El vuelco de Uruguay contra Venezuela

por Francisco Correa Villalobos, Embajador de México en retiro

Con el vuelco de Uruguay contra Venezuela, queda sin objeto el Mecanismo de Montevideo que buscaba un acercamiento entre la oposición y el gobierno Bolivariano. La tibieza del Gobierno de México descarta cualquier movimiento al respecto. López Obrador tiene suficiente con el ruido de la derecha para desear una estática adicional que en nada le beneficia, y mucho menos vulnerar un cuidadoso acercamiento con Estado Unidos

Maduro queda aislado en el continente y en Europa. Únicamente cuenta con el apoyo de Irán, el muy cauto de Rusia y el muy amplio y sólido respaldo de sus fuerzas armadas y de su población, que disuade una intervención militar directa de EUA que tendría un altísimo costo en vidas. Con sanciones, Trump apuesta al estrangulamiento económico de los venezolanos, dado los fiascos de su títere Guaidó y del acoso molesto pero irrelevante del impresentable Iván Duque.

Las elecciones en EUA no afectarán su política hacia Venezuela, pero un desesperado Trump puede detonar acciones peligrosas en los meses que restan antes de los comicios.

El panorama internacional no es muy favorable para Venezuela, pero Cuba y Nicaragua demuestran que es posible sobrevivir con la agresiva enemistad de Estados Unidos, sobre todo ahora cuando le sacuden fuertes descontentos internos y va en retirada en todo el mundo.

Brasil ¿Un hitlerismo tropical? I

Maciek Wisniewski

La Jornada, Viernes 26 de junio 2020

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz) (bit.ly/37YTzWD), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro (bit.ly/2ByWQ2J), su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de “calumnia y difamación del presidente de la república” con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje “destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis” (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también un “fantasma de las analogías”. Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente. Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de “sacar las lecciones de la historia” y “evitar repetir las tragedias y los errores del pasado”, pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump (bit.ly/2BC2gKt), está en curso igual respecto a Bolsonaro (bit.ly/382h699), gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como “un gran estratega” (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels (bit.ly/2Z8SxmG). Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen (bit.ly/2BGPFFB)− estamos observando el ascenso de un hitlerismo tropical (bit.ly/3dxnINObit.ly/2CGyhl2), él mismo es “un fascista del siglo veintiuno” (bit.ly/2VlyQau), “un Führer en Brasilia” (bit.ly/37XWn6o), o “un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini” (bit.ly/2B95TaM). No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, “Por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa” (bit.ly/3i30Nxi). Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump (bit.ly/381da8L), de llevar a cabo una “sincronización de todos los sectores del Estado” ( Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como… “La noche de los cristales rotos” ( Kristallnacht); mejor le habría quedado “La noche de los cuchillos largos ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum…−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para qui-tar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido(bit.ly/3i1Atnh). De allí la base material de su empuje revisionista para rescribir la historia de la dictadura como un régimen democrático de fuerza (sic) o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente ( wapo.st/382oJMB).

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como gripecita (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso a invadir los hospitales para demostrar que no hay tantos enfermos (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a volver a la normalidad con los cuales desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades, un verdadero discurso genocida (sic) di-rigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto (bit.ly/2Yv48O4), sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños. Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− lideran los negros (bit.ly/3eBxVdE) y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio (bit.ly/2B8ZDji)−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la falta de compasión –una envenenada influencia de Nietzsche (bit.ly/3fSjlOY)− de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

Brasil ¿un hitlerismo tropical? II

Brasil: ¿un hitlerismo tropical?  II

Maciek Wisniewski

La Jornada, 10 de julio de 2020

Michael Löwy, el filósofo marxista brasileño, hijo de migrantes judío-austriacos que en la década de los 30 huyeron del hitlerismo, discutiendo el auge de la extrema derecha en Brasil y en el mundo –un proceso con raíces en la crisis neoliberal y en la debilidad de la izquierda− apuntaba a ciertas semejanzas entre Bolsonaro y el clásico fascismo europeo de los años 20-30: a) sus facetas autoritarias mezcladas con apariencias republicanas (como en los primeros años del régimen de Mussolini); b) su estigmatización de los enemigos (la izquierda, PT, las feministas, los ecologistas, los indígenas, MST, et al.), y c) su compulsivo anticomunismo. “La historia obviamente no se repite −subrayaba Löwy−, pero estas semejanzas son muy preocupantes” bit.ly/35m3oey). Enzo Traverso, por su parte, rehuyéndose a hablar del fascismo en caso de Trump, Orbán o Modi y prefiriendo el término de posfascismo −Löwy empleaba el prefijo semi y/o neo− destacaba la antropología neoliberal de los nuevos hombres fuertes que suelen denunciar a las élites financieras, pero con las cuales mantienen lazos muy cercanos, como p.ej. Trump, un líder posfascista sin fascismo ( The new faces of fascism. Populism and the far-right, 2019, p. 34). Este análisis podría aplicar también a Bolsonaro sobre todo a la luz de la traversiana dialéctica de continuidades y discontinuidades entre los fascismos de ayer y hoy, que permite ver cómo el bolsonarismo intenta ponerle una nueva cara a la derecha brasileña (bit.ly/2Chzejj) reorganizando el campo de sus continuidades y discontinuidades (la dictadura, et al.) en un plano material de los intereses capitalistas.

En este sentido –y a pesar de que, como subraya Federico Finchelstein, él es uno de los líderes populistas que más se acerca al fascismo (bit.ly/2Z6pmlt) o de que la pandemia del Covid-19 en Brasil dio a luz una verdadera política fascista de la enfermedad (bit.ly/2Dg6gRD , bit.ly/3hTiQWB)− Bolsonaro, juzgando por sus propias declaraciones en las que reivindicaba la dictadura pinochetista (bit.ly/31Tqr1W), mirando las filas del propio equipo (el pinochetista Paulo Guedes) y los planes de su radical ajuste neoliberal (bit.ly/2O3AKs7), se parece, igual de acuerdo con el análisis de Traverso, más a un nuevo Pinochet (bit.ly/3gz3vJs) que a un nuevo Hitler y ésta sería su analogía histórica más adecuada, una que reflejaría mejor su lugar y papel en el sistema capitalista mundial (bit.ly/31Y3quQ). No sólo que la proliferación del neofascismo hoy se entiende mejor como un proyecto de defensa del libre mercado y el laissez-faire −como es el caso del bolsonarismo o el trumpismo, proyectos procapitalistas tan reaccionarios que hasta hace poco parecía imposible que llegasen al poder por la vía electoral y uno que en Chile subió al poder sólo gracias a las bayonetas−, sino que todo su arsenal retórico del viejo anticomunismo con Bolsonaro asegurando haber salvado la nación que estuvo al borde del socialismo (bit.ly/3gC3cxz) parece ser recortado y pegado de aquella época junto con todo su balbuceo y pifias (Pinochet aseguraba que “Allende llevó al país al borde del abismo y que ‘nosotros hicimos un gran paso adelante’”, mientras para el almirante Merino los bolivianos y… los brasileños eran unos auquénidos metamorfoseados y seres primitivos).

Muy en este tenor, Ernesto Araujo, canciller de Bolsonaro, reseñando (sic) el libro de S. Zizek sobre la pandemia ( Pandemic!: Covid-19 shakes the world, 2020, p. 140), tildó las medidas de contener el virus, junto con la nueva ola de solidaridad global vaticinada por Zizek como un complot comunista −la lucha global contra el Covid-19 quiere instaurar un mundo sin fronteras y sin libertad auspiciado por la Organización Mundial de la Salud− y comparó el distanciamiento social a… los campos de concentración nazis, subrayando que ahora serán los comunistas que nos querrán encerrar en ellos y que el lema de este aprisionamiento será igual Arbeit Macht Frei (bit.ly/2Ve8aZb) −Zizek analiza de paso este lema colocado cínicamente en las puertas de varios campos de concentración y/o exterminación− sólo para luego decir que fue malentendido, pintarse como el más grande amigo de Israel (bit.ly/37XlSEE) y acusar al autor de Pandemic… de… antisemitismo (bit.ly/3du0qs4).

Si al lector ya le dio un vértigo intelectual es pertinente recordar que el propio Bolsonaro, que acaba de contraer este virus comunista (sic), dijo que Hitler era de izquierda (bit.ly/2C8pSqb), en sí misma una expresión del negacionismo del Holocausto (sic) y una fake news calculada para alejar las acusaciones de que él mismo fuera un fascista o que el mencionado lema nazi ( O trabalho libertará) acabó siendo usado por su administración en los anuncios gubernamentales para la campaña de reabrir la economía (bit.ly/2VTjTwr). Si usted todavía siente fiebre, vértigo, náuseas, todos los síntomas del coronavirus, no es necesario reportarlos a su centro de salud más cercano. Es una reacción natural y pasajera: el neolenguaje hitleriano (¡Klemperer!) reciclado hoy por los nuevos autoritarios, junto con su retórica divisiva y antagonista convertida en su nueva lingua franca (bit.ly/2ByDQSt) –todo de lo que Jair Bolsonaro es un verdadero campeón–, son sólo los viejos delirios verbales de siempre.

Recuperando la memoria histórica: los soldados mexicanos de la Guerra de Corea

por Bruno Figueroa, Embajador de México en la República de Corea

El 25 de junio se conmemoraron 70 años del inicio de la guerra de Corea (1950-1953), el primer conflicto abierto de la llamada guerra fría y uno de los más cruentos del siglo 20. Cobró más de 5 millones de vidas, entre ellas las de 500 mil civiles, y causó la devastación completa de la península coreana. En Estados Unidos se le conoce como la guerra olvidada por la censura en su cobertura (las cámaras de televisión no llegaban aún a los campos de batalla), y la relativa poca atención que obtuvo frente a otros conflictos bélicos, como la Segunda Guerra Mundial o la guerra de Vietnam.

Un hecho muy poco conocido de la guerra de Corea es la presencia de soldados de origen mexicano. De acuerdo con investigaciones realizadas en Estados Unidos, en particular por la organización Latino Advocates for Education, en ella participaron más de 150 mil, alrededor de 10 por ciento del total de los soldados de Estados Unidos que combatieron en ella. Esta cifra es consistente con el volumen de fallecidos de origen latino que consignan los archivos nacionales de ese país: 10 por ciento del total.

El gobierno mexicano no participó en la guerra de Corea con tropas porque al inicio de la rivalidad entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, escogió el acertado camino de la no alineación y la neutralidad. Apoyó a Corea del Sur con ayuda humanitaria, alimentos y fármacos.

Ha llegado el momento de hacer un merecido reconocimiento a los hijos de mexicanos que pelearon en esa guerra, como voluntarios o conscriptos. En el prólogo de uno de los pocos libros publicados sobre este tema Lyndon B. Johnson, entonces presidente de Estados Unidos, dijo de ellos: sirvieron con distinción, pelearon con bravura y dieron su vida cuando fue necesario.

A pesar del creciente número de investigaciones sobre la guerra de Corea, hasta ahora ninguna se ha centrado en la participación mexicana y mexicano-estadunidense; los testimonios se encuentran dispersos, los archivos son difíciles de consultar. En una época en que se dividían los soldados por razas, los de origen mexicano eran registrados como blancos. Se inscribía usualmente el lugar de reclutamiento, mas no el de nacimiento. De manera inexplicable, varios soldados nacidos en México fueron registrados como provenientes de las Islas Vírgenes.

Se ha comprobado que los soldados de origen mexicano pelearon en muchos frentes. A sólo tres días de iniciado el conflicto, el 28 de junio de 1950, un avión de reconocimiento que había despegado de Japón sobrevoló la península coreana y se estrelló en el mar de China, por una falla mecánica. En él se encontraba el sargento Joe Campos, originario de Arizona. Con él fallecieron otras cinco personas. Pocos días después tuvo lugar el primer encuentro entre tropas estadunidenses y norcoreanas, en Osan. Ocurrieron las primeras bajas en combate, así como las primeras tomas de prisioneros de guerra, los cuales regresarían a sus lugares de origen más de tres años después. Florentino Gonzales (sic), de Chicago, Illinois, hijo de mexicanos, estaba en ese grupo de soldados que padecieron los campos de Corea del Norte.

Sabemos, por el testimonio del cabo Jesús Rodríguez, de Los Ángeles, California, que hubo un escuadrón mexicano en el 35 regimiento de Infantería, aunque este hecho no ha sido reconocido. Seguramente hubo más pelotones o escuadrones compuestos por soldados de origen mexicano.

La vida de estos “soldados de a pie” no fue fácil, como no lo es la participación en ninguna guerra. Su condición de mexicanos complicaba las cosas debido al racismo que imperaba en el sur de Estados Unidos. Raúl Álvarez del Castillo, oriundo de Guadalajara, Jalisco, fallecido en Corea y enterrado en un cementerio de su ciudad natal, prefería ser conocido como Ralph A. Castle. Ambos nombres figuran en su expediente del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Jesús Rodríguez narra que en Corea tenían prohibido hablar español, pero no se aplicaba porque no podían vernos a todos al mismo tiempo. La difícil vida previa a la guerra se tornó una ventaja y les permitió sobrevivir mejor las privaciones de Corea. J. Rodríguez cuenta: “solía rezar mucho. Otra cosa que me ayudó fue que era abusado en las calles ( street smart”) antes de entrar al servicio militar. En ellas aprendí a pelear. Además de que estar hambreado no era nuevo para mí”.

Hubo, por supuesto, reconocimientos merecidos para algunos de ellos. Una escuela en el estado de California y un barco de la armada estadunidense llevan el nombre de Eugene Obregón, quien sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros. Richard Cavazos combatió en Corea como teniente y fue décadas más tarde el primer general de cuatro estrellas de origen mexicano del ejército de Estados Unidos.

La mayoría de ellos, sin embargo, sufre aún de indiferencia y olvido. En particular los que volvieron a México. En su investigación Las infanterías invisibles, el historiador Enrique Plasencia de la Parra escribió sobre los mexicanos en la Segunda Guerra Mundial: “buscaban un reconocimiento que creían merecer. Su participación fue un ejemplo para su comunidad, pero no lo fue para todo el país, que seguía entregado a prejuicios raciales que parecían ser su distintivo social. Se requirieron grandes esfuerzos para que eso empezara a cambiar. Para la sociedad mexicana tampoco fueron un ejemplo. El prejuicio de haber luchado bajo la bandera de Estados Unidos les quitaba lo que de intrínsecamente valioso tenían. El valor, el heroísmo, el arriesgar la vida por salvar a sus compañeros fue visto con cierto desdén”. Ello aplica a los mexicanos que combatieron en Corea.

Muchos aspectos de nuestra historia requieren ser rescatados de olvidos conscientes o involuntarios. En el libro 100 años de historia de la cooperación internacional de México, reuní testimonios de la gran solidaridad mexicana hacia el mundo el siglo pasado, que pocos conocen; han sido capítulos ejemplares de nuestra política exterior. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador creó la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México precisamente para preservar y recobrar nuestra rica y compleja memoria histórica, en particular aquella que ha sido relegada. En la historia que conozcan nuestros hijos, caben los mexicanos que han buscado mejores oportunidades más allá de nuestras fronteras, incluso aquellos que hace 70 años sacrificaron años de juventud y hasta la vida en una guerra que no tenía por qué ser de ellos. Aun en la lejana Corea, llevaban a México en el corazón.

Publicado en el diario La Jornada, el 25 de junio de 2020Subir al inicio del texto

Carta del ex Secretario de Relaciones Exteriores, Bernardo Sepúlveda, al Secretario de Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard

26 de Junio de 2020

Estimado Marcelo,

En mi calidad de Embajador Emérito de México, me permito transmitir a usted las razones por las cuales considero que la visita del Presidente López Obrador a Washington, para entrevistarse con el Presidente Trump, es altamente inconveniente para el interés nacional.PUBLICIDAD

No existe, a mi juicio, un fundamento político que explique una visita de esta naturaleza.

Tampoco existe un motivo que justifique la oportunidad de la visita, en momentos en que se lleva a cabo un proceso electoral en Estados Unidos y en donde la asistencia del Presidente López Obrador a una ceremonia irrelevante se habrá de interpretar como un apoyo a la reelección del Presidente Trump. Los efectos políticos negativos que se producirán en México y en Estados Unidos, de realizarse esa visita, habrán de ser perdurables.

Pretender inclinar la balanza en favor del Presidente Trump en este clima político no parece ser la mejor apuesta. Si las elecciones presidenciales en EUA tuvieran lugar hoy, el candidato del Partido Republicano las perdería. La encuesta que publica hoy el NYT indica que Biden tiene una ventaja de 14 puntos sobre Trump. El 50% de los votantes encuestados prefieren a Biden; sólo el 36% prefiere a Trump.

Biden mantiene un claro liderazgo entre mujeres votantes y entre votantes que no son de raza blanca, según la mencionada encuesta. En cambio, Trump ha perdido apoyo de votantes tradicionales del Partido Republicano, dada su ineficacia en el combate a la pandemia, el desplome de la economía y el incremento en el desempleo. Su inadecuada política en el tema del racismo, y sus pronunciamientos en favor de imponer medidas de fuerza armada para reprimir las protestas y las manifestaciones antirracistas, han sido motivo de severas críticas y de oposición hacia Trump.

En el caso del voto hispánico, Biden alcanza un voto favorable del 39%. En el tema de políticas raciales, el 61% manifestaron su desaprobación a Trump, con un 50% de los votantes expresando una opinión muy desfavorable a Trump en materia racial.

En este contexto, la visita del Presidente López Obrador a Washington y su reunión con el Presidente Trump, habrá de producir una reacción de profunda antipatía en el Partido Demócrata. Si Biden gana la Presidencia, su antagonismo hacia México será evidente en las políticas bilaterales que adopte.

Pero aún si Biden no es el triunfador en la contienda presidencial, es muy probable que el Partido Demócrata mantenga su mayoría en la Cámara de Representantes y, además, que gane el control del Senado estadunidense. De ser ese el caso, el Partido Demócrata se encargará de pasarle la factura política a México, con las nefastas consecuencias del caso.PUBLICIDAD

Si gana Biden la Presidencia y el Partido Demócrata el Congreso, los últimos cuatro años del mandato del Presidente López Obrador habrán de transcurrir en un ambiente repleto de dificultades en la relación bilateral, en donde México será el principal perdedor.

Existen precedentes históricos que conviene recordar. Por invitación del Presidente Bush padre, el Presidente Salinas de Gortari viajó en julio de 1992 a Los Ángeles para asistir a un partido de beisbol junto con Bush, al tiempo que se celebraba la Convención del Partido Demócrata para nominar a Clinton como su candidato a la Presidencia. El malestar de los representantes de Clinton se hizo de inmediato patente y así se transmitió claramente al gobierno mexicano.

En octubre de 1992 el Presidente Salinas de Gortari volvió a apostar por Bush, a un mes de las elecciones estadounidenses de noviembre de ese año. Bush invitó a Salinas y a Brian Mulroney a San Antonio, a celebrar la conclusión del Tratado de Libre Comercio tripartita.

Pero sucede que Clinton triunfa en las elecciones, y de inmediato anuncia que el NAFTA habrá de ser sujeto a una revisión en los temas laborales y de protección al medio ambiente. La entrada en vigor del tratado se difirió por casi un año de arduas negociaciones promovidas por el Partido Demócrata, acusando así su malestar por el comportamiento de las autoridades mexicanas.

El 31 de agosto de 2016 el candidato republicano Trump, a invitación del Presidente Peña Nieto, visita México por unas horas y se le extiende trato de Jefe de Estado, con todos los símbolos correspondientes. En Estados Unidos se interpreta esa acogida como un respaldo a Trump y el Partido Demócrata se subleva ante ese supuesto apoyo mexicano a Trump, generando de esta suerte un clima poco propicio a las causas favorables a México.

Trump regresa a un mitin en Arizona, en donde se encarga de vilipendiar a México y a los mexicanos, agrediendo, estigmatizando, ofendiendo y humillando a los migrantes de origen mexicano, acusándolos de criminales y violadores, anunciando su persecución una vez que alcance la Presidencia, todo lo cual ha cumplido a plenitud con un discurso profundamente anti-mexicano.

Trump y su antagonismo y desprecio hacia México no podrán quedar en el olvido y, sin más, borrarse de la memoria de los mexicanos, desplazando su dignidad, su respeto y su orgullo patrio. De ser así, la historia nos lo habría de reclamar. No puede y no debe existir ni el perdón ni el olvido.

Se anuncia que la visita se inscribe en el contexto del T-MEC. Pero el T-MEC en principio entrará en vigor con independencia de la visita y no hay una relación de causa efecto. También se ha señalado que el propósito de la visita es agradecer a Trump el suministro de ventiladores para atender a contagiados por el Covid-19. Ese agradecimiento se puede todavía efectuar mediante una carta de aprecio reconociendo la ayuda recibida o, en el caso extremo, mediante una videoconferencia que reciba una amplia difusión, con la imagen de los dos presidentes conversando amablemente sobre las bondades de los ventiladores.

No he incluido aún en esa conversación al Primer Ministro Trudeau, quien hasta la fecha no se ha comprometido a acudir a Washington. A pesar de ello, el Presidente López Obrador ha indicado que viajará a Washington con o sin la presencia del Primer Ministro del Canadá en esa reunión, a pesar de ser ese país el tercer componente en el T-MEC. Pierde así sentido invocar el T-MEC como fundamento de la vista.

Se ha dicho que se trata de una visita de Estado. No es correcto el empleo de ese término, que tiene una connotación específica. Una visita de Estado supone un ceremonial considerablemente más amplio y de mayor impacto político, comprendiendo una invitación para pronunciar un discurso ante el Congreso estadounidense, reuniendo conjuntamente para estos propósitos a las dos Cámaras que lo componen. Tradicionalmente, el Jefe de Estado es hospedado en la llamada Casa Blanca durante su estancia en Washington.

Por lo visto, ahora se trata tan sólo de una visita oficial, ya que se ha señalado que no habrá otros eventos salvo la reunión con el Presidente Trump.

Con base en el conjunto de los planteamientos que he formulado, no encuentro ninguna ventaja política o económica que beneficie a México en la visita que realice el Presidente López Obrador a Washington para entrevistarse con el Presidente Trump.

Considero, por el contrario, que esa visita afectará negativamente al interés nacional, produciendo un efecto de desagrado y repudio entre los mexicanos, de una profunda decepción al quedar vulnerados los principios que pertenecen a una tradicional política exterior, en donde la respetabilidad de la nación mexicana es un valor supremo e indeclinable, valor que ahora es imperativo mantener inmaculado.

Con un cordial saludo,

B.Sepúlveda

El viaje de AMLO a Estados Unidos

Carta enviada al periódico La Jornada el 29 de junio de 2020, publicada el 3 de julio de 2020

Unos días antes de la visita que realizó el presidente José López Portillo a Washington en 1981, el entonces embajador de México en Estados Unidos, Hugo B. Margáin, me comentó que, en esas visitas, no se discutía nada que no pudiera resolverse por los canales diplomáticos y que su relevancia se limitaba al medio político interno.

Resuelto el tema de las caravanas de migrantes, el muro de Trump perdió visibilidad política y, aunque su construcción avanza muy lentamente pergeñando recursos de partidas para otros fines, Trump no da muestras de cifrar su relección en este tema o en otros que expongan su xenofobia y anti mexicanismo. Biden aventaja a Trump en el apoyo de la comunidad latina con 57% contra 33% pro Trump, según una encuesta de NBC/WSJ este mes.

No hay pues cuestiones de magnitud tal que no puedan resolverse por los medios diplomáticos y que requieran de manera ineludible la intervención de los jefes de Estado de México y Estados Unidos.

Sin embargo, existe el riesgo de efectos colaterales indeseables de una eventual entrevista entre Amlo y Trump.

El exsecretario de Relaciones Exteriores y Embajador Emérito Bernardo Sepúlveda diseccionó en una memorable carta a Marcelo Ebrard, los inconvenientes para el interés nacional que tendrá la próxima visita del presidente López Obrador a Estados Unidos.

A diferencia de otras iniciativas del presidente, ésta no ha provocado en las redes sociales el usual alud de apoyos de sus simpatizantes, quienes han guardado un silencio que deja ver la arraigada desconfianza popular en las entrevistas cumbre entre nuestros dos países.

Ciertamente existe una inescapable realidad político-estratégica que ata a México y Estados Unidos, pero el viaje, innecesario e inoportuno, no puede desvincularse del interés político del Secretario de Relaciones Exteriores.  López Obrador parece muy confiado en que puede arriesgar algo del enorme capital político que ha acumulado en estos 18 meses de gestión. Pero éste, es un error.

Francisco Correa Villalobos, Embajador de México de carrera en retiro

¿Venezuela nos ha hecho algo?

En vista de la hora de las conferencias de prensa del Presidente Andrés Manuel López Obrador, de  la comprensible dificultad para entrar a las mismas y de la escasez de preguntas sobre política exterior de los asistentes, deseo plantear  por este medio, la que haría si tuviera el privilegio de asistir a alguna de ellas:

PREGUNTA: Uno de los primeros actos de política exterior de su gobierno, o quizá el primero, fue retirar a la embajadora de México en Venezuela y dejar a nuestra representación diplomática en ese país, desde entonces, al nivel inferior de encargado de negocios con un segundo secretario al frente:

¿Tiene el gobierno de México algún agravio contra el de Venezuela, o esta decisión constituye una concesión unilateral, o negociada con el Gobierno de Estados Unidos, para no interferir en los intereses estratégicos norteamericanos en Venezuela, o en general en América Latina y el Caribe, a cambio de una política tolerante hacia las reformas económicas y sociales previstas por el nuevo gobierno de México, y percibidas en algunos círculos políticos nacionales y estadunidenses como similares, en alguno casos, a las del gobierno venezolano?

Publicado en La Jornada el 15 de junio de 2020

¿Apoyará el ejército a Trump?

por Robert Fisk*

Al final de cuentas, sólo hay algo que importa cuando un gobierno, un primer ministro o un presidente entra en la ruta de la guerra: no lo que piensen sus generales o los ex generales, sino, ¿lo secundará el ejército?

Sí, por supuesto, esta regla se aplica en Medio Oriente, donde el ejército apoya al presidente o se vuelve parte de la élite presidencial, o bien combate porque la alternativa al presidente es aún peor. En Medio Oriente los reyes y príncipes no cuentan porque ellos son el ejército. Observemos el currículum de los primeros ministros israelíes y en gran medida es lo mismo. Pero lo importante es que siempre acaba por regresar a los soldados.

En Estados Unidos, el pueblo elige al presidente, así que olvidemos a los generales y ex generales que ahora nos obsesionan. El único general en activo que hubiera podido ser una amenaza a su presidente fue Douglas MacArthur, y eso porque confundió a Dios con su propia ambición. Actualmente no es gran cosa que el Pentágono se estruje las manos de preocupación moral por el uso que Donald Trump pudiera dar al ejército –o la fuerza aérea, ¿quién sabe?– contra el pueblo estadunidense. No había estudiado con mucho afán su libro de reglas éticas hasta ahora, lo que permitió, por ejemplo, que el presidente traicionara a los kurdos.

Por eso ahora –en la más reciente película animada de Trump– examino cada cuadro en busca de los rostros de la Guardia Nacional y del personal uniformado. En 2017, 16 por ciento de todos los hombres y mujeres de las fuerzas armadas estadunidenses eran negros. Dieciséis por ciento eran hispánicos. ¿Y ahora van a salir al espacio de batalla para abatir a manifestantes negros? Tengo mis dudas. Cuando hablaba con soldados estadunidenses en Irak, siempre encontraba que los negros tenían una percepción política clara, eran más rápidos para ver Medio Oriente desde el punto de vista iraquí –así como, casi sin excepción, los estadunidenses de minorías étnicas con quienes he hablado han sido infinitamente más compresivos con los palestinos– y les preocupaba mucho menos ofender a Israel cuando hablaban de injusticia.

En las unidades de la Guardia Nacional, muchos soldados negros que conocí en Irak se habían alistado con el fin de tener acceso a la educación universitaria, y no para secundar la escalada presidencial de Bush en Irak. No creo que vayan a ser más propensos a atacar a quienes protestan por la muerte de un hombre negro a manos de los policías en Minnesota. ¿Los policías? Ya volveremos a ello en un momento.

Regresemos ahora a los mandos militares. Claro, hemos oído sobre el general Jim Mattis y leído la lección de moral que le dio a Trump. Trump es una amenaza a la constitución, como Mattis acaba de descubrir, pero fue este estimado y moral general quien se encogió de hombros tras el bombardeo estadunidense a un banquete de bodas en el este de Irak en 2004, en el que perecieron 42 civiles, entre ellos 11 mujeres y 14 niños. Mattis lo negó, diciendo que no había visto las fotos, y que, de todos modos, en las guerras ocurren cosas malas. Bueno, ahora es Mattis al rescate, saltando a la palestra en nombre de sus ex camaradas a los que se ordena violar los derechos de sus conciudadanos, acto que erosiona el fundamento moral entre los soldados y su sociedad.

Recibimos la misma lección del almirante Mike Mullen, un hombre mucho más valioso, sin duda, pero también retirado. ¿Cómo se atreve Trump a cooptar a las fuerzas armadas para fines políticos? Se dijo asqueado de ver guardias nacionales abriendo camino a Trump para tomarse una foto. ¿Apenas descubrió que Trump es un orate? Hasta el general Mark Milley –todavía presidente (por el momento) de los mandos conjuntos–, que fue tambaleándose en su uniforme detrás de Trump rumbo al lugar de la foto, ahora recuerda a sus chicos y chicas los valores de la constitución. Mark Esper –todavía secretario de la Defensa– también ha rechazado el uso de militares por Trump.

Pero los generales tienden a mantener la boca cerrada mientras están en activo. Quieren mantener sus camisolas libres de humus hasta el retiro. Luego, ya que tienen la pensión asegurada, llega la hora de sacudirse el polvo político condenando a los presidentes. Milley –quien, como dije, aún se aferra al puesto como general de verdad– no precisamente se volvió contra su jefe. Esper, quien tiene menos razones para esperar conservarse en el puesto –civil de todos modos–, probablemente se sacude las moronas de la guerrera antes de asumir un papel más lucrativo en un grupo de estudio, como cabildero, o trabajando de contratista de defensa. Ha hecho las tres cosas en el pasado. Dice lamentar lo que se dijo sobre el espacio de batalla. Apuesto a que sí: así es como los militares llamaban a la batalla de Faluya en 2004, que a su vez fue descrita como la mayor batalla desde la de Hue, en Vietnam del Sur.

Pero la guerra de Vietnam no terminó porque los presidentes y generales tiraran la toalla, sino porque los soldados ya no querían combatir. Y al final, quedará a la Guardia Nacional –y a sus colegas enlistados, si Trump logra llevarlos a su juego– tomar sus propias decisiones en cuanto a unirse al espacio de batalla contra su propio pueblo.

¿Y qué hay de la policía? Sin importar cuántos policías se exhiban en las calles, siempre he visto que, mientras más exóticos son sus atavíos, más sádicos se vuelven; observen el atuendo tipo Robocop en las ciudades estadunidenses en estos días. Me pregunto por qué tantas imágenes de brutalidad policiaca en Estados Unidos me recuerdan a la policía israelí y su cruel trato de los palestinos. Pero también recuerdo el interesante informe de Amnistía hace cuatro años, en el que se hacía un recuento de policías de Baltimore, Florida, Nueva Jersey, California, Arizona, Nueva York, Georgia –y cuantos lugares más les vengan a la mente– que habían recibido entrenamiento en control de multitudes, uso de la fuerza y vigilancia… en Israel.

Dada la lista de violaciones a derechos humanos imputadas a las autoridades policiacas israelíes, ¿eran la elección adecuada para entrenar policías estadunidenses –algunos de los cuales están en las calles en estos días– sobre cómo hacer frente a las protestas civiles? ¿Acaso las investigaciones fiscales contra personal de seguridad en Israel no acabaron siendo bastante extrañas? Por ejemplo, el soldado israelí que fue sentenciado a 18 meses de prisión por matar a tiros a un palestino herido en 2016, soldado que fue respaldado después de su arresto –al estilo Trump– por Benjamin Netanyahu, quien llamó a otorgarle el perdón. Quizás es tiempo de que Estados Unidos entrene a sus propios policías en vez de confiar en un satélite militar en Medio Oriente.

Pero los policías no decidirán el futuro. Y en Estados Unidos, los que tomarán las decisiones finales en el actual drama trágico no serán la comunidad negra y todos los valientes que la respaldan: ellos, mucho me temo, seguirán siendo las víctimas de los que toman las decisiones.

Y los hombres y mujeres que cambiarán la historia definitivamente no serán los medios, quienes han sido apaleados por los policías en todo el mundo durante décadas. Los ejecutivos de los medios tendrán que ser mucho más valientes que los ex generales si quieren respaldar a sus colaboradores en Estados Unidos. Cuando la Ap tapa con pitidos las obscenidades de los policías que atacan a uno de sus camarógrafos –y eso es lo que ocurrió–, crea una fascinante y absurda mutualidad de inocencia. Los policías agreden de modo flagrante a periodistas inocentes, pero también a los policías se les debe sujetar a los valores familiares y, por tanto, se deben silenciar sus expresiones.

No: serán los soldados quienes tomarán la decisión final. Sí, podemos observar las dictaduras. ¿Quién protege a Sisi (con ayuda de Estados Unidos)? ¿Quiénes eran los protectores finales de Assad (con apoyo de Rusia)? Pero, ¿quién protegerá a Trump si su dictadura cinematográfica comienza a tomar cuerpo? Si decide, por ejemplo, afirmar que las elecciones de este año –si el resultado le es adverso– son un fraude, y que debe permanecer en la Casa Blanca… Sospecho que muchos en el Pentágono están discutiendo exactamente este problema.

En tal caso habrá que proteger a los manifestantes pacíficos. ¿Quién lo hará? ¿Y contra quién?

*Reproducido de La Jornada 07/06/2020

PRONUNCIAMIENTO INTERNACIONAL EN SOLIDARIDAD CON BOLIVIA

25 de mayo de 2020

Alertamos a la comunidad internacional de los intentos del gobierno de facto de Jeanine Añez por terminar de consolidar un régimen militar en Bolivia y llamamos a manifestar solidaridad con el pueblo boliviano. 

A seis meses del golpe cívico militar en contra del Presidente Evo Morales, las consecuencias de este ataque a la democracia boliviana se siguen profundizando, esta vez, creando las condiciones para que la vía militar sea la única por sobre la cual el golpismo gobierne. 

La suma de factores como la crisis sanitaria que ha sido usada como pretexto para militarizar y continuar con la represión en contra de la disidencia al gobierno golpista, la hambruna generada por la mala gestión gubernamental y la corrupción del actual régimen, expuesta, por dar sólo un ejemplo, en la adquisición de 170 respiradores con costo original de 10 mil dólares pero comprados a 27 mil dólares -es decir casi tres veces su costo- ha dado más motivos a la población para no abandonar la lucha por un gobierno popular, obrero, campesino, feminista y democrático en Bolivia. 

Llamamos la atención sobre la última de las decisiones ilegales del régimen de facto de Jeanine Añez, sobre ascender a miembros del Ejército, Fuerza Aérea, generales de División y vicealmirantes, que se pretendía hacer bajo un decreto presidencial violatorio de la Constitución. Cuando se dio a conocer por medios de comunicación, optaron por ejercer presión a través de la amenaza directa a las y los congresistas, razón por la que el pasado 21 de mayo miembros de las fuerzas armadas ingresaron al Congreso para amenazar al mismo, en el caso de que decidieran no aprobar esta decisión en los próximos siete días, se les dio un «ultimatum» para aprobar estos ascensos. Estas amenazas en poco mermaron la dignidad de los legisladores del Movimiento Al Socialismo que se negaron a aceptar dicha imposición. 

De consumarse esta decisión, estaríamos ante la posibilidad de la desaparición de la división de poderes y la eliminación del Congreso Nacional en donde dos tercios están en poder de la izquierda. Con esto también se volvería aún más lejana la posibilidad de elecciones presidenciales inmediatas, en las que hasta el momento el Movimiento Al Socialismo (MAS) se perfila como el primer lugar en las encuestas. 

Las organizaciones y activistas firmantes invitamos a sumarse a través de redes sociales el próximo domingo 24 de mayo a esta primer jornada de solidaridad que logre romper el cerco mediático y genere presión internacional sobre el gobierno golpista y asesino de Jeanine Añez. 

Ha sido Evo Morales quien ha denominado esta situación como el tercer golpe desde noviembre del 2019, el primero, el asestado en su contra, el segundo, el 22 de enero cuando Áñez continuó en el poder y no convocó inmediatamente a elecciones y en cambio no sólo se mantuvo en la presidencia sino que se presentó como candidata presidencial en unas elecciones aún no realizadas, y este tercero, ante el cual llamamos a reaccionar inmediatamente. 

Es por eso que llamamos a los movimientos sociales, organismos de derechos humanos, partidos políticos democráticos y opinión pública general a una campaña de solidaridad permanente con el pueblo de Bolivia que exige a los golpistas #EleccionesYa. 

El PIB es una medida absurda

Vista superior del tiroteo del arma con las flores color de rosa

 

Por qué muchos economistas, incluido su creador, piensan que el PIB es una medida absu

 

 

¿Será hora de cambiar la manera en la que medimos la riqueza de los países?

En 2016, las autoridades hicieron el mayor decomiso de cocaína en la historia de Reino Unido. Fue encontrada en Escocia tras una operación internacional y pesaba 3,2 toneladas.

El valor calculado de esa cantidad de droga vendida en la calle era de US$720 millones.

Sin duda, buenas noticias para el gobierno.

“Pues sí, pero en realidad no tanto en términos de PIB”, señala Jonathon Athow, el Estadista Nacional Adjunto en la Oficina de Estadísticas Nacionales de Reino Unido.

“Porque, curiosamente, el tráfico de drogas está incluido en la medida de producción económica, que llamamos Producto Interno Bruto (PIB)”.

“El PIB está diseñado para ser internacionalmente comparable y en algunos países ciertas drogas son legales. Para evitar que haya una distorsión entre los países donde es legal y donde es ilegal, contamos drogas que son ilegales”.

o flores… da lo mismo.

El PIB no distingue entre la buena actividad económica y la mala actividad económica“, comenta David Pilling, editor asociado del diario económico británico Financial Times.

Producir, por ejemplo, algo que salve la vida de niños cuenta tanto como la producción de balas para armas que los matan.

Esa es apenas una de las peculiaridades del PIB, una de las medidas de valor más conocidas y usadas de la Economía, que sin embargo tiene muchos detractores.

El principio de la medida y del debate

El PIB totaliza la producción de los bienes y los servicios de un país en un cierto periodo y se toma como indicador para reflejar la riqueza de una región.

Además, señala Athow, “nos ayuda a saber cuánto vamos a recibir en impuestos y, por lo tanto, cuánto puede gastar el gobierno en servicios como salud y educación”.

Para comprender para qué es útil y qué no nos dice, tenemos que retroceder en el tiempo, hasta la década de 1930.

Era la época de la Gran Depresión en Estados Unidos.

En Nueva York, el economista Simon Kuznets quería encontrar la manera de medir la economía en su conjunto para ayudar a salir de la Depresión.

quiso hacer algo muy distinto. Aquí está en 1971, recibiendo el premio Nobel de Economía.

“Empezó tratando de medir qué era realmente productivo en un sentido significativo… lo que verdaderamente traía bienestar“, le cuenta a la BBC la profesora Diane Coyle de la Universidad de Cambridge y autora de “PIB: Una breve pero cariñosa historia”.

Hasta entonces, se habían hecho muchas estadísticas -cuántos kilómetros de vías férreas, la cantidad de hierro producido, etc.-, pero nadie había intentado unirlas.

“Pero estalló la Segunda Guerra Mundial y el muy influyente economista británico John Maynard Keynes dijo: ‘No necesito saber cuánto bienestar hay, porque estamos en una guerra y eso no es bueno para el bienestar. Lo que necesito saber es cuánto puede producir la economía y cuál es el mínimo indispensable que la gente necesita consumir, para saber cuánto sobra para financiar la guerra‘”, explica Coyle.

Lo urgente eran cosas como tanques y artillería, así que se necesitaba otro tipo de cálculo.

“En medio de la guerra, el triunfo es lo más importante, así que el enfoque de esa medida cambió”.

Después de la guerra, Estados Unidos necesitaba saber cómo le estaba yendo a los receptores de la ayuda que daba para la reconstrucción, por lo que todos comenzaron a usar el PIB.

“Esa iniciativa angloamericana se extendió gracias a las Naciones Unidas y se convirtió en el estándar global“, dice Coyle.

uánto tienes, cuánto vales…

Simon Kuznets, sin embargo, no estaba muy orgulloso de lo que había ayudado a crear.

“No estaba de acuerdo y fue muy claro al respecto. El PIB resultó ser muy distinto a su intención original: una medida de bienestar económico terminó siendo una medida de la actividad en la economía”.

“La diferencia es que hay muchas cosas en la economía que no son buenas para la sociedad pero sí para la economía. Por ejemplo: si hay más crímenes se le paga más a los abogados y a la policía, y eso cuenta en el PIB”.

“Y ese debate sobre si queremos medir el bienestar en algún sentido fundamental o solamente la actividad económica continúa”, afirma Coyle.

Bill Gates en el bar

A pesar de eso, el PIB llegó para quedarse y se convirtió en la forma #1 de medir la actividad económica.

Desde entonces, hay listas de los países más ricos de acuerdo a su PIB, a pesar de que es un agregado que comprime toda la actividad humana en un número, sin decir nada sobre la distribución.

“Hay un chiste de economistas que dice: Bill Gates entra a un bar y, en promedio, todos los que están ahí son millonarios. Es una broma de economistas, así que no es muy graciosa, pero sirve para explicar este punto: esa frase no nos dice nada sobre la riqueza de los otros clientes del bar, solo te dice algo sobre los ingresos de Bill Gates repartidos entre todos”, explica Pilling.

PIB puede decir que el país es más rico pero, entonces, ¿quién es el país?

“Sabemos, por ejemplo, que el ingreso medio de los hogares en EE.UU. está estancado en los niveles de los años 80. Por lo tanto, gran parte del crecimiento que se mide en el PIB va a una sección de la sociedad, el 1% o tal vez, incluso al 0.1%. ¿De qué le sirve eso para la sociedad en general?”.

“¡Si esto es una recesión, yo quiero una!”

Sea como sea, hoy en día, los políticos se alegran si el PIB de su país es cada vez más alto, porque pueden decir que su economía está creciendo.

Es el punto de referencia y se presenta como un número que te puede decir todo lo que necesitas saber sobre un país.

Pero David Pilling comprobó por sí mismo cuán poco te dicen los números que van detrás de esas tres letras sobre la realidad de un país cuando se fue a Tokio en 2002 a trabajar como corresponsal del Financial Times.

“Japón había sido el país que iba a tomar control de Estados Unidos gracias a su boyante economía pero ésta colapsó y su PIB nunca se recuperó. Para ese entonces, había permanecido igual durante años: si fuera un gráfico, sería una línea plana”.

El economista pensó que dada la estruendosa caída y la pobre recuperación de Japón iba a encontrar “gente sin hogar, un país en ruinas…”.

dejado de ser el país que iba a ser más rico que EE.UU. y su PIB nunca se había recuperado.

“Lo que encontré fue, en muchos sentidos, una economía extraordinariamente vibrante, muy rica y sofisticada que parecía mucho más pudiente que la británica. No sólo a mí… un político que vino a visitar me dijo: ‘¡si esto es una recesión, yo quiero una!'”.

“No estoy diciendo que todo fuera perfecto en Japón, sino que la expectativa creada si veías a Japón a través del prisma del PIB realmente no se ajustaba a la realidad de ninguna manera”, explica Pilling.

La clave está en el nombre

La experiencia en Japón fue, para Pilling, prueba contundente de que el PIB es una medida de calidad muy mala, aunque excelente en cantidad.

“La calidad de las cosas en Japón es increíble. La calidad de la comida, de los servicios… un gran ejemplo son sus trenes bala, cuyos horarios se mide en cuartos de segundo, sus retrasos son menos de un segundo y también viajan al doble de velocidad. Sin embargo, su contribución al PIB es solo lo que cuesta subirse al tren. No hay ajuste por la calidad”.

“Entonces, un tren británico destartalado que se descompone continuamente contribuye lo mismo al PBI que un tren bala. ¿Por qué? ¿Qué pasa con la contribución a la calidad de nuestra vida?”, pregunta.

todos los trenes son iguales. El tren pasando frente a la Montaña Fuji.

Y eso se proyecta a dimensiones planetarias: “Si fabricas autos que se dañan en un año y tienes que comprar otro, eso es bueno para el PIB. Reciclar es malo para el PIB. La idea es que que produzcamos más y consumamos más en un ciclo cada vez mayor, si no queremos perjudicar la economía”, destaca Pilling.

“Pero, la economía es nosotros, la economía es lo que elegimos que sea. La economía puede ser más tiempo de ocio, una vida más larga, mejores servicios de salud o aire más limpio. Pero a menos que midamos esas cosas corremos el peligro de seguir con esta medida de nuestro supuesto éxito en detrimento de otras cosas”.

Hay que medir lo que nos importa. Si no mides algo, lo más probable es que se pase por alto en las políticas públicas. Lo que los gobiernos miden ayuda a establecer sus políticas. Supón que establecieran una medida que determine el aumento de nuestra esperanza de vida, entonces presumiblemente destinarían más recursos para mejorar la salud de las naciones”, dice el editor asociado del Financial Times.

“El PIB es el producto interno bruto… la clave está en el nombre“, concluye Pilling.