image001

Por Juan José Huerta,

Embajador de México en retiro

México debería ser un jugador inteligente de la globalización, pero en el desafortunado rejuego político se está imponiendo una visión conservadora de la modernidad. No son las “reformas estructurales” las que necesitaba el interés mayoritario del pueblo de México; éstas son más bien en provecho de la minoría económica selecta, inclusive la extranjera.

Hemos llegado a esta penosa coyuntura por la confusión ideológica y el apego a un modelo económico que en muchas partes del mundo está mostrando sus fallas y, también, porque el mexicano medio padece un déficit de representación real en los poderes de gobierno. Es curioso que el cambio democrático en México a los que más ha beneficiado hasta ahora sea a los integrantes conspicuos de la clase política y a los poderes fácticos con los que conviven. Y a las cúpulas partidarias, que dominan partidos que pasan por serias crisis de identidad ideológica y de organización. ¿Dónde queda nuestra democracia representativa cuando el Instituto Nacional de Elecciones tiene que garantizar y organizar las elecciones internas de un partido, el PRD, con base en el nuevo esquema legal que así lo permite?

Sabemos, pero no pasa nada, de los tratamientos súper privilegiados en sueldos, prestaciones y canonjías de gran número de funcionarios oficiales, diputados, senadores, jueces. Nos damos cuenta de los muchos millones de pesos de recursos gubernamentales, que deberían dedicarse a fines del interés común pero que son dilapidados en la más grosera, continua y abierta u oculta, propaganda oficial en todos los órdenes y niveles de gobierno, lejos de una rendición de cuentas y legitimidad política verdaderas. Publicitarse no es gobernar.

Y nuestros congresistas afectados también con el síndrome de regular y controlar todo, con frecuentes muestras de esquizofrenia legislativa. Diputados y senadores no tienen por qué seguir la línea de hacer el mayor número de leyes posible, dando la impresión de que trabajan mucho y ganar así puntos a su favor. El país está sobre-legislado y sobre-regulado, en muchos casos con grave afectación de las libertades ciudadanas. Sería mucho mejor que los integrantes del Congreso vigilaran cómo se están aplicando las leyes ya vigentes, y que ello sirviera de acicate al Ejecutivo para un mejor desempeño en la materia.

El mexicano medio quisiera verdaderas innovaciones en las medidas de gobierno, empezando, claro, por un cambio en la cultura política y cívica para erradicar lacras como las descritas y lograr un auténtico estado de derecho. Y con prioridad, también, acciones efectivas para eliminar la tremenda desigualdad económica y social y para confiar en nuestras propias fuerzas, no para darles más a los que más tienen ni para hacer que el milagro del crecimiento venga del extranjero. Sin pretender un estatismo ineficaz y corrupto, que tampoco se exagere en la privatización de todas las funciones gubernamentales, invadida también con frecuencia por la corrupción. Un cambio para combatir eficazmente la inseguridad, lo que significa en primer lugar dar un trabajo decentemente remunerado y con seguridad social a los millones de jóvenes mexicanos que con el desempleo y subempleo actuales se ven muy fácilmente ganados por la delincuencia.

Innovación en la política fiscal para reducir la desigualdad impositiva; que el impuesto sobre la renta a sueldos y salarios no represente una mayor proporción que el ISR pagado por las empresas; que se disminuyan las altas cifras de evasión fiscal y que los que más ganen paguen los impuestos que justamente corresponda. Y que con esas nuevas medidas se reduzca la fuerte necesidad de endeudamiento del gobierno y los elevados costos financieros que implica.

La urgentísima protección del territorio de México y su medio ambiente para evitar su continuada degradación por la anarquía de actividades mineras, petroleras, de obras de infraestructura o de vivienda. Atestiguamos en Sonora, con enojo y preocupación, el mayor desastre minero en la historia del país; que puede ser solamente la punta del iceberg, cuando sabemos que a los casi 26 mil títulos de explotación minera otorgados a empresas por los recientes gobiernos, que en conjunto abarcan 25.7 millones de hectáreas, se sumarán dentro de poco los títulos de explotación de hidrocarburos, como lo permitirán las leyes aprobadas por la reforma energética, con todos los riesgos inherentes a dicha actividad, especialmente aquellos que utilizarán en alta proporción la fuertemente contaminante técnica del fracking.

Al mexicano medio le interesaría mucho también un cambio para preservar en nuestra sociedad los mejores valores humanos, la libertad con autocontrol, el respeto al derecho ajeno preconizado por el Benemérito, el premio al esfuerzo y al mérito, no al engaño; lograr una mayor participación social basada en una más auténtica representatividad democrática. Que se corrijan deformaciones culturales que no deberían arraigarse, como la violencia inédita que ahora nos invade. Estamos en México en una coyuntura muy particular: podemos vislumbrar todo el potencial que seguramente tiene este gran país pero, de prevalecer los vicios de la desigualdad a escala global y la corrupción inherente, esto puede provocar que un gran riesgo se materialice: que se aborte ese futuro promisorio y quedemos varados en el ya merito. Si la corrupción es un problema cultural, entonces se implica una revolución cultural para erradicarla. ¡Bienvenida, es hora de ya empezarla!

 Reproducido del diario La Crónica de 26 de Septiembre de 2014

Anuncios