Como parte del Programa Mentor, La Dirección General para África y Medio Oriente de la Secretaría de Relaciones Exteriores organizó un seminario interno con la participación de la ministro Norma Suárez Paniagua, el Primer Secretario Raúl Millán y el embajador Francisco Correa, que se celebró el 12 de diciembre pasado.

Ante la imposibilidad de obtener la intervención de la ministro Suárez  y la del primer secretario  Millán, que no fue escrita, México Internacional reproduce íntegra la de embajador Correa, que versó sobre el papel de los países africanos en Naciones Unidas,  sus actuales retos en materia de seguridad internacional y el lugar que ocupa y debería ocupar el continente africano en la política exterior de nuestro país.

 

Seminario Interno sobre África

África en Naciones Unidas

por Embajador (r) Francisco Correa Villalobos

Fuera de toda cortesía protocolaria, debo felicitar al Embajador Jorge Álvarez Fuentes por la organización de este Seminario en el contexto del Programa Mentor, pues llena un hueco de suma importancia de política exterior, al centrar la atención en un área que ocupa la quinta parte del mundo habitado, pero que ha estado en buena medida en los linderos de la visión periférica de nuestro quehacer internacional bilateral.

Esto se pone de manifiesto más claramente cuando comparamos el número de embajadas de México en África con las que tienen otros países latinoamericanos de equivalente importancia. Por ejemplo, Brasil tiene 36 embajadas y dos consulados generales en ese continente. Cuba tiene 30 embajadas, Venezuela y Chile tienen 18 cada una, Argentina tiene 11. México tiene 7. Colombia y Ecuador 6 cada uno, Perú 5 y Bolivia 1. Obviamente estamos muy por debajo de la importancia que nosotros mismos asignamos a México en lo que se ha dado en llamar tautológicamente el mundo global, no por una decisión consciente de la Secretaría de Relaciones Exteriores y mucho menos de la Dirección General de África y Medio Oriente, que hoy y aquí nos da una clara demostración de lo contrario, sino por la inopia presupuestaria, si es que no la extrema pobreza, en que las autoridades financieras de este país han tenido a la SRE durante casi toda su historia.

El mundo empresarial no ha demostrado mayor interés en el continente africano. No obstante el exagerado optimismo de ProMéxico al anunciar que el comercio exterior total de México con África creció veinte veces de 42 a 857 millones de dólares entre 2000 y 2016, esa suma representa apenas un poquito más del .001% del total del comercio exterior de México el año pasado.

Pero no debemos descorazonarnos por el bajo nivel de intercambio comercial y económico con África. Una cosa son los intereses comerciales y otros son los intereses políticos. El comercio exterior y las inversiones son factores importantísimos que determinan una presencia diplomática, pero obviamente que no son los únicos. Los imponderables políticos son en ocasiones tanto o más importantes que los factores económicos.

Un ejemplo de lo anterior, es el destacado papel que jugó México en el proceso de descolonización en general y de África en particular, en el seno de Naciones Unidas desde 1946. Dudo mucho que las perspectivas comerciales o financieras en África fueran la motivación del activismo diplomático del embajador Espinosa y Prieto en Naciones Unidas a favor de la descolonización.  Por definición, los movimientos de independencia africanos y asiáticos tuvieron desde su inicio a fines de los años cuarenta un claro y obvio matiz antioccidental, que se inscribía desde entonces en el enfrentamiento entre Estados Unidos y a Unión Soviética. La propaganda occidental presentaba a los dirigentes de liberación africanos mínimo como terroristas, pero las más de las veces les endilgaban el mote de comunistas, lo cual era peor, y a contrario sensu subrayaba el papel de la descolonización como un importante contrapeso a Estados Unidos y sus satélites occidentales. (Debemos recordar la brutal reacción del presidente Eisenhower al conocer el discurso de toma de posesión de Patricio Lumumba: dio la orden a la CIA de eliminarlo físicamente). No es que México quisiera deslindarse de la órbita occidental, pero durante muchos años intentó y logró una cierta independencia en su política exterior a la que, la independencia de los países africanos, primero, y luego su peso en Naciones Unidas y en la escena internacional, le dieron un soporte decisivo.

La independencia de los países africanos y su ingreso a las Naciones Unidas fue un factor crucial en la consolidación de los grupos regionales, sus patrones de votación en la Asamblea General y en la conformación de grupos más amplios que Estados Unidos, en su creciente aislamiento, llamó amarga y despectivamente, “la mayoría automática”.

Entre 1960 y 1970 ingresaron a Naciones Unidas 45 Estados. Su membrecía creció de 82 a 127 y sus patrones de votación se fueron aglutinando precisamente alrededor del tema de la descolonización.  La Declaración sobre la Concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, la resolución 1514(XV) en 1960, fue el punto de partida. La Declaración fue aprobada por 89 votos a favor, ninguno en contra y nueve abstenciones, todos occidentales y con colonias (EU, GB, Francia, España, Bélgica, Portugal,), excepto Australia, la República Dominicana, de Rafael Leónidas Trujillo, Sudáfrica.

En esa década, se crearon dos nuevos y muy amplios grupos de países como consecuencia de la membrecía de los países africanos, que tuvieron un gran peso en Naciones Unidas: el Grupo de Países No Alineados y el grupo de los 77. Ambos grupos determinaron en gran medida la agenda de trabajo de la Asamblea General y de las Naciones Unidas. Poco a poco, la diferencias entre esos dos grupos fue borrándose en la década de los setenta hasta casi desaparecer en la de los ochenta y obrar como uno solo.

Los temas de descolonización y en particular los relativo a Sudáfrica, Namibia y las colonias portuguesas no sólo fueron los que más resoluciones de la Asamblea General recibieron, sino que fueron un aglutinante de los países en desarrollo que facilitó enormemente la acción común respecto de los temas económicos. En los años sesenta y setenta, las resoluciones sobre apartheid, Namibia y el África meridional en la Asamblea General representaron poco más del 25% del total de resoluciones aprobadas.

Los países africanos fueron pues un factor decisivo en el auge del tercer mundo en Naciones Unidas y el declive del papel de éste fue resultado de una conjunción casi simultánea de tres factores de orden mayúsculo: la solución de los problemas del apartheid, la descolonización total de África y la desaparición de la Unión Soviética.

El peso del número de los países africanos se sigue manifestando en la temas de gran carga política como el Medio Oriente y el desarme, aunque la tendencia parece apuntar en Naciones Unidas a temas más amplios como el medio ambiente, los derechos humanos y la acción conjunta para el desarrollo, en los que los países en desarrollo -y en consecuencia África- encuentran más puntos en común con países desarrollados y se diluyen los intereses específicos de los países en desarrollo, como son la unilateralidad en el uso de la fuerza y el  concomitante debilitamiento en general del Consejo de Seguridad.

Los países africanos han tenido un papel decisivo en la definición de planes de gran alcance de Naciones Unidas somo la Agenda 20-30 peo son muy conscientes de que la paz y la seguridad son condiciones sin la cuales no será posible alcanzar esos objetivos. El importante papel que juega el Consejo de Paz y Seguridad de la OUA y sus múltiples operaciones militares en el continente son un indicio de lo anterior.

En mi opinión hay dos problemas fundamentales a los que se enfrentan los países africanos en cuestiones de seguridad, que inciden negativamente en sus esfuerzos de desarrollo:

1.- Los conflictos interétnicos. No hay país africano que no padezca de esta problemática, resultado de las fronteras heredadas de la colonia y su imbricación con intereses de inversionistas extranjeros, sobre todo en el área de la minería.

2.- Los movimientos islamistas radicales en la zona del Sahel-Magreb y en otros países del continente.

Sobe la primera de estas cuestiones, creo que sería muy conveniente poner en práctica la idea del Embajador Álvarez Fuentes en el sentido de convocar a los centros de estudios de África de El Colegio de México y de la UNAM a realizar estudios conjuntos sobre esta compleja problemática, sin la cual no es posible entender la situación política interna de la mayoría, si no es que la totalidad, de los países africanos.

En relación con el segundo punto, hay que tener presente que hoy dos intereses externos predominantes en la zona: Estados Unidos y Francia y. por extensión, la OTAN y la UE.

Como se sabe, Estados Unidos creó en 2008 un comando militar general para África, el AFRICOM , el cual en pocos años ha establecido no menos de 46 bases militares en el continente, de mayor o menor planeada durabilidad además de la base gigantesca en Djibouti, Camp Lemonnier. La mayor parte del resto de las bases albergan fuerzas especiales de operación (SOF) de no menos de 200 hombres que tienen una gran movilidad transfronteriza y algunas son bases de drones. El autor de esas investigaciones calcula que el total de hombres altamente especializados asciende a 1700 repartidos en esas 46 bases.

La nomenclatura del Pentágono oculta el número de bases reconociendo sólo una base militar, la de Djibouti, mientras que las otras las clasifica como Forward Operation Sites (FOS), Cooperative Security Locations (CSL) y Contingency Locations (CL), según su tamaño y durabilidad prevista,

En un informe obtenido mediante la Freedom of Information Act, el general Donald Balduc, comandante del Special Operation Command Africa (SOCAF) describió las tareas de la siguiente manera:

“Africa’s challenges could create a threat that surpasses the threat that the United States currently faces from conflicts in Afghanistan, Iraq, and Syria.”

Y resumió sus tareas así:

….”ever-expanding illicit networks, terrorist safe havens, attempts to subvert government authority, a steady  stream of new recruits and resources.”

Es decir, que las tropas norteamericanas son esenciales para la estabilidad de los gobiernos en los países que operan, incluyendo la represión de movimientos de origen étnico, además, por supuesto, de negar una base estatal a grupos djihadistas.

Francia, por su parte, deriva su inserción militar en la  zona del Sahel al menos en dos circunstancias: primero que las organizaciones extremistas puedan establecer una base estatal en el Sahel y/o el Magreb que facilite la comisión de actos violento por sí o mediante vínculos con segmentos de la enorme población de origen saheliano o Magrebino en Francia, y segundo, la seguridad de su principal fuente de uranio en Níger para alimentar sus plantas nucleares que proveen el 78% del total de  la energía eléctrica que consume Francia.

Como se sabe, hasta 2012 Mali era un país bastante estable, a excepción de un área en el despoblado y desértico norte, de ausencia de Estado, contrabando, tráfico de drogas y de personas, así como de un antiguo descontento entre las tribus de Touaregs que reclamaban mayor autonomía. La caída de Ghadaffi en Libia, donde un buen número de Touaregs formaban parte de sus fuerzas armadas, desplazó a muchos de éstos a sus tierras de origen y a la radicalización de sus demandas, que crecieron para exigir la creación un estado llamado Azawad. El levantamiento atrajo de grupos de radicales islamistas que lograron importantes avances, el control de poblaciones a las que sometieron a un estricto régimen y la marginación de los grupos de Touaregs en las operaciones militares.

El descontento de las tropas por la mala conducción de los operativos, dio lugar a que uno de cuyos oficiales, entrenado por Estado Unidos, pero no dirigido por éstos, diera un golpe de Estado con efectos desastrosos, pues los islamistas estuvieron a punto de tomar Bamako. El pánico cundió en París y rápido se armó la Operación Serval que logró replegar a los islamistas quienes se dispersaron en el desierto. En acciones conjuntas de la Unión Africana y Naciones Unidas se crea la MINUSMA, una operación de mantenimiento de la paz destinada a restaurar la autoridad estatal y realizar obras sociales en el norte de Mali, pero no para combatir a los remanentes de los grupos islamistas, que reanudaron los ataques y realizaron algunos avances. Francia lanza entonces la Operación Barkhane para combatirlos con una fuerza de 4000 hombres, con base en Chad y una importante estructura logística y de movilidad.

El movimiento de los djihdistas por todo el Sahel a través de fronteras en el desierto llevó al diseño de una nueva estrategia llamada Fuerza Conjunta G5 Sahel que involucra a los cinco países de la zona, Mauritania, Mali, Burkina Fasso, Niger y Chad, conjuntamente con Francia para integrar una fuerza de 5,000 soldados con capacidad para desplazarse través de las fronteras, que sumados a los de MINUSMA y Barkhane dan un total de 19,000 efectivos.

A estos hay que agregar dos misiones de entrenamiento y una de capacitación de la UE en Níger. Estados Unidos tiene una operación de entrenamiento llamada Operation Enduring Freedom Trans-Sahara, dos bases de drones en Níger y Burkina Fasso y el emplazamiento de aproximadamente 1000 efectivos de las Special Operation Forces en varias bases de los cinco países, además de las operaciones que llevan a cabo conjuntamente Francia y Estados Unidos en los países de la cuenca del Lago Chad, o sean Nigeria, Chad, Camerún y Níger. El nivel de coordinación entre todas estas operaciones es muy pobre y sus objetivos son principalmente militares, por lo que los riesgos de afectación a la población civil son enormes y tiende a desplazarse en grandes números aumentando la carga a gobiernos de países que se encuentran entre los más pobres del mundo y, por ende, crece el riesgo de inestabilidad permanente.

Pese a la dimensión de la crisis y de los operativos militares para controlarla, algunos analistas consideran que, en vista de la diferencia del entorno geográfico y de los intereses políticos involucrados, la posibilidad que las acciones djihadistas crezcan a un nivel cercano al que han tenido en Siria, Irak y Somalia, es un tanto remota y crece a expectativa que en un período relativamente corto se neutralice esa amenaza a un nivel manejable por los propios Estados de la región.

Al principio de esta exposición dijimos que África ha estado mucho tiempo fuera del campo visual de nuestra política exterior. La respuesta es quizá que no ha estado dentro de los intereses nacionales un acercamiento bilateral a ese continente relativamente nuevo en la escena internacional. Pero las cosas cambian. Y así como en los océanos hay lentísimas pero poderosas corrientes a muy grandes profundidades que, no obstante, resurgen y condicionan el clima de todo el mundo, en las relaciones internacionales hay cambios lentos o catastróficos cuyas consecuencias debemos hacer el esfuerzo por atisbar o imaginar para que no nos ahoguen cuando sean evidentes.

Se ha dicho que el siglo XX no comenzó en 1900, sino años más tarde, a partir 1918, cuando se colapsaron los grandes imperios, se asentó una economía global basada en un nuevo tipo de comunicaciones, el telégrafo, el teléfono, los trenes y barcos al vapor, el transporte aéreo, los cables submarinos y surgió el nacionalismo. Todo ello marcó el derrumbe de las estructuras políticas internacionales que habían regido el siglo XIX, de la misma manera como el fin del siglo XVIII no ocurrió en 1800, sino en 1812, con la derrota de Napoleón en Moscú, y se consolidó con el Congreso de Viena de 1814 que marcó  el fortalecimiento de los imperios que cayeron en 1918.

El siglo XXI tampoco comenzó en el año 2000. La descomposición política y económica de la Unión Soviética tuvo un largo proceso que detonó con su desaparición en 1991, que Vladimir Putin ha llamado el desastre estratégico más grande de la historia. La unipolaridad que le siguió no ha sido el inicio de una nueva era, sino la continuación del declive de las estructuras del poder internacional del siglo XX: el fin del eurocentrismo, la incapacidad de una Europa des-colonizada, incapaz de disociar sus intereses de los de Estados Unidos y de diseñar una voz propia en las relaciones internacionales, el estado de guerra permanente de Estados Unidos, que es permanente porque lleva en sí el germen de la derrota, el alto total a la proyección del poder internacional de Estados Unidos en Rusia, China, Corea del Norte,  Asia en general y, podríamos decir, América Latina. El capítulo de Venezuela no está cerrado, pero hay que recordar que Estados Unidos lleva acosando a Venezuela cerca de 18 años y en 12 años no ha podido contra Bolivia y 10 años contra Ecuador, algo inconcebible si viviéramos en los años sesenta, setenta u ochenta del siglo XX.

China ha resurgido y lenta pero inexorablemente está en camino de convertirse en la primera potencia mundial. Ha hecho prevalecer sus intereses en el Mar del Sur de China y dejado de actuar en el caso de Corea del Norte hasta un momento en que, hacerlo, no implique una ganancia para Estados Unidos. Rusia ha causado a Estados Unidos una derrota colosal en Siria y reasumido su papel de actor principal en el Medio Oriente, mientras Irán fortalece su ascendencia política y militar en esa región y causa una histérica, desesperada pero inconsecuente reacción de Arabia Saudita.

Estados Unidos ha cambiado las velocidades y variado el rumbo. No digo Trump porque él representa un sector bien definido del establishment político del país. De manera radical se ido aislando y socavando a la vez estructuras diseñadas mundialmente sin ofrecer más alternativa que sus propios y estrechos intereses.  Estados Unidos ha visto disminuida su influencia en el Medio Oriente y el relativo vacío de poder occidental generado está siendo ocupado por Francia, que actúa en función de sus intereses nacionales y no de los de Europa. La reciente decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel ha sido una victoria pírrica, porque ha resaltado el aislamiento político norteamericano, incluso respecto de sus incondicionales aliados europeos, que por primera vez, con una sola voz, disienten en una cuestión de primera importancia.

Hago este resumen para resaltar que estamos frente a un cambio muy importante en las relaciones internacionales. Podríamos decir que estamos entrando, por fin, al siglo XXI y debemos hacer un esfuerzo para imaginar el curso que tomará el mundo para discernir cómo debemos actuar.

El viernes 8 de diciembre se publicó una noticia en la que se reseñaba una propuesta del Partido Socialista de Alemania, en el contexto de las negociaciones para formar un gobierno de coalición con la Socialdemocracia, a fin de promover una federación de Estados Unidos de Europa. En apoyo de su propuesta, el presidente de los socialistas alemanes decía que el mundo se encaminaba a unas relaciones entre continentes más que entre países, como lo demostraban Asia, África y América Latina. Merkel desechó la idea como “inoportuna” pero no la rechazó de plano. Lo importante es que la propuesta apunta a la percibida necesidad de Europa de adaptarse a una nueva realidad internacional con la que se sienten desfasados y de la que sólo sacarán provecho si Europa actúa como un todo en función de intereses propios.

Con un país vecino, animado de un activo racismo anti-mexicano hostil como posiblemente no se había visto en la historia, y una relación comercial que se prevé debilitada a futuro, parece que México comienza a buscar también un reacomodo a nivel continental, después de más de quince años de conceder unilateralmente más de lo que Estados Unidos ha demandado. La participación del Secretario Videgaray en las negociaciones entre el presidente Maduro y la oposición puede ser un paso positivo hacia la consolidación política regional como un valor superior sobre las diferencias ideológicas. Pero cualquiera que fuese el desenlace en ese caso en  particular, vivimos en un proceso de cambios profundos en nuestra relación con un Estados Unidos, simultáneamente agresivo y en repliegue, que requiere de fuertes enlaces políticos a nivel mundial, particularmente con el continente con el que menos los tenemos: África, tanto a nivel nacional como continental

Estas son hipótesis que deben ser  comprobadas en análisis muy realistas y cuidadosos, para lo cual creo muy acertada la idea planteada hace unos días por el Embajador Álvarez Fuentes, en el sentido de aglutinar los esfuerzos de investigación y análisis de los centros de estudios sobre África de El Colegio de México y a UNAM con los de la Dirección de África y Medio Oriente para hacer un estudio amplio de planeación estratégica sobre el papel de ese continente en la política exterior de México, que sirva de base para propuestas concretas de fortalecimiento bilateral y continental.

Ciudad de México, a 12 de diciembre de 2017

(Foto: Salón del Plenario de la Organización de la Unidad Africana)

 

 

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