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por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

El Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos acaba de publicar el último número de su Revista Mexicana de Política Exterior que tiene ya 30 años de editarse. En este número, el IMRE incluye artículos del Subsecretario de Relaciones Exteriores Carlos de Icaza y su asesora Erika Ruiz Sandoval, de la Subsecretaria para América Latina, Vanessa Rubio Márquez, del profesor Gühnter Maihold, de El Colegio de México, de Jorge Pinto Mazal, de Jorge Heine, de Wendelin Ettmayer y de Gabriel López López.

El volumen se subtitula Desafíos de la nueva diplomacia y la nueva arquitectura global y su número corresponde al 100 de la serie. O sea, se trata de una edición conmemorativa.

Esta reseña se limitará al análisis del artículo del Subsecretario de Relaciones Exteriores Carlos de Icaza y su asesora Erika Ruiz Sandoval, que se titula “México actor con responsabilidad global: jugador de nuevos tableros”. Su objetivo es dar contenido a la frase “actor con responsabilidad global”, utilizada por el Presidente Enrique Peña Nieto para describir su programa de política exterior y que los autores lo la definen como una aspiración que, para realizarla, dependerá de la cantidad de contactos y vínculos que establezca el país para diversificar su comercio y fuentes de inversión y de su participación en la multiplicidad de foros económicos y financieros que existan o que vayan a existir en el futuro.

En la primera parte del artículo se hace una evaluación de los cambios internacionales a partir del fin de la Guerra Fría: la creación o el fortalecimiento de grandes bloques comerciales, el reposicionamiento de actores internacionales no estatales ya existentes pero que asumieron nueva relevancia, un cierto auge económico en la década de los noventas, la preeminencia política, militar y económica de Estados Unidos, el viraje hacia el unilateralismo de éstos en perjuicio y para decepción de la esperanza de una era de cooperación, etc, etc.

En éste vasto análisis, por lo general muy certero, los autores parecen dejarse llevar, en ocasiones, por opiniones muy comunes en la prensa de entonces expresadas en el entusiasmo de la desaparición de la URSS y de la transición de la CEE a la UE. Así, no queda claro si endosan o simplemente enuncian que tras el fin de la Guerra Fría hubo una “redefinición de la naturaleza de las fronteras” (pág. 13) y que después de 2001 se replanteó “la naturaleza de las fronteras físicas”¹ (pág. 16).  Al final del artículo parece que se desligan de lo anterior cuando afirman que “las fronteras siguen en su sitio” (pág. 46).  De la misma manera, afirman que la prosperidad económica de los años noventa, (una prosperidad que pasó de largo por México), trajo consigo “el cruce de ideas a través de las fronteras” (pág 14), dejando de lado inexplicablemente la evidencia histórica que desde tiempos inmemoriales las ideas han rebasado las fronteras.

En otra leve afirmación para sustentar su convicción de la preponderancia de la economía en los años noventa, de Icaza y Ruiz atribuyen el triunfo electoral de William Clinton a una sola frase: “It’s the economy, stupid”, sin intentar siquiera un repaso somero a algunos de los innumerables factores que determinaron ese triunfo, entre los que seguramente hubo muchos de carácter económico.  En esa misma tónica afirman que durante los noventas, “la economía parecía tener vida propia y los presidentes, primeros ministros y parlamentarios tenían cada vez menos importancia relativa” (pág. 14). Se antoja difícil deglutir esta afirmación cuando uno rememora que esa fue la década de Nelson Mandela en Sudáfrica, Benazir Bhutto en Paquistán, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo en México, de George Bush padre y William Clinton en Estados Unidos, de François Miterrand y Jacques Chirac en Francia, de Helmut Kohl y Gerhard Schröder en Alemania, de John Major y Anthony Blair en el Reino Unido, de Felipe González y José María Aznar en España, para mencionar sólo algunos.

Un poco más adelante, los autores afirman que en los noventas “la guerra se había vuelto obsoleta”, (pág. 14) pero inexplicablemente olvidan que fue en esa década que se produjo una larga y sangrienta guerra en el corazón mismo de Europa: la de la antigua Yugoslavia de 1991 a 1999.

Lo autores admiten que los noventas fueron en realidad un espejismo (pág. 15) y que la Post Guerra Fría trajo cambios muy radicales en la arquitectura global que clasifica bajo tres grandes rubros: primero el aumento en el número de actores internacionales y menciona terroristas, ONGs, empresas multinacionales, grupos paramilitares, etc. Segundo: la diversidad de “los grandes temas” de la agenda internacional, como los pandemias, temas medioambientales, igualdad de género, educación cultura, combate a la pobreza, lucha contra el tráfico de drogas, trata de personas, crisis financieras, integración regional,  terrorismo, seguridad pública, etc., etc. Y tercero: las amenazas de carácter económico y social, los conflictos interestatales, los conflictos internos, las armas nucleares, químicas y biológicas, el terrorismo, el narcotráfico. Se trata ciertamente de temas muy acuciantes, pero no surgen a raíz del fin de la Guerra Fría, sino que son tendencias que se estaban desarrollando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, como se puede comprobar con un examen superficial de los temas de la agenda de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desde su inicio y de los propósitos y objetivos de innumerables órganos y organismos especializados del sistema de Naciones Unidas

Lo que tenemos aquí no es la proliferación de temas globales, sino la desviación de su discusión a foros distintos a los de los organismos de representación universal, no como producto de una evolución espontánea, sino como  resultado de una política de los países occidentales para fraccionar la temática en diversos foros de composición limitada a países homogéneos ideológicamente (algo fácil de alcanzar con el desfonde del socialismo tradicional) y con un cierto nivel de desarrollo que llegan a  decisiones de  tipo indicativo o recomendatorio por consenso, es decir donde cada participante tiene un derecho de veto teórico pero en el que los países con mayor peso económico y poder político son decisivos para orientar el sentido de una decisión.

Esta política comenzó a manifestarse en los años setenta poco después del gran proceso de descolonización y del gran aumento del número de miembros de las Naciones Unidas, con presiones para que se adoptara en el sistema de Naciones Unidas el método de votación ponderado, con lo cual los occidentales esperaban contrarrestar el voto mayoritario de los países en desarrollo en la Asamblea General que actuaban coordinadamente a través del Grupo de 77 y de los No Alineados.  El intento no prosperó en el Asamblea General, pero tuvo éxito con motivo de la conversión de la ONUDI en organismo especializado, el cual trataron de extender a la UNESCO como condición para el regreso de Estados Unidos al organismo, que lo había dejado en protesta por alguna decisión favorable al pueblo palestino.

Con la desaparición de la Unión Soviética los países del Grupo de 77 y de los No Alineados perdieron un importante aunque circunstancial aliado y los países occidentales pudieron, ahora sí con éxito, imponer, si no constitucionalmente, sí informal pero efectivamente la regla del consenso en la adopción de decisiones de la Asamblea General. La regla del consenso dio por resultado decisiones que representaban y representan el mínimo común denominador y por lo tanto, casi en todos los casos, decisiones irrelevantes.  Esto ha facilitado la formación y proliferación de otros foros de membresía limitada fuera de Naciones Unidas que en muchos casos responden a intereses de países desarrollados y que ha dejado marginados del debate a más del 85% de los países del mundo. El G20 no fue un grupo de formación espontánea, sino una decisión del G8 de convocar a un grupo de países desarrollados y en desarrollo para encontrar la manera de atajar y superar la crisis financiera de 2008, que se originó por prácticas financieras irresponsables dentro de los países desarrollados.

El perfil de los miembros en desarrollo del G20 tiene en común, al igual que el de todos los subgrupos concebidos por las calificadoras financieras,2  de ser los más atractivos para la poco más de una docena de gigantescos fondos mundiales de inversión, que se les denomina generalmente como “los mercados”, no para invertir en el desarrollo de estos países, sino para obtener los más altos rendimientos en los bonos de deuda pública, en muchos casos atados a severas medidas de austeridad, la especulación, la industria del ensamblaje y la extracción de recursos naturales, basados en la despiadada competencia entre los países receptores por ofrecer recursos humanos educados y de bajos salarios. Esto ha conducido a que los excluidos formen una gran masa de “países proletarios” en África, América Latina y Asia sin perspectivas de desarrollo, que no sólo dan lugar a graves condiciones internas de explotación inhumana del trabajo no calificado, miseria, delincuencia, inseguridad, inestabilidad, y a graves problemas internacionales humanitarios, como las migraciones masivas y, en consecuencia, a la inestabilidad internacional.

Los autores señalan con un criterio darwinista que las ventajas comparativas que se ofrezcan a esas inversiones pueden representar la diferencia entre sobrevivir o no en el escenario internacional, o sea entre pertenecer a esa élite o hacer compañía a los países del Sahel, por ejemplo. No profundizan más en esa afirmación que quizá pudiera también expresarse como que no hay vida fuera del capitalismo feroz que dominan unos pocos y que los autores, de manera muy acertada, identifican como globalidad (págs. 11, 12).Tampoco dirigen su análisis a la posibilidad que dentro de un país se den los dos escenarios: un sector viviendo en condiciones similares al de Sahel y otro sector disfrutando de una vida de país desarrollado.

De Icaza y Ruiz, partiendo de la base que llegar a ser un “actor con responsabilidad global” depende de la cantidad de foros a que México pertenezca y de los vínculos internacionales que se establezcan, hacen un inventario de aquellos y de los comunicados conjuntos emitidos en cada una de las visitas que ha realizado Enrique Peña Nieto, tanto como presidente electo como Presidente constitucional, sin ir más allá de la terminología propia de éstos. Sin embargo, no se hace mención de los intereses nacionales, concretos o generales, que están detrás de la actuación en dichos foros y en el propósito de esas visitas.

Lo más cercano a una formulación de los intereses nacionales de México en la nueva arquitectura global es que en vista del “tamaño y la influencia de México, puede ser un actor internacional que participe activamente en la búsqueda de un mundo más justo, de una gobernanza (sic) global más eficaz y de, en suma, de trabajar a favor de las mejores causas de la humanidad”(pág. 30). Lo cual es muy loable, pero los temas del G20, por ejemplo, están más apegados a la tierra y a los problemas concretos que afectan a cada uno de los países participantes.

A este respecto, hubiera sido deseable que el artículo hubiera expuesto la posición de México sobre el Plan de Acción Anti-Corrupción o sobre el fortalecimiento del consumo interno,  o sobre la reducción de la deuda en relación con el PIB, o sobre la manera de evitar los efectos de la política monetaria que Estados Unidos adopta únicamente en función de sus intereses internos sin preocuparse por  las repercusiones en otros países, como México, o sobre la decisión de BRICS de crear un fondo de 100 mil millones de dólares para protegerse de esos efectos, o por qué México no ve favorable a sus intereses adherirse a ese esquema, o sobre los temas inacabados de las estrategias fiscales para abatir los déficits, sobre todo de los países desarrollados, o sobre los sistemas regulatorios de  bancos, compañías de seguros o financieras para evitar otra crisis, o sobre la posición que sostuvo sobre el problema de Siria, aunque este tema no haya estado en la agenda de San Petersburgo y se discutió en una cena –¿dijo algo el Presidente al respecto?- o  lo que sostendrá México si el problema de Ucrania brota en Brisbane, como es muy probable que haya sucedido ya en los trabajos preparatorios, a la luz de que el presidente del G20, el primer ministro australiano, dijo que debía excluirse a Rusia de la próxima reunión y que los países del BRICS lo hayan abruptamente puesto en su lugar.

Después de 2009 los trabajos del G20 han sido menos productivos. Sus comunicados en su mayor parte son reiterativos de la voluntad de seguir trabajando en la solución de los problemas de su agenda, pero no ofrecen soluciones porque no es posible conciliar los intereses nacionales de sus miembros y ahora tiende a desarrollar fuerzas centrífugas, resultado quizá de lo que el Center of International Governance Innovation llama la tendencia a una menor globalidad como consecuencia de la crisis del 2008.

El artículo no nos ofrece un catálogo, así sea somero, de las principales corrientes de intereses que se mueven en el G20 ni cómo se inserta México en ellas. Después de todo su ascenso a actor con responsabilidad global dependerá de sus posiciones, o sea si es un actor con responsabilidad nacional, y no del número de foros en el que participe o de los jefes de Estado o Gobierno que visite el Presidente Peña Nieto. En el siglo XX México tuvo un gran prestigio por sus posiciones de fondo, que, en algunos casos, sostuvo aun quedándose solo. La temática en el siglo XXI es diferente, pero no hay razón para pensar que  tendrá que ser de otro modo.

El artículo es un meritorio esfuerzo para examinar del aspecto adjetivo de las relaciones internacionales de México en la actualidad. Esperemos que después de la reunión en Brisbane del G20, paradigma de esas relaciones, se nos permita asomarnos a su aspecto substantivo.

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¹) Muy posiblemente los autores quisieron decir “fronteras políticas”, ya que por “fronteras físicas” se entiende a las montañas,  los ríos, los lagos o accidentes importantes del terreno, sin que por ello se deje de recurrir a la definición precisa por diferentes medios técnicos.

²) Las empresas calificadoras de crédito en ocasiones funcionan como brazo financiero del gobierno de Estados Unidos. Por ejemplo, el 24 de abril de 2014 Strandard and Poor’s redujo la calificación financiera de Rusia sobe la base de que el gobierno de Obama le había aplicado “sanciones”, a sabiendas que éstas eran esencialmente simbólicas. Sin embargo, la reducción de la calificación produjo el efecto de alentar la salida de capitales y resultar más perjudicial que las mismas “sanciones”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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