en la que se habían puesto un guante blanco, sacaban sus armas y disparaban a discreción contra nosotros; como si hubiera sido una señal, el ejército disparó también, no contra quienes tenían las pistolas a la vista sino contra los inermes asistentes al mitin; el área se convirtió en cuestión de segundos en zona de combate, donde solo se escuchaban el estruendo de distintas e innumerables armas, incluyendo el sonido inconfundible de las ametralladoras. Nuevamente, el instinto prevaleció y de manera pronta tomé a mi novia y su hermana y las forcé a tirarse al suelo y les dije que avanzáramos arrastrándonos hacia el norte de la Plaza.

Pareció una eternidad arrastrarse no más de veinte metros, pero el terror se había apoderado de la multitud y de nosotros mismos; teníamos la garganta totalmente seca (curiosamente, en ese instante saltó a mi mente un recuerdo de mi niñez, un 30 de diciembre de 1960, en Chilpancingo, Guerrero, en que en circunstancias que yo desconocía se produjo una terrible balacera en la calle de mi casa y otras más que circundaban la Universidad de Guerrero, cuyos estudiantes sostenían una larga huelga contra el gobernador Raúl Caballero, con saldo de decenas de muertos y muchos más, heridos), como si hiciera días que no hubiéramos tomado ningún líquido y al voltear hacia el Asta bandera veíamos caer gente, ya sea alcanzada por balas del ejército o de los agentes del guante blanco, o por tropezarse con cuerpos de otros ya caídos, lo que nos causaba aún mayor angustia. Al llegar adonde terminaba la plancha principal de concreto quisimos saltar pero el siguiente tramo estaba atestado ya de gente y quisimos detenernos; sin embargo el empuje de quienes venían detrás nos lanzó encima de ellos y luego más gente cayó sobre nosotros por lo que por momentos quedamos inmovilizados; cuando finalmente pude erguirme, me di cuenta que se me habían salido los zapatos; ¡tuve la loca idea de que si me mataban, debiera llevar puestos mis zapatos¡, por lo que comencé a buscarlos entre muchos otros que la gente dejó en su carrera por la vida, los encontré y me los puse; en esos dramáticos segundos observé como jóvenes imberbes usaban sus zapatos para responder a la fusilería del ejército y pensé ¡qué locura!. Mi novia, entre tanto, no percibió cuando su hermana se nos adelantó y al no verla, quería regresar a buscarla en la Plaza y como estaba a punto de un ataque de histeria le di un fuerte jalón del brazo y logré mostrarle a su hermana que estaba a unos 10 metros de nosotros; la alcanzamos y caminamos unos cuantos pasos hacia el norte; había un destacamento de soldados que con la bayoneta calada en sus fusiles nos forzaba a movernos al oriente por el primer pasillo después de la Plaza; llegamos a otro pasadizo entre edificios y ahí también había soldados que nos hostigaban para continuar avanzando con dirección oriente; esto se repitió en uno o dos pasillos más y finalmente llegamos a uno que no tenía presencia de la soldadesca; corrimos y llegamos a la calle Manuel González. Comenzamos a juntarnos quienes lográbamos salir ilesos y tratando de darnos aliento ante tan cruel circunstancia, lanzamos nuestro grito universitario: ¡Goya, cachún, cachún, rá rá, cachún, cachún, rá rá, Goya, Universidad¡

Minutos después vimos que se nos aproximaba una tanqueta del ejército y un destacamento de infantería, por lo que nuevamente corrimos hacia el norte de Tlatelolco. Algunas cuadras adelante, le dije a mi novia y su hermana que se fueran en taxi a su casa, pues yo debía regresar para tratar de localizar a mi hermana Marina, de cuyo destino temía lo peor. Sin embargo, ellas me rogaron muy insistentemente y lograron hacerme entrar en razón, pues realmente hubiera sido suicida intentar volver a una Plaza repleta de fuerzas gubernamentales, aunque se escuchaban todavía numerosos disparos. Finalmente, tomamos un taxi y pedimos al conductor que nos llevase a la colonia Álamos, a la casa de sus padres. Apenas habiendo ascendido al vehículo, el chofer dijo algo que me hizo perder los estribos, señalando que los estudiantes teníamos bien merecido lo que sucedía, por andar de alborotadores; estuve a punto de armar una trifulca, pero las muchachas me hicieron calmarme y ellas inteligentemente pidieron al taxista que pusiera música en su radio.

Al cruzar las calles de la ciudad rumbo al sur, nos dimos cuenta que en las calles había un gran nerviosismo pues la noticia se había esparcido como reguero de pólvora. Yendo aún en camino a la colonia Álamos decidimos mejor ir primeramente a mi hogar, con la esperanza de que mi hermana llegara a nuestra casa en la ya citada colonia Sector Popular, en el comienzo de la delegación Iztapalapa. Llegamos a eso de las 7 de la noche, pero Marina no aparecía por ningún lado; la desesperación estaba cundiendo en mí y pensé que lo mejor sería que mi novia y su hermana regresaran con sus padres. Salimos a buscar un taxi, que abordaron prontamente y las despedí, quedando de avisarles tan pronto supiera algo de ella.

Alrededor de las 10 de la noche llegó mi madre, con el rostro descompuesto de desesperación, pues en su trabajo en el ISSSTE se había sabido prontamente de los terribles sucesos y había llamado a la casa tratando de encontrar a alguno de nosotros, sin éxito pues a esa hora yo aún estaba en camino. Cuando me vio su rostro se alivió ligeramente, pero de inmediato me preguntó por Marina y cándidamente le comenté como la había visto en Tlatelolco antes que comenzara el mitin y el posterior ataque del ejército. Por una vez en su vida, mi madre pareció perder la compostura, incluso la cordura, y me gritó que era mi culpa si moría mi hermana; se me salieron las lágrimas y traté de calmarla asegurándole que Marina no era ninguna tonta y que seguramente había escapado o se había refugiado en algún domicilio en la zona de Tlatelolco. Sin embargo, mi madre estaba tan desesperada que entonces le dije que iría a buscarla y salí a la calle, aunque solamente me dediqué a dar vueltas en las calles aledañas, con la esperanza de verla descender de algún autobús.

Desgraciadamente, pasaron casi cuatro horas y no aparecía mi hermana. Pasó el último autobús de esa noche; ya eran casi las 2 am y regresé a casa. Mamá ya estaba más tranquila; me dijo que si en la mañana aún no aparecía Marina, no iríamos al trabajo y nos dedicaríamos a buscarla en todos los centros de detención, hospitales y hasta en la morgue. Yo tragaba saliva por la angustia acumulada y, en eso, escuchamos que se abría el portón de entrada a la casa e instantes después, oímos sus pasos subiendo las escaleras.

Marina venía muy pálida y carecía de su bata de médico; nos contó que cuando todo comenzó, ella y sus compañeros pudieron moverse antes que llegara la tropa hasta donde ellos se encontraban y fueron trasladándose de manera casual siguiendo la marea humana que huía; que en esos andares debieron levantar entre varios a una persona herida en una pierna, lo que hizo más lento su movimiento, no pudiendo ya salir del conjunto habitacional, resguardándose finalmente en el departamento de un valiente vecino que abrió sus puertas pese al enorme riesgo que corría. Ahí permanecieron hasta la medianoche efectuando curaciones al herido; a esa hora avanzada reinaba una calma sepulcral, y el vecino la acompañó al salir, por si los soldados la interrogaban, cosa que no ocurrió. Logró tomar un taxi y vino directamente a casa. Al igual que yo, pudo presenciar como caía un sinnúmero de personas que eran alcanzadas por las balas.

*****

La mañana siguiente, el idealista que había -y aún hay- en mí, se decía que el artero ataque tendría consecuencias nefastas para el presidente Díaz Ordaz, pues en mi mente no cabía posibilidad alguna de que tamaño crimen pudiese quedar impune. Llegué a pensar que el Congreso de la Unión lo destituiría. Sin embargo, al salir a buscar la prensa me llevé tremenda decepción pues todos hablaban horrores contra el estudiantado y llenaban de halagos a Díaz Ordaz.

El Sol de México, de la cadena García Valseca informaba: “Manos extrañas se empeñan en desprestigiar a México. El objetivo: Frustrar los XIX Juegos. Y en el cintillo: “Francotiradores abrieron fuego contra la tropa en Tlatelolco”. “Heridos un general y once militares; 2 soldados y más de 20 civiles muertos en la peor refriega. Por su lado, El Universal señalaba: “Tlatelolco, campo de batalla”. “No habrá estado de sitio afirmó García Barragán”. “Durante horas, Terroristas y Soldados sostuvieron rudo combate.29 Muertos y más de 80 Heridos en Ambos Bandos; 1000 Detenidos”.

A su vez, Excelsior encabezó: “Recio Combate al Dispersar el Ejército un mitin de Huelguistas”. 20 Muertos, 75 Heridos, 400 Presos”. Lo único que me pareció destacable de ese medio fue la caricatura, todo el recuadro en negro y arriba solamente la palabra ¿Porqué?

 Novedades igualmente soslayó la realidad: “Balacera entre Francotiradores y el Ejército en Ciudad Tlatelolco”. “Datos Obtenidos: 25 Muertos y 87 Lesionados: El Gral. Hernández Toledo y 12 Militares más están heridos”. También me causó náuseas el periódico El Día, que usualmente yo leía, al informar así: Criminal Provocación en el Mitin de Tlatelolco causó  Sangriento Zafarrancho”. “Muertos y Heridos en Grave Choque con el Ejército en Tlatelolco: Entre los heridos están el general Hernández Toledo y otros doce militares. Un soldado falleció”. “El número de civiles que perdieron la vida o resultaron lesionados es todavía impreciso”.

Lógicamente, el gubernamental diario El Nacional señalaba: “El Ejército tuvo que repeler a los Franco-tiradores (sic): García Barragán”. Una excepción muy notable, días después, fue la revista Siempre, de don José Pagés Llergo, que si bien tuvo entre sus comentaristas una diversidad de opiniones y enfoques, la caricatura de la portada fue absolutamente reveladora: el gorila con la boca llena de sangre, blandiendo un garrote, caminando por la Plaza, pletórica de caídos.

Mención aparte me merece la revista Porqué, de Mario Menéndez Rodríguez, quien se atrevió a publicar una edición extraordinaria con fotografías y reseñas de las escenas dantescas de cuerpos sin vida tirados en la Plaza, en las calles y en las instalaciones forenses de la ciudad. Él llegó a la conclusión de que el régimen debía cambiarse mediante las armas y se fue a la guerrilla. Tiempo después fue apresado y estuvo en prisión cumpliendo una larga condena, hasta que fue liberado en un intercambio por el rector de la Universidad Autónoma de Guerrero  (UAG), Jaime Castrejón Díez, secuestrado por guerrilleros liderados por Genaro Vázquez Rojas, en la misma entidad.

Para mí, la información publicada por la prensa mexicana, no fue otra cosa que una sarta de calumnias, mentiras y verdades a medias y dio plena justificación al epíteto que tantas veces lanzamos al marchar por las calles: “Prensa vendida”. Vendida y amordazada por el control que en esa época ejercía el gobierno a través del papel (la empresa paraestatal PIPSA tenía el monopolio) que se importaba para que los diarios pudiesen ser impresos. La prensa que intentaba ejercer su derecho a la crítica, enfrentaba inmediatamente problemas al solicitar abastecimiento de ese material indispensable, así que incluso se ejercía la autocensura.

No es que desconozca que unos cuantos jóvenes (estudiantes o no) hubieran acudido al mitin portando armas de fuego (básicamente de pequeño calibre); pienso particularmente en los muchachos de la Vocacional 7, que unos días antes fueron masacrados al ingresar el ejército a su plantel, o algunos otros politécnicos y universitarios que enfrentaron la brutalidad de soldados y granaderos cuando trataban de manifestarse pacíficamente y que pensaron que para esa ocasión iban a ir preparados para defenderse de una nueva agresión injustificada.

Yo me pregunto: ¿acaso los manifestantes provocamos al ejército? ¿porqué se dio la orden de ingresar a la Plaza, si no estábamos cometiendo delito alguno? ¿Acaso era delito el simple hecho de reunirnos? Y ya habíamos acordado suspender la marcha a Zacatenco y disolvernos al terminar el mitin, precisamente para no caer en provocaciones. Yo fui y seré hasta el fin, testigo ocular, de que los primeros disparos salieron de las armas que portaban los agentes de la DFS con su guante blanco como distintivo y también testifiqué su presencia frente al monumento a la Revolución, horas antes de la masacre. ¿Cuál es la provocación a que aludieron algunos periódicos? ¿Francotiradores? Yo vi, al igual que en otros mítines en Tlatelolco, que las azoteas estaban ocupadas por agentes policiacos sin uniforme, no por estudiantes. Entonces, ¿fueron esos los presuntos francotiradores?

En los días siguientes nos reuníamos en casa de algunos compañeros e intercambiábamos nuestras terribles y dolorosas experiencias. Recuerdo un compañero que aseguraba haberse refugiado en una panadería que existía en el edificio siguiente al Chihuahua en dirección oriente. Que estaba repleto de personas con ataques de pánico e histeria y que de pronto apareció un soldado que, al verlos, disparó su arma automática hiriendo a varias personas de edad diversa; otro, contó que al iniciar la huida cayó entre unos maceteros y que un soldado saltó junto a él, intentando cubrirse de disparos que aparentemente provenían de un helicóptero; el soldado, según el compañero, únicamente le dijo: cúbrete, porque éstos del helicóptero solo quieren sangre, no importa de quien. Y así, fueron cientos de narraciones que fui conociendo. Recuerdo el escándalo que armó la periodista italiana Oriana Falacci, quien resultó herida de bala y según ella misma afirmó, la llevaron como fallecida a los servicios forenses, al señalar que Tlatelolco fue una masacre peor de lo que había visto como corresponsal de guerra en varios conflictos internos e internacionales.

La “verdad histórica”, término que los gobiernos del PRI pusieron de moda con motivo de la masacre de los estudiantes de Ayotzinapa en septiembre de 2014, no puede ser, no pudo ser ni podrá ser suplantada por las tergiversadas versiones que los distintos gobiernos han tratado de utilizar para echar la culpa a quienes solamente hacíamos uso de nuestros derechos constitucionales.

La terrible masacre de Tlatelolco dejó al estudiantado en una condición de perplejidad, de desaliento y desesperanza; terminó desmovilizado en pocas semanas, convenciéndose unos de que el único camino a seguir era la vía armada, por lo que algunos jóvenes intentaron y lograron enrolarse con los movimientos armados que tenían presencia en Guerrero, fundamentalmente. Otros, destrozadas sus esperanzas y anhelos democratizadores, nos unimos, temporal, imperceptiblemente y con diversa intensidad, al movimiento hippie (la onda) que floreció grandemente en México luego del 2 de octubre y que tuvo su expresión más acabada en el festival musical de Avándaro, en septiembre de 1971, donde nos reunimos más de 200 mil jóvenes a escuchar música de Rock. Obviamente, este escape tampoco fue del agrado de las autoridades, que prohibieron durante décadas la realización de otros festivales al aire libre, quedando solamente la posibilidad de realizarlos dentro de las instalaciones de Ciudad Universitaria.

Pero pese a toda nuestra rabia contra el gobierno y la sociedad misma que se hizo de la vista gorda ante la matanza, poco a poco comprendimos que nuestras vidas debían seguir un curso que nos permitiera superar el trauma y tener un proyecto vital personal razonablemente aceptable, por lo que cada uno debió tomar sus propias decisiones. En mi caso, comprendí que la carrera que me había atraído me facilitaba mis anhelos de superación. No habiendo tenido nunca el espíritu de la ganancia propia del capitalismo, por lo que bajo ninguna circunstancia me interesó laborar en empresas, asumí que mi destino estaba en el servicio público, aun cuando necesariamente habría de tener vasos comunicantes con la política (que en el estilo mexicano de practicarla y que ha prevalecido desde tiempos inmemoriales es deleznable), y específicamente, en el servicio exterior de carrera.

Dos décadas después, mientras me desempeñaba como Consejero en la embajada de México en Japón, me correspondió atender a un alto funcionario del gobierno del Distrito Federal, Guillermo Cosío Vidaurri, que creo era en ese entonces secretario general o tenía un cargo parecido, quien visitaba el país en el contexto de la cooperación en materia penitenciaria entre ambos gobiernos. Durante una cena que le ofreciera el titular de la embajada, a la cual asistí como parte de mi encargo de acompañarlo y apoyarlo en su agenda de trabajo con la contraparte japonesa, surgió casualmente el tema del movimiento estudiantil de 1968 y, lógicamente, de la matanza de Tlatelolco. Cosío Vidaurri dijo con absoluto desparpajo que esa había sido una conjura comunista contra el gobierno de Díaz Ordaz, cuyas decisiones alabó con vehemencia y reiteró la versión de que los estudiantes disparamos contra el ejército. Yo sentí que la sangre me hirvió, no pude aguantar y le espeté que eso era una mentira absoluta y que yo había estado ahí, precisamente junto al asta bandera, frente al edificio Chihuahua y por lo tanto, era testigo de primera mano de que los mencionados “hombres del guante blanco”, que eran agentes de la DFS, fueron quienes hicieron los primeros disparos desde donde se habían concentrado, abajo del edificio Chihuahua, con todo y sus gabardinas y su guante blanco. Cosío intentó aún sacar otros argumentos igualmente sin sustento para justificar la masacre, pero lo paré en seco diciéndole que fue un crimen de Estado y que en algún momento la verdad finalmente terminará saliendo a la luz.

Posteriormente, Cosío comentó al embajador que era yo “demasiado radical” y que, por ello, “no iba a llegar”. Los gobiernos priistas me vieron siempre con desconfianza (decían: no es miembro del partido, solamente es “institucional”) y los del PAN, aún peor (caso bochornoso que comentaré en otro próximo artículo). No me importó en ese momento y no me importa ahora. Considero ser una persona con principios y ética y ello siempre me ha obligado a preservar y defender la verdad, así hayan pasado cincuenta años.

Una verdad muy dolorosa para un pueblo noble como el nuestro: que ambos partidos han gobernado demasiado tiempo (mucho más el PRI, desde luego, pero el Pan en tan solo dos sexenios se mimetizó de inmediato con éste), sin contrapesos reales, sin división de poderes e impulsados básicamente por la codicia, y se han aprovechado hasta el cansancio de la paciencia de los mexicanos de a pie. Han cometido fechorías y gigantescos latrocinios con la hacienda pública, han adoptado la violencia política como escudo defensivo de una clase política cada vez menos presentable, violan derechos humanos a diestra y siniestra; han asesinado, con un manto de presunta legalidad, a cientos de miles de compatriotas que, cuando menos, merecían un debido proceso; han desaparecido igualmente a miles de mexicanos que les resultaban incómodos y han solapado abusos y crímenes contra las mujeres simplemente por serlo; en fin, han adoptado durante décadas políticas públicas engañosas para enriquecerse ilícitamente, cuyos resultados son, además de mantener a una enorme porción de la población en la pobreza, empujar a muchos compatriotas, en su desesperación, a incrementar las filas del crimen organizado. La Historia no los debe absolver.

 

 

 

Nuestra ruta de Política Exterior

 

Como país débil y con pocos intereses aparentes de política exterior ajenos a su relación con una potencia de enorme poderío y de amplia proyección internacional, la política exterior suscita escaso interés de la élite gobernante mexicana y, por ende, también de la llamada “comentocracia”. Es por ello que la publicación de un artículo del Embajador Sergio González Gálvez en La Jornada del 25 de agosto, adquiere una especial significación en el esfuerzo de un minúsculo segmento de la comunidad diplomática mexicana y de los especialistas para destacar la importancia de nuestra vida de relación con el resto del mundo.

El artículo en cuestión, que se reproduce íntegro a continuación, plantea la necesidad ineludible de distinguir entre integración económica con Estados Unidos y la promoción y defensa de intereses políticos y económicos de México con el resto del mundo. En otras palabras, propone, sin decirlo con esas palabras, una política de doble vía de cooperación y de política independiente, como lo hemos propuesto repetidamente en varios artículos en México Internacional.[1]   

El autor destaca la importancia de varios mecanismos ya existentes para mitigar nuestra dependencia económica respecto del vecino, como resultado del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Cabe señalar que dichos mecanismos han estado lejos de rendir los resultados previstos para diversificar nuestro comercio exterior a niveles que mínimamente compensen nuestra abismal dependencia respecto de Estados Unidos. Tal vez en otro momento de nuestra historia reciente, cuando el Estado mexicano era el principal motor de la economía y concentraba un alto porcentaje de la producción industrial, el aprovechamiento de esos mecanismos hubiese rendido diferentes resultados, pero la iniciativa privada mexicana -que habrá que llamarla privada a secas- no ha demostrado ni la audacia, ni la inventiva, ni el empuje, ni la iniciativa para aprovecharlos como lo demandan los intereses de México.

La diversificación comercial no necesariamente se traduce en una mayor amplitud de los espacios políticos de maniobra, de los cuales se puede servir o puede crear un país en función de intereses políticos internos, puramente externos o de seguridad nacional. En otras palabras, el diseño e implementación de una política exterior debe identificar los intereses políticos superiores de soberanía e independencia y asignar a la economía y el comercio su peso relativo en el logro de aquellos.

A este respecto, debe subrayarse que el medio internacional en el que México debe reafirmar su soberanía e independencia ofrece riesgos y oportunidades. La desaparición de la Unión Soviética y la perniciosa y relativa unilateralidad de Estados Unidos, acentuó lo que la Destrucción Mutua Asegurada (MAD) puso de manifiesto: la inaplicabilidad del desarrollo de la alta tecnología nuclear y el fortalecimiento de la violencia convencional estatal y no-estatal. Los reveses de Estados Unidos en Afganistán y Siria y el fracaso de sus aventuras en Irak y Libia, -y su impacto político interno- han influido en un relativo, pero importante repliegue en la influencia mundial de Estados Unidos y en el concomitante ascenso de Rusia y China, de manera tal que su principal objetivo estratégico es restablecer la supremacía mediante un gasto militar de vértigo, aunque deja de  lado la inoperancia política de su descomunal poderío militar actual, que actualmente  se manifiesta en el acoso financiero a un sinnúmero de países que, otrora, algunos de ellos hubieran recibido una fulminante intervención militar, o en el manejo de cuestiones como Corea del Norte o Turquía.  

En este escenario de competencia político-militar estratégica, una de las víctimas más notables, pero menos valorada, es el cuerpo de normas de derecho internacional que establecen reglas mínimas de convivencia internacional pacífica y, por ende, de aquellas normas que, por su misma naturaleza, tienden a proteger los intereses de los países militar y económicamente débiles. Dichas normas, establecidas en la Carta de las Naciones Unidas, precisadas y desarrolladas gracias a la acción de países en desarrollo o emergentes, entre ellos de manera muy destacada por México, requieren de una intensa e insistente labor de valoración para contrarrestar su pseudo obsolescencia a fin de   convertirlas en el baluarte tanto de la comunidad internacional, como de la acción de México en la promoción de sus intereses de soberanía e independencia política externa.

Esta debe ser “nuestra ruta propia hacia el futuro”.

Francisco Correa Villalobos

Embajador de México en retiro.

[1] https://mexinternacional.mx/2018/07/03/mexico-y-la-supremacia-del-derecho-internacional/;

https://mexinternacional.mx/2018/04/10/militarizacion-de-fronteras-el-inm-como-franquicia-del-cbp-y-otras-concesiones-unilaterales/

https://mexinternacional.mx/2017/02/10/pronunciamiento-de-embajadres-de-mexico-de-carrera-jubilados-sobre-las-relaciones-con-estados-unidos/

 

¿DILEMA DIPLOMÁTICO?
Sergio González Gálvez*
Recuerdo con especial interés que la obra México, cincuenta años de Revolución. La política publicada en 1961 por el Fondo de Cultura Económica, incluye un artículo que considero luminoso, donde el ex canciller y diplomático de carrera, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, señaló:

“Los objetivos internacionales de un país son el resultado de una constelación de fuerzas, de naturaleza permanente algunas, como la geografía y la historia, y de carácter transitorio las otras, como la cambiante coyuntura internacional. Cuando la acción de las constantes es especialmente vigorosa, la actitud internacional de un país muestra perfiles acentuados a lo largo de su historia y presenta cierta continuidad. Así, en el caso de México, su vecindad con Estados Unidos y las distintas trayectorias que han seguido uno y otro país, la historia anterior a la conquista y los siglos de dominación española, el carácter y los recursos naturales de que disponen y, en suma, su tierra y su pueblo, han dado un sello característico a su política internacional. Desde la Independencia, la actitud de México frente al exterior ha sido cautelosa y reservada y su política internacional esencialmente defensiva, –aunque ya hay signos claros de un cambio–. De allí el valor especial atribuido a los principios de conducta que nos guían por medio de nuestra historia y la preeminencia de ciertos objetivos internacionales sobre otros.”

Al hablar de la relación con la gran potencia continental, el académico de El Colegio de México Mario Ojeda en su obra Alcances y límites de la política exterior de México nos recuerda que “en el pasado nuestro país ha tenido que disentir del poderoso vecino en temas con los que no concordamos si es que le son fundamentales a México, aunque para Estados Unidos sea importante. A cambio de ello, México por lo general brinda su cooperación en todo aquello que siendo fundamental para Estados Unidos, no lo es para nuestro país; una ecuación que si bien marca un rumbo, en la práctica ha sido de muy difícil aplicación y ha dejado secuelas de resentimientos que lamentablemente no se olvidan y resurgen en las nuevas crisis que ahora son cada vez más frecuentes entre los dos países.”

Por ejemplo, de los problemas que enfrentamos ahora en esa difícil relación, pudiéramos mencionar el proceso de integración económicaentre México-Estados Unidos y Canadá dentro del proceso de modernización del TLCAN que con razón nos continúa preocupando, además de las posibles implicaciones políticas de tal proceso. El punto de partida de tal preocupación está constituido por lo que se percibe como el carácter marcadamente asimétrico del proceso, resumido en la noción de que lo que está en juego no es tanto la integración de las economías, sino la integración de la economía mexicana en la estadunidense además de que debemos, tenemos que alejarnos de la visión de continuar siendo en gran medida un país maquilador. ¿Hasta dónde, se preguntan quienes plantean este tema, podrá mantenerse como consecuencia de ese proceso, un rango de autonomía significativo en la definición del comportamiento gubernamental mexicano? Este énfasis en un supuesto nivel de independencia relativa de que pueda gozar el país en el futuro, remite frecuentemente la discusión a la esfera de la política exterior.

Los tiempos en que se presentarían los signos del impacto del proceso de la integración económica en el campo de la política exterior podrán variar considerablemente, sin embargo en el corto plazo, por ejemplo, podría argumentarse que la formalización del proceso que tiene lugar en el plano económico podría contribuir, bien manejado, al establecimiento de una especie de seguro en el que los instrumentos de represalia disponibles para el gobierno estadunidense ante comportamientos internacionales mexicanos, que ellos pudieran considerar inadecuados, se verían limitados. Esto sería así si sabemos utilizar los mecanismos de solución de conflictos incorporados, por ejemplo, en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entendemos son precisamente algunos de los preceptos que el gobierno del presidente Trump quiere desaparecer, algo que bajo ninguna circunstancia debemos aceptar.

En un plazo más largo, sin embargo, puede preverse que si no hacemos uso de los mecanismos de solución de conflictos en ese instrumento internacional o Estados Unidos rechaza esa opción en la nueva versión del tratado, las posiciones adoptadas por el gobierno mexicano tenderían a acercarse más a las estadunidenses por el temor a presiones o represalias ante las que sería crecientemente vulnerable.

Además, en el campo específico de la política exterior, la discusión es algunas veces sobre simplificada al plantear las opciones en términos de una especie de juego de suma ceroen el que la opción económica hacia el norte que tiende a consolidarse, es percibida como alternativa excluyente de otros espacios de vinculación económica y aún política a escala internacional. Esa visión, absurda en mi opinión, limitaría la consideración sistemática de las opciones que abre para nuestro país el hecho mismo de su pertenencia a diversos ámbitos y espacios de articulación internacional de intereses. Incluso si en el plano económico de consolidarse aún más la ubicación fundamental de nuestro país en lo que tiende crecientemente en llamarse la América del Norte, México seguiría siendo un país estrictamente latinoamericano y caribeño con lazos de afinidad e intereses económicos y políticos compartidos con los países del subcontinente mediante la Alianza para el Pacífico y otras organizaciones regionales; seguiría contando con los espacios de acción internacional que le abre su pertenencia a la Cuenca del Pacífico, que es el área que más crece en este momento y donde nuestros intereses nos obligan a fortalecer nuestros vínculos con la República Popular China, aunque eso molestepor razones políticas a Washington que ve como una amenaza a su dominio continental a Pekín y su poder económico y con nuestros grandes amigos y aliados con fuertes vínculos históricos: Japón, Corea, Indonesia y Vietnam, entre otros muchos países asiáticos y las ventajas que hemos logrado ya del acuerdo de alcance político, económico y de cooperación con la Unión Europea, que esperamos se fortalezcan en breve, cuidando que la famosa cláusula democrática no se convierta en un instrumento de intervención en temas de competencia interna nuestra, más los esfuerzos que haga México para abrir más sus vínculos con Medio Oriente y con África, donde nuestra presencia aún es marginal.

Por lo que se refiere a la relación bilateral con los estadunidenses, el impacto de una decisión dando máxima prioridad a ese país, rebasaría ampliamente el espacio de las esferas directamente vinculadas con el proceso de apertura económica. La posición sostenida en diversos temas de la relación tendría también que ser ajustada. El tema de la migración proporciona un ejemplo interesante. Hasta hoy, en 2018, nuestra posición ante el fenómeno es de verlo como un problema de difícil solución ante la existencia de un mercado real de mano de obra ubicado en Estados Unidos que ese país ha manejado según se mueve su economía olvidándose, en épocas, de sus propias leyes. La migración temporal ha sido frecuentemente la respuesta que intenta conciliar las tensiones que esto genera entre nuestros intereses de corto y largo plazos. El proceso de formalización de los vínculos económicos como el que ya existe entre ambos países, debe llevar necesariamente, tal y como México lo propuso al iniciar las negociaciones del TLCAN y Estados Unidos lo rechazó, a la creación de canales legales de migración permanente, sea mediante un acuerdo con cuotas de trabajadores, sea mediante facilidades para los mexicanos basadas en el contexto que proporciona dicho tratado; tema indudablemente conflictivo en el entorno de la política interna estadunidense.

Tengamos presente que el momento que vivimos no es la primera vez que tenemos que enfrentar un presidente estadunidense hostil a México, recordemos a John Adams, James Monroe, John Quincy Adams, James Polk y R. Hayes, entre otros. Pero esa circunstancia nos debe despertar a una realidad: México es y deberá ser un país con vínculos con sus vecinos y con todos los miembros de la comunidad de naciones, pero no más dependiente de ninguno por poderoso que éste sea; es cierto que todos actuamos bajo un fenómeno globalizador que nos envuelve, pero cada quien busca y sigue una ruta propia hacia el futuro.

*Embajador Emérito de México

Peña y Videgaray en el atentado contra Maduro

 

por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

Es sorprendente la tersura con que el editorial en La Jornada de ayer, titulado Venezuela: Atentado y dobles raseros, se refiere al silencio del gobierno de Peña ante el intento de magnicidio contra el presidente Maduro, cuando se trata de la última manifestación de la audaz y desvergonzada violación del artículo 89 (X) de la Constitución por el gobierno saliente.

Con sus actos y una insostenible argumentación jurídica desde la llegada de Luis Videgaray a la Secretaría de Relaciones Exteriores, que puso en evidencia la sujeción por Estados Unidos y el estrecho trasfondo ideológico de la animadversión contra Maduro, el gobierno de Peña se erigió en parte importantísima de la larga y fracasada ofensiva de la derecha continental, que llega ahora a un absurdo y criminalmente desesperado clímax.

El gobierno de Peña y Videgaray no puede enmascarar su responsabilidad en la creación de un telón de fondo de linchamiento internacional que propicia acciones criminales. Esta es una política que el nuevo gobierno debe corregir apegándose a la letra de la Constitución, a las Cartas de Naciones Unidas y de la OEA y al derecho internacional.

Publicado en La Jornada, el 7 de agosto de 2018

México y la supremacía del derecho internacional

 

por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

La elección de AMLO a la presidencia ha tenido una sorprendente y amplia repercusión mundial que denota el gran peso político de México en el mundo.

En uno de sus últimos discursos, AMLO anunció que el principio de no intervención será uno de los pilares de su política exterior, cuya observancia dio a México lustre y prestigio en todo el orbe.

Éste es un primer paso que se inscribe en un mundo que está enfilado en un peligroso sendero que privilegia el derecho de la fuerza sobre la fuerza del derecho en las relaciones internacionales. Que minusvalora y relega el valioso bagaje de normas de derecho internacional elementales para la convivencia pacífica de los Estados, adoptado universalmente, paso a paso, durante buena parte del siglo XX.

A partir de la unipolaridad ha prevalecido la política de Estados Unidos y sus seguidores europeos de colocarse por encima del derecho internacional para promover sus intereses estratégicos, seguidos al poco tiempo tanto por Rusia y China como por otros Estados para procurar los propios.

Esta es una tendencia altamente nociva para los países medianos y pequeños. México tiene un interés de seguridad para fortalecer la supremacía del derecho internacional y hacer de éste un baluarte del orden mundial mediante acciones concertadas e iniciativas ad-hoc en Naciones Unidas y una prioridad de su política exterior. Se trata de un elemento vital de su seguridad y de un factor esencial para consolidar su prestigio e influencia internacionales.

Africa: Retos de Seguridad

ÁFRICA: RETOS DE SEGURIDAD

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

UNAM

19 de abril de 2018

Embajador Francisco Correa Villalobos

 

México se inscribió en el destino de África desde 1936, cuando fue el único país en condenar la invasión de Etiopía por las fuerzas fascistas de Mussolini y, luego, cuando desempeñó un papel muy relevante en el proceso de descolonización de Naciones Unidas que condujo al surgimiento de los ahora 54 países africanos.

Este panel es muy oportuno porque, pese a lo anterior, contribuye a poner a África en el campo visual de un país que lo ha prácticamente ignorado desde hace cerca de sesenta años. Una demostración de lo anterior es el número de embajadas que tiene México en los países del continente africano, comparado con otros países latinoamericanos de desarrollo similar. Así, mientras Brasil tiene 36 embajadas y dos consulados generales en ese continente. Cuba tiene 30 embajadas, Venezuela y Chile tienen 18 cada una, Argentina tiene 11. México tiene 7. Colombia y Ecuador 6 cada uno, Perú 5 y Bolivia 1.

Los países africanos fueron marcados desde su nacimiento por la competencia entre las grandes potencias. Por definición el anticolonialismo era antioccidental y los países coloniales inscribieron la lucha en el gran juego de la Guerra Fría como justificación de su sangrienta represión. Las guerras de liberación de Argelia, Kenia, Congo, Angola, Mozambique, Zimbabue, Namibia, fueron tal vez las más cruentas, pero ningún país dejó de dar una cuota de sangre por su liberación.

Concentrada en el saqueo, la colonia dejó a los países africanos con un gigantesco déficit de educación, salud y capacitación que, una vez llegada la independencia, los puso a merced de un coloniaje económico, político y militar que se extiende hasta nuestros días.

La imbricación de la competencia entre la Unión Soviética, Estados Unidos, sus respectivos satélites, la resistencia de los gobiernos racistas de Sudáfrica y Rhodesia, los movimientos de liberación nacional y la proyección de Cuba en el continente, marcaron los años setentas y ochentas con sangrientas guerras en al África Oriental y Septentrional. La inestabilidad de la mayoría de los gobiernos era la regla.

La llamada guerra contra el terrorismo iniciada después por Estados Unidos, un eufemismo para justificar la proyección de poder sobre todo el mundo, pero especialmente sobre gobiernos pusilánimes, y la agresión contra Libia tuvo como consecuencia un efecto multiplicador sobre la seguridad de los países del Sahel.

En mi opinión hay tres problemas fundamentales a los que se enfrentan los países africanos en cuestiones de seguridad, que inciden negativamente en sus esfuerzos de desarrollo:

1.- Los conflictos interétnicos. No hay país africano que no padezca de esta problemática, resultado de las fronteras heredadas de la colonia y su imbricación con intereses de inversionistas extranjeros, sobre todo en el área de la minería.

2.- Los movimientos islamistas radicales en la zona del Sahel-Magreb y en otros países del continente.

3.- La competencia entre varias grandes potencias por la influencia política y militar en  el continente

En relación con los dos últimos puntos, hay que tener presente que hoy los intereses externos predominantes en la zona son : Estados Unidos,  Francia y. por extensión, la OTAN y la UE, China, India y Japón.

Como se sabe, Estados Unidos creó en 2008 un comando militar general para África, el AFRICOM , el cual en pocos años ha establecido no menos de 46 bases militares en el continente, de mayor o menor planeada durabilidad además de la base gigantesca en Djibouti, Camp Lemonnier. La mayor parte del resto de las bases albergan fuerzas especiales de operación (SOF) de no menos de 200 hombres que tienen una gran movilidad transfronteriza y algunas son bases de drones. El autor de esas investigaciones calcula que el total de hombres altamente especializados asciende a 1700 repartidos en esas 46 bases. El Pentágono no da cifras uniformes sobre el número de efectivos en África.

La nomenclatura del Pentágono oculta el número de bases reconociendo sólo una base militar, la de Djibouti, mientras que las otras las clasifica como Forward Operation Sites (FOS), Cooperative Security Locations (CSL) y Contingency Locations (CL), según su tamaño y durabilidad prevista,

En un informe obtenido mediante la Freedom of Information Act, el general Donald Balduc, comandante del Special Operation Command Africa (SOCAF) describió las tareas de la siguiente manera:

“Africa’s challenges could create a threat that surpasses the threat that the United States currently faces from conflicts in Afghanistan, Iraq, and Syria.”

Y resumió sus objetivos así:

….”ever-expanding illicit networks, terrorist safe havens, attempts to subvert government authority, a steady  stream of new recruits and resources.”

Es decir, que las tropas norteamericanas son esenciales para la estabilidad de los gobiernos en los países que operan, incluyendo la represión de movimientos de origen étnico, además, por supuesto, de negar una base estatal a grupos djihadistas. Una base militar en Níger, compartida con soldados estadunidenses, servía de centro de tortura de miembros de una etnia o tribu de oposición al gobierno.

Francia, por su parte, deriva su inserción militar en la  zona del Sahel al menos en tres circunstancias: primero que las organizaciones extremistas puedan establecer una base estatal en el Sahel y/o el Magreb que facilite la comisión de actos violento por sí o mediante vínculos con segmentos de la enorme población de origen saheliano o Magrebino en Francia,  segundo, la seguridad de su principal fuente de uranio en Níger para alimentar sus plantas nucleares que proveen el 78% del total de  la energía eléctrica que consume Francia, y tercero su proyección de poder en sus antiguas colonias como apuntalamiento de su disminuída categoría como potencia mundial.

Como se sabe, hasta 2012 Mali era un país bastante estable, a excepción de un área en el despoblado y desértico norte, de ausencia de Estado, contrabando, tráfico de drogas y de personas, así como de un antiguo descontento entre las tribus de Touaregs que reclamaban mayor autonomía. La caída de Ghadaffi en Libia, donde un buen número de Touaregs formaban parte de sus fuerzas armadas, desplazó a muchos de éstos a sus tierras de origen y a la radicalización de sus demandas, que crecieron para exigir la creación un estado llamado Azawad. El levantamiento atrajo de grupos de radicales islamistas que lograron importantes avances, el control de poblaciones a las que sometieron a un estricto régimen y la marginación de los grupos de Touaregs en las operaciones militares.

El descontento de las tropas por la mala conducción de los operativos, dio lugar a que uno de cuyos oficiales, entrenado por Estado Unidos, pero no dirigido por éstos, diera un golpe de Estado con efectos desastrosos, pues los islamistas estuvieron a punto de tomar Bamako. El pánico cundió en París y rápido se armó la Operación Serval que logró replegar a los islamistas quienes se dispersaron en el desierto. En acciones conjuntas de la Unión Africana y Naciones Unidas se crea la MINUSMA, una operación de mantenimiento de la paz destinada a restaurar la autoridad estatal y realizar obras sociales en el norte de Mali, pero no para combatir a los remanentes de los grupos islamistas, que reanudaron los ataques y realizaron algunos avances. Francia lanza entonces la Operación Barkhane para combatirlos con una fuerza de 4000 hombres, con base en Chad y una importante estructura logística y de movilidad.

El movimiento de los djihdistas por todo el Sahel a través de fronteras en el desierto llevó al diseño de una nueva estrategia llamada Fuerza Conjunta G5 Sahel que involucra a los cinco países de la zona, Mauritania, Mali, Burkina Fasso, Niger y Chad, conjuntamente con Francia para integrar una fuerza de 5,000 soldados con capacidad para desplazarse través de las fronteras, que sumados a los de MINUSMA y Barkhane dan un total de 19,000 efectivos.

A estos hay que agregar dos misiones de entrenamiento y una de capacitación de la UE en Níger. Estados Unidos tiene una operación de entrenamiento llamada Operation Enduring Freedom Trans-Sahara, dos bases de drones en Níger y Burkina Fasso y el emplazamiento de aproximadamente 1000 efectivos de las Special Operation Forces en varias bases de los Estados Unidos en los países de la cuenca del Lago Chad, o sean Nigeria, Chad, Camerún y Níger. El nivel de coordinación entre todas estas operaciones es muy pobre y sus objetivos son principalmente militares, por lo que los riesgos de afectación a la población civil son enormes y tiende a desplazarla en grandes números aumentando la carga a gobiernos de países que se encuentran entre los más pobres del mundo y, por ende, crece el riesgo de inestabilidad permanente. A esto hay que agregar que un buen número de antiguos djihadistas, desplazados de Irak y Siria están convergiendo en el Sahel, para engrosar las filas de los grupos de Al-Qaeda del Maghreb.

La vasta presencia militar norteamericana y francesa en África contrasta con la predominante, pero no exclusiva, proyección de poder de China, basada en una cuantiosísima inversión en infraestructura y desarrollo industrial, a un nivel que, en dos décadas, China se ha convertido en el más importante socio comercial, de inversión y de ayuda en todo el continente.  Y digo predominante porque hace unos meses China inauguró una base naval en Djibouti, un primer paso en su presencia militar en  el continente.

Según datos del McKinsey Report el comercio entre China y África ha crecido en los últimos 15 años a un ritmo de 20% anual y la inversión en infraestructura en un 40% al año.

En 2015, el comercio total de mercancías entre China y África era de 188 mil millones dólares, tres veces más grande que el comercio total combinado de India, Francia y Estados Unidos, los siguientes tres socios comerciales más importantes. En ese mismo año el financiamiento para infraestructura fue de 21 mil millones de dólares. Tres veces más importante que la inversión total combinada en ese rubro de Francia, Japón, Alemania e India.

El número de empresas privadas chinas en África se calcula en 10,000, la mayoría dedicada a satisfacer el creciente mercado interno más que las exportaciones.

La impresionante penetración económica y financiera de China en África y su base naval en Djibouti, la última “perla” de su collar de alianzas militares con Bangladesh, Myanmar y Sri Lanka, movió a India y Japón, dos grandes competidores estratégicos de China en Asia, a lanzar un gran esquema llamado Corredor de Crecimiento Asia África, destinado a servir de marco para promover el comercio, la inversión en proyectos de infraestructura, capacitación y conectividad institucional. Pero el objetivo va más allá de los aspectos económicos. Un estudio de Centro de Estudios Estratégicos Internacionales destaca que el autor de golpe contra Mugabe consultó con el gobierno de China antes de proceder con el golpe y que  y Japón tienen la intención de contener la influencia de China en África.

Estos cinco actores internacionales tienen intereses estratégicos divergentes y contradictorios muy importantes en otras regiones. Un claro ejemplo de ello es el conflicto en el Mar del Sur de China entre Estados Unidos y China, un conflicto que involucra el control del Océano Pacífico; el antiguo diferendo fronterizo entre China e India, así como la virtual alianza militar entre Pakistán y China y el conflicto territorial entre Pakistán e India.  Japón y China no han superado los traumas de la Segunda Guerra Mundial y viven una difícil relación desde hace decenios, complicado con el desarrollo de armas nucleares por Corea del Norte, un estado estrechamente asociado a los intereses de seguridad de China.

La presencia militar y la penetración económica pueden fácilmente derivar en el control político de un Estado o, cuando menos, en una influencia importante. Un agravamiento en cualquiera de las situaciones que se han mencionado, puede tener múltiples implicaciones de seguridad en cualquier Estado africano en donde se encuentren estos actores internacionales.