Por Francisco Correa Villalobos

Embajador de México en retiro 

En este marzo del siglo XXI, cuando los aviones de la OTAN vuelan junto a la periferia europea de Rusia, la prensa publica reportes sobre el estado de alerta de las bases de proyectiles intercontinentales de Estados Unidos y sobre la concentración de tropas rusas en la frontera con Ucrania, por momentos pareció que la época de Brezhnev y Reagan se antojara como una verdadera “primavera”.

Pero aunque Obama nos ha querido tranquilizar diciendo que no hay una nueva Guerra Fría, lo cierto es que, un cuarto de siglo después de la caída de la Unión Soviética, el mundo cayó en cuenta que la vieja Guerra Fría nunca desapareció sino,  que los vencedores la continuaron en la sombra. Estados Unidos y Europa Occidental –para emplear un término de nuevo en boga- llevaron la OTAN hasta las fronteras mismas de Rusia, pretendieron con argumentos no creíbles instalar bases de poderosos proyectiles en la República Checa y Polonia y quisieron hacer de Ucrania la cuña para reducir a la impotencia económica y política a un antiguo y derrotado enemigo, actual importante socio comercial y valioso coadyuvante para resolver crisis en otras áreas.

La inesperada reacción de Rusia con la anexión de Crimea y Sebastopol al acoso occidental por más de dos decenios, ha desatado una cadena de acontecimientos que van más lejos del enfrentamiento diplomático y que están conformando una redistribución del poder internacional en la que la preeminencia de Estados Unidos se ve seriamente acotada.

La semana del 24 al 28 de marzo dejó en claro que sin Europa Occidental, Estados Unidos no puede proyectar eficazmente su influencia. Las sanciones adoptadas por ambos, destinadas a provocar un distanciamiento entre V. Putin y sus principales colaboradores y partidarios, fueron simbólicas y totalmente ineficaces, pero hacerlas más amplias y profundas tendrán repercusiones más profundas en la Unión Europea que en Estados Unidos y ésta no está dispuesta a asumirlas en toda su dimensión.

Europa, y sobre todo Alemania, dependen de las importaciones de gas ruso y Obama, con ojos de especulador, ofreció paliar esa dependencia poniendo en el mercado un volumen igual al de las importaciones europeas de gas ruso. Pero ese gas no está destinado a Europa, sino que se ofrecerá en el mercado abierto a los precios internacionales. Si Europa lo quiere, deberá añadir la no despreciable prima del transporte y pagarlo más caro que el gas ruso. Dijo Obama:

 

“I think energy is obviously a central focus of our efforts and we have to consider very strongly.  This entire event I think has pointed to the need for Europe to look at how it can further diversify its energy sources.  And the United States is blessed with some additional energy sources that have been developed in part because of new technologies, and we’ve already licensed, authorized the export of as much natural gas each day as Europe uses each day.  But it’s going into the open market; it’s not targeted directly.  It’s going to private companies who get these licenses and they make decisions on the world market about where that energy is going to be sold”.

 

Descartado el uso de la fuerza, las sanciones asumieron el papel más importante en el regateo diplomático. ¿Qué pretenden con ellas Estados Unidos y Europa? ¿Castigar a Rusia? ¿Presionarla para revertir la anexión de Crimea y Sebastopol? ¿Impedir acciones militares en el este de Ucrania? ¿Determinar la influencia relativa de unos y otro en el futuro de Ucrania, con todos los temas que ello implica?

En un discurso el miércoles 26 de marzo preparado de antemano, Obama reconoció implícitamente que la situación de Crimea era irreversible cuando dijo que Rusia “no será desalojada de Crimea ni disuadida por la fuerza a no escalar el conflicto”. Después, en otros encuentros con la prensa, Obama insistió en el no reconocimiento de la anexión pero dejó a “la historia, con sus curiosas vueltas y giros”, una eventual reversión de la misma. Sin embargo, sí estableció un nexo claro entre las sanciones y la “continuación” de la misma política rusa al tiempo que se refería a los canales diplomáticos para resolver la crisis. En tanto que Estados Unidos y Europa Occidental han descartado el uso de la fuerza en Ucrania, las sanciones pasan a ocupar el arma de presión más importante con que éstos cuentan en cualquier negociación con Rusia.

La crisis comprende muchas cuestiones: una reforma constitucional para establecer un sistema federal, la composición del nuevo gobierno de Ucrania, los grupos políticos que deben quedar fuera del juego, como los violentos partidos fascistas Svovoda y Sector Derecha, el desarme de las bandas armadas, la autonomía de las regiones, la posibilidad o no de Ucrania de incorporarse a la Unión Europea, etc.

Rusia ya ha obtenido de Estados Unidos y Europa la promesa que Ucrania no ingresará a la OTAN, pero busca que Ucrania asuma ese compromiso en su constitución. En la entrevista de prensa del 26 de marzo en el Consejo de la Unión Europea, el presidente Obama dijo:

 

“I think that neither Ukraine or Georgia are currently on a path to NATO membership and there has not been any immediate plans for expansion of NATO’s membership. I know that Russia, at least on background, has suggested that one of the reasons they’ve been concerned about Ukraine was potential NATO membership.  On the other hand, part of the reason that the Ukraine has not formally applied for NATO membership is because of its complex relationship with Russia.  I don’t think that’s going to change anytime soon, obviously”.

 

La crisis puso en evidencia que si bien hay una estrecha interdependencia de Estados Unidos y Europa en su mutua seguridad militar, la percepción de los intereses de uno y otro no son necesariamente coincidentes o, siéndolo, no lo son en la misma proporción. Ante la alarma de algunos países colindantes con Rusia, Obama se vio en la necesidad de reiterar la obligación de la OTAN de responder de manera inmediata y solidaria en defensa de un miembro agredido, pero hizo énfasis en que las acciones de Rusia en Crimea y en la frontera de Ucrania no afectaban la seguridad nacional de Estados Unidos. En otras palabras, fuera de un ataque directo sobre un país miembro de la OTAN, Estados Unidos no se dejará arrastrar a un conflicto militar con Rusia o con cualquier otro país. Ésto no debió ser muy bien recibido entre los miembros europeos de la OTAN que se abstuvieron de invocar un argumento similar, cuando Estados Unidos les pidió que enviaran tropas en su apoyo a Irak y Afganistán.

En el terreno diplomático, desde el 16 de marzo la Casa Blanca se quiso mostrar como vocera de la comunidad internacional en sus condenas a la anexión de Crimea. Por su parte, Obama declaró que la “aplastante” mayoría de los países del mundo rechazaba la anexión de Crimea. Pero la realidad lo desmintió. El resultado de la votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas demostró que más del 48% de los países miembros de la organización no dieron su apoyo a la resolución que condenó la anexión.

Debe destacarse que el concepto de “excepcionalismo de Estados Unidos” no figuró en ninguno de los discursos o declaraciones de prensa del presidente Obama. No obstante, el tono siguió siendo de arrogancia y superioridad. Como dijo Anne-Marie Slaughter, antigua directora de Planificación Política del Departamento de Estado, las declaraciones de Obama estuvieron llenas de una “santurrona hipocresía”

Las repercusiones de este conflicto durarán decenios. Estados Unidos, siempre en necesidad de un enemigo, ha vuelto encontrar en Rusia a quien le justifique un control militar y político más firme de la voluntad del resto del mundo. Pero la crisis también ha puesto en evidencia las limitaciones a que se enfrenta para proyectar su poder. Los países europeos de la OTAN han visto que su seguridad, más que de las obligaciones jurídicas de la misma, puede depender de la manera cómo Estados Unidos perciba sus propios intereses de seguridad. Y aunque ésta no es una grieta, es una leve y profunda fisura que puede abrirse paso hasta la superficie. Por otra parte, el resultado de la votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas demuestra que muchos países siguen viendo con ansiedad a la unipolaridad y que ésta no es una garantía de su seguridad, sino todo lo contrario.

No es posible saber si Putin tenía este objetivo en mente cuando anexó a Crimea, pero la realidad objetiva es que el presidente de Rusia está firmemente construyendo una alternativa a Occidente. Contra lo afirmado por Obama, no puede ser débil un país que detiene a la potencia más grande de la historia on its tracks.

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