Por Francisco Correa Villalobos*

La política exterior ha figurado durante muchos decenios como un tema de prioridad secundaria en los programas electorales y de gobierno y, casi siempre, se ha formulado en términos generales e imprecisos, pese a que nuestra excepcional situación geográfica de proximidad inmediata con la potencia imperial con la proyección mundial de poder más vasta en la historia plantea, por sí misma, un riesgo permanente a nuestras vulnerables soberanía, independencia y seguridad nacionales.

En este inicio de la campaña electoral de 2018, sólo el Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, ha ofrecido un diagnóstico certero del entorno mundial y un programa amplio de política exterior, que promete debe llevar a una comprensiva política exterior de Estado, que parta de una clara visión, defina intereses nacionales y adopte una estrategia con objetivos de nuestra vida de relación internacional acordes con el proyecto de Morena.

Las relaciones con Estados Unidos, como se dicho con justa razón, son el eje de nuestra política exterior, porque son determinantes en la jerarquía y definición de otros temas, sobre todo en el contexto de la diplomacia multilateral, que se refieren a la paz internacional y a la seguridad externa de nuestro país.

A ese respecto, México, con pocos intereses políticos bilaterales en otros países, ha concentrado buena parte de su quehacer internacional en el desarrollo y codificación de normas jurídicas mínimas de convivencia pacífica internacional, con el objetivo de refrenar la diversificada expansión imperial estadunidense sobre nuestro país.

Así lo atestigua nuestra trayectoria en el sistema interamericano desde los años 20 del siglo pasado, en la Sociedad de Naciones y, sobre todo en las Naciones Unidas, con una extraordinaria, paciente, perseverante y coherente actividad en cuestiones jurídicas y de desarme.  En ello, el callado y sobresaliente punto de referencia ha sido Estados Unidos.

Esa línea de política constituía un valor entendido y bien arraigado en el austero Servicio Exterior Mexicano, fundamentado y fortalecido en una práctica de decenios que se consolidaba mediante nuevas acciones. Hubo ciertamente desviaciones y retrocesos sobre todo cuando políticos ocuparon la cartera de Relaciones Exteriores, pero que se corrigieron al advertirse a nivel presidencial la idoneidad de la política tradicional y reasumir experimentados diplomáticos profesionales la conducción de la misma.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos entendió claramente que nuestra política exterior respondía pura y exclusivamente a intereses nacionales muy arraigados en la conciencia nacional, y que, así como su política interna, adoptadas ambas con antelación a la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, no representaban una peligrosa desviación ideológica, ni una intención de cambio de bando político.

La acción coherente de México en los foros multilaterales durante muchos años, fue percibida pues por Estados Unidos como un elemento normal, medianamente molesto, pero totalmente predecible y no inmanejable de la relación bilateral.  Los casos de Guatemala, Cuba, República Dominicana, Chile, Nicaragua, El Salvador, el Grupo Contadora e incluso el caso de Irak en el Consejo de Seguridad, demostraron al mismo tiempo la tolerancia de Estados Unidos a la política externa de México, y su intolerancia a que el ejemplo pudiera repetirse en el continente.

La desaparición de la Unión Soviética, la unipolaridad, la concomitante unilateralidad, y sus corolarios, el excepcionalismo y la indispensabilidad, invocados por Estados Unidos para justificar su pretendida superioridad sobre el derecho internacional, casi coincidieron en el tiempo con los gobiernos del Partido Acción Nacional, los seguidores de cuya línea política habían quedado al margen por casi un siglo de la formulación y aplicación de la política exterior. Los dos gobiernos del PAN dieron un vuelco a esta línea con intentos soterrados de reformar la fracción X del artículo 89 de la Constitución, con la aceptación del concepto de fronteras avanzadas de Estado Unidos, con el control por éstos de la política migratoria, con la cooperación en operaciones militares y navales, con importantes concesiones unilaterales de soberanía e independencia y con las guerras contra el narcotráfico y el terrorismo.

Peña Nieto no sólo no corrigió esa política, sino que su reforma energética ha sido el paradigma de la entrega al extranjero de un factor insustituible de poder que compromete la independencia y soberanía de nuestro país y, en consecuencia, el margen de maniobra en negociaciones internacionales.

La sorprendente adopción de gestos de política exterior, inútiles por su escasísimo valor político que, en el mejor de los casos, constituyen una ganancia ínfima y marginal para la estrategia mundial de Estados Unidos, pero no así para su relación con México, por la sumisión que implican y la pérdida enorme del prestigio -y el poder que en ello se sustenta-  de México.

México tradicionalmente ha manejado de manera inteligente los límites que imponen la geografía y la enorme disparidad de poderío, y demostrado que es posible y deseable llevar a cabo una relación de decencia y honestidad con independencia, en donde la cooperación no implique la entrega de soberanía. Debe rechazarse la impresión generalizada entre la clase política mexicana, el empresariado, analistas, investigadores y periodistas, que las concesiones unilaterales son necesarias para asegurar buena voluntad de parte de Estados Unidos. Esto es falso. En política internacional las concesiones unilaterales se perciben como hechas en función del interés nacional y, por lo tanto, no ameritan ninguna reciprocidad de parte del beneficiario. La experiencia de México así lo demuestra.

La sumisión ante Trump no supone una recompensa, sino mayores humillaciones, porque su mentalidad sólo ve una ganancia como escalón para otra y el supuesto segmento moderador dentro de la Casa Blanca o el gabinete sólo introducen matices en lo que ya es una línea definida de gobierno.

No debemos soslayar que Estados Unidos se encuentra en la peligrosa reformulación de su política exterior para revertir su repliegue mundial, mediante el desesperado intento de recuperar una posición preponderante sobre nuevas bases que hacen a un lado el derecho y la diplomacia, para hacer valer únicamente la fuerza y las actividades de su vasta y poderosa maquinaria de penetración en las élites políticas y los poderes fácticos, así como la desestabilización y la subversión por operaciones encubiertas.  La Estrategia Nacional de Seguridad de Trump parte de la visión de un Estados Unidos acosado, con fronteras vulnerables y un enorme poderío destructor. Una peligrosa combinación.

Estamos inmersos en un mundo muy diferente y debemos obrar en consecuencia. México debe salir fortalecido del desagradable episodio de Trump, en la inteligencia que republicanos y demócratas no difieren en cuanto a política hemisférica.

A ello debe agregarse que las relaciones con México son altamente indiferentes al ocupante de la Casa Blanca y no le importará si éstas se van por un tobogán mientras pueda obtener el mayor beneficio posible. Así lo dio a entender con motivo de la visita de Rex Tillerson y John Kelly a México en marzo pasado. Trump y su equipo de radicales conservadores antimexicanos seguirán siendo implacables para extraer toda concesión unilateral posible.

Todo ello debe llevar a México a fortalecer sus relaciones con los nuevos centros de poder mundial, el derecho internacional y las instituciones multilaterales como única opción racional para detener el descenso al caos y presentar una firme e inalterable posición basada en la dignidad, en un amplio apoyo popular y en el sólido bagaje jurídico internacional acumulado en los últimos 70 años. Para México no hay otra opción digna y viable.

El capítulo de política exterior del Proyecto 18 de Morena apunta a ampliar su propuesta programática con una política exterior de Estado, que se erija como una estrategia de seguridad, basada en el respeto a la soberanía e independencia y la cooperación negociada, en cuya definición participen el gobierno, el poder legislativo, la academia especializada y la sociedad civil organizada.

*Embajador de México en retiro

 

 

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