Por obra propia, México se ha puesto en una condición de extrema vulnerabilidad ante Estados Unidos. A fines del siglo XX y principios del presente, era común escuchar opiniones que concebían a la seguridad nacional, la soberanía y la independencia como conceptos anacrónicos. México está ante un Estados Unidos diferente. Pese a los frenos del sistema político norteamericano, creer que Trump no cumplirá sus amenazas a México es hacer gala de ingenuidad o de cálculo egoísta. El artículo que sigue se terminó de escribir días antes de que el gobierno de México encabezara la ofensiva política contra Venezuela que ningún otro gobierno de América Latina se había atrevido a abanderar, y de que el Secretario de Gobernación confirmara que, en los hechos, la frontera sur de México seguiría siendo la frontera avanzada de Estados Unidos. Cuando Trump vino a México y Peña Nieto calificó las andanadas anti-mexicanas del candidato como “malentendidos”, muchos pensamos que el término se debía a la pobreza de su vocabulario o a su ignorancia de las sutilezas diplomáticas. Pero a la luz de los hechos recientes, no es descabellado pensar que la disculpa no solicitada era un premeditado acto de halago al energúmeno de parte de un débil mandatario acosado por sus errores y sin otra base política que su partido y las fuerzas armadas.

El Grupo de Embajadores de México de carrera jubilados fue el primero en señalar las bases en que deberían asentarse las relaciones con Estados Unidos.             

Nos complace comprobar que otros destacados diplomáticos mexicanos han reaccionado ante el riesgo que plantea el régimen norteamericano en estos momentos y que coinciden con muchos de nuestros conceptos expresados en éste y otros artículos, así como en el Pronunciamiento sobre las relaciones con Estados Unidos que se pueden consultar en México Internacional

 

HACIA UNA NUEVA POLÍTICA EXTERIOR

por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro.

Dos de los numerosos problemas que plantea el gobierno de Donald Trump son su mendacidad generalizada, su imprevisibilidad en política exterior y, en lo que se refiere a México, además su hostilidad gratuita inspirada a un mal disimulado racismo que aqueja no sólo a su persona sino prácticamente a todos sus más cercanos colaboradores.

El gobierno de México ha adoptado dos líneas subsecuentes de política exterior para enfrentar la ofensiva de Trump: Primero, tratar de informar y convencerlo de las ventajas de unas relaciones cordiales y del TLC para ambos países y, casi en tono de disculpa, advertirle que no pagaría el muro.

Segundo, ante la inmovilidad e indiferencia de Trump, el gobierno de México previno que dejaría el TLC si Trump insistía en aplicar aranceles, lo que calmó los ánimos del régimen norteamericano, no así en cuanto al muro y el vasto y complejo tema migratorio, ante lo cual propuso negociaciones sobre un amplio temario de diez puntos que cubren drogas, migración, remesas, derechos humanos de los mexicanos en Estados Unidos, TLC y protección de las inversiones.

El Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, calificó a esta última posición como una “política exterior de Estado que fija objetivos precisos y principios de política exterior para la conducción de las relaciones con los Estados Unidos de América” y que después el presidente de la República calificó como una redefinición de las relaciones con ese país.

Sin embargo, más que una redefinición de la política hacia Estados Unidos, lo que se nos ha ofrecido es una descripción del temario de negociaciones tendientes a resolver una serie de problemas que ha creado el presidente de Estados Unidos y otros que han quedado pendientes de gobiernos anteriores. No hay una definición de los intereses nacionales de México en la presente coyuntura internacional, ni un análisis estratégico de los grandes objetivos de la política exterior de México frente a Estados Unidos ni cómo nuestras relaciones con el resto del mundo pueden contribuir a alcanzar esos objetivos.

La llegada de Trump al poder en Estados Unidos ha cambiado totalmente el esquema de nuestras relaciones con ese país. La integración comercial puede avanzar y ampliarse, pero es obvio que nada será igual en el trato público y privado con Estados Unidos. Como ningún otro gobierno norteamericano desde el siglo XIX, Trump ha impulsado actitudes xenófobas y racistas a niveles que todo mundo pensaba habían sido superadas, o cuando menos relegadas al margen de la política, desde los años sesenta del siglo XX.

Nuestro país tiene ante sí a un Estados Unidos diferente. Su presidente insulta a México y a los mexicanos y lo amenaza con enviar tropas si no se comporta como él espera.  México no está frente a un riesgo menor ni debe esperar que desparezca con invocaciones retóricas de respeto a la soberanía y a la independencia nacionales.  El respeto no se pide. Se gana con actitudes firmes aplicadas de manera invariable y asentadas en intereses nacionales claros y definidos.

La soberanía es un atributo esencial del Estado sin la cual no puede llamarse Estado. La soberanía se manifiesta como el poder supremo del Estado al interior del país y como independencia al exterior. Y una característica de la soberanía es la política migratoria.  Un Estado debe decidir por sí mismo y sin injerencias extrañas quién puede entrar al país y quedar bajo el régimen legal nacional. Toda cesión de soberanía en este rubro, aun cuando se haga en ejercicio de la propia soberanía, es inaceptable por contradecir al mismo concepto de soberanía.

El gobierno de México ha abdicado de la soberanía al otorgar a Estados Unidos derechos que contradicen ese concepto toral. La presencia y operación de  agentes migratorios  estadunidenses en puertos aéreos y marítimos mexicanos para filtrar la  entrada a México de extranjeros indeseables para el gobierno de Estados Unidos, conforme a sus criterios “antiterroristas”, fue aceptado por los gobiernos de Vicente  Fox y Felipe Calderón, así como la subsecuente normatividad para conceder  visas mexicanas a nacionales de países de África, Medio Oriente y Asia, sin pasar por la autorización expresa de la Secretaría de Gobernación, únicamente a quienes  cuenten con la visa de entrada a Estados Unidos.  El control de la migración centroamericana en la frontera sur fue el resultado de las presiones de la entonces Secretaria de Seguridad Interior de Estados Unidos, Janet Napolitano, desde 2010, para convertir a nuestra frontera sur en la frontera avanzada de Estados Unidos

El papel de las fuerzas armadas mexicanas en la interdicción del tráfico de drogas a Estados Unidos, sin que haya habido una efectiva corresponsabilidad de Estados Unidos en la prevención del consumo, es equivalente a otra concesión unilateral, pero ésta de mayores y más graves consecuencias para el país. El tráfico ilegal de armas es una seria violación de nuestra seguridad interna que Estados Unidos no se atreve a interrumpir, porque deja una substancial ganancia que el gobierno no quiere, además, coartar para no entrar en conflicto con la poderosa National Rifle Association. A esto debe añadirse la operación de múltiples servicios de inteligencia estadunidenses dentro de México.

No es prudente mantener las concesiones unilaterales en estos asuntos sin debilitar la posición negociadora de México presente y futura porque denotan una actitud de sumisión ante el contrincante. Las negociaciones deben necesariamente partir de una tabla rasa cuya existencia depende exclusivamente del gobierno de México. En otras palabras, debe ser un hecho consumado antes del inicio de las negociaciones, que de ninguna manera implica un costo político para México. Ello eleva la posición negociadora de nuestro país. No hacerlo sería incurrir en un grave e injustificable error.

El Secretario Videgaray hizo un pormenorizado recuento de las ventajas económicas de diversificar nuestros contactos con prácticamente todas las otras regiones del mundo. Pero no analizó el impacto y el valor político que representa fortalecer nuestros contactos con esos países en nuestras relaciones con Estados Unidos.

De unos años a estas fechas, y en particular a partir de la llegada de Trump al poder, la influencia política mundial de Estados Unidos ha disminuido considerablemente, a pesar de su enorme poderío militar. Sus retrocesos en Asia y el Medio Oriente y su relativo distanciamiento de Europa occidental ha elevado concomitantemente la influencia mundial de China, Rusia, Alemania, Turquía, Irán e India, entre otros. Esto es altamente favorable para México en un momento en que deben echarse las bases de la relación a largo plazo con el vecino del norte.

En sus discursos como candidato, Trump rebajó la importancia de los organismos políticos internacionales con base en su convicción que los tratos bilaterales eran más favorables al ejercicio del poder norteamericano. Como presidente anunció la reducción en el pago de las cuotas a ciertas actividades de Naciones Unidas y su retiro del principal órgano de derechos humanos. Ello ha acentuado la erosión de la influencia internacional de Estados Unidos y, aunque más adelante corrija el rumbo, es difícil que su estilo y orientación actuales contribuyan a restablecer el nivel de ascendencia que tuvo hace siquiera diez años.

Los organismos políticos internacionales desempeñan un papel muy importante como elementos de equilibrio frente a Estados Unidos, y países como Alemania, Rusia, China, India e Irán, jugarán un papel más decisivo en ellos a medida que mengüe la preeminencia de Estados Unidos en la diplomacia multilateral.  Fomentar intereses comunes con estos países abrirían el camino a una cooperación más estrecha en temas de interés para nuestro país en sus relaciones con Estados Unidos. La simpatía y apoyo a México que despertó en muchos países importantes la agresividad gratuita de Trump, son un indicio muy alentador del potencial de maniobra que tenemos para equilibrar el trato con el vecino del norte.

La amenaza de enviar tropas a México desató también una fuerte corriente de simpatía y apoyo en América Latina que inexplicablemente se dejó pasar con un mero gesto de agradecimiento, pero que México pudo haber aprovechado a su favor convirtiéndose en un potencial catalizador y vocero de intereses comunes de gobiernos tanto de derecha como de izquierda de América Latina. Las negociaciones deben ir acompañadas de una intensa labor de cancillería para obtener el apoyo de América Latina.

Como lo dije en mi artículo del 10 de marzo pasado en este mismo foro, nadie en su sano juicio desearía una relación inamistosa u hostil contra Estados Unidos. La geografía y la enorme disparidad de poderío nos impone límites insuperables. Pero es posible y deseable llevar a cabo una relación de decencia y honestidad con independencia, en donde la cooperación no implique la sumisión o la entrega de soberanía. Existe la impresión generalizada que las concesiones unilaterales son necesarias para asegurar buena voluntad de parte de Estados Unidos. Esto es falso. En política internacional las concesiones unilaterales se perciben como una expresión del interés nacional que no amerita ninguna reciprocidad de parte del beneficiario. La experiencia de México así lo demmuestra.

La política de Estado que tan vehementemente propugnó el Secretario Videgaray en su comparecencia ante el Senado, debería no sólo centrarse en la identificación de los temas de negociación o en su manera de enfocarlos. Es absolutamente vital que se haga un esfuerzo por aclarar desde ahora cómo se quiere que sean las relaciones con Estados Unidos. Las relaciones con México son altamente indiferentes a Trump. Así lo dijo con motivo de la visita de Tillerson y Kelly a México y lo confirmó después el vocero Sean Spicer.  Con excepción del TLC,  del que no podrá salirse ni obtener todos los beneficios que hubiera deseado, en los temas políticos Trump será implacable e inamovible, a menos que México lo presente ante hechos consumados.

En otras palabras, se trata de adoptar desde ahora una política de doble vía, en la que se asuma el ejercicio pleno de la soberanía y la independencia sobre todos aquellos aspectos en los que ha habido cesión de éstas y se practique una plena cooperación que sea resultado de acuerdos mutuamente ventajosos con fechas de expiración. Ello le permitiría a México cooperar sin verse atado a intereses que pueden ahora o en el futuro serle ajenos o inconvenientes.

No es posible dar marcha atrás a la historia. Estamos inmersos en un mundo muy diferente y debemos obrar en consecuencia. México debe salir fortalecido de este episodio desagradable, pero oportuno, y guiarse por la certidumbre que plena soberanía, total independencia y cooperación no son mutuamente excluyentes sino el fundamento de una política digna, honesta y provechosa.

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* Después de haberse redactado este artículo, la Secretaría de Relaciones Exteriores tomó a su cargo la ofensiva -gratuita, innecesaria y contraria a los intereses nacionales- contra el Gobierno de Venezuela, y la Secretaría de Gobernación descartó que se fuese a disminuir la  vigilancia en la frontera sur para impedir la entrada de migrantes  Sin duda se trata de una nueva política exterior…pero de una que   responde a intereses que no son los de México.

 

 

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