por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

 La cuestión de Ucrania la crecido en complejidad y se ha formado una masa crítica a la que, para obtener una visión real y objetiva de las intenciones de los principales actores, de sus iniciativas, de sus actos y de las repercusiones de la crisis en países como el nuestro, es necesario acercarse apartando las máscaras de democracia, libertad, derechos humanos, etc., que ocultan los verdaderos intereses en juego. 

La desintegración de la Unión Soviética no significó para Estados Unidos y Europa Occidental la derrota definitiva de un enemigo. Rusia siguió en posesión de una fuerza militar importante y de un inmenso arsenal de armas atómicas y de proyectiles intercontinentales que se percibía en estos países como una amenaza latente. Nada presagiaba un resurgimiento de una amenaza militar rusa a mediano o largo plazo pero era vital mantenerla bajo un estado de dominación militar, de reducirla a un nivel de potencia de segundo o tercer orden, de privarla de una posible recuperación económica y de convertirla en un apéndice de la prosperidad europea sin incorporarla a ésta. De esta manera, Estados Unidos podía garantizarse a sí mismo la preeminencia mundial infinita y los países europeos aspirar a una influencia rediviva fuera de Europa como potencias sub-imperiales.

La caída de la Unión Soviética provocó muchas especulaciones sobre la utilidad de la OTAN y sobre su objetivo post-guerra fría, pero en realidad la alianza atlántica siguió creciendo y aunque los presupuestos militares disminuyeron, la organización rápidamente se extendió a las antiguas repúblicas soviéticas del Báltico y a los ex-satélites de Europa Oriental. No obstante, aparte de la estandarización del material, el entrenamiento y la sombrilla del artículo 5 de su carta, la OTAN se abstuvo de instalar bases extranjeras en esos países por un compromiso asumido con Rusia. La independencia de las repúblicas de Asia Central, por el contrario, atrajo inmediatamente el interés norteamericano de establecer en ellas bases militares, mientras Rusia las equilibraba con las propias en los mismos países.

 Mas para alcanzar el objetivo respecto de Rusia, el arma política, militar y económica más importante con que contaban Estados Unidos y Europa era Ucrania. Dotada de una sofisticada industria militar y de una riquísima agricultura, la independencia de Ucrania fue el primer gran logro que alcanzaron los países occidentales para relegar a un nivel inferior a Rusia, impulsando a la antigua clase política comunista ucraniana, heredera privada de los bienes públicos soviéticos, aliada ahora con grupos nacionalistas de derecha con fuertes raigambres rusófobas, fascistas y anti-semitas.

 Con una intensa y hábil diplomacia, Moscú obtuvo seguridades de Estados Unidos y Europa que Ucrania no se integraría a la Unión Europea ni a la OTAN. Ello no quería decir que éstos no cesarían en su empeño. Rusia aprovechó un cierto vacío de poder económico y financiero, que temporalmente dejaron los países occidentales, para fortalecer sus vínculos con la Ucrania independiente y reafirmar su influencia. Para ello debía, en primer lugar reasumir el control gubernamental de la producción y exportación de gas y petróleo, privatizados en el caos de la desintegración, y convertirlo en un arma presión. En segundo lugar, debía devenir, como sucedió, en el principal factor de estabilidad económica del nuevo país con substanciales subsidios en los precios de exportación y con créditos ventajosos, cuyos beneficios no siempre se filtraron a la población, sino que se quedaron en los bolsillos de una clase política corrupta. Según datos contenidos en la carta que Rusia dirigió a los países europeos que importan gas y petróleo de Rusia, sólo por concepto de gas, Ucrania ha recibido subsidios por un total de 35.4 billones de dólares.

 En los últimos años, los países europeos intensificaron sus esfuerzos para inducir a Ucrania a participar en el área económica y comercial europea mediante un acuerdo de asociación, como un primer paso a su ulterior incorporación a la Unión Europea. Ese paso hubiese representado el fin de la influencia rusa sobre Ucrania, el preludio de la entrada de ésta a la OTAN y a la ineluctable humillación de Rusia como una potencia de segundo orden, con todos los consecuentes reacomodos políticos tanto al interior de Rusia como en Asia Central y el Lejano Oriente.

 Un hecho aparentemente insignificante tuvo consecuencias desastrosas. El presidente ucraniano Viktor Yanukovich pidió a los negociadores de Bruselas una cantidad para aceptar el plan de asociación con la Unión Europea, pero cuando el gobierno ruso incrementó la oferta, los países occidentales aprovecharon la frustración de los grupos de derecha para provocar manifestaciones violentas en la plaza de Maidan, que fueron presentadas fuera de toda proporción en los medios occidentales. La subsecretaria de Estado, Victoria Nuland, el embajador de Estados Unidos, los ministros de relaciones exteriores de Alemania, Grecia y Rumania no tuvieron empacho en mostrarse repartiendo alimentos y departiendo con los manifestantes. En febrero,  Angela Merkel estaba recibiendo en la cancillería al escogido por Occidente para ocupar el puesto de primer ministro , Arsenyi Yatsenuk.

 El asalto al palacio gubernamental, la huída del presidente Yanukovich y la toma del gobierno por la derecha empresarial  constituía el peor escenario para Rusia, que debió adelantarse a una casi segura incorporación de Ucrania a la OTAN, salvaguardando la casi totalidad de la flota en el Mar Negro y el Mediterráneo con la anexión de Crimea.

 La anexión fue un innegable triunfo tanto interno como internacional para Putin,  porque la opinión pública de su país se volcó a su favor al devolverle la dignidad y la confianza perdidas con la desintegración de la URSS y porque mostró al mundo las limitaciones de la proyección del poder militar y económico de Estados Unidos y la Unión Europea.

 Tales limitaciones son, sin embargo, relativas porque los costos de un conflicto militar con Rusia hubiesen sido, y lo son aun, colosales y fuera de toda proporción con los escasísimos beneficios de una derrota del enemigo. En todo caso, dichas limitaciones no son generales sino que sólo se aplicarían a un contrincante tan poderoso como Rusia o como China, pero no para otros países. En otras palabras, la crisis ha demostrado que la preeminencia de Estados Unidos se detiene en las fronteras de Rusia, algo que ya existía antes de ésta. Lo que no está definido – y éste es el meollo de la crisis- es si tal preeminencia se extiende a las antiguas repúblicas de la URSS, o sea, si hay una aceptación tácita de una esfera de influencia rusa.

 En el caso de Ucrania, esa esfera de influencia tiene un valor diferente para uno y otro. Mientras que para Rusia representa una cuestión de seguridad nacional y el posible ascenso a un nivel más alto de relevancia e influencia internacional, para Estados Unidos significa la reafirmación de su preeminencia mundial y la prevención de posibles grietas en esa preeminencia causadas por la misma crisis.

 La crisis ha proyectado a Alemania como el factor más importante y ha elevado su relevancia política en el mundo como no la había tenido desde la Segunda GuerraMundial.   A fines de 2013 Angela Merkel había manifestado su convicción de que Alemania debía jugar un papel más importante en la política internacional  y  ya para entonces la burocracia de Bruselas había sido fuertemente impulsada  para traer a Ucrania más cerca de la Unión Europea. Poco más adelante, Frank Steinmeier , el ministro alemán de relaciones exteriores,  con  el apoyo de Grecia y Rumanía elaboró un plan para facilitar una salida digna de Yanukovitz mediante unas elecciones en mayo.  Victoria Nuland envió al demonio el proyecto (fuck the European Union) y Estados Unidos aceleró el golpe.  

Alemania y Estados Unidos coincidían en el objetivo, debilitar a Rusia,  pero no en los medios de alcanzarlo.  Presumiblemente,  Merkel esperaba que su plan no concitaría una reacción violenta de Putin, lo que dejaría a Alemania como la potencia más importante de los  Urales al Atlántico.

Pero la inesperada jugada de Rusia planteaba el riesgo para Alemania que el factor militar de parte de Occidente ocupará el primer plano de la crisis, porque al quedar toda Europa  sometida al interés estratégico de Estados Unidos, se reduciría su  su espacio de maniobra.  De ahí que Merkel haya desechado abruptmente al belicista Secretario General de la OTAN,  Anders Rasmussen; que haya aprovechado al máximo las  limitaciones a la proyección del poder  de Estados Unidos para convertir a Alemania en el factor más importante de presión no militar contra Rusia y que se haya convertido en el único puente de comunicación de alto nivel con Putin. 

La canciller alemana ha tenido que mantener un equilibrio muy delicado entre sus compromisos con Obama,  la resistencia de industriales y financieros alemanes a aplicar medidas restrictivas contra Rusia y las reservas del Partido Socialista, socio de la coalición gubernamental. Dos prominentes ex-cancilleres socialistas Helmut Schimdt y Gerhard Schroeder han expresado su opisición a las sanciones y éste último, presidente de Nord-Stream, que construye un nuevo gasoducto de Rusia a Europa, celebró sus 70 años con Putin en medio de la crisis. México Internacional  reproducirá próximamente un reportaje de Der Spiegel sobre los intereses de grandes consorcios alemanes en Rusia.

 Ninguna de las partes quiere llevar el conflicto a un enfrentamiento militar directo. Como se dice, todo mundo sabe como empieza una guerra, pero nadie sabe como va a terminar. Rusia ha concentrado tropas cerca de la frontera de Ucrania pero muy lejos de las fronteras con miembros de la OTAN, mientras que Estados Unidos ha adoptado medidas puramente simbólicas para salvar su imagen y calmar a los gobiernos de Europa del este: seis aviones y 450 hombres en los tres países bálticos y 150 soldados y quince aviones en Polonia, además de ocho controladores de cohetes antimisiles Patriot, ya estacionados desde antes de la crisis.

 Ha habido un claro auto-control al nivel de fuerzas convencionales de parte de ambos lados, pero éste no se ha manifestado en las operaciones encubiertas. El director de la CIA, en su visita a Kiev a mediados de abril, llevó todo un inventario de material de comunicaciones, armamento y entrenamiento para reprimir un levantamiento armado de la oposición ruso parlante en el este del país o para enfrentar una posible invasión rusa. Como dijo Leslie Gelb, la idea es de enfrentar a Rusia a otro Afganistán, pero lo que el analista norteamericano dejó voluntariamente de lado es que las diferencias entre ucranianos no son claras ni profundas, como lo demuestra la baja moral de los efectivos militares con el alto número de deserciones y la facilidad con que los soldados enviados a reprimir a los ocupantes de edificios públicos entregan a éstos sus armas,  helicópteros y transportes blindados. Sin embargo, debe tenerse en cuenta la vulnerabilidad de Rusia en un conflicto al que puedan fluir islamistas chechenios y otros mercenarios, financiados por gobiernos de países árabes aliados de Estados Unidos deseosos de debilitar a Rusia como principal apoyo de Bashar El Assad.|

Sin el apoyo de la CIA y el FBI, como lo reportó Bild am Sontag el 4 de mayo, el gobierno de facto en Kiev difícilmente hubiera lanzado la ofensiva militar sobre el este de Ucrania.

 La crisis ha demostrado que, una vez descartado el uso y la amenaza de la fuerza de uno contra otro y las acciones de provocación, las opciones norteamericanas son muy limitadas y que Estados Unidos debe apoyarse en los países europeos para presionar a Rusia económicamente de manera efectiva, algo que difícilmente podrá adoptarse a nivel de la Unión Europea, salvo si se trata de medidas prácticamente simbólicas. El 25 de abril, la Unión Europea y Estados Unidos acordaron aplicar medidas financieras restrictivas a otros 15 ciudadanos y empresas rusas para un total de 55.

Ciertamente que la fuga de capitales golondrinos, tanto nacionales como extranjeros, ha tenido un efecto en el valor del rublo, pero las inversiones extranjeras en la exploración y explotación del petróleo y gas del Ártico no han sufrido merma y las grandes empresas petroleras mundiales han sido las principales y más poderosas cabilderas contra la adopción de sanciones económicas contra Rusia. Según Platts, la producción de las grandes empresas petroleras occidentales ha disminuido al igual que su participación en el mercado global, lo que las ha llevado a invertir agresivamente en la exploración y explotación de nuevos yacimientos en el Ártico, para hacer frente a la competencia de pequeñas y medianas empresas que están explotando el petróleo y gas shale en Estados Unidos.

 Pese al triunfalismo que Obama despliega en sus conferencias de prensa, no puede ocultar que Europa tiene la llave de la presión económica y que no es fácil alcanzar un acuerdo al interior de ella. Que Estados Unidos esté investigando el monto y la localización de la fortuna personal de Putin muestra la frustración ante la ineficiencia de las armas económicas con que cuenta.

 Rusia ha echado mano del arma energética en represalia por la firma del acuerdo de asociación de Ucrania con la Unión Europea, para volcar la presión europea sobre el gobierno ucraniano al advertir que, si éste no paga su adeudo de más de dos años de gas, tendrá que cortar el suministro y perjudicar a 18 países europeos que reciben el mismo producto por los mismos gasoductos. En otras palabras, lo que Rusia quería decir es que, ante la imposibilidad de Ucrania para saldar su adeudo, Europa debe pagar la cuenta para no ver cortado su propio gas. Pocos días después de que Rusia diera a conocer la carta con esta advertencia, el presidente de Gasprom declaró que Rusia no tenía la intención de cortar el gas, muy probablemente para restar fuerza a las iniciativas de algunos países europeos de buscar alternativas a corto plazo a la dependencia del gas ruso y para no comprometer en un futuro cercano el flujo de capital que representa la venta del hidrocarburo.

 La carta de advertencia, que se reproduce en México Internacional, contenía la propuesta de una conferencia internacional para discutir este problema  que, a convocatoria de la Unión Europea, se reunió el 2 de mayo entre Rusia, Ucrania y la UE  sin llegar a ningún ac uerdo, por lo que se programaron reuniones subsecuentes. No obsante, en esa reunión Ucrania y la UE plantearon la necesidad de establecer un precio único para el gas ruso que adquieren. Por su parte, Ucrania ha buscado desesperadamente nueva fuentes de aprovisionamiento de gas, que encontró en cantidades limitadas en Polonia, Hungría y Eslovaquia. En efecto, utilizando en parte antiguos gasoductos de la era soviética y, en parte, reenviando gas ruso en flujo de reversa (reverse flow) estos países podrían enviar para 2015, si el estado de las instalaciones lo permite, el equivalente a una tercera parte de los requerimientos ucranianos del energético.  Rusia ha objetado este procedimiento como violatorio de los contratos que tiene con esos países,  por lo que no es absolutamente seguro que Ucrania pueda recibir gas de esa manera. Mientras, Ucrania plantea que acudirá a un tribunal de arbitraje alegando que Rusia está obligada a mantener el precio preferencial que rigió hasta hace dos meses, es decir, el 50% del precio actual.

En un reciente foro en el conservador International Institute of Strategic Studies se manifestó que fuere cual fuese el desenlace y los arreglos de solución del problema, Ucrania seguirá dependiendo del gas ruso para la casi totalidad de sus necesidades energéticas.

El desenlace de este vasto y complejo ajedrez internacional de múltiples tableros sólo podrá resolverse en el tablero interior de Ucrania. Los improvisados dirigentes de facto y los imprudentes parlamentarios tienen una responsabilidad que rebasa su escasa competencia política. El desafortunado intento de la Rada de eliminar el idioma ruso como segunda lengua oficial fue el detonante de la protesta en Ucrania del este y sur y el fundamento ostensible de su demanda de federalización que, en otro ingenuo acto político, el primer ministro Arsenyi Yatsenuk recogió para enviarla al estudio de una comisión legislativa que deberá rendir sus conclusiones en una fecha lejana del mes de octubre, en violación de las obligaciones asumidas en el acuerdo de las cuatro potencias del 17 de abril.

 El acuerdo alcanzado el 17 de abril en Ginebra sólo abrió un compás de espera, pero del cual ninguna parte espera mucho de la otra. De aquí a las elecciones del 26 de mayo veremos muchos movimientos de provocación y de autocontrol en el tablero militar con respuestas en otros tableros. Todo parece apuntar a que Estados Unidos, induciendo al gobierno ucraniano a una provocación, espera una intervención militar rusa, a la que no opondrá su propia fuerza militar, sino que optará por un conflicto por interpósito contendiente, como lo hizo en Nicaragua y en Afganistán en los años 80s y en Siria recientemente, para debilitar a Rusia.

 Por su parte, Rusia, si bien podría avasallar militarmente a Ucrania en unos días, parece haber optado por mantener desde una cierta distancia un nivel de inestabilidad que haga imposible unas elecciones tranquilas y un gobierno con credibilidad, lo que a su vez obstaculizaría el cumplir con las condiciones para ser miembro de la Unión Europea y detendría los intentos de incorporar a Ucrania a la OTAN.

 El conflicto no tiene una solución a mediano plazo. Todo indica que el país se hundirá en una guerra civil alimentada desde fuera a la manera de los conflictos en los países subdesarrollados durante la Guerra Fría. Los grupos paramilitares de derecha, como el Sector Derecha y el organizado por el billonario gobernador de Dnipropretovsk, Igor Kolomoyskyi, marcan el preludio de ese conflicto.

 Tenemos pues un conflicto geopolítico para definir esferas de influencia que tiene reverberaciones en múltiples sectores de la política y la economía. Para Rusia se trata de una cuestión de seguridad y dignidad nacionales. Para Estados Unidos es un conflicto que pone en riesgo su preeminencia mundial.

 

 

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