Por Francisco Correa Villalobos

Cuando yo era Ministro en Austria y Representante Alterno de México en la Oficina de las Naciones Unidas en Viena, tenía a mi cargo, entre otras cosas, los asuntos de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, una entidad encargada de promover la industrialización de los países en desarrollo, los estudios y documentos de ésta mostraban que en los años setenta y principios de los ochenta México tenía un nivel de industrialización superior al de la República de Corea. En la actualidad, ese país nos lleva más de medio siglo de ventaja.   

Con una clara política de sustitución de importaciones aplicada desde el fin de la II Guerra Mundial, el gobierno mexicano asumió el papel de principal motor de la economía creando un sinfín de empresas industriales que llevaban en sí el germen de un nivel más elevado de sofisticación.

Sin embargo, la ineficiencia, el burocratismo, el desperdicio, la ineptitud administrativa y, sobre todo. la corrupción, contribuyeron a acentuar el endeudamiento externo y las crisis recurrentes de los gobiernos de Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid.

Con la llegada al gobierno de jóvenes políticos muy ideologizados con Carlos Salinas de Gortari se abandonó por completo la política de sustitución de importaciones y todo rasgo de política industrial. Prevaleció la convicción que era más lógico y eficiente adquirir a un precio más bajo los bienes industriales en el extranjero que producirlos a un costo más alto en nuestro país. El resultado fue el traspaso de algunas pocas empresas a la iniciativa privada y el desmantelamiento de la industria oficial.

Sin embargo, los empresarios privados concentraron sus inversiones en el comercio y los servicios y el paradigma de esta ideología encarnó en Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo que no produce bienes sino que únicamente especula, comercia y vende servicios. La industrialización de México quedó relegada a la inversión extranjera en la maquila y el ensamblaje de bienes con piezas intermedias importadas.

Con la ascensión de Donald Trump al poder en Estados Unidos este enfoque ha entrado en crisis y se plantea ahora la necesidad de re-industrializar el país. Este es el tema del artículo de Juan José Huerta.

 

LA RE-INDUSTRIALIZACION DE MÉXICO

 por Juan José Huerta, Embajador de México en retiro

Sí, ante una estructura muy distorsionada de la economía mexicana, con una participación muy alta del comercio y los servicios, mientras que se ha descuidado un verdadero desarrollo de la transformación industrial, es un desafío muy interesante el que aquí nos convoca la Canacintra: “Cómo entender, en el momento actual, las posibilidades de desarrollo nacional y de fortalecimiento de la industria del país, específicamente de la industria química…retomar la industrialización de México, recorrer éste camino escabroso y lograr así un desarrollo equilibrado, con mejoras en nuestra población”.

Estos son muy válidos objetivos para resolver el principalísimo problema que tiene nuestro amado México: los masivos desempleo y subempleo de la fuerza de trabajo, la baja calidad en salarios y prestaciones, y la omnipresente informalidad que nos invade (afecta a más del 50% de la fuerza de trabajo), todo ello dando como resultado una amplia desigualdad en la distribución de los ingresos y la riqueza y niveles masivos de pobreza.

Tal situación actual es señalada claramente por otros organismos empresariales, como el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado: “En México se requieren 11.5 millones de puestos de trabajo…la calidad de los puestos de trabajo continúa deteriorándose…incluso, en lo que va del presente sexenio el grupo que gana hasta 3 minisalarios aumentó en 1.7 millones de trabajadores…el gobierno federal presume que el mercado laboral ha mejorado significativamente en lo que va del sexenio, basado sólo en el registro de afiliados del IMSS (pero) no se trata de nuevos empleos, sino que muchos que ya existían y sólo se formalizaron” (“Requiere México 11.5 millones de puestos de trabajo, afirma el Ceesp”, reportaje de Susana González G., La Jornada, 20fe17).

Y es que, inexplicable y lastimosamente, hemos perdido la autosuficiencia energética en un país que tiene todo lo necesario para ser una potencia en la producción de petróleo, gas, gasolinas, diésel, petroquímicos muy diversos.
Consecuentemente, los indicadores del desempeño de la industria química en los últimos años no son precisamente alentadores, como no lo han sido los de la economía en general. Es urgente su reactivación.

Es lo mismo que pasa en la agricultura, ganadería y otras actividades primarias, pues hemos caído en una severa falta de autosuficiencia alimentaria al tener la necesidad de importar anualmente más de 20 millones de toneladas de granos básicos, incluyendo el maíz. Frente a ello, las autoridades del sector promueven activamente la exportación de otros alimentos, aún en mercados lejanos, encareciendo así sus precios para los consumidores mexicanos, en lugar de orientar la producción agropecuaria a la satisfacción primordial del mercado interno.

Pero el irreal optimismo oficial al respecto insiste en propugnar que el “libre comercio” (así dirigido) es la solución ideal para esos severos problemas del desarrollo económico, cuando aún en los países avanzados se demuestra ahora cada vez más que son muy necesarios los mecanismos correctores y compensadores por parte de gobiernos responsables, en estrategias ad hoc de desarrollo económico y social. Libertad de comercio, sí, pero en condiciones de igualdad de oportunidades para los participantes y atendiendo adecuadamente los intereses nacionales.

La política oficial también da excesivo énfasis a la inversión extranjera directa como solución de nuestras fallas económicas, sin considerar que se trata en realidad del remate del patrimonio nacional Para no hablar de la deuda externa que llega a niveles exorbitantes. Los recursos de capital del exterior han de ser sólo un buen complemento de los nacionales.

¿Y qué elementos han de integrar la estrategia económica y social apropiada en nuestro país en el momento actual?

Para empezar, es esencial dejar de depender en tan alta medida de infinidad de productos importados, de consumo y de inversión, que pueden ser fabricados internamente, a fin de agregar valor interno, incorporar más trabajo e insumos nacionales en la producción para incrementar la demanda de empleos formales con salarios dignos.
Así lo propugnan también los organismos empresariales, como el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, cuyo director expresa: “Hay una ola natural de sustitución de importaciones que en los hechos y sin que el gobierno haya hecho nada puede impulsar la economía interna de México y enfrentar la coyuntura con Estados Unidos… como el peso acumula una devaluación de 50 por ciento en los últimos dos años y 3 meses, se han encarecido las importaciones de diversos insumos que utilizan las empresas nacionales. Así que éstas han optado por buscar proveedores locales para abaratar costos y lo mismo sucede con los consumidores que, al cuidar sus ingresos, revisan más los precios y optan por productos más baratos o prescinden de otros importados que solían consumir” (“Es momento de dirigirnos al mercado interno, director del CEEY”, reportaje de Susana González G., La Jornada, 20 de febrero 2017).

Ha de incorporarse también una reacción apropiada de nuestro país a la grosera política hacia México del nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien irresponsablemente hace caso omiso de que América del Norte, nos guste o no, es ya una zona económica integrada, como una realidad insoslayable, para hacer frente al complicado mundo de competencia internacional que se nos presenta. Y el primer craso error que se le ocurre es arremeter contra ella, atacando a su vecino más cercano, con el que su país tiene una frontera de más de 3,000 kilómetros de largo.

Obviamente Trump no podrá tener ningún éxito de mediano plazo en ese objetivo, aunque en el corto plazo sí causa problemas que debemos enfrentar dignamente, como el irracional y provocativo proyecto de muro fronterizo (la respuesta NO es que “no lo vamos a pagar” sino que es totalmente inaceptable para México), sus ataques a los migrantes mexicanos o la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Pero su maniobra general está condenada al fracaso y así debemos considerarlo en el diseño de la nueva estrategia nacional de desarrollo económico y social, sin reacciones irreflexivas de nuestra parte.

Como ejemplo de esto último, podemos mencionar el espejismo de que, ante el cierre relativo del mercado de Estados Unidos, busquemos activamente las oportunidades que ofrecen otros países como China e India. No hay que desconocer que puede haber algunos sectores en que se presenten algunas opciones interesantes, pero hay que tomar muy en cuenta, además de la lejanía relativa de esos países en comparación a Estados Unidos, el hecho fundamental de que, por sus mismas características, esos países buscan legítimamente su interés nacional, que es precisamente dar a sus pueblos (casi 3,000 millones de habitantes en esa región) las mejores condiciones de vida y trabajo mediante el mayor valor agregado nacional, es decir, en competencia directa con los mismos objetivos que México.

Así es que la nueva política industrial, dentro de la nueva estrategia nacional de desarrollo económico y social, ha de insertarse en nuestra zona ya integrada y complementaria del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, cuya renegociación obligada que se inicia en junio próximo tiene que ser vigilada escrupulosamente para proteger el interés nacional. Y si México ha de buscar otros socios comerciales complementariamente alternativos más viables, hay que hacerlo en países de Europa y, por supuesto, de América Latina.

Es claro que México tiene un gran potencial para llevar a buen término una nueva estrategia económica y social y de desarrollo industrial con los objetivos mencionados, como lo demuestran los logros de nuestro país en los años treinta del siglo pasado y después de la Segunda Guerra Mundial. Así, con la sustitución de importaciones y el énfasis en el esfuerzo y los recursos nacionales, avanzamos en todos los indicadores de mejoras en el nivel de vida y oportunidades y condiciones de trabajo, educación, salubridad y esperanza de vida, superando un tremendo aumento de la población, que pasó de 20 millones de habitantes en 1940 a 66.8 millones en 1980 (y con efectos positivos del proceso que perduran hasta ahora, cuando ya somos 125 millones de mexicanos).

Hay que tomar mucho en cuenta también que el mundo está ahora mucho más competido, con más de 7,300 millones de habitantes buscando afanosamente oportunidades donde se encuentren, con migraciones de millones de gentes buscándolas, con gran sufrimiento, fuera de los países donde nacieron Y este problema será cada vez mayor, afectando a nuestro propio país en razón de estar en el camino de esos éxodos, (como se señala en artículo reciente del New York Times: “Migrating North, but to Mexico, Not the U.S.”, Kirk Semple, 12fe17), por lo que tendríamos que participar en los mayores esfuerzos internacionales para que esos migrantes encuentren trabajo y buenos niveles de vida en sus propios países.

Claro que son importantes los proyectos conjuntos de empresarios mexicanos con inversionistas extranjeros, en asociaciones mutuamente convenientes que les den a los empresarios foráneos nuevas oportunidades de utilidades legales a cambio de válidas aportaciones de capital y de procesos y adelantos tecnológicos para sus socios mexicanos.

Procesos y adelantos que asimismo deben vigilar escrupulosamente sus efectos en el medio ambiente nacional y en los consumidores, con una visión de sustentabilidad ecológica de largo plazo. La reindustrialización de México no debe ser de ninguna manera a costa de una aún mayor degradación de nuestro medio ambiente.

Por supuesto, el elemento fundamental en cualquier estrategia de desarrollo industrial es el interés nacional, que debe ser cuidado por las instituciones de un sistema de gobierno que sea un vigoroso catalizador por excelencia de los nuevos esfuerzos de todos, con eficiencia en su gestión de la política económica general y de reindustrialización, y con ninguna tolerancia a la corrupción.

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