por Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

La elección de AMLO a la presidencia ha tenido una sorprendente y amplia repercusión mundial que denota el gran peso político de México en el mundo.

En uno de sus últimos discursos, AMLO anunció que el principio de no intervención será uno de los pilares de su política exterior, cuya observancia dio a México lustre y prestigio en todo el orbe.

Éste es un primer paso que se inscribe en un mundo que está enfilado en un peligroso sendero que privilegia el derecho de la fuerza sobre la fuerza del derecho en las relaciones internacionales. Que minusvalora y relega el valioso bagaje de normas de derecho internacional elementales para la convivencia pacífica de los Estados, adoptado universalmente, paso a paso, durante buena parte del siglo XX.

A partir de la unipolaridad ha prevalecido la política de Estados Unidos y sus seguidores europeos de colocarse por encima del derecho internacional para promover sus intereses estratégicos, seguidos al poco tiempo tanto por Rusia y China como por otros Estados para procurar los propios.

Esta es una tendencia altamente nociva para los países medianos y pequeños. México tiene un interés de seguridad para fortalecer la supremacía del derecho internacional y hacer de éste un baluarte del orden mundial mediante acciones concertadas e iniciativas ad-hoc en Naciones Unidas y una prioridad de su política exterior. Se trata de un elemento vital de su seguridad y de un factor esencial para consolidar su prestigio e influencia internacionales.

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