La lectura de Mis Vivencias en el México 68’ nos trae recuerdos imborrables y despierta memorias sepultadas por nuevas experiencias a muchos de los jóvenes de entonces que hicimos carrera en el Servicio Exterior Mexicano.

Lo que había comenzado como una mera protesta contra la brutalidad de la policía y la impunidad de sus superiores, rápidamente se convirtió en una demanda masiva de libertades políticas, como no se había visto en un México paciente ante un régimen que, pocos años antes, había sido públicamente calificado por un notable priísta de la época, Manuel Moreno Sánchez, como una oligarquía.

Atrás se estaba quedando la época del desarrollo estabilizador y las posibilidades de ascenso social para una juventud más numerosa de la de fines de los años cuarenta y los cincuenta que, además, tenía ante sí un sistema político cada vez más cerrado, autoritario y represor, como se había demostrado con los movimientos ferrocarrilero, de maestros y campesino.  

Tres años antes del 68’ yo había ingresado al Servicio Exterior como asesor del Embajador Jorge Castañeda y dos años después, don Daniel Cosío Villegas pidió al entonces Secretario Antonio Carrillo Flores, sin que yo lo supiera, que la Secretaría me comisionara a un seminario de investigación en El Colegio de México. Como debía trabajar con los archivos de la SRE, me asignaron un cubículo en el casi desierto piso 12 de Tlatelolco.

Compartía plenamente el torbellino de indignación que levantaba a los jóvenes y asistí a todas las marchas que, al día siguiente, nos hacían preguntarnos ¿y ahora qué? Cada marcha era más numerosa que la anterior, pero la espontaneidad del movimiento y la caótica dirección colectiva impedían tener una idea del camino que seguiría el movimiento y mucho menos de su objetivo u objetivos últimos, como no fuera la destitución de algunos funcionarios menores.

El Colegio de México se incorporó al movimiento con opiniones divididas, hasta que un cobarde ataque por grupos gubernamentales destruyó con ametralladoras las vidrieras de la biblioteca, perforó el sillón de su presidente, Víctor L.Urquidi, y galvanizó a la casi totalidad de sus estudiantes, profesores e investigadores. Se nombraron representantes al Consejo Nacional de Huelga y se suspendieron las actividades. Ello no impidió que algunos directivos, temerosos ante la absoluta vulnerabilidad presupuestal de una pequeña institución como el Colegio, trataran de atemperar su participación en el movimiento.

El miércoles 2 de octubre de 1968, temprano por la tarde, tomé mi cámara y fui al Casco de Santo Tomás que días antes había sido ocupado por el ejército. Después de tomar unas fotos -que se perdieron en alguna de mis múltiples mudanzas- fui a la SRE para tomar fotos de la concentración. Fui a mi cubículo en el piso 12, pero la iglesia de Santiago Tlatelolco me obstruía totalmente la vista. Subí luego a mi antigua oficina en el piso 16, pero buena parte de la plaza quedaba oculta. Decidí entonces ir directamente a la plaza, pero antes pasé a mi departamento en el edificio Chiapas, entrada B para dejar la cámara. Los estudiantes desconfiaban, con razón, de cualquier camarógrafo que de inmediato creían que era un agente de la Federal de Seguridad.

Mi esposa no estaba y supuse que estaría ya en la plaza. Llegué y me coloqué al final de los escalones de la placa de la plaza justo abajo del balcón donde estaban los oradores. Era imposible que pudiera encontrar a mi esposa en aquella multitud.

Apenas transcurrida media hora, sentí por detrás el empujón de una pareja que corría, al tiempo que el orador pedía calma a la gente, pero la corretiza se generalizó rápidamente. Bajé los escalones y atravesé el edificio Chihuahua por el área de los elevadores, tomé un corredor y segundos después comenzaron a escucharse disparos aislados para luego convertirse en un fuego cerrado y generalizado Cuando llegué a mi edificio noté que había un individuo en cada entrada y que el que estaba en la B no era vecino: era un agente que apenas podía disimular su cara de estupefacción.

Subí a mi departamento y pude darme cuenta que varios estudiantes se habían refugiado en el departamento de al lado, donde vivía la madre de Argentina, novia de Lorenzo Meyer, Marisela, novia del poeta Enrique Rojo y Mireya Terán Munguía, junto con las dos primeras.

La balacera no parecía tener fin y mi angustia crecía porque mi esposa no aparecía. El ruido de los disparos rebotaba entre los numerosos edificios y yo no sabía si la refriega se extendía frente al mío, porque no podía asomarme a la ventana sin correr el riesgo, creía yo, que una bala atravesara las delgadas y frágiles paredes del edificio.

Alrededor de las diez de la noche, una vecina tocó a mi puerta para decirme que mi esposa le había llamado por teléfono -nosotros no lo teníamos- para avisarme que estaba en el edificio Querétaro, refugiada en un departamento, y que les  habían dado permiso de salir. Cuando nos encontramos ella estaba temblando: las escaleras estaban resbaladizas por la sangre.

Al día siguiente, jardines, corredores y entradas estaban vigiladas por soldados y corría el rumor de un cateo departamento por departamento buscando estudiantes escondidos y literatura subversiva.  Reuní rápidamente una amplia colección de declaraciones, comunicados, convocatorias, boletines, dibujos, etc., que había recogido de las múltiples brigadas estudiantiles en los meses que duró el movimiento y, en un descuido del vigilante, la puse en la basura.  Ese mismo día, por la tarde, dejamos nuestra perrita con unos vecinos y salimos a Monterrey.

Francisco Correa Villalobos,

Embajador de México en retiro

 

Mis Vivencias en el México 68´

Primera Parte

 por Enrique Romero Cuevas,

Embajador de México en retiro

A MODO DE INTRODUCCIÓN.- Quiero dejar claramente asentado que estas letras no pretenden bajo ninguna circunstancia constituirse en un análisis de corte académico ni de rigor científico respecto de los acontecimientos y circunstancias que rodearon las dolorosas experiencias y lecciones que a muchos entonces jóvenes nos dejaron la cerrazón de un régimen político que mostró haberse anquilosado en el uso y abuso del poder en un México posrevolucionario que, en mi opinión, vio así el final trágico de una Revolución Mexicana que renunció a sus postulados justiciero iniciales al mimetizarse con sus antiguos adversarios, de quienes aprendió el disfrute de las riquezas, generalmente mal habidas. Mi intención es fundamentalmente plasmar en papel los recuerdos siempre presentes de mis vivencias personales en una etapa que marcó dolorosamente el rumbo de México, pero que desencadenó un muy largo y lento proceso de democratización, que apenas el 1º. de julio reciente ha abierto finalmente sus puertas por vía democrática a un gobierno progresista y de izquierda.

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Gracias a las buenas calificaciones que obtuve en mis tres años de preparatoria, en el turno vespertino del plantel Coyoacán (Prepa 6) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pues ya trabajaba para, al menos, no ser una carga total para mi madre, en 1968 ingresé mediante el sistema de pase automático a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS) de la misma UNAM, para cursar el primer semestre de la licenciatura en Relaciones Internacionales. Recuerdo que desde el mismo mes de enero de ese año el mundo presenció acontecimientos que apuntaban a convertirlo en uno mucho más complicado de lo usual.

Me tomo ahora la libertad de hacer una larga digresión. En el sudeste asiático, la guerra en Vietnam se incrementaba día con día. De las lecturas de la sección internacional del diario El Día, que para mí era indispensable leer cada mañana, pues lo consideraba una buena fuente de información fidedigna y equilibrada, aprendí como ese pueblo contaba con una muy larga lucha por su derecho inalienable a la autodeterminación; durante siglos debieron combatir a la China imperial, que los atacaba, los invadía, los sojuzgaba por muchos años, pero la gente vietnamita (o como en esas épocas se autodenominara) comenzaba a hacer resistencia y terminaba expulsando al invasor, solo para que décadas después se repitiera el proceso de invasión/resistencia/sometimiento/nueva independencia.

Luego vinieron los franceses, que haciendo uso de una enorme crueldad y tras varias décadas de resistencia de los pueblos autóctonos, terminaron conquistando todo su territorio, lo mismo que el de Laos y Camboya, e instauraron una monarquía títere que solamente cumplía las órdenes de sus amos franceses, que como era lógico se sentían superiores a los pueblos indochinos y pese al mucho tiempo de dominio, ni siquiera intentaron entender sus culturas, pues su único objetivo era explotar los recursos naturales. Fue en esa etapa que surgió, entre los numerosos movimientos de protesta anticolonial, la figura de quien habría de ser finalmente conocido como Ho Chi Minh. Exiliado por los franceses y habiendo recorrido medio mundo, estuvo en Francia durante la conferencia de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, y firmó junto a otros líderes indochinos una carta al presidente Woodrow Wilson pidiéndole cumplir las promesas contenidas en la Carta de la Sociedad de Naciones, primera organización cuya meta fue la preservación de la paz, pero a la que el congreso de Estados Unidos rechazó adherirse.

La colonia perduró hasta la segunda guerra mundial, cuando el imperio japonés invadió y dominó los territorios, dejando que una administración francesa (el régimen de Vichy, colaborador del Eje en los escenarios bélicos europeos y asiáticos) siguiera dirigiendo el día a día. Ho Chi Minh regresó a su patria durante la ocupación japonesa y organizó grupos de resistencia (el Viet Minh) y, tras la capitulación japonesa, luego del holocausto en Hiroshima y Nagasaki, continuó el combate contra las autoridades coloniales (que, como dato curioso, inicialmente fueron tropas inglesas, pues los franceses aún se recuperaban de la ocupación nazi),  fortaleciendo el sentimiento nacionalista, también alentado por las promesas del presidente Roosevelt de otorgar la independencia a los pueblos colonizados. El Viet Minh avanzó lentamente liberando y dominando la porción norte del territorio.

El presidente estadounidense Harry S. Truman, feroz anticomunista, hizo a un lado las promesas de Roosevelt y las sustituyó con la doctrina de la Contención del comunismo y dio nuevos pasos para la ampliación de la Guerra Fría, cuyo primer evento destacado fue la guerra en Corea que, como se pretendió hacer en Vietnam, impuso la partición de un pueblo en dos países y dos sistemas políticos. Instigado por De Gaulle, inauguró la presencia estadounidense en ese conflicto, al otorgar financiamiento a Francia. Pese a ello, en 1954 con la batalla de Dien Bien Phu, las fuerzas vietnamitas comandadas por el general Vo Nguyen Giap, emboscaron y derrotaron a todo un cuerpo de ejército francés, con lo que se inició el fin del régimen colonial.

Vino después una etapa de negociaciones en las que la ONU logró, en la Conferencia de Ginebra, un compromiso de las grandes potencias, que estableció la independencia de Laos y Camboya, una separación temporal de Vietnam con gobiernos diferentes y la convocatoria a un referéndum de reunificación en un plazo de dos años. Sin embargo, Estados Unidos, absolutamente convencido de la Teoría del Dominó, de la victoria de Ho Chi Minh en un proceso democrático, teniendo enfrente la nueva amenaza de una URSS nuclear y una China gobernada por el partido comunista, manipuló a través de la naciente CIA y en 1955 apoyó la creación de la República de Vietnam a la que puso como primer presidente al católico (en un país mayormente budista, los católicos fueron generalmente los funcionarios locales del régimen colonial francés) Ngo Din Diem, previamente Primer Ministro del emperador Bao Dai, a quien derrocó, y que resultó un dictador, como tantos que Washington ha entronizado en muchas regiones del mundo. Diem les fue útil hasta 1963, fecha en que con anuencia del presidente Kennedy se promovió un golpe de Estado en cuyo contexto los militares lo asesinaron sin miramiento alguno.

Cuando el financiamiento al gobierno de la porción sur de Vietnam no resultó suficiente para detener el avance de los independentistas, el presidente Eisenhower pasó al envío de materiales bélicos y, poco tiempo después, a asignar asesores militares que no combatían. Luego, ya con Kennedy en la Casa Blanca, se incrementó exponencialmente el número de asesores y la cantidad de material bélico.

Lyndon Johnson, quien sucedió a Kennedy tras su asesinato en Dallas, pareció inicialmente proclive a no involucrarse más en Vietnam, pero luego ordenó una nueva escalada, consistente en la participación secreta de los 60 mil “asesores” en las acciones bélicas, usando barcos, aviones, helicópteros y otros equipos de última generación en apoyo al ejército del régimen de Vietnam del Sur. Esto finalmente condujo al muy conveniente y oportuno Incidente del golfo de Tonkín, en que un primer ataque por error de los independentistas, que fue lamentado y comunicado a Estados Unidos por el propio Ho Chi Minh, fue seguido por otro inventado por la CIA, lo que dio sustento a que se iniciaran los bombardeos de represalia al territorio norte de Vietnam y paralelamente, el envío de los primeros contingentes de tropas, algo así como 15 mil, que continuarían ascendiendo hasta llegar a más de medio millón de soldados, no solamente de EUA sino también de sus aliados (Corea del Sur, Tailandia, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, así como pequeños contingentes de Taiwán y España, todos ellos -con las excepciones australiana y neozelandesa, gobernados por regímenes que difícilmente podrían ser citados como ejemplo de democracia). Esto aumentó las atrocidades en el campo de batalla, donde los estadounidenses mataban o herían gravemente a más de mil no combatientes por semana, en promedio.

Con todos estos antecedentes, en enero de 1968 se produjo la denominada Ofensiva del Tet, año nuevo vietnamita, durante la cual los guerrilleros de las Fuerzas Populares de Liberación Nacional (FPLN, brazo militar del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV), no Vietcong, contracción  despectiva usada por los estadounidenses para denominar a los luchadores independentistas), lograron poner en jaque a las tropas estadounidenses asentadas en el territorio sur de ese país,  dando un vuelco al curso de la guerra, a pesar de que su resultado inmediato fue la decisión estadounidense de realizar bombardeos indiscriminados al territorio norte de Vietnam, ampliarlos posteriormente a Laos y Camboya y recurrir a armamento de destrucción masiva e indiscriminada como las bombas de racimo y el uso generalizado de sustancias químicos (napalm y agente naranja como defoliante) con el fin de destruir la espesa maleza que protegía a los combatientes vietnamitas. A pesar de sus continuas derrotas y elevadas pérdidas humanas, su perseverancia minó poco a poco la confianza estadounidense en un triunfo militar y creó una terrible crisis social en Estados Unidos, que profundizó los enconos raciales y políticos.  No está por demás recordar que Vietnam sufrió un bombardeo que, en términos de tonelaje, superó al lanzado en toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta aquí esta digresión, que justifico por su profundo impacto en el escenario mundial.

También en Asia, la Gran Revolución Cultural que impulsó a partir de 1966 Mao Tse Tung (luego Mao Zedong, por los cambios introducidos por la propia República Popular China) continuó expandiéndose y radicalizándose, con los guardias rojos que aumentaron su presencia en las calles para castigar a los presuntos traidores de los ideales revolucionarios, pues pretendían que el país se acercara paulatinamente a una economía de mercado, entre ellos Deng Xiaoping (antes Teng Hsiao Ping, cuya ideología parece haber prevalecido a fin de cuentas, si observamos que en 1976 recuperó el poder y comenzó a implantar las medidas que condujeron al modelo bastante exitoso que ha encumbrado a la actual República Popular de China). Fue la época en que a muchos viejos líderes antes reverenciados o temidos les ponían orejas de burro, cuando bien les iba, o se les purgaba con dureza llamándolos enemigos de las ideas del gran Mao o se les eliminaba físicamente. Momentos realmente difíciles, que vieron desaparecer literatura clásica china, incontables muestras del gran y milenario arte de esa vieja y duradera cultura y un sinnúmero de intelectuales y científicos, para no mencionar a los simples ciudadanos que desaparecieron sin dejar rastro. Todo debía ser conforme al Libro Rojo de Mao.

Asimismo, en Europa Oriental, el dirigente del Partido Comunista checoslovaco, Alexander Dubcek, inició un corto periodo en el que intentó liberalizar el régimen socialista (la primavera de Praga), experimento que tristemente tuvo un cruento final pocos meses después al ser aplastado por 200,000 tropas y 5,000 tanques del Pacto de Varsovia que ocuparon todo el país, pues la Nomenklatura soviética no podía permitirse ese tipo de ejercicios de democracia socialista (el socialismo de rostro humano).

En mayo, Francia fue escenario de un movimiento de estudiantes de izquierda, más o menos encabezados por Dani el Rojo (Daniel Cohn-Bendit), que lograron atraer la simpatía y solidaridad del movimiento obrero del país y de una mayoría de la ciudadanía, y que desembocó en una huelga general que paralizó a seis millones de trabajadores del país por varias semanas, complicó enormemente al gobierno del presidente Charles de Gaulle, que se vio amenazado por un presunto golpe de Estado orquestado por militares de extrema derecha. Ese movimiento estudiantil fue la inauguración de movimientos estudiantiles en todo el mundo que, por distintas causas, fuerzas y condiciones, cimbraron las estructuras políticas de países como la República Federal de Alemania, Suiza, España, Italia, Estados Unidos, Argentina y Uruguay y luego México.

Al mismo tiempo, Estados Unidos se encontraba en medio de una severa crisis, social, económica y de valores, que cimbró reiteradamente al país con disturbios de enorme violencia en el marco de protestas contra el racismo en la gran mayoría de las ciudades del país, a lo que se agregaron las revueltas estudiantiles contra la conscripción y la guerra en Vietnam en un sinnúmero de universidades a lo largo de todo el territorio estadounidense. Además, la lucha pacífica por los derechos civiles encabezada por el reverendo Martin Luther King, quien ese año fue previsiblemente asesinado, lo mismo que el activista musulmán Malcolm X. Luego, el asesinato del senador Robert Kennedy, precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, cuya desaparición física llevó a que se eligiera al vicepresidente de Johnson, Herbert Hubert Humphrey, haciendo de lado al más liberal y radicalmente opuesto a la guerra de Vietnam, Eugene McCarty, lo mismo que al moderado George McGovern, lo que dejó prácticamente el campo libre para que Richard Nixon (Tricky Dicky le apodaban) llegara a la presidencia de ese país.

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En ese contexto internacional, en México, el día 24 de julio dirigentes estudiantiles de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS) declararon una huelga indefinida para denunciar las violentas agresiones que en los dos días anteriores lanzó la policía del Distrito Federal (DF), en especial el cuerpo de Granaderos, contra estudiantes de dos escuelas vocacionales del Politécnico y de una escuela Preparatoria incorporada al sistema de la UNAM, la Isaac Ochoterena, luego de que grupos de jóvenes de tales instituciones se enfrentaran en calles alrededor de La Ciudadela, por viejas rencillas y por instigación de grupos de pandilleros (porros, les decíamos ya entonces). Pero lo que se salió de lo común fue que los choques entre los estudiantes ya habían concluido y en su gran mayoría éstos habían retornado a las aulas, cuando el cuerpo de granaderos penetró en la Vocacional 5, donde golpeó a numerosos estudiantes.

A decir verdad, mi primera reacción a esa situación fue de indiferencia, pues siendo de reciente ingreso a la universidad, aún desconocía algunas de las duras realidades por las que atravesaba México y, si bien me enteré de los hechos en la asamblea que se convocó, no consideré en ese momento tener participación activa.

Supe que el día 26 se realizaría la tradicional manifestación que organizaba la izquierda mexicana para conmemorar el asalto al Cuartel Moncada, que como muchos sabemos habría de ser el inicio del proceso revolucionario en Cuba. Igualmente, no sentí el deseo de acudir a la manifestación, por lo que permanecí en la Facultad junto con la mayoría de los integrantes de nuestro grupo de Relaciones Internacionales. Sin embargo, solamente tuvimos una clase de las cuatro que debíamos haber recibido, así que el ocio y el aburrimiento nos abrumaron por largas horas, hasta que comenzaron a llegar noticias de lo que pasaba en el centro de la ciudad.

Aparentemente, estudiantes del IPN que realizaban su propia movilización de protesta por los incidentes con los granaderos, se unieron a la manifestación conmemorativa en el Hemiciclo a Juárez y juntos se dirigieron hacia la avenida Madero intentando llegar al Zócalo. Fueron atacados de inmediato por los granaderos, por lo que se generalizó una batalla campal. Los informantes nos comentaron que los granaderos habían atacado incluso a estudiantes de la Prepa 2 en San Ildefonso. Asimismo, se comentó que la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad y el Servicio Secreto habían atacado la sede del Partido Comunista Mexicano, deteniendo a varios miembros.

En los días siguientes resultó evidente el agravamiento de la situación, pues las noticias mostraban que la represión aumentaba exponencialmente, destacando la intervención del ejército ya en la madrugada del 30 de julio, cuando fue claro que los granaderos no lograban controlar a los muchachos que pugnaban por entrar al Zócalo, que para el gobierno era “territorio vedado” para la protesta social. Las tropas incluso hicieron un disparo de bazuca que destrozó la puerta principal de la Preparatoria 1 que los estudiantes defendían valientemente, hasta que cayeron en manos de la tropa. De todo esto me enteré posteriormente pues la prensa muy poco decía y cuando lo hacía, tildaba de revoltosos a los estudiantes, sin intentar ninguna crítica ni siquiera velada de la brutalidad de la policía y el ejército.

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Ese 30 de julio, terminando nuestro día de trabajo en las oficinas del ISSSTE en la avenida Juárez, comentábamos que los autobuses que normalmente abordábamos para llegar a Ciudad Universitaria (C.U.) habían cancelado sus viajes, seguramente por órdenes del gobierno, que así dificultaba que los estudiantes se reuniesen en asambleas en sus respectivas facultades y escuelas. Ante tal situación, un compañero de oficina (cuyo nombre el tiempo me ha borrado) que también estudiaba en C.U., pero en la Escuela de Economía, sugirió que abordáramos el autobús que pasaba por la calle Bucareli y que llegaba al poblado de Copilco, atrás de Ciudad Universitaria. Me pareció buena idea; caminamos hasta El Caballito y bajamos hasta la calle General Prim.

Estuvimos esperando unos minutos y de pronto observamos que a un par de cuadras se producía un enfrentamiento de muchachos de la Vocacional 5 contra soldados y granaderos que habían ocupado sus instalaciones; infaustamente, tuvimos la pésima idea de acercarnos para observar el choque más de cerca y entramos a la última cuadra de General Prim, caminando hacia Tres Guerras. En cuestión de instantes, un destacamento de granaderos, con sus escudos, cascos y toletes, nos cerró el paso a esa calle y se encaminó hacia el grupo de curiosos -que eso éramos- lo que nos forzó a retroceder, pero, para nuestro susto, otro contingente de granaderos también obstruyó el retorno a Bucareli y se lanzó en contra nuestra, por lo que buscamos donde refugiarnos.

En esa época existía un negocio de estacionamiento de automóviles o tal vez taller de reparaciones, no lo recuerdo exactamente, pero había muchos vehículos y tratamos de escondernos entre los autos. Resultó en vano; sin miramiento alguno un granadero se lanzó contra mí y comenzó a golpearme con su tolete; le grité que no me golpeara pues no oponía resistencia y pareció calmarse momentáneamente. Pero casi de inmediato llegó otro granadero y pese a que me encontraba inerme me atizó varios golpes en la espalda y el hombro, por lo que perdí la vertical y caí al suelo. Llegó todavía un tercer granadero y entre los tres me patearon y garrotearon hasta que se aburrieron; yo solamente procuré, en lo posible, evitar que me lastimaran el rostro y nuevamente la cabeza. Me dijeron algo así como: ¡Órale pinche revoltoso, jálale! Me levantaron y en ese momento pensé ¡Si me agarran con estos libros, me refunden! Y sin que ellos lo notaran, dejé en el suelo Qué hacer, de Lenin y El Comunismo, de un autor ruso que creo se apellidaba Kniazeva. Libros que estaba leyendo para mi materia académica Introducción al Marxismo.

Me empujaron un buen tramo ya sobre Bucareli, por lo que pude ver que los granaderos, se solazaban golpeando a transeúntes y jóvenes estudiantes de una secundaria que estaba a tan solo unos pasos al sur de General Prim, quienes siendo del segundo turno estaban fuera del local esperando su hora de ingresar. Vi también soldados que, con la bayoneta calada, golpeaban a culatazo vil a la gente, sin importar que no intentaran oponerse al maltrato de que eran objeto de manera gratuita y que solamente tuvieron la desgracia, como yo y mi compañero, de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Finalmente, llegamos hasta una “julia” (era el nombre popular de las camionetas en que la policía trasladaba detenidos) y me ordenaron meterme; quise protestar, pero la amenaza del garrote me convenció y entré. Ya había varios jóvenes dentro y pude observar que hasta el fondo estaban dos chamacos con uniforme de secundaria, uno de los cuales se quejaba notoriamente de los golpes recibidos.

Estuvimos dentro por un tiempo para mí indeterminado; la cabeza me daba vueltas y pensaba como avisar a mi familia de mi “mala suerte”. Sin embargo, los granaderos y los soldados continuaron trayendo detenidos y pude notar que no éramos solamente jóvenes que tuviéramos pinta de estudiantes, sino también muchos obreros y oficinistas de traje y corbata. Llegó un momento en que la “julia” estaba tan llena que estábamos estampados unos sobre otros, como lata de sardinas; cerraron la puerta y finalmente arrancó el vehículo con rumbo desconocido. Mi compañero y yo nos preguntamos cual sería nuestro destino inmediato; por fortuna el viaje no fue demasiado largo, acaso unos 15 minutos. Nos detuvimos y los policías abrieron la puerta y nos ordenaron bajar. Molidos como íbamos después de la golpiza lo hicimos quejumbrosos y nos formaron. De pronto un policía le gritó a alguien que aún estaba dentro de la “julia”: ¡Ándale hijo de tu chingada madre, que crees que tengo todo el día, pendejo! Del interior salió una voz temblorosa y débil: ¡No puedo, me duele mucho! El policía metió medio cuerpo y dio un jalón tremendo; escuchamos un alarido de dolor y luego vimos como el maldito policía sacaba al chamaco de secundaria que habíamos visto hasta el fondo de la julia; cayó al suelo desvanecido. El policía iba a darle un golpe, pero otro que parecía de mayor rango le dijo espérate, algo le pasa a este chamaco. Llamaron a un oficial, quien vio inánime al pequeño y decidió que lo llevaran a la enfermería. Preguntamos a su compañero porque estaba así y nos dijo que un soldado lo había golpeado en la espalda con la culata. Ya no supimos nada de él.

Nos alinearon y nos metieron por varios pasillos y luego subimos varios tramos de escaleras. Alguno de los detenidos dijo que estábamos en Tlaxcoaque, donde se encontraba la jefatura de policía del DF. Llegamos a un espacio que asemejaba una sala de conferencias y nos ordenaron sentarnos y estar callados. Habría transcurrido más de una hora cuando me percaté que algunos de los detenidos se levantaban para solicitar usar los sanitarios, por lo que decidí hacer lo mismo. Me llevaron a unos servicios públicos en el mismo piso y me dispuse a solventar mi necesidad; de improviso, tuve la sensación de que alguien se aproximaba, volteé y efectivamente, el policía que me había conducido venía esgrimiendo su tolete. Lo único que se me ocurrió fue ponerme en guardia; el tipo sonrió y dijo ¡Ya vas! Y se salió.

Una vez hube concluido de lavarme las manos salí del sanitario al pasillo y me dirigí al salón donde estábamos; no me di cuenta que el agente policiaco estaba a unos pasos de distancia, recargado su brazo derecho sobre un pretil interior del ventanal y, al llegar donde estaba, giró velozmente y me clavó el tolete en el estómago, tan fuertemente que perdí el equilibrio y caí sin aliento y doliéndome; instantes después escuché una carcajada y me pregunté quién podía ser tan desgraciado para burlarse de esa forme del abuso del que yo acababa de ser objeto y él, de presenciar. Levanté la vista y pude ver al subjefe de la policía, Raúl Mendiolea Cerecero, cuya fotografía salía casi diariamente en los periódicos, que con un enorme puro en la boca pasaba a un metro de mí; como pude me puse de pie, negándome a ser objeto de su burla y regresé trabajosamente a mi asiento.

Fue evidente que la policía y el ejército estuvieron muy ocupados ese día, pues siguieron trayendo detenidos hasta que el salón quedó repleto. Ya atardecía cuando vinieron agentes vestidos de civil y dijeron que quienes no fueran estudiantes levantaran su mano; deben haber sido unas 20-25 personas que lo hicieron; se los llevaron a otra área. Luego, los agentes comenzaron a seleccionarnos por escuela de procedencia. La enorme mayoría eran de la Vocacional 5 o de otras vocacionales o escuelas superiores del IPN. Solamente quedamos tres sin clasificar: un joven claramente estudiante de medicina, por su ropa, mi compañero y yo, que nos identificamos como universitarios. Los agentes se regodearon al escuchar que yo era de Ciencias Políticas y que mi compañero era de Economía; deben haber pensado que éramos del grupo de “instigadores comunistas y antipatriotas”, pero nada sucedió.

Habiendo ya oscurecido, se nos dijo que íbamos a bajar a las instalaciones donde nos iban a tomar declaración numerosos agentes del Ministerio Público. Nuevamente nos formaron y bajamos a lo que me pareció era un anfiteatro. Ahí me llevaron ante un MP, quien me hizo las preguntas más inverosímiles sobre mi persona, mi religión, mis ideas sobre Díaz Ordaz y su gobierno, sobre el comunismo “ruso” y cubano. Percibí que de mis respuestas podía depender mi pronta liberación, así que procuré moderar mis palabras lo más posible, a pesar de que estaba indignado por la forma bestial en que nos detuvieron, pero solo me quejé de que me habían hecho trizas mi camisa, lo que causó hilaridad al licenciado.

Al terminar, me regresaron a un área que parecía de atención al público pues había ventanillas; conforme nos juntamos varios que ya habíamos declarado, se acercaron a las ventanillas algunas secretarias y los muchachos más avispados les pidieron de inmediato que llamaran a sus padres y les dieron números telefónicos. Yo dudé un poco y, cuando quise hacerlo, aparecieron los agentes que de manera brutalmente soez las espantaron: ¡Órale pinches putas, no hablen con los detenidos! Y las secretarias desaparecieron de nuestra vista.

Un rato después, nos llevaron de regreso al piso donde habíamos estado anteriormente; para nuestra sorpresa, estaba nuevamente lleno de jóvenes y gente de otras edades, así que ya no encontramos lugar para sentarnos. Sin embargo, el oficial que parecía ser el de mayor rango habló en voz alta demandando la atención de los detenidos. Pronunció un típico discurso gobiernista, asquerosamente paternalista: El señor Regente de la ciudad de México, general y licenciado don Alfonso Corona del Rosal, ha decidido, por esta ocasión, ser piadoso con ustedes que se han dejado llevar por grupos de agitadores comunistas, que son los verdaderos culpables de lo que ha sucedido. Consecuentemente, los invita a que regresen a sus casas con sus familias y que piensen el gran riesgo que corren por hacer caso a los alborotadores, así que prepárense que en unos minutos serán liberados; claro que les recordó que los reincidentes la pasarían muy mal.

Los que recién regresábamos de declarar, nos dimos cuenta que se dirigía a los que llegaron mientras nosotros estábamos abajo. Uno de nosotros le preguntó qué pasaría con nosotros; el oficial preguntó a otro en que etapa estábamos; le contestó que ya habíamos declarado y dijo: ¡Ah, entonces, a los separos! Se nos vino abajo el mundo en ese momento, pero nos resignamos.

Luego de esperar a que retiraran a los liberados, muy bien vigilados por los agentes para que no intentáramos colarnos entre ellos, siendo cerca de las 10 p.m. nos bajaron a las celdas. Desde que ingresamos al área sentimos náusea, el aire estaba enrarecido, olía a orín y excremento, las paredes daban asco y en ellas pululaban cucarachas y otras alimañas. Primeramente, nos recogieron nuestros cinturones, hebillas y todo objeto metálico y luego nos introdujeron en celdas más bien grandes, pues había cuatro o seis literas dobles de metal. Tuve la suerte de ser de los primeros en entrar y alcancé a sentarme en la parte alta de una de ellas.

Ya había pasado la media noche cuando de pronto comenzaron a traer a más jóvenes que era de suponerse se encontraban en otras celdas; fue tal su número que la celda quedó atiborrada, completamente pegados unos a otros, dificultando el movimiento y la respiración. Era evidente que los recién llegados tenían más tiempo detenidos pues se notaba una mayor familiaridad entre ellos. Casi de inmediato comenzaron a lanzar consignas contra Díaz Ordaz, el ejército y la policía, y canciones alusivas al naciente movimiento con letras ingeniosas que se cantaban con la melodía de otras canciones. Recuerdo aquella que con música de La cárcel de Cananea decía:

Coronamos a Gustavo, Gustavito Díaz Ordaz (se repite)

Por ser hombre de derecha, reaccionario e incapaz (se repite)

Todos dicen en Sonora, en Tabasco y Michoacán (se repite)

Que los estudiantes somos un peligro nacional (se repite)

Se metieron a mi escuela granaderos y soldados (se repite)

Y a los que estaban adentro, los golpearon y apresaron (cambió a mataron)

Los hijos de un gorila resultaron granaderos (se repite)

Y otro gran gorila quiere la silla presidencial (se repite)

Y si ustedes me preguntan a quienes les estoy cantando,

Yo les digo que a Gustavo y a Corona del Rosal (se repite)

Y ahora si ya me despido, ya no hay tiempo pá cantar

Porque ya me lleva preso el gorila Díaz Ordaz (se repite)

Así escuchamos varias canciones arregladas, como la Balada del Vagabundo, en la que una niña, en lugar de preguntar por el vagabundo, pregunta qué es un granadero.

A eso de la 1 a.m., vinieron nuevamente unos agentes con unas hojas impresas y comenzaron a llamar por nombre a varios estudiantes; nadie respondía, aterrorizados de no saber qué significaba estar en tal lista. Finalmente, uno de los agentes gritó que se apuraran porque los mencionados eran los que iban a salir libres; de inmediato los muchachos pugnaban por lograr pasar, algunos incluso por encima de las cabezas de otros. Fue una relación más bien corta, unos 15 o 20 nombres; salieron y se los llevaron. Concluimos que nos tocaría pasar la noche encarcelados, así que reiniciamos las canciones y consignas por otro buen rato.

Ya eran las 02:30 de la madrugada cuando nuevamente aparecieron los agentes que habían estado previamente. Nos dijeron que nos preparáramos para salir, porque los otros eran en realidad quienes se quedarían detenidos. Les silbamos y les mentamos la madre, pues nos engañaron fácilmente, pero nos dispusimos a salir en libertad. En el pasillo pregunté por mi cinturón y mi hebilla, que era de plata; en forma por demás socarrona el agente me dijo que viniera al día siguiente y que seguramente me la devolverían con mucho gusto. Salimos a la calzada San Antonio Abad que lucía absolutamente sin tráfico. Con mi compañero del ISSSTE caminamos hacia el sur hasta llegar a la calle Municipio Libre, donde yo decidí seguir a pie hacia la Calzada de la Viga, mientras que él continuó por Tlalpan hacia el sur.

Llegué a casa casi a las 5 de la mañana; no me sorprendió que mi madre estuviera despierta y al escuchar mis pasos me llamó desde su habitación; creo que me iba a regañar por la hora tan inusual de llegar, encendió su lámpara y al verme lanzó una exclamación y me preguntó qué me había sucedido. Escuetamente le conté que al salir del ISSSTE, donde ella también trabajaba, aunque en un área diferente, me habían golpeado los granaderos y que me llevaron detenido a la jefatura de policía; no dudó ni un momento al ver mi aspecto, la camisa desgarrada y los moretones en brazos y piernas. Maldito seas Díaz Ordaz, exclamó mi madre. Nunca volvió a creer nada de lo que el gobierno informaba.

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Los días siguientes permanecí en casa para superar el mal estado en que me dejó la golpiza que me dieron los granaderos, pero estuve pendiente de lo que ocurría; mi indignación me llevó al convencimiento de participar de alguna manera para mostrar mi absoluta inconformidad por la flagrante violación de mis garantías individuales plasmadas en la Constitución de 1917. Algunos compañeros me informaron que el Rector de la UNAM, Ing. Javier Barros Sierra, había izado la bandera a media asta en un mitin dentro de C.U. y que había convocado a una manifestación para demandar el pleno respeto a la autonomía universitaria; la marcha, que contó con enorme concurrencia, se realizó el primer día de agosto desde C.U. hasta la calle de Félix Cuevas, según recuerdo me habían dicho. El valiente Rector Barros Sierra declaró que estaba en juego no solamente el destino inmediato de la UNAM y del IPN sino causas entrañables del pueblo de México y que su lucha no terminaba con esa gran demostración, pues continuaría luchando por los estudiantes, contra la represión y por la libertad de la educación. Esa postura resultó a la larga una fatal sentencia para su carrera pública.

En Guadalajara, el presidente Díaz Ordaz declaró en una reunión con banqueros e industriales, de manera por demás teatral que “Una mano está tendida; los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire”. Y era pantomima pura pues la represión continuó incrementándose en las calles de la ciudad capital contra todo joven y adolescente a quien los policías considerasen que podía ser un estudiante; ¡ser joven se convirtió en un delitoǃ

Habiendo retornado a la Facultad, me encontré con que se desarrollaban de manera permanente asambleas informativas, que desafortunadamente se tornaban eternas discusiones que muy rara vez no terminaban en desacuerdos. Pero igual tomamos nota del establecimiento de un Consejo Nacional de Huelga (CNH) que en lo sucesivo representaría -inicialmente- al estudiantado del IPN, la UNAM y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo.

De inmediato tomó forma lo que después sería conocido como el Pliego Petitorio, que contenía las demandas fundamentales del estudiantado en lucha para dar por terminado el conflicto, siendo las más importantes:

1.Renuncia del jefe y subjefe de la Policía del D.F., generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecero;

2.Desaparición del Cuerpo de Granaderos;

3.Desaparición de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) del IPN, de la porra universitaria y del grupo MURO en la UNAM;

4.Indemnización gubernamental a los estudiantes heridos y a los familiares de los fallecidos;

5.Libertad de todos los estudiantes detenidos;

6.Derogación del Art. 145 y 145-Bis del Código Penal, que sancionaban los delitos de “disolución social”.

El 13 de agosto salí como de costumbre a las 3 de la tarde de mi trabajo en el ISSSTE, en la Av. Juárez y me encaminé hacia el Paseo de la Reforma por la calle Lafragua. Ya comenzaban a pasar los primeros contingentes de lo que sería la primera manifestación con una enorme participación, que después sabríamos había sido de 150 mil personas aproximadamente. Estuve un rato viendo pasar la marea humana, esperando reconocer a los que se manifestaban por la FCPS; finalmente reconocí a un compañero de segundo año que venía con las pancartas de nuestra Facultad; me vio y me hizo señas para que me uniera y así lo hice. Ingresé a la columna, saludé a Víctor, quien me tomo del brazo y me dijo que me colocara a su lado. Tomé su brazo y busqué a ver quién seguía, pues la idea era ir enlazándonos para evitar que se colaran extraños que pudiesen ser infiltrados de la policía. Era una jovencita muy linda que me sonrió de inmediato y me tomó del brazo sin siquiera dudar y avanzamos sobre reforma.

Con gran entusiasmo fuimos avanzando lentamente hasta llegar a la glorieta de El Caballito (estatua ecuestre de Carlos IV de España) e ingresamos a la avenida Juárez. Nuestros cánticos retumbaban fuertemente; gritos contra Estados Unidos por la guerra de Vietnam (Vietnam; seguro, a los yanquis dales duro), a Fidel Castro y al Ché Guevara (Fidel, Fidel, que tiene Fidel que los americanos no pueden con él; Ché, Ché, Ché Guevara); insultos a Gustavo Díaz Ordaz (libertad Vallejo, Díaz Ordaz pendejo); al Regente Corona del Rosal, los granaderos, etc. Todo ello en un ambiente de alegría juvenil y camaradería y yo, encantado al ir del brazo de tan linda muchacha.

Pese al temor de que de improviso arteramente fuéramos atacados por los granaderos o el ejército, nada de eso sucedió; logramos ingresar pacífica pero ruidosamente al Zócalo, donde por un rato escuchamos a numerosos compañeros que lideraban el movimiento, quienes ratificaban nuestras demandas. Se escucha por primera vez la demanda de que igualmente se libere de la cárcel a todos los presos por motivos políticos o ideológicos, como era el caso de los miembros del PCM. Una vez que la manifestación concluyó, Víctor sugirió que fuéramos a tomar algo a un café de la calle Tacuba. Angélica, su compañera de curso, y su hermana menor, Dulcemaría, asintieron y nos dirigimos a dicha calle.

Yo quedé prontamente prendado de ella y pasé el resto de la velada tratando de que ella me pusiera atención, lo cual me pareció que ocurría, para mi satisfacción y alegría. Siendo ya alrededor de las 10 de la noche salimos y todos nos subimos en un VW de otro compañero de la FCPS; en esa ocasión íbamos también como en lata de sardinas, pero de manera muy agradable. Llegamos a la colonia Álamos y descendimos del auto; las hermanas vivían a una cuadra de la Calzada del Niño Perdido (así se llamaba en esa época ese tramo del Eje Central). Me despedí de ellas y muy especialmente de Dulcemaría, con quien quedé de vernos en próxima ocasión. Abordé el autobús que me llevaría hasta la colonia Sector Popular y fui soñando con ella. Unas semanas después nos hicimos novios, una relación que duró algo así como dos años.

 

 

 

 

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