Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique durante 18 años y profesor de la Universidad Denis-Didedort (Paris VII) y de la Sorbona de París, nombre familiar para los profesionales e interesados en la política internacional, ha escrito este artículo para La Jornada de la ciudad de México el 9 de agosto de 2015 sobre las implicaciones y consecuencias para los países europeos afiliados al euro, y posiblemente de muchos países en desarrollo, como México, del desenlace de la crísis griega.
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El diktado de Alemania
por Ignacio Ramonet
Sólo en las películas de terror se ven escenas tan sádicas como las que vimos el 13 de julio pasado en Bruselas, cuando el primer ministro griego, Alexis Tsipras, herido, derrotado, humillado, tuvo que acatar en público, cabizbajo, el diktado de la canciller de Alemania, Angela Merkel. Y renunciar a su programa de liberación con el que fue elegido, y que su pueblo acababa precisamente de ratificar en referendo.

Exhibido por los vencedores como trofeo ante las cámaras del mundo, el pobre Tsipras tuvo que tragarse su orgullo y también tantos sapos y culebras que el propio semanario alemán Der Spiegel, compadecido, calificó la lista de sacrificios impuestos al pueblo griego decatálogo de horrores

Cuando la humillación del líder de un país alcanza niveles tan espeluznantes, la imagen se queda en la historia para aleccionamiento de las generaciones venideras, incitadas a nunca más aceptar un trato semejante. Así llegaron hasta nosotros expresiones como pasar por las horcas caudinas o el célebre paseo de Canossa. Lo del 13 de julio fue tan enorme, et tan absolutamente irreal, que quizás se recuerde también en el futuro de Europa como el día del “diktado de Alemania”.

La gran lección de ese escarnio es que, definitivamente, en el marco de la Unión Europea (UE) y, particularmente, en el seno de la zona euro, se ha perdido el control ciudadano sobre decisiones que determinan la vida de la gente. Hasta tal punto que podemos preguntarnos: ¿de qué sirven las elecciones si en lo esencial, o sea las políticas económicas y sociales, los nuevos gobernantes se ven obligados a hacer lo mismo que los precedentes? En este nuevo despotismo europeo la democracia se define menos por el voto o por la posibilidad de escoger que por el imperativo de respetar reglas y tratados (Maastricht, Lisboa, Pacto Fiscal) adoptados hace tiempo, que resultan para los pueblos verdaderas cárceles jurídicas sin posible evasión.

Al presentar a las muchedumbres a un Tsipras con la soga al cuello y coronado de espinas –Ecce homo–, lo que pretendieron demostrar Merkel, Hollande, Rajoy y los otros es que no hay alternativa a la vía neoliberal en Europa. Abandonad toda esperanza, electores de Podemos y de otros frentes de izquierda europeos; estais condenados a elegir gobernantes cuya función consistirá en aplicar las reglas y tratados definidos una vez por todas por Berlín y el Banco Central Europeo.

Lo más perverso es que, como en un juicio estalinista de tipo Proceso de Praga, se le ha exigido a quien más criticó el sistema, Alexis Tsipras, que sea quien se humille ante él, lo elogie y lo suplique.

Los que ignoraban que vivíamos en un sistema despótico lo han descubierto en esta ocasión. Algunos analistas dicen ya que estamos en un momento que podríamos calificar deposdemocrático o pospolítico, porque lo que pasó el 13 de julio en Bruselas demuestra el desgaste del funcionamiento democrático y del funcionamiento político. Demuestra que la política ya no consigue dar las respuestas que los ciudadanos esperan, aunque voten mayoritariamente en favor de ellas.

La ciudadanía observa, desesperanzada, cómo al partido griego Syriza, que ganó las elecciones y un referendo con un discurso contra la austeridad, se le exige que aplique con mayor brutalidad la política de recortes que los electores rechazaron. Consecuentemente, muchos se preguntan: ¿para qué sirve elegir una alternativa, si ésta acaba siendo exactamente una repetición de lo mismo?

Lo que ha querido demostrar Angela Merkel de manera muy clara es que hoy, lo que llamamos la alternativa económica, en el sentido de que representa una opción contraria a política neoliberal de recortes y de austeridad, no existe. Es decir, cuando un equipo político elabora un programa alternativo, lo somete a la ciudadanía para que pueda elegir entre éste y otros programas y cuando ese programa gana las elecciones y un equipo nuevo alcanza legítimamente, democráticamente, la conducción de un país, ese equipo de gobierno, con su proyecto alternativo antineoliberal, descubre que en realidad su margen de maniobra es inexistente. En materia de economía, finanzas y presupuesto no dispone de ningún tipo de margen de maniobra. Porque, además, están los acuerdos internacionales que no se pueden tocar; los mercados financieros que amenazan con sanciones si se toman ciertas decisiones; los lobbys mediáticos que hacen presión; los grupos de influencia oculta, como la Trilateral, Bilderberg, etcétera. No hay espacio.

Todo esto significa sencillamente que el gobierno de un Estado de la zona euro, por mucha legitimidad democrática que posea, aunque haya sido apoyado por 60 por ciento de sus ciudadanos, no no tiene las manos libres. Las tiene si decide realizar reformas legislativas para modificar aspectos importantes de vida societal, por ejemplo, el aborto, el matrimonio homosexual, la procreación asistida, derechos de voto a los extranjeros, eutanasia, etcétera. Pero si desea reformar la economía para liberar a su pueblo de la cárcel neoliberal, eso no lo puede hacer. Sus márgenes de maniobra ahí son prácticamente inexistentes. No sólo por la presión de los mercados financieros internacionales, sino también, sencillamente, porque su pertenencia a la zona euro le obliga a someterse a los imperativos del tratado de Maastricht, el tratado de Lisboa, el Pacto Fiscal (que exige que el presupuesto nacional no puede tener un déficit, respecto del producto interno bruto del país, superior a 0.5 por ciento), el Mecanismo europeo de estabilidad financiera (que endurece las condiciones impuestas a los países que necesitan créditos), etcétera.

En consecuencia, efectivamente, para los Estados que han pedido un rescate, se ha creado hoy, en Europa, el estatuto de nuevo protectorado. Grecia, por ejemplo, es gobernada de manera soberana para todas las cuestiones que tienen que ver con la gestión de la vida societal de sus ciudadanos (los indígenas). Pero lo que tiene que ver con la economía, las finanzas, la deuda, la banca, el presupuesto y, evidentemente, la moneda, todo eso está gestionado por una instancia superior: la tecnocracia euro de la Unión Europea. O sea, Atenas ha perdido parte decisiva de su soberanía. El país ha sido rebajado al grado de protectorado.

Para decirlo de otra manera: lo que está ocurriendo no sólo en Grecia, sino en toda la zona euro, en nombre de la austeridad, la crisis, es sencillamente el paso de un Estado de bienestar hacia un Estado privatizado, en el que la doctrina neoliberal se impone con un dogmatismo feroz, puramente ideológico. Estamos ante un modelo económico que le está arrebatando una serie de derechos a los ciudadanos. Derechos adquiridos después de largas y, a veces, sangrientas luchas.

Algunos dirigentes conservadores tratan de calmar al pueblo diciendo:Bueno, éste es un mal periodo, un mal momento que hay que pasar. Tenemos que apretarnos el cinturón, pero saldremos de este túnel. La pregunta es: ¿qué significa ‘salir del túnel’? ¿Nos van a devolver lo que nos han arrebatado? ¿Nos van a restituir las reducciones de salarios que hemos padecido? ¿Van a restablecer las pensiones al nivel en que estaban? ¿Vamos de nuevo a tener créditos para la salud pública, para la educación?

La respuesta a cada una de estas preguntas es: no. Porque no se trata una ‘crisis pasajera’. Lo que ocurre es que hemos pasado de un modelo a otro peor. Y ahora se trata de convencernos de que lo que hemos perdido es irreversible. “Lasciate ogni speranza”. Ese es el mensaje central de Angela Merkel en Bruselas el 13 de julio pasado. Mientras exhibía, cual teutónica Salomé, la cabeza de Tsipras en una bandeja…

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