por Bruno Figueroa, Embajador de México en la República de Corea

El 25 de junio se conmemoraron 70 años del inicio de la guerra de Corea (1950-1953), el primer conflicto abierto de la llamada guerra fría y uno de los más cruentos del siglo 20. Cobró más de 5 millones de vidas, entre ellas las de 500 mil civiles, y causó la devastación completa de la península coreana. En Estados Unidos se le conoce como la guerra olvidada por la censura en su cobertura (las cámaras de televisión no llegaban aún a los campos de batalla), y la relativa poca atención que obtuvo frente a otros conflictos bélicos, como la Segunda Guerra Mundial o la guerra de Vietnam.

Un hecho muy poco conocido de la guerra de Corea es la presencia de soldados de origen mexicano. De acuerdo con investigaciones realizadas en Estados Unidos, en particular por la organización Latino Advocates for Education, en ella participaron más de 150 mil, alrededor de 10 por ciento del total de los soldados de Estados Unidos que combatieron en ella. Esta cifra es consistente con el volumen de fallecidos de origen latino que consignan los archivos nacionales de ese país: 10 por ciento del total.

El gobierno mexicano no participó en la guerra de Corea con tropas porque al inicio de la rivalidad entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, escogió el acertado camino de la no alineación y la neutralidad. Apoyó a Corea del Sur con ayuda humanitaria, alimentos y fármacos.

Ha llegado el momento de hacer un merecido reconocimiento a los hijos de mexicanos que pelearon en esa guerra, como voluntarios o conscriptos. En el prólogo de uno de los pocos libros publicados sobre este tema Lyndon B. Johnson, entonces presidente de Estados Unidos, dijo de ellos: sirvieron con distinción, pelearon con bravura y dieron su vida cuando fue necesario.

A pesar del creciente número de investigaciones sobre la guerra de Corea, hasta ahora ninguna se ha centrado en la participación mexicana y mexicano-estadunidense; los testimonios se encuentran dispersos, los archivos son difíciles de consultar. En una época en que se dividían los soldados por razas, los de origen mexicano eran registrados como blancos. Se inscribía usualmente el lugar de reclutamiento, mas no el de nacimiento. De manera inexplicable, varios soldados nacidos en México fueron registrados como provenientes de las Islas Vírgenes.

Se ha comprobado que los soldados de origen mexicano pelearon en muchos frentes. A sólo tres días de iniciado el conflicto, el 28 de junio de 1950, un avión de reconocimiento que había despegado de Japón sobrevoló la península coreana y se estrelló en el mar de China, por una falla mecánica. En él se encontraba el sargento Joe Campos, originario de Arizona. Con él fallecieron otras cinco personas. Pocos días después tuvo lugar el primer encuentro entre tropas estadunidenses y norcoreanas, en Osan. Ocurrieron las primeras bajas en combate, así como las primeras tomas de prisioneros de guerra, los cuales regresarían a sus lugares de origen más de tres años después. Florentino Gonzales (sic), de Chicago, Illinois, hijo de mexicanos, estaba en ese grupo de soldados que padecieron los campos de Corea del Norte.

Sabemos, por el testimonio del cabo Jesús Rodríguez, de Los Ángeles, California, que hubo un escuadrón mexicano en el 35 regimiento de Infantería, aunque este hecho no ha sido reconocido. Seguramente hubo más pelotones o escuadrones compuestos por soldados de origen mexicano.

La vida de estos “soldados de a pie” no fue fácil, como no lo es la participación en ninguna guerra. Su condición de mexicanos complicaba las cosas debido al racismo que imperaba en el sur de Estados Unidos. Raúl Álvarez del Castillo, oriundo de Guadalajara, Jalisco, fallecido en Corea y enterrado en un cementerio de su ciudad natal, prefería ser conocido como Ralph A. Castle. Ambos nombres figuran en su expediente del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Jesús Rodríguez narra que en Corea tenían prohibido hablar español, pero no se aplicaba porque no podían vernos a todos al mismo tiempo. La difícil vida previa a la guerra se tornó una ventaja y les permitió sobrevivir mejor las privaciones de Corea. J. Rodríguez cuenta: “solía rezar mucho. Otra cosa que me ayudó fue que era abusado en las calles ( street smart”) antes de entrar al servicio militar. En ellas aprendí a pelear. Además de que estar hambreado no era nuevo para mí”.

Hubo, por supuesto, reconocimientos merecidos para algunos de ellos. Una escuela en el estado de California y un barco de la armada estadunidense llevan el nombre de Eugene Obregón, quien sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros. Richard Cavazos combatió en Corea como teniente y fue décadas más tarde el primer general de cuatro estrellas de origen mexicano del ejército de Estados Unidos.

La mayoría de ellos, sin embargo, sufre aún de indiferencia y olvido. En particular los que volvieron a México. En su investigación Las infanterías invisibles, el historiador Enrique Plasencia de la Parra escribió sobre los mexicanos en la Segunda Guerra Mundial: “buscaban un reconocimiento que creían merecer. Su participación fue un ejemplo para su comunidad, pero no lo fue para todo el país, que seguía entregado a prejuicios raciales que parecían ser su distintivo social. Se requirieron grandes esfuerzos para que eso empezara a cambiar. Para la sociedad mexicana tampoco fueron un ejemplo. El prejuicio de haber luchado bajo la bandera de Estados Unidos les quitaba lo que de intrínsecamente valioso tenían. El valor, el heroísmo, el arriesgar la vida por salvar a sus compañeros fue visto con cierto desdén”. Ello aplica a los mexicanos que combatieron en Corea.

Muchos aspectos de nuestra historia requieren ser rescatados de olvidos conscientes o involuntarios. En el libro 100 años de historia de la cooperación internacional de México, reuní testimonios de la gran solidaridad mexicana hacia el mundo el siglo pasado, que pocos conocen; han sido capítulos ejemplares de nuestra política exterior. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador creó la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México precisamente para preservar y recobrar nuestra rica y compleja memoria histórica, en particular aquella que ha sido relegada. En la historia que conozcan nuestros hijos, caben los mexicanos que han buscado mejores oportunidades más allá de nuestras fronteras, incluso aquellos que hace 70 años sacrificaron años de juventud y hasta la vida en una guerra que no tenía por qué ser de ellos. Aun en la lejana Corea, llevaban a México en el corazón.

Publicado en el diario La Jornada, el 25 de junio de 2020Subir al inicio del texto