por Francisco Correa Villalobos
Embajador de México en retiro

El camino que conduce a las futuras negociaciones con Estados Unidos se ha reducido en el discurso oficial a enfatizar que nos llevará a redefinir las relaciones con ese país, sin que se nos diga en qué consiste esa redefinición. Con bastante frecuencia y energía se ha dicho que la premisa para llevar a efecto este proceso es el respeto irrestricto a la soberanía y la independencia de nuestro país.

A lo largo de varios años, y en especial a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio, hubo un cambio gradual pero profundo y substantivo en nuestra política hacia el país vecino, que coincidió con los reacomodos de la política internacional que resultaron de la desaparición de la Unión Soviética. De un protagonismo a nivel mundial que tenía por objeto, por razones internas, fortalecer nuestra independencia, caímos en la cuasi identificación de nuestros intereses externos con los de Estados Unidos como resultado de la fusión bilateral de intereses financieros y comerciales. Todo estaba tan amarrado que procedimos con la certidumbre de que los cambios políticos internos en el país vecino no se reflejarían, o sólo marginalmente, en la implementación y promoción de esos intereses.

La llegada de Trump echó abajo esa convicción y de un sistema de relaciones de supuesto beneficio mutuo, Estados Unidos de golpe ha pasado a uno que se guía por la norma de arrebatar todo lo que puede, sobre todo si se trata de países a los que desprecia racialmente. Después de esfuerzos infructuosos y sondeos de altos costos políticos para convencer a Trump de lo contrario, el gobierno de México decidió proponer negociaciones muy amplias en asuntos políticos y en la actualización de las cuestiones comerciales. Pero mientras éstas últimas están relativamente definidas, las cuestiones políticas abarcan un gran número de temas y, más aun, de subtemas.

Obviamente, seleccionar los temas de negociación supone un criterio. Hasta ahora el presidente Peña y el Secretario de Relaciones Exteriores Luis Videgaray, han dicho que todos los temas están sobre la mesa y que el objetivo es redefinir las relaciones bilaterales. Pero habrá necesariamente que limitar el temario pues nada indica que Estados Unidos esté dispuesto a entrar en una negociación abierta como lo propone el gobierno de México.

Es pues indispensable conocer el criterio para descartar temas o desplegar esfuerzos para mantener otros que sean impugnados por la parte contraria. Si vamos a seguir la tónica oficial, el criterio es mantener aquellos temas que van a redefinir las relaciones bilaterales, lo cual no ofrece ninguna guía, pues no se define cuál es el objetivo de política exterior a largo plazo de esas negociaciones. El Secretario Videgaray reiteró en su comparecencia en el senado, que “los objetivos precisos de unas negociaciones exitosas” se refieren a los diez puntos que delineó Peña Nieto, es decir al saldo positivo de las negociaciones sobre diez temas muy importantes, pero que no incluyen un buen número de cuestiones de soberanía que se han entregado gratuitamente a Estados Unidos desde el año 2000. Aun cuando el Secretario Videgaray insistió en “que para Estados Unidos, México es un país importante en materia de seguridad, en materia de combate al crimen organizado, de prevención del terrorismo y por supuesto de cooperación migratoria”, ninguno de estos temas aparece en la lista de los diez objetivos.

Tal parece que Peña y Videgaray están lejos de buscar un nuevo marco de relaciones en el que México asuma una verdadera independencia en su política exterior o interior frente a Estados Unidos. Es decir que sería perfectamente válido esperar que uno o varios triunfos espectaculares en algunos de los objetivos anunciados, o incluso en todos ellos, serían suficientes para pregonar que se han inaugurado “nuevas relaciones con Estados Unidos” y todo seguirá como hasta el momento de la llegada de Trump. México continuaría prestando su frontera sur como la frontera adelantada de Estados Unidos; su Marina seguiría siendo el policía de punto en el Caribe en caso de incursión de algún enemigo de Estados Unidos, pero no de México; su Ejército seguiría cuidando la frontera con Estados Unidos para dificultar, que no impedir, el tráfico de drogas hacia el norte, pero no para detener las armas que entran ilegalmente a México; su Instituto Nacional de Migración continuaría siendo un anexo del Customs and Border Protection; todos los pasajeros que vuelen a la frontera norte seguirían siendo filtrados antes de abordar por funcionarios norteamericanos que despachan en los aeropuertos mexicanos y todos los turistas y viajeros de todo el mundo, excepto de Estados Unidos, que viajen a México serían filtrados e impedidos de abordar sus vuelos o de entrar a México si así lo decide el CBP.

Esto, obviamente, no es redefinir las relaciones con Estados Unidos. Como se dice en la jerga de la Secretaría de Relaciones Exteriores, es un bomberazo. Se trata únicamente de encontrar una solución urgente a los problemas que ha creado Trump en las relaciones bilaterales y, aunque se logre sólo parcialmente ese objetivo, el real es mantener a cualquier costo la política que caracterizó a Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y ahora a Peña. No otro es el propósito de las frecuentes imploraciones de que México es muy importante para Estados Unidos.

Pero Trump no comparte esa convicción. Trump no ha adoptado sus políticas en función de sus impactos en México. Le es indiferente tener buenas o malas relaciones con nosotros, como lo dijo al comentar la visita de Tillerson y Kelly a nuestro país. Cederá en algunas cuestiones, como la deportación de centroamericanos a México porque físicamente está impedido de hacerlo, pero en lo de gravar las remesas lo hará sólo hasta el siguiente twiter; impondrá una nueva guerra contra las drogas y el muro va pese a todos los obstáculos financieros, políticos y legales. Poco o nada ganaremos si se mantiene el enfoque oficial sobre esas negociaciones, pues nada será igual en las relaciones entre los dos países en el futuro y la amistad del Secretario Videgaray con el yerno de Trump no es garantía de estabilidad en las relaciones hasta después de 2018. Trump nos ha vacunado contra la normalidad de Estados Unidos y debemos levantar la mira.

Nadie en su sano juicio desearía una relación inamistosa u hostil contra Estados Unidos. La geografía y la enorme disparidad de poderío nos impone límites insuperables. Pero es posible y deseable llevar a cabo una relación de decencia y honestidad con independencia, en donde la cooperación no implique la sumisión o la entrega de soberanía, como se ha venido haciendo. Existe en buena parte de la clase política mexicana, el empresariado y en no pocos analistas, investigadores y periodistas la impresión que las concesiones unilaterales son necesarias para asegurar buena voluntad de parte de Estados Unidos. Esto es falso. En política internacional las concesiones unilaterales se perciben como una expresión del interés nacional, que no amerita ninguna reciprocidad de parte del beneficiario.

En otras palabras, se trata de adoptar desde ahora una política de doble vía, en la que se asuma el ejercicio pleno de la soberanía y la independencia sobre todos aquellos aspectos en los que ha habido cesión de éstas y se practique una plena cooperación que sea resultado de acuerdos mutuamente ventajosos con fechas de expiración. Ello le permitiría a México cooperar sin verse atado a intereses que pueden ahora o en el futuro serle ajenos o inconvenientes, por ejemplo, las operaciones navales y el patrullaje conjuntos de las aguas internacionales del Golfo de México, o la llamada guerra contra el terrorismo, un eufemismo que Estados Unidos aplica de manera flexible según intereses coyunturales a los cuales no vemos atados sin consultársenos.

La política de Estado que tan vehementemente propugnó el Secretario Videgaray en su comparecencia ante el Senado, debería no sólo centrarse en la identificación de los temas de negociación, en su manera de enfocarlos o en la táctica de negociación. Es absolutamente vital que se haga un esfuerzo por aclarar desde ahora cómo se quiere que sean las relaciones con Estados Unidos. No es posible dar marcha atrás a la historia y las relaciones con las presidencias de Bush padre, Clinton, W. Bush y Obama ya son historia. México debe salir fortalecido de este episodio desagradable, pero oportuno, y guiarse por la certidumbre que plena soberanía, total independencia y cooperación no son mutuamente excluyentes sino el fundamento de una política honesta, digna y provechosa.

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