por Francisco Correa Villalobos
  Embajador de México en retiro

Durante la administración de Richard Nixon se hizo muy popular la frase “México bashing”, que en español se traduciría como “golpeando a México”, para describir un aspecto de la campaña que emprendió el gobierno norteamericano contra el uso de las drogas, especialmente la marihuana, que involucró a México en tanto que principal exportador de la yerba.

En esos años, Nixon se enfrentaba a una amplia y fuerte oposición de los jóvenes a la guerra en Vietnam que se extendía a prácticamente a todos los actos de su gobierno, minaba su prestigio mundial, el futuro de su partido y la continuidad de su gobierno. La campaña contra las drogas asumió un carácter esencialmente policíaco-represor y de intensa propaganda destinada a restar simpatía hacia los jóvenes opositores presentándolos como drogadictos, sucios, inmorales, promiscuos, cobardes evasores del servicio militar, etc., y a México como el responsable de la degradación de la limpia e idealista juventud norteamericana que combatía y moría en Vietnam por la democracia y la seguridad del mundo libre.

Las presiones que se ejercieron sobre México fueron intensas y constantes y con gran cobertura en la prensa estadunidense. La interdicción del tráfico transfronterizo de drogas se reforzó, aumentó la corrupción de militares y se obligó al gobierno de México a usar defoliantes en las zonas más importantes de cultivo de marihuana, sin mayores resultados, pues el cultivo de parcelas relativamente pequeñas, tránsito y exportación de marihuana eran un negocio atomizado que controlaban en todas sus etapas innumerables familias por todo el país, pero sobre todo en el norte.

Con el gobierno de Trump nos enfrentamos a otro tipo de “México bashing”, con fuertes connotaciones racistas y de una cobertura mucho más amplia, que ahora incluirá a las drogas. La guerra contra éstas en nuestro país precedió varios años a la llegada de Trump a la fama política y todavía más a la presidencia. Fue un regalo a Estados Unidos como efecto colateral de la desesperada búsqueda de legitimidad de Felipe Calderón que el vecino del norte rápidamente capitalizó a su favor. Pero como es habitual en la diplomacia norteamericana con su “táctica del salami” -cortar siempre una rebanada más- los miles de muertos del nieto del cristero Calderón no han sido de la total satisfacción del gobierno norteamericano, sobre todo cuando tiene ante sí un gobierno tímido y pasivo.

En su extensa y caótica conferencia de prensa del 16 de febrero, el presidente Trump se refirió a la epidemia de drogadicción y a que las drogas son ahora más baratas que una barrita de chocolate, al tiempo que anunció instrucciones precisas al general John F. Kelly, Secretario de Seguridad Interior -traducción innecesariamente amable y cortés para ocultar el patrioterismo norteamericano, en lugar de la correcta “Secretario de Seguridad de la Patria”- para iniciar una campaña contra los cárteles de la droga. Dado que el gobierno de Estados Unidos nunca ha reconocido que haya cárteles norteamericanos, es más que seguro que la mente obtusa y prejuiciada de Trump concibiera que únicamente existen cárteles mexicanos y colombianos.

Obviamente, la campaña no se va a concentrar sólo a Estados Unidos sino que se reclutará forzosamente a los gobierno de México y Colombia para que la secunden dentro de sus propios territorios.

Todo esto viene a colación con motivo de la visita de Kelly a nuestro país el 23 de febrero, cuando las conversaciones con el presidente Peña Nieto y otros secretarios de Estado  muy probablemente no se limiten a la seguridad y militarización de la común frontera sur de México y Estados Unidos, sino que incluyan la muy reciente iniciativa de Trump.

En otras palabras, todo apunta a que pronto tendremos una nueva guerra contra las drogas con todas sus funestas consecuencias, ahora con unas fuerzas armadas y marinas blindadas jurídicamente y Fuerzas Especiales de EUA disfrazadas de militares mexicanos, si el General Cienfuegos se duerme,  que lo dudo. El almirante Soberón siempre se pondrá a tiro.

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