Por Francisco Correa Villalobos, Embajador de México en retiro

“Los insultos…van ser irrelevantes para la postura de México vs Venezuela”. Esta imprudente declaración del secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray. al final de la tensa y frustrante Asamblea de la OEA, revelan el embrollo en el que inmerecida e irreflexivamente se involucró a México con motivo de la compleja, polarizada y ­­­endurecida situación política venezolana.

La obvia carambola interna de descalificación y combate al plurivalente concepto de “populismo, la cándida intención de halagar al gobierno de Estados Unidos con miras a la renegociación del TLC y el deseo de anotar un triunfo internacional a Peña Nieto, llevó a Videgaray a intentar este triple juego hace algunos meses deslizando, con el buen rostro de una mediación bien intencionada, una cuña de presión multilateral contra el gobierno venezolano que éste rechazó desde un principio y, después,  vació de contenido renunciando a su membresía en la OEA.

Los objetivos políticos de Peña Nieto y Videgaray sólo tenían sentido en la medida en que México asumiera el protagonismo de la ofensiva diplomática. Otros países de peso en el continente, como Brasil, Argentina y Colombia, con fuertes movimientos de oposición popular o “populista”, se colocaron en la esquina de los entrenadores, mientras otros, como Chile, Perú, Paraguay y Honduras tomaron asiento en primera fila de ring-side, en tanto el dueño de la arena y promotor se movía de un lado a otro animando las porras.

Como reacción a decisiones de Maduro, la posición del gobierno de EPN fue perdiendo su tenue matiz mediador para convertirse en el claro reflejo de las posiciones de uno de los bandos venezolanos y tomando el camino de un choque frontal contra un muro de resistencia más firme de lo previsto que no auguraba ningún beneficio. El grupo de pequeños países del Caribe vio en la ofensiva contra Venezuela, el mayor de sus miembros, un intento de vulnerar su propia seguridad e independencia, algo que minusvaloraron los inefables estrategas de la Secretaría de Relaciones Exteriores y desconcertó a analistas externos, de los cuales Andres Oppenheimer es un ejemplo. (http://www.miamiherald.com/news/local/news-columns-blogs/andres-oppenheimer/article157463039.html).

Al final, la identificación con una de las partes del conflicto venezolano y el desaseado, casi priísta, manejo de las formas de la diplomacia parlamentaria, que tan bien describió la Ministro de Relaciones Exteriores de Ecuador (http://www.jornada.unam.mx/2017/06/23/politica/013n1pol) hundieron en el fracaso al triple juego de Videgaray.

La frase con que abrimos este artículo no augura un enfoque racional en el de por sí indeseable manejo de una crisis que ha escapado a la mediación de numerosos y bien intencionados jefes y exjefes de Estado de todo el mundo. Como nunca en su historia, la OEA se enfrenta a una escisión que la puede llevar a una muerte lenta, lo cual no es nada lamentable, pero en el piso 20 de la avenida Juárez 20 deberían preguntarse si quieren llevarse el mérito de la desgracia o bajarse del ring y tomar asiento en la primera o segunda fila de ring-side y tranquilamente leer el párrafo X del artículo 89 de la Constitución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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