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por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

La Secretaria de Relaciones Exteriores, como corresponde a una subordinada de Enrique Peña Nieto, resaltó hace unos días en una intervención en Naciones Unidas, casi presentándola como infrecuente en el ámbito mundial, lo que no es sino una marginal contribución mexicana a las operaciones de mantenimiento de la paz, un mecanismo cuya eficacia no depende del peso disuasorio de los cascos azules, sino de la voluntad de las partes del conflicto en el cual se interponen.

Peña Nieto hizo el anuncio en 2015 con una enjundia, que emuló la Secretaria Ruiz Massieu, como si México acudiera a calmar las angustias de un mundo sumido en la incertidumbre por la inseguridad internacional, pero que los curtidos y cínicos delegados en Naciones Unidas recibieron como un intento de lavar al interior de su país la imagen de un mandatario impopular e irrespetado.

La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió en 2015 convocar a reuniones de alto nivel sobre el fortalecimiento de la paz y seguridad internacionales, a fin de obtener lecciones de la experiencia de los últimos 70 años, abordar los retos actuales en el área de paz y seguridad y renovar el compromiso de los Estados miembros y Observadores con la Carta de Naciones Unidas.

En una de esas reuniones el pasado 10 de mayo, la Secretaria puso de manifiesto inconscientemente y de manera imperdonable la intrascendencia de la contribución mexicana a las operaciones de mantenimiento de la paz, porque a los delegados no escapa  que sólo seis soldados mexicanos se sumarán a un emplazamiento internacional de 10547 efectivos que conforman la UNIFIL entre Israel y Líbano, una importante fuerza en un área pequeña, pero que no ha impedido a Israel pasar por encima de ella en cuatro ocasiones para invadir Líbano o de acosarla e intimidarla frecuentemente con disparos hasta de artillería ligera.

La señora Ruiz Massieu también destacó una iniciativa que se dio a conocer en septiembre de 2015 por México y Francia en otra etapa de esas reuniones.  Aunque en uno de los boletines de la SRE se dijo que se trata de una idea de Francia y México, en el video de la reunión de mayo la Secretaria dijo que México la “encabeza”.

¿En qué consiste esta iniciativa?  En hacer un llamado a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad para que se abstengan de ejercer el derecho de veto en “caso de atrocidades en masa, genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad”. En otras palabras: que no se opongan a que el Consejo de Seguridad solicite a la Corte Penal Internacional que juzgue a los autores de esos crímenes.

En el argot de Naciones Unidas este tipo de iniciativas se califican como non starters, o sea que no van a ningún lado, que sus autores lo saben de antemano pero que siguen adelante porque sus objetivos reales son diferentes de los ostensibles.

En efecto, es inconcebible que los gobiernos de Francia o México tengan en mente presionar a Estados Unidos para que no interponga su veto si se le acusa del crimen de agresión por su invasión a Irak o Afganistán o por sus masacres en Fallujah y a que el Consejo de Seguridad haga una denuncia formal ante la Corte Penal Internacional para juzgar a Bush, Clinton y Obama como criminales.

En el contexto de la situación internacional actual es más verosímil que el propósito sea exhibir a Rusia como cómplice del gobierno de Bashar al-Assad de Siria, contra quien hay desde 2010 una incesante campaña mediática occidental, que hasta no hace mucho minimizaba o de plano ocultaba las atrocidades de los miles de mercenarios islamistas y más tarde siguió haciendo lo propio con los grupos de islamistas “moderados”.  No por nada, uno de los grupos más entusiastas de la iniciativa ha sido Human Rights Watch, cuya agenda es coincidente con la política de derechos humanos que el gobierno de Estados Unidos pretende imponer al mundo.

Significativamente, quien rechazó de inmediato la iniciativa fue Vitaly Churkin, el representante permanente de Rusia ante Naciones Unidas.

La pregunta que surge es ¿por qué el gobierno de Peña Nieto se arroja al ruedo de un complejísimo esquema político-militar? Y todavía más: ¿por qué lo hace en compañía de un país que carga una responsabilidad histórica enorme en el conflicto de Siria y que, a pesar de ello, trata por cualquier medio de obtener una tajada del pastel que le devuelva una influencia colonial que perdió a partir de 1946?

Con un lamentable record mundial en derechos humanos confirmado por relatores especiales de Naciones Unidas y grupos de especialistas endosados por organismos políticos internacionales regionales, el presidente Peña Nieto ha enfocado su quehacer en el contexto de Naciones Unidas a maquillar su imagen señalando a quienes supuestamente son peores que él, y de paso halagar al imperio, a exagerar la importancia de sus contribuciones a las operaciones de mantenimiento de la paz o a promover temas altisonantes, pero inofensivos para cualquiera, como el del empoderamiento de las mujeres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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